15.5.05

Sudor y otros flujos

Justo después de escribir los guiones de El Imperio Contraataca y En Busca del Arca Perdida, Lawrence Kasdan debutó como realizador con Fuego en el Cuerpo, una excelente película de cine negro que, sin lugar a dudas, le debía muchísimo a Perdición, una de las pocas incursiones de Billy Wilder en el género.

Si en film de Wilder la pareja de amantes, dispuestos a asesinar al marido de ella, eran Fred MacMurray y Barbara Stanwyck, en Fuego en el Cuerpo estos son William Hurt y Kathleen Turner. Un abogado mujeriego y una mujer (en teoría) insatisfecha en su matrimonio y caliente. O, al menos, así se define ella misma la primera vez que se dan la mano, tras notar que él queda un tanto sorprendido ante la elevada temperatura corporal que rezuma su cuerpo. “Mi temperatura está unos cuantos grados por encima de lo normal, alrededor de los 40; no me importa, es cosa del motor o algo”.

Y esa sensación de calor, no sólo corporal sino ambiental, es una de las cosas que mejor refleja la ópera prima de Kasdan. Desarrollando su acción en una pequeña localidad de la costa de Florida, la cinta transcurre durante un verano excesivamente caluroso. La transpiración corporal mancha las camisas de todos sus habitantes, mientras que Hurt y Turner, o lo que es lo mismo, Ned Racine y Matty Walker, se entregan a todo tipo de placeres sexuales en ausencia del marido de ella, un multimillonario hombre de negocios varios años mayor que su esposa.

Sudoraciones, flujos corporales diversos y sangre se mezclan en esta explosiva y cautivadora cinta. La mujer fatal y el macho atrapado. La perversa y el bobo. Y, la verdad, es que viendo a esa Matty Walker, una Turner turbadoramente sensual, antes de ponerse como una matrona, no sería nada difícil caer en sus redes y dejarse engatusar como un pardillo. Y es que el gancho de Fuego en el Cuerpo tiene un mérito muy especial, pues se trata de una historia contada centenares de veces en la pantalla grande. Pero el fantástico guión de Kasdan consigue hacernos olvidar la poca originalidad que se esconde tras su trama. Sus diálogos son perfectos, cautivadores, claros deudores de los clásicos del género. Concisos, ingeniosos, yendo al grano en todo momento y perfilando, sólo con sus frases, las personalidades de cada uno de sus protagonistas.

“No debes vestirte así”, le sugiere Ned a Matty, viendo que ésta es observada perversamente por los cuatro clientes masculinos de un oscuro bar de copas. “No sé a qué te refieres”, se sorprende ella, “esto no es más que una blusa y una falda”; él se la mira fijamente, de arriba a abajo, y le hace una nueva propuesta: “entonces no deberías llevar ese cuerpo”. Magia pura. Y así, con numerosos momentos como el descrito, se va tejiendo el impresionante guión al que antes hacía referencia. Pocas sorpresas, pero compensadas de manera grata por una narración excelente.

Fuego en el Cuerpo, aparte de a ese envidiable guión, no sería lo mismo sin la presencia de Hurt y Turner. Dos actores con una química especial, de esas que sueltan chispas incluso cuando sus dos cuerpos se rozan levemente. Tanto él como ella, tan sólo mediante sus clarificadoras miradas, son capaces de transmitir al espectador lo que están pensando en cada momento. Sus sentimientos afloran en cada plano. El odio, la pasión, el amor y el desengaño se pasean sin parar por la pantalla. Y en el otro extremo de esos amantes furtivos, analizando la situación con lupa, un fiscal peculiar, adorador del estilo de las cabriolas de Fred Astaire y sudoroso compañero de fatigas de Ned Racine: un desconocido Ted Danson en un rol similar al que, en Perdición, interpretara el gran Edward G. Robinson.

Tras ver a tantos personajes acalorados y sudorosos, esta mañana he recordado que tengo que hacer arreglar el aire acondicionado del coche. Después me he asomado al balcón y, sin que me viera mi mujer, he intentado atisbar en la calle a una apetitosa Matty Walker. Y es que, en el fondo, a todos los hombres nos gustan las mujeres malvadas que nos acaban utilizando a su antojo. Así de burros somos (a veces).

14.5.05

¿Honorable o Justiciero?

Esta noche lo he visto en sueños. L'Honorable President de la Generalitat de Catalunya es la viva reencarnación de uno de los justicieros cinematográficos por excelencia. ¿Será por ese motivo que Zapatero se rinde a sus pies, los pepistas arremeten (como siempre) contra los catalanes y el Barça está a punto de ganar la Liga?

Vayan ustedes a saber... pero por si las moscas, yo les dejo las pruebas...

¿Pasqual Bronson?


¿Charles Maragall?

13.5.05

Star Wars II: El lado dubitativo de un tipo atormentado

En El Ataque de los Clones, Lucas empezó a trazar un poco la parte más sombría de Anakin Skywalker, al mostrarlo como un ser iracundo y vengativo incapaz de controlar su rabia. Todo un verdadero problema para el temple de un Caballero Jedi. Y en ese conciso retrato de la dualidad que lleva consigo ese personaje, junto con la plasmación del confuso sentimiento de adoración y odio que siente hacia Obi-Wan, su maestro, es en donde mejor funciona la película. Una película bastante irregular, e incluso un tanto aburrida, que sólo logra brillar en momentos muy concretos.

Uno de los grandes problemas de esta segunda entrega se encuentra en su parte inicial, pues le cuesta muchísimo arrancar y, cuando lo consigue, lo hace a trompicones, sin un ápice de originalidad e incluso copiando, descaradamente, una de las escenas más celebradas del Minority Report de Spielberg, esa en la que Cruise, huyendo de la policía, va saltando de coche flotante en coche flotante. Pero Lucas va más allá y la filma de manera más espectacular, a lo grande, recurriendo al mismo tiempo a una escenografía urbana casi paralela a la utilizada por Ridley Scott en Blade Runner.

Acostumbrado a homenajear a grandes títulos de la historia del cine, tal y como ha ido haciendo a lo largo y ancho de toda la saga, en El Ataque de los Clones tampoco podían faltar este tipo de guiños. Si en La Amenaza Fantasma, la película rememorada fue Ben-Hur, en ésta apuesta por Quo Vadis, un péplum mucho más cutrón que el de Wyler en el que había una memorable escena, en la arena de un circo romano, lugar en donde Robert Taylor luchaba desaforadamente con un león de felpa: Obi-Wan Kenobi, Anakin y Padmé Amidala sustituyen a Taylor, mientras que el inocente felino es sustituido, gracias a las artes digitales de Lucas, por varios monstruos a cuál más feroz. Y que conste que, con lo de Quo Vadis, quiero lanzarle un cable al realizador, pues no querría pensar que, en lugar de a este film, había recurrido a la facilidad más acomodaticia de ampararse en el reciente éxito comercial de Gladiator… Aunque todo podría ser.

Una trepidante lucha entre el entrañable Yoda y un villano sacado un poco de la manga (el conde Dooku, interpretado por Christopher Lee) y ciertas referencias al futuro ya conocido de sus protagonistas (el brazo amputado de Darth Wader o el trauma infantil de Boba Fett, entre otros), compensan, en parte, la flojedad de un guión un tanto torpe y lleno de pasajes nimios, como todos aquellos en los que la cámara presta una desmedida atención al romance vivido entre Anakin y Padmé. Nunca he sabido si se trataba de otro guiño o no, pero hay un momento horrorosamente cursi, filmado en una inmensa pradera y con un movimiento cenital de acercamiento hacia Natalie Portman, en la que la imagen de ésta, corriendo sobre la hierba y con los brazos abiertos de par en par, me hizo pensar irremediablemente en Maria von Trapp, la Julie Andrews de Sonrisas y Lágrimas.

El morro de su realizador, productor, guionista y negociante (sobre todo esto último) asoma, a lo largo del metraje, en varias ocasiones. Concretamente en una escena de acción, metida con calzador dentro del engranaje de la historia, que transcurre en una gigantesca cadena de montaje automatizada y en la que la pareja de amantes, junto con R2-D2 y un básico C-3pO, han de salvar multitud de obstáculos y peligros. Muy trepidante y divertida, sí, todo lo que ustedes quieran, pero tras ella sólo existe un único cometido: poder poner a la venta, basándose en ella y paralelamente al estreno del film, un vídeo-juego de esos de ir salvando pantallas. Está claro que sin la escenita de marras, El Ataque de los Clones habría cumplido igualmente con su misión, pero con ésta incluida logró aumentar el tamaño de las arcas (no precisamente perdidas) de su multimillonario director.

Por otra parte y para alegría de muchos, el insoportable muñecote del Jar Jar desapareció casi por completo, quedando en esta entrega tan sólo como una mera colaboración testimonial, sin importancia alguna dentro del relato. Una decisión tomada, a buen seguro, por el propio Lucas después de sondear la mala acogida general que tuvo ese animalillo. Y mientras en el título anterior había un personaje con entidad suficiente para llenar él solito toda la pantalla, como ocurría con el Qui-Gon interpretado por un mayestático Liam Neeson, en éste se encuentra a faltar una presencia similar, ya que el esforzado Ewan McGregor no acaba de sacar adelante el fuerte peso que le supone el emblemático Obi-Wan Kenobi.

Al contrario que la segunda parte de la primera trilogía (la interesante El Imperio Contraataca), El Ataque de los Clones no deja de ser un film puente, sin muchas novedades que ofrecer. A mí parecer, se trata de una de las peores entregas de la serie, junto con El Retorno del Jedi, y que sólo ha servido como una especie de aperitivo en espera de su nueva y última (por el momento) entrega, la que se estrenará el próximo viernes.

12.5.05

Havana

Mariano Barroso siempre me ha parecido un director interesante. Es por ello que me entregué a su nuevo trabajo, Hormigas en la Boca, dispuesto a disfrutar tal y como hice con Los Lobos de Washington o Éxtasis. Cine negro a la española, ambientado en La Habana a finales del 58, justo cuando esa ciudad estaba en plena efervescencia, el momento propicio para que toda la gente de mal vivir, empresarios poco escrupulosos y gángsters disfrazados de políticos liberales, camparan a sus anchas en medio de una capital enfebrecida.

Una propuesta prometedora, en principio estimulante, aunque en nada innovadora, pues un tema similar ya fue tratado por Sydney Pollack en Havana. Y con mejores resultados. El año es el mismo y, en ambos títulos, el final se desencadena en la misma fecha histórica, el 31 de diciembre de 1958, cuando la ebullición ideológica y política que se palpaba en el ambiente llegó a su punto culminante. Una explosión de violencia callejera que, al contrario que el director norteamericano, Barroso no ha sabido plasmar en lo más mínimo.

La historia de Hormigas en la Boca es la de siempre, sin ninguna novedad que la diferencie de otras parecidas. Un ex convicto, recién salido del talego, solitario y de ideología izquierdosa, decide encontrar a su pérfida amante, desaparecida con el sustancioso botín del atraco que le llevó a chirona. Sus pasos le harán abandonar España para llevarle hasta La Habana, lugar en el que le comunican que ella ya lleva un tiempo muerta tras haberse ahogado en el mar.

Todo huele a podrido tras la desaparición de esa mujer. El juego sucio y la corruptela están en primer plano. Y es aquí en donde Barroso cae en el error de querer homenajear a una de las grandes películas del género, pero sin sustancia alguna y rompiendo, de este modo, cualquier sorpresa posible. El Tercer Hombre desvela su larga sombra, aunque cambia la cítara de Anton Karas por los boleros y la silueta del orondo Welles por la más estilizada de Ariadna Gil; una Ariadna Gil que, por cierto, nunca había estado tan mal fotografiada. ¿En qué estaría pensando Aguirresarobe?

A partir de un punto muy concreto, después de haber descrito –con una excesiva profusión de detalles- a los pocos personajes que enmarcan su trama, la película se queda encallada. No avanza en ningún sentido. Lo único que hace el realizador es reincidir en contarnos reiteradamente las mismas cosas. Si algo nos lo ha mostrado a través de la imagen, a los diez minutos hace que alguno de los protagonistas, a través de sus diálogos, nos vuelva a recordar el mismo tema. Como si el espectador fuera tonto y no le hubiera quedado clara la cuestión desde el primer momento.

Todo lo que va volcando en pantalla queda como vacío, poco creíble y, lo que es peor, muy previsible. Y en nada ayuda la forzada interpretación de su protagonista principal, Eduard Fernández, lo cual no deja de ser una lástima, ya que éste es un profesional como la copa de un pino, un actor de probada solvencia en otras películas que, en esta ocasión, no ha sabido meterse dentro del personaje, creando a un delincuente más cercano a los tics y hábitos de los moradores del siglo XXI que a los de un hombre de finales de los años 50, lo cual choca un tanto con las intenciones de Barroso en recrear, lo mejor posible, La Habana de esa década. Y si a ello le sumamos la dejadez de Jorge Perugorría a la hora de afrontar el rol de un político poco escrupuloso, sin carisma alguno, queda más que latente la nefasta dirección de actores.

Basada en una novela de Miguel Barroso, hermano del realizador, de Hormigas en la Boca sólo quedan las buenas intenciones de querer hacer cine negro a la española, pero sin vocación alguna por renovarlo y, mucho menos, por ofrecer algo nuevo al espectador. O sea, lo de siempre, pero con muy poco oficio. Si no hay más corazón y más originalidad, de nada valen esos esforzados homenajes a títulos claves del género, como ese pasaje gran guiñolesco en el que suplanta a los maniquíes de El beso del Asesino por figurines de madera recortados. El cine no sólo se hace a base de guiños a otros títulos.

Ya les digo: una pena. Y el Perrugorría, al paso que va, ya puede ir pensando en cambiarse su apellido por el de Perrugordía.

Mea Culpa

Revisando los comentarios esta mañana, me he encontrado con uno ciertamente extraño, redactado en inglés. Valeroso que es uno y creyendo que se trataba de un lector de allende los mares, he linkado con la dirección que ponía y... ¡hostias!... un SPAM de esos de Casinos On Line. Y de los broncas, pues la pantalla de mi ordenador ha empezado a llenarse de decenas de ventanas que no había manera de cerrar.

Ni corto ni perezoso, y queriendo evitar que ustedes también cayeran en la trampa, he decidido hacer lo que nunca había hecho hasta hoy: borrar ese SPAM enmascarado como si fuera un comentario más. He entrado en las tripas del HaloScan y “clic”… he oprimido el “delete” corresponiente a ese link envenenado.

Y cual ha sido mi desafortunada sorpresa cuando, yendo a consultar los resultados de esa anulación, he descubierto que, desgraciadamente, con él también han desaparecido algunos comentarios suyos, ciertamente interesantes, sobre los dos primeros Terminator y la cuestionable validez de las segundas partes de películas magníficas. Pido perdón, desde aquí, a todos aquellos que hoy no puedan ver lo que colgaron ayer noche en este blog y los emplazo, gustosamente, a que vuelvan a incidir en el tema, pues parecía prometedor.

¡¡Me cago en el puto SPAM de los cojones!!

11.5.05

Una recomendación increíble

Hoy seré breve, para compensar un poco la extensa crítica de ayer sobre El Reino de los Cielos. No pienso alargarme demasiado. Sólo quiero hacerles una recomendación de esas que considero necesarias.

Pillen donde puedan el DVD recién editado de Los Increíbles y recurran, rápidamente, al disco en donde están los extras. Allí hay un cortometraje inédito hasta ahora, Jack-Jack Ataca. Cinco minutos maravillosos. El ingenio al máximo. La diversión asegurada.

En Jack-Jack Ataca, Brad Bird nos muestra todo lo que ocurre en casa de la familia Parr cuando ésta, durante un momento concreto del largometraje, se ausenta de la misma para dedicarse a sus quehaceres fantásticos, quedando solos, en ese domicilio, el bebé Jack-Jack y Kari, su joven niñera. No les cuento más. Vale la pena que lo descubran cuanto antes. No se arrepentirán.

10.5.05

El Reino de los Diplomáticos

Es indiscutible que Ridley Scott ya no es el que era. O, al menos, ya no es aquella promesa en firme que parecía tras Alien y Blade Runner. Lo que sí queda claro es que es un maravilloso operario. El tipo sabe poner la cámara y resolver las escenas de acción de manera mágica. Pero, indiscutiblemente, sus buenos films, posteriores a los dos citados anteriormente, son sólo eso: buenos, correctos, sin más. E, inevitablemente, ha ido alternando esa corrección con los pestiños más abominables. En mi memoria aún pulula ese interminable anuncio de perfumes de la Madre Selva, de tono histórico, que significó 1492: La Conquista del Paraíso, o ese par de alegorías fachendas y militaristas que bautizó como Tormenta Blanca y La Teniente O’Neil. Productos en nada dignos a su capacidad creativa, totalmente acomodaticios y de intenciones políticas harto peligrosas y resbaladizas.

Tan contento debió quedar Scott con ese divertimento ampuloso que fue Gladiator, un film épico, sin pies ni cabeza, pero gratamente distraído, que en su nuevo trabajo, El Reino de los Cielos, ha decidido regresar a las andadas grandilocuentes. Aunque cambiando un poco sus expectativas narrativas e ideológicas. Mientras en Gladiator apuntaba directamente a la aventura por la aventura, con un héroe y un villano bien definidos, en esta personal (y casi filosófica) visión sobre Las Cruzadas, apuesta más por el Humanismo que por el tebeo cinematográfico. En ella no hay ni buenos ni malos, ni vencedores ni vencidos. Ambos bandos defienden una causa muy concreta para la conquista de Jerusalén. Y ambas causas resultan igual de comprensibles y justas. La feroz violencia siempre se encuentra en el campo de batalla, jamás fuera de él, excepto en un episodio un tanto ilógico, metido con calzador, en el que un grupo de sicarios intenta acabar con la vida de Balian, el personaje interpretado por un soseras Orlando Bloom (¡qué poca entidad tiene este chico!). Todo muy políticamente correcto, tanto que, por momentos, hasta da asco. Balian y su rival más directo, Saladin, más que guerreros parecen diplomáticos asépticos. En este aspecto, la escena de la rendición de Jerusalén habla por sí misma.

En El Reino de los Cielos se narra uno de los apasionados episodios ocurridos durante la tregua que hubo, en Tierra Santa, entre la segunda y tercera Cruzadas. Muy a su manera, suavizado para no ofender a nadie, que no está el horno para bollos. Por el film de Scott aparecen y desaparecen muchos personajes. Demasiados. Como el Guadiana. De muchos de ellos ni siquiera sabremos su destino final, por culpa de la estupidez esa de guardar más de una hora de metraje para la edición en DVD. Todo parece mal narrado, pésimamente explicado, pues quedan cantidad de temas en el tintero, sólo esbozados mínimamente y aún por desarrollar. La historia suena a falsa, forzada, a veces ilógica, deshilachada en extremo y, lo que es peor, rezumando un infantilismo narrativo de lo más inaguantable. Al respecto, y a grosso modo, tomen nota de la siguiente introducción: un Caballero, Godofredo (excelente Liam Neeson) se dirige a Jerusalén haciendo escala en un pueblecito francés, lugar en el que se presenta ante Balian, el herrero del lugar, el cual acaba de vivir una desgracia familiar, y le asegura ser su verdadero padre. “Soy tu papá, Balian, vente conmigo a las Cruzadas, niño”. El joven traga a la primera de cambio. “Papá, oh, Papá, no creo en nada, ni en Dios, pero te acompañaré, seré un Cruzado y un tipo diestro con la espada, más diestro incluso que Manolete en el ruedo”. Dicho y hecho, se enfrasca en la aventura y, a la primera de cambio, ya está dando mamporros a diestro y siniestro... Lo de Manolete es una licencia, claro está, pero, más o menos, su guión sigue esos derroteros.

No negaré que las escenas de acción están bien filmadas, pero sin alma alguna, recurriendo al mismo estilo utilizado ya en las luchas cuerpo a cuerpo de Gladiator: exagerados primeros planos (no muy detallistas, por cierto) con digitalizadas salpicaduras de sangre; casi un refrito de lo ya visto en la cinta protagonizada por Russell Crowe. Y, por suerte, durante las últimas y largas escenas, aquellas en las que se hace referencia a la toma de la amurallada ciudad de Jerusalén, es en donde acaba apareciendo el genio de Scott, reflejando a la perfección la fiereza del combate y dejando, un tanto de lado, esos cercanos y agobiantes primeros planos con los que ha estado filmando el resto de batallas y combates. Y allí, en ese asedio a Jerusalén, cuando falta sólo media hora para llegar al punto final, es en donde brilla al cien por cien la película, a pesar de que, en ese momento, su estilo descriptivo esté plagiado directamente de Peter Jackson y su abismo de Helm (Las Dos Torres). La sensación de déjà vû es inevitable.

En general, El Reino de los Cielos me aburrió soberanamente. Me dio la impresión de estar revisando ese arcaico El Cid de Anthony Mann, como si se tratara de una película épica anclada en el pasado, de diálogos fatuos y situaciones sin salsa, aunque con la tecnología de hoy en día. Una tecnología de la que últimamente se está abusando en exceso. Empiezo a estar cansado de tanto mogollón de ejércitos digitalizados. El multiplicar a cuatro extras por tropecientos mil ya no me sorprende. Al contrario, me agota. Me gustaba más la tarea artesanal de un tipo como el citado Mann, el cual, sí solamente podía contar con 53 tíos para reflejar el fragor de la batalla, los aprovechaba al máximo y acababa dando el pego de la misma manera. Al menos era cine hecho con amor y dedicación, aunque los resultados, como en el caso de El Cid, fueran igual de desastrosos. Pero al menos se notaban esas ganas y ese empeño que no tiene la película de Scott. Y eso, en el fondo, se agradece. Quizás el director de Alien necesitaría ahora a alguien como Samuel Bronston para estar pendiente de su rodaje.

Analizada fríamente, El Reino de los Cielos, aparte de estar bastante mal explicada y dar una visión muy confusa sobre la realidad de Las Cruzadas, acaba siendo una película de momentos aislados. Momentos ciertamente deslumbrantes, de esos que denotan que, tras la dejadez actual de su realizador, se esconde un personaje con una sabiduría cinematográfica ejemplar. La visita nocturna de Balian al lugar en el que fue crucificado Jesucristo, rodeado de fantasmagóricas siluetas, o la presencia escalofriante del enfermizo Rey Balduino, enfundado su rostro tras una máscara de acero para esconder su deterioro físico a causa de la lepra, son destellos determinantes de la validez de Scott, empecinado ahora en desperdiciar su talento en delirios de grandeza tan vacíos como faltos de originalidad.

Como curiosidad final citarles que, debajo de la citada máscara del leproso Balduino, está agazapado uno de los actores más impresionantes de los últimos años, Edward Norton. De todos modos, ya que no podemos ver su rostro, es aconsejable disfrutar su voz en la versión original, pues en la doblada, tal y como dice un buen amigo mío, tras ese disfraz bien podría haberse metido el mismísimo Fary. Y, ciertamente, con el doblaje, surte el mismo efecto el Fary que el Norton.

9.5.05

Ustedes lo han querido: OPERACIÓN SWORDFISH

Desde hace varios años, Travolta necesita urgentemente un éxito para poder seguir reinando en Hollywood. Y con productos infumables como Operación Swordfish no lo conseguirá. Siguiendo las coordenadas de todo filme de acción veraniego que se precie (y casi nunca se precian, créanme), éste es un artificio tan falso como delirante, montado para el único y total lucimiento de su protagonista masculino, quien exagera y gesticula a su antojo, en cada plano y sin rubor alguno. De todas maneras, personalmente me entretuve más observando las formas de la atractiva Halle Berry que, en esta ocasión, incluso aprovecha un par de planos para mostrar su tentadora delantera.

Si algo digno tiene este producto del archimillonario Joel Silver (productor, entre otras, de las series de Matrix y Arma Letal), aparte de ese citado par de tetas y de los rasgos políticamente incorrectos y liberales del malvado de turno, es su conseguida escena inicial. Primero porque Travolta se monta un genuino speech tarantiniano que tumba de espaldas (un curioso guiño a aquel que, más allá del tercer día, lo resucitó) y, segundo, por el impacto que supone para el espectador el bombazo (y nunca mejor dicho) que sigue al divertido y cinéfilo monólogo... Pero cuidado, no caigan en la trampa y crean estar ante un filme trepidante y digno. El resto es, sencillamente y con mayúsculas, CACA DE LA VACA (con perdón, pero es que salí del cine con una mala milk impresionante). Ya lo dice el propio Gabriel Shear, el gángster interpretado por Travolta, en el primer minuto de la película: “¿Saben cuál es el problema de Hollywood? Que fabrican mierda. Una mierda increíble”. Y Silver, leyendo esa frase del guión (transcrita aquí textualmente), se aplicó el cuento, contrató a Dominic Sena para dirigirlo y, en definitiva, entre los dos, parieron lo esperable: una mierda como un templo.

Operación Swordfish demuestra, sin lugar a dudas, que a los grandes ejecutivos hollywoodienses se les ha secado el cerebro, pues piensan (si es que el verbo pensar existe en su universo) que, con una persecución (en teoría) trepidante en medio de una gran urbe, está todo solucionado. Y si ésta se filma como si se tratara de un vídeo-clip, mejor que mejor: o sea, basándose en planos cortísimos, insertados uno tras otro, de manera neurótica y con la música y los efectos sonoros grabados unos cuantos decibelios exageradamente más altos de lo normal. Dicho y hecho: el Travolta en pie, dentro de un descapotable conducido por Lobezno, con los brazos en cruz y disparando a diestro y siniestro, como si estuviera en una película de John Woo. Y si con esa escena no logran cautivar al espectador menos exigente, seguirán rizando el rizo y no se frenarán a la hora de amarrar un autobús a un helicóptero, en pleno vuelo, para pasearse sobre la soleada ciudad de Los Ángeles. ¡Pá cagarse!. Todas las burradas posibles (e increíbles) con tal de agrandar sus arcas

El argumento es lo de menos. Tampoco es muy necesario. Es de rigor que salga un grupo mafioso, un político corrupto, un desnudo femenino (ya saben, dos tetas tiran más que dos carretas), alguna que otra churrupaica, una buena dosis de escenas de acción como las citadas (aunque no vengan a cuento de nada) y un pirata informático. Lo de la informática hace más de una década que está de moda y vende cantidad. Mola un huevo ver a un tío tecleando como poseso, ante un ordenador, con la malsana intención de saltarse unos cuantos códigos de seguridad. Tanto da lo que pretenda. La cuestión es que parezca muy importante en medio de una trama alarmantemente endeble. Y eso sí, ante todo, que transmita la sensación de estar haciendo algo ilegal y mal visto. Y el FBI. Sobretodo que no falte el FBI. Y si uno de los federales es negro (afroamericano, vaya), aún da más el pego. Bueno, para ser más exacto, el afroamericano (o negro) y un par de agentes, un poco tontitos, que le acompañarán a todas partes. Ideal. Y aquí tienen la Operación Swordfish de cada verano.

Tampoco se necesita darles ningún tipo de entidad a sus personajes, no sea que el público se aburra con tanta precisión y sutileza. ¡Qué va! ¿Para qué? Total, no han de pasar a la historia del séptimo arte, con lo que no es necesario esforzarse en crear caracteres inolvidables. Al contrario que el Cody Jarrett de Al Rojo Vivo, Gabriel Shear es un postmoderno, de melenita cuidada, perilla incipiente y vestido por Armani. ¿Qué pensaría Tony Soprano de un mafioso tan amariconado y pirado por la imagen? Y el bueno de la peli, en esta ocasión Lobezno, cuanto más soso y desdibujado sea, mejor. Su función es mínima: sólo ha de teclear delante del ordenador, poner cara de bobo cada vez que descubre alguna que otra triquiñuela del Travolta y volver a poner la misma cara de bobo cada vez que ve los dos melones de la Berry.

Pero, ¿es qué esta gente nos ha tomado por idiotas? Posiblemente sí. Incluso a lo mejor lo seamos, mientras sigamos pagando entradas para tragarnos bazofias como ésta o seamos capaces de comprárnoslas en DVD. Seguro que de ésta también hay una edición para coleccionistas. Con recochineo incluido.

Los McDonalds y similares se nos han zampado el cerebro y sólo reaccionamos ante verdaderas necedades. O si no, ¿cómo se explica que otra cinta, estrenada en la misma época que ésta, Shiner, excelente, dura, compacta y creíble, con un Michael Caine espléndido, aguantase tan poco tiempo en cartel? Sigamos comiendo aros de cebolla congelados y McPollos de esos, que a este paso acabaremos negando la existencia de Hitchcock, Wilder y Ford.

Perdonen, pero es que la historieta ésta me puso de los nervios una cosa exagerada. Y ayer tuve que volver a tragármela para hacerles felices. Pero al menos esto, lo de su felicidad, me recompensa gratamente. Hoy podré ir a dormir relajado pensando que he realizado un acto de buena voluntad hacia mis semejantes. Como mínimo les he colgado una foto de la Berry en ropa interior y otra (para ellas) del Lobezno sin pelo en el pecho. Y no es moco de pavo.

8.5.05

Edipo en la cima del mundo

Cine negro. Del bueno. Del mejor. Y, cómo no, en blanco y negro, con sus sombras y tonalidades de grises correspondientes. Un gángster impulsivo. Una migraña destructiva. Un atraco a un ferrocarril con cuatro muertos. Una temporada en prisión. Un policía infiltrado. A un lado una madre dominante y, en el otro, su esposa, la mujer fatal por excelencia, como debe ser. 114 minutos densos, sin fisuras. Y un final inolvidable, de los que echan chispas. Todo perfectamente descrito. ¿Quién da más? Raoul Walsh, con Al Rojo Vivo, consiguió uno de los puntales indiscutibles del género. Los años 40 estaban a punto de fenecer y el realizador neoyorquino, con este título, se situó en la cima de Hollywood.

Y es que Al Rojo Vivo rezuma una electricidad que muy pocos han conseguido. James Cagney acababa de pasar una mala racha con la Warner y, tras varias intentonas frustradas con una productora propia y de su hermano, decidió volver al redil gracias a una oferta millonaria, tras la que se encontraba el protagonizar el film de Walsh. Darle vida a ese villano violento y enfermizo, con unos dolores de cabeza mortales, fue cuestión de coser y cantar para Cagney; al límite del histrionismo, sin llegar a cruzar la línea en ningún momento, tal y como pedía ese personaje amargado y soberbio. Cody Jarrett, el más pérfido de los gángsters, acababa de nacer: Su director sabía lo que se llevaba entre manos y por ello consiguió del actor su trabajo más reconocido, el de un tipo perverso, déspota con todo el mundo excepto con su propia madre, Ma Jarrett, una mujer malvada y ambiciosa, retorcida como pocas, de la que supo sacar el máximo provecho Margaret Wycherly, una secundaria que, hasta ese momento, sólo había dado vida a afables y entrañables ancianitas. Curioso, ¿no?. Y aquí, la madrecita del alma querida, exigía lo más difícil a su tarado hijo. La meta que le impuso a éste fue estar siempre en la cima del mundo.

Y detrás de esa pareja materno-filial estaba ella, Virginia Mayo, Verna, la esposa adúltera, bella pero bizca, desviando su mirada hacia uno de los apuesto sicarios de la banda de su marido, dispuesta a pegársela éste y a la suegra a la mínima de cambio. Una mujer atractiva pero vulgar: ronca mientras duerme, bebe como una esponja, su vocabulario es soez y, cuando Cody se gira, le mete la lengua hasta la campanilla a su amante de turno. Sabe nadar y guardar la ropa, sonríe ante los abruptos asesinatos de su esposo, no respeta las reglas y siempre busca al mejor postor. Y cuando lo tiene en sus redes, saca todo lo que quiere de él, sea el chulo de rigor o el propio Cody. “Cody, ¿me comprarás un abrigo de visón? El visón me sienta perfecto”. El pequeño Cody se la mira, de arriba abajo: “A ti hasta te sentaría bien la cortina de la ducha”. Sutilezas de un guión prodigioso, como el conseguir hacer creíble el ver a un tipo duro y sin escrúpulos sentado tiernamente sobre el regazo de su vieja madre, mientras ésta le acaricia la cocotera para calmar una de sus insufribles crisis de dolor.

Y en nuestras retinas, imágenes acumuladas para toda una vida, como la anteriormente citada. Momentos insustituibles, únicos, de esos que sólo pueden lograr las grandes películas: Cagney histérico, en el comedor de una penitenciaría, tras recibir una noticia desalentadora o bien las risas de nuestro maligno gángster, a lo Perro Pulgoso, tras asesinar a balazos, por la espalda, a otro tipo. El orgullo del criminal. La pasión por el mal. La muerte de otro como redención de sus propios pecados. La violencia elevada a la máxima potencia.

Y no sigo. Si alguien no la ha visto no querría reventarle el final. Un final antológico por antonomasia. Único y explosivo. La mejor manera de colocarse por goleada en la cima del mundo, aunque sea por unos pocos segundos. Les puedo asegurar que ese The End cumple, al cien por cien, con el tópico de que una imagen vale más que mil palabras. Y, por descontado, es de esos que una vez visto, jamás puede llegar a olvidarse.

Rosemary's Baby


7.5.05

Sábado y Glamour

Habitualmente, los viernes y sábados, ya integrado en el descanso del fin de semana, son los días que aprovecho para colgarles cualquier estupidez pillada al vuelo. La explicación es lógica desde que alguien inventó la ley del mínimo esfuerzo. Hoy, para no ser menos, les voy a linkar con una página espléndida, de esas dedicas a mitómanos del cine. Con glamour. Y de alta calidad.

Se trata de Dr. Macro’s. En ella se pueden encontrar centenares de fotos de todas las estrellas de los años dorados de Hollywood. Desde Chaplin a Clark Gable. No falta ni una. Y no sólo se darán de bruces con las citadas fotografías, sino que incluso descubrirán un jugoso apartado plagado de clips de titulos antológicos del cine de esos años.

De verdad que no tiene desperdicio. Pinchen aquí y se trasladarán, durante un buen rato, a los años 30 y 40. Como aperitivo, les dejo un par de fotos de los hermanos Marx y la tentadora Ava Gardner.

6.5.05

Ustedes lo han visto así... Yo no

No contentos con vilipendiarme la semana pasada al compararme con Benny Hill, algunos de ustedes se han unido en sangrante cofradía y me han buscado otro parecido aún más desagradable. ¡Bellacos!, ¿cómo osan decir que me asemejo al gordinflón ese de Padre de Familia?

Yo, de todas maneras, no lo veo así. Y mi madre y mi mujer, tampoco. Faltaría más. Él tiene pelo; yo no. ¿O es que están cegatos?

5.5.05

Star Wars I: El lado blanco de un tipo oscuro

En dos semanas se estrena el título que cerrará la segunda trilogía de Star Wars (primera, en orden cronológico). Sé positivamente que muchos de ustedes van a perder el sueño durante estos largos catorce días. La emoción de reencontrarse con los héroes galácticos es superior a nuestro entendimiento, igual que el morbo que supone el conocer cual será la definitiva decisión que llevará al joven Skywalker a optar por alistarse a la zona oscura. El viernes 19, este misterio quedará desvelado para siempre. Mientras, y como aperitivo, les cuelgo mis impresiones sobre los dos últimos títulos estrenados de esta millonaria odisea. Hoy La Amenaza Fantasma; la próxima semana El Ataque de los Clones.

Dieciséis largos años nos tuvo George Lucas en espera de retomar lo que sería la primera trilogía de la saga Star Wars tras habernos dejado con cierto mal sabor de boca con la irregular y simplona El retorno del Jedi, uno de los peores títulos de la anterior entrega. Por suerte, con el estreno de La Amenaza Fantasma, Lucas nos demostró seguir estando en plena forma y, al igual que hiciera con La Guerra de las Galaxias, volvió a ser él mismo quien, tras varios años de inactividad como realizador, se puso tras la cámara para dirigir el anhelado regreso, contando, como es lógico, con la colaboración musical del maravilloso John Williams quien, partiendo de la mítica partituta original, dió un nuevo sentido a la misma.

Y Lucas lo orquestó todo de manera perfecta, recogiendo el mismo espíritu aventurero y fantasioso con que afrontó el primer y más mítico título de la serie (a pesar de que muchos se empeñen en que el más sobresaliente se trata de El Imperio Contraataca), plasmando igualmente un sinfín de mundos imaginarios a través de una magnífica percepción visual y en el que los efectos especiales digitalizados cobraron un protagonismo innegable. La distracción estaba garantizada y el ritmo narrativo asegurado. Por fín íbamos a conocer todas las influencias del pasado de una numerosa serie de personajes convertidos en iconos de nuestra sociedad. El Bien y el Mal de nuevo reventando las taquillas.

La cinta arranca varios años antes de la acción que ya conocíamos por la trilogía anterior y en donde, por ejemplo, Obi-Wan Kenobi (Ewan McGregor en ésta, Alec Guinness en La Guerra de las Galaxias) es un jovenzuelo aprendiz de Caballero Jedi bajo la tutela del maestro Qui-Gon Jinn (Liam Neeson, interpretando a uno de los personajes con más entidad de este episodio), mientras el malhumorado, oscuro y tiránico Darth Vader es sencillamente Anakin Skywalker (Jake Lloyd), un niño rubito dotado de ciertos poderes mentales, cargado de buenas intenciones y retenido en el planeta Tatooine como esclavo de un avaricioso y verdoso chatarrero. Así, poco a poco, Lucas nos fue desvelando algunas de las claves que anteriormente ya había mostrado en sus tres primeros títulos, centrándose ante todo -después de haber descubierto Qui-Gon al pequeño Anakin-, en la posibilidad de que este joven pudiera ser el Jedi mítico que acabara compensando la tan cacareada Fuerza.

Fiel a su filosofía cinematográfica, con un espíritu aventurero envidiable, el director fue jugando a lo largo y ancho de su metraje con distintos géneros, atreviéndose incluso con un celebradísimo y trepidante homenaje a la antológica carrera de cuadrigas de Ben-Hur y acentuando, al mismo tiempo y de manera positiva, los rocambolescos e inolvidables seres que llenaban la espectacular y sombría cantina galáctica de La Guerra de las Galaxias, en esta ocasión aumentados en número y poblando las calles de la arenosa capital de Tatooine. Un curioso cameo de un muy básico C3PO y la presentación en sociedad (y por todo lo alto) de R2D2, se encargaronn del resto de guiños.

Un divertimento más que, sin embargo, se vió herido levemente por la irritante presencia de Jar Jar Binks, un personaje demasiado infantil y cargante, una mezcla entre Goofy y Ronaldinho, con una dicción difícil de pillar y perteneciente a la anfibia tribu de los Gungan que, sin gracia alguna, iba robando planos con nocturnidad y alevosía al resto de protagonistas de esta Amenaza Fantasma. A buen seguro, Lucas lo ideó para suplir la ausencia del entrañable Chewbacca y el poco papel otorgado a R2D2. Aunque, por suerte, Jar Jar nunca llegará a ser tan odiado como los cursilones Ewoks de El Retorno del Jedi. Esos si que tenían delito.

De todos modos, analizada fríamente, ésta no tiene la entidad de sus primeras entregas, ni sus personajes principales son tan míticos como antes. Resulta entretenida, divertida, incluso curiosa. Pero la originalidad que vertió en La Guerra de las Galaxias o El Imperio Contraataca brilla por su ausencia, ya que da la impresión de haber sido elaborada partiendo de los mismos patrones utilizados para éstas. En definitiva, se trata de una inteligente operación de marketing, aunque cocinada con ingredientes de alta calidad.

4.5.05

El psiquiatra, su esposa y la madre que la parió

De vez en cuando, hay películas que reconcilian a uno con el séptimo arte. Y ésta, El Cielo Abierto, es una de ellas. Sencilla, modesta y en la que todo cuadra a la perfección, mezclando el melodrama con la comedia sin ningún tipo de fisuras, suavemente, como si se lo hicieran con vaselina. En esa ocasión (la cuarta en la que unían sus fuerzas), el tándem compuesto por Miguel Albaladejo (director y guionista) y Elvira Lindo (guionista), demostró haber madurado definitivamente. Ya en sus divertidos devaneos de La Primera Noche de Mi Vida, su ópera prima, y en la graciosa adaptación para la pantalla grande de Manolito Gafotas, el dúo en cuestión prometía un trabajo futuro más sólido, más consistente y que, por desgracia, no supieron cumplir en su tercer filme, Ataque Verbal.

Por fin, con El Cielo Abierto, se cumplieron las expectativas pues, sin lugar a dudas y revisando todas sus colaboraciones, se convierte en la más redonda de ellas. Un trabajo que, por otra parte, debió resultar un problema para ellos, ya que difícilmente puedan llegar a superarlo en próximas ocasiones, pues con éste lograron su cima particular, sabiendo crear un relato lineal, con unos protagonistas bien delimitados y sin tener que renunciar, por ello, a su estilo coral habitual. No es de extrañar que, desde entonces, Albaladejo y Lindo no se hayan atrevido a firmar un nuevo guión en conjunto. ¿Será cosa del miedo escénico?

La historia de El Cielo Abierto es un original retrato sobre la separación de una pareja, pero mostrado siempre desde el punto de vista del abandonado, Miguel, un joven psiquiatra de la Seguridad Social que, de la noche a la mañana, ve como su mujer huye en compañía de un ser muy próximo a él, derrumbándose todo su universo personal. La aparición accidental de su suegra, instalada en su domicilio antes de someterse a unas pruebas médicas, será el detonante que conducirá a nuestro hombre a las puertas de una anunciada depresión.

A pesar de esa agria premisa argumental, Albaladejo y Lindo, como buenos guionistas, supieron sobreponerse a lo que podría haber sido un exageradísimo melo a lo Douglas Sirk, tomándose todo lo que le ocurre al personaje de Miguel con un sentido del humor impagable y aprovechando, al mismo tiempo, para que todos sus numerosos secundarios asumieran, conscientemente, el rol de bufones de la Corte. Aunque no sólo ellos, ya que el propio Sergi López, en la piel del gafado psiquiatra del Seguro, aportó su particular y personalísima dosis de comicidad a la historia, construyendo a un ser indefenso y bonachón, un tanto desastroso en sus relaciones cotidianas y perseguido por la estrella de la mala suerte. Un ánima en pena, vaya. ¿Se imaginan lo duro que debe ser cambiar a la esposa por la madre de ésta durante una larga temporada? No me lo quiero ni plantear...

Sin olvidar a toda la fauna de estrambóticos pacientes que pasan por la consulta del abatido psiquiatra (sin desperdicio alguno), merece una mención aparte Mariola Fuertes (Jasmina en el filme), la otra gran protagonista innegable de la cinta y cuya figura está sacada de la que ya interpretara, años antes, para La Primera Noche de Mi Vida. Un personaje entrañable, divertido y con un fuerte magnetismo, capaz de irrumpir en la vida de Miguel inesperadamente y, a pesar de sus diferencias sociales y culturales, abrirle ese cielo que proclama el título.

Sin caer en el tópico de Pigmalión, explotado cientos de veces en pretextos paralelos, la película narra una bella historia de amor ribeteada de un divertido aire coral, siempre de agradecer, en la que la propia Elvira Lindo vuelve a tener su particular participación representando a una estresada cleptómana y en la que también Ángeles Albaladejo, aquella inolvidable Guardia Civil hombruna de Manolito Gafotas, logra de la furibunda enfermera personal de Miguel uno de los roles más simpáticos del recomendable producto.

Si algún defecto le encuentro a ésta interesante propuesta, que aún hoy sigue conservandose fresca como en su estreno, es lo poco aprovechado que está el personaje de Víctor Israel, uno de los típicos secundarios del cine de terror hispano de los 70, recuperado en este filme para el papel del abuelo de Jasmina.

3.5.05

Bailar en la huelga

En Billy Elliot, el film del británico Stephen Daldry -filmado antes que su pedantilla Las Horas-, un niño dispuesto a convertirse en bailarín profesional es la excusa principal para que el realizador urda un excelente retrato de la Inglaterra tatcheriana, en la que mineros en huelga y policías en plan de alerta se convirtieron en uno de los focos de atención de esa sociedad unos cuantos años atrás. De todas maneras, muy poco ha cambiado en Gran Bretaña desde esos días.

Antes de empezar a hablar de la película, les recomendaría fervorosamente que intentaran verla en su versión original subtitulada, ya que su doblaje es uno de los más caóticos y vomitivos que se han realizado en nuestro país y que, por si solo, es capaz de reventar totalmente el buen trabajo interpretativo del joven que da vida al Billy Elliot del título, Jamie Bell, sobre todo en las escenas en las que éste demuestra cierto nerviosismo y acaba alzando su tono de voz. De vergüenza ajena, pues ni siquiera el DVD editado en España se ha dignado a subtitular la película en nuestro idioma

Una sola imagen define a la perfección el espíritu de la cinta de Stephen Daldry, cuando dos de los pequeños protagonistas de la misma, paseando por una de las calles de su ciudad, no muestran ningún tipo de inquietud ante una numerosa formación de antidisturbios dispuestos a frenar cualquier atisbo de manifestación a través de la violencia. La cotidianidad convertida en figura principal de la película; una imagen habitual, por desgracia, durante las largas huelgas de los mineros en el Condado de Durham, en pleno gobierno férreo de una de las féminas más repudiadas de los últimos tiempos, Margaret Thatcher. La cotidianidad, igualmente, en las relaciones de familia de Billy Elliot, un niño que, a pesar de la insistencia de su huelgista padre en que practique el deporte del boxeo, optará por asistir a clases de ballet en compañía de un grupito de niñas, rompiendo así, de manera inconsciente, la habitual monotonía de los más cercanos a él.

Narrada con un envidiable sentido del humor, la película rompe un tanto con los típicos productos británicos amparados en el modelo (un tanto repetitivo) impuesto por Ken Loach, a pesar de recurrir al mismo tipo de personajes, ambientes y época. Billy Elliot es mucho más abierta pues, sin renegar del drama que se esconde tras todas las situaciones expuestas, apuesta más directamente por la comedia. De todas maneras, el único defecto de ésta se encuentra en que, en sus últimos quince minutos, a Daldry se le va la mano intentando provocar la lágrima a cada nueva escena, resultando un tanto truculento a la hora de hurgar en la emotividad del espectador.

Merecidamente, en su día, obtuvo varias nominaciones al Oscar. Y es que, tras esa sencillez narrativa y de su agradable y bien resuelto guión -excelente a la hora de describir a todos sus personajes con tan solo cuatro trazos-, se esconde una película compacta y sin fisuras que se apoya indiscutiblemente en unas controladas interpretaciones. De éstas valdría la pena resaltar el trabajo de Julie Walters, la profesora de danza del joven Billy.

Lástima de ese cuarto de hora final, extremadamente sensiblero y lacrimógeno que, sin embargo, se ve altamente compensado por la sencillez con que aborda la historia, la facilidad con que mezcla el retrato social con los problemas del joven protagonista y, ante todo, por la frialdad humorística y cínica con la que acaba mostrando a la policía en sus quehaceres urbanos.

Por cierto, ¿se puede llevar a un mal doblaje ante los tribunales?

2.5.05

Ustedes lo han querido: DESEANDO AMAR

No saben el miedo que me daba enfrentarme a la petición que tocaba esta semana. Estaba aterrado, dispuesto a encontrarme ante esa desidia que, habitualmente, me depara el cine oriental. Y, si he de serles sincero, Deseando Amar, el film de hongkonés Wong Kar Wai, me ha sorprendido positivamente, de manera absoluta. Será que me estoy haciendo mayor o bien que estoy pasando por una temporada en exceso emotiva, pero la fuerza de las imágenes de esta película, junto con su particular y original manera de narrarla, me han llenado profundamente.

Y eso que, analizando a breves rasgos la historia que se esconde tras Deseando Amar, no propone nada nuevo al espectador. Un argumento que hemos visto una y mil veces en la pantalla grande; una historia más sobre amores imposibles, de esas que cuando le tocan a uno le quitan el sueño y las ganas de seguir tirando adelante. Pero la gracia de la misma se encuentra, ante todo, en la manera que tiene Kar Wai para contarla, pues ese hombre recurre a toda la magia y recursos del séptimo arte para darle la vuelta a un tema manido y convertirlo en una propuesta cien por cien original.

Cada plano está estructurado de manera metódica, buscando los detalles más íntimos de todo aquello que rodea a sus protagonistas, una pareja de personajes solitarios, abandonados por sus respectivos cónyuges, que buscan consolarse el uno al otro. Y Kar Wai se recrea en esa relación peculiar y un tanto enfermiza, tras la que se esconde cierta pasión por la autocomplacencia, la tortura y el desamor: una pareja que no quiere caer en el adulterio como han hecho sus compañeros y que, por esa tozudez un tanto espartana, malvivirán a sabiendas de que están perdiendo su gran momento. Ambos han descubierto el amor. Sólo les falta amar. Y se utilizan, tanto el uno como el otro, para descubrir quiénes eran en realidad sus anteriores parejas, un elemento que incluso el espectador desconoce (al menos en el aspecto físico) por haber quedado estos fuera de plano en sus diversas escenas

Deseando Amar es sólo eso, no busquen más. Pero trazado con el corazón, desgranando los sentimientos. Se trata del retrato minucioso de un amor no exteriorizado entre dos seres que se necesitan y no se atreven a plantearlo; o no quieren; o no saben. Esa es una cuestión que el realizador deja para el espectador. Él tan sólo coloca las claves, muestra sus movimientos, pero se abstiene de juzgar o de remover en sus mentes. Y esas claves las va entregando poco a poco, lentamente. Como en el pausado ritmo interno de la película, éstas asoman sin prisa, de muchas maneras: pequeños roces casi imperceptibles entre esa pareja de no-amantes desesperados que, sin querer, acaban actuando como un verdadero matrimonio. Sin sexo, aunque entrando en la monotonía habitual de las relaciones matrimoniales. Un bucle sin salida que el director dibuja a la perfección, buscando paralelismos en costumbres diarias de los dos personajes, como ese acto reflejo tan bien descrito que conduce a la chica, cada noche, al restaurante de la esquina en busca de su dosis diaria de tallarines.

Visualmente inmejorable y bella, minuciosa en la plasmación del aspecto del interior de las viviendas y de las vestimentas utilizadas en el Hong Kong de los años 60, el realizador nos sorprende con recursos fílmicos ciertamente interesantes. No sólo hace hablar a sus personajes, sino que consigue diálogos mágicos confiando tan sólo en la percepción visual del espectador, aunque siempre gracias a una utilización prodigiosa de la cámara. Sinuosos seguimientos, de imagen ralentizada, le sirven para mostrar, de manera sutil, la asfixiante tristeza y la impotencia que ahoga a esos dos seres, punteándolos siempre con la excelente banda sonora compuesta por Michael Galasso y Umebayashi Shigeru o bien, en su defecto, por la inserción disonante (y repetitiva) de la voz aflautada de Nat King Cole interpretando, en castellano, un par de boleros de los de toda la vida. Y he aquí cuando el bolero, signo inequívoco de la pasión más melodramática, se convierte en el tercer y gran protagonista de un producto a tener muy en cuenta... aunque sea amarillo y de ojos rasgados.

1.5.05

Recuerdos y emociones

El jueves pasado, a eso de las cinco de la tarde, tuve una oportunidad única, de esas que no se olvidan fácilmente, pues pude presenciar, a grandes rasgos, en que consistirá la próxima gira musical de Joan Manuel Serrat. Y les puedo asegurar que, a partir del 7 de julio, día en que estrenará su espectáculo en el Teatre Grec de Barcelona, valdrá la pena acudir a la cita musical allí en donde se presente.

El debut musical de la semana pasada tuvo lugar en un extraño marco, ya que no se trataba de ningún teatro ni de un auditorio musical. Fue en el salón de actos de uno de los hospitales públicos con más prestigio de la ciudad Condal, el Hospital Vall d’Hebron. Ese centro hospitalario, que durante todo este año está conmemorando sus 50 años de existencia con diversos actos, convocó para el jueves una jornada dedicada a los pacientes. Durante todo el día se celebraron varias mesas redondas y conferencias, siendo invitado, para cerrar la misma y como personaje excepcional, el cantautor catalán, el cual acudió a la misma en la doble vertiente de cantante y paciente hospitalario.

Serrat, con la única compañía del piano del virtuoso Ricard Miralles (el mejor arreglista que ha tenido durante su larga trayectoria musical), de su guitarra y de su propia voz, desgranó 8 de los temas que compondrán su retorno a los escenarios tras su conocida intervención quirúrgica. Y no les engaño en absoluto cuando afirmo que, desde hace muchos años, no me emocionaba tanto ante un concierto de este vocalista, pues para la ocasión ha elegido un repertorio maravilloso, desempolvando viejas canciones de esas que no tocaba en directo en mucho tiempo.

Supongo que consciente de que el Serrat de los años 90 no es el mismo cantautor inspirado que nos venía deleitando desde mediados de los 60, ha iniciado un agradecido viaje al pasado regalando a su público lo mejor de lo mejor de su repertorio. No hace mucho ya nos sorprendió con su Serrat Sinfónico, a través de una gira retrospectiva en la que repasaba parte de su discografía en compañía de una gran orquesta sinfónica. El experimento tuvo su gracia y los arreglos musicales que hizo Joan Albert Amargós para el suceso fueron inmejorables. Lástima, de todas maneras que, a mi gusto, la elección de las canciones no estuvo muy acertada, pues se olvidó de incluir en esos conciertos una parte muy concreta de su discografía, centrándose, ante todo, en los trabajos publicados en la década de los 90, posiblemente la etapa menos creativa de ese gran y único poeta.

Ahora, con este reencuentro, apuesta por una musicalidad menos ampulosa, mucho más intimista, pues sobre el escenario sólo están Serrat y Miralles. Al desnudo. Y su elección promete ser más emotiva, o al menos esa fue la impresión que me llevé ante ese pequeño ensayo que hizo en Vall d’Hebron, volviendo a interpretar en directo entrañables canciones como De Mica en Mica o Res No És Mesquí. Al menos, quien esto escribe, no pudo contener un par de lágrimas cuando desgranó Esos Locos Bajitos.

He de reconocer que soy de aquellos que nací con la música de Serrat, de los que acaban asociando los recuerdos personales con su música. De aquellos que, ante ciertas canciones del Noi del Poble Sec, no pueden evitar ponerse melancólicos. Y es que ese hombre alto y enjuto, que está luchando contra un cáncer, ha acabado siendo como uno más de mi familia.

Y, gracias al azar, puedo decir orgulloso que he podido coincidir en más de una ocasión con él, pues me honra poder decir que un primo hermano mío, Josep Maria Bardagí, ya por desgracia desaparecido, cautivó una fuerte amistad, tanto personal como profesional, con Joan Manuel Serrat. Y cada vez que, al igual que el pasado jueves, tengo la oportunidad de dar la mano y cruzar unas palabras con Serrat, recupero un poco ese halo vital que desgranaba mi primo.

Nen, un petó i una abraçada molt forta allà on siguis, cabró.


Serrat y Bardagí