7.3.07

Ustedes lo han querido: SOPA DE GANSO

Cuando en 1933 se estrenó Sopa de Ganso, los hermanos Marx ya tenían cuatro Biblias del humor circulando por las pantallas de todo el mundo. Cuatro joyas surrealistas y (me atrevería a decir) magistrales. Pero no fue hasta la aparición de la citada Sopa de Ganso que el cuarteto de humoristas no acabó de llamar la atención del todo al gran público. Con este título, Leo McCarey los catapultó definitivamente a la fama. Desde ese momento, la imagen de los Marx se convirtió en un icono cinematográfico indiscutible.

Y es que, en Sopa de Ganso, los cómicos potenciaron al máximo esa anarquía latente de la que ya habían dado elevadas muestras en sus inmejorables trabajos anteriores; obras, por cierto, mucho más compactas (y erróneamente menos valoradas) que las que rodaron a partir de Una Noche En La Ópera, su producto más comercial y emblemático. El amor por lo políticamente incorrecto y el libertinaje más descarado asomó, al cien por cien, con este film. Un film, además, dotado de una clara lectura política; pero política de la buena: ácrata al cien por cien.

En el reducido y surrealista universo de los Marx –aquí repartido entre Freedonia y Sylvania (dos países imaginarios ideados por la cachonda mente de sus guionistas)– la desvergüenza y el gamberrismo son las primordiales normas de conducta, sobre todo si se tiene en cuenta que el gran Groucho, rebautizado para la ocasión como Rufus T. Firefly, se alza como el máximo gobernante de Freedonia, un pequeño enclave en el mundo cuya mayor parte de sus riquezas están en manos de una viuda, la señora Gloria Teasdale, una honrosa y sufrida Margaret Dumont en su tercera colaboración con el marxismo, tras haber participado en Los Cuatro Cocos y El Conflicto de los Marx (título, este último, en el que Groucho inmortalizara al aún hoy presente Capitán Jeffrey T. Spaulding).

Y como es lógico, el crápula y viperino T. Firefly se dedicará a seducir y a ofender, a partes iguales, a esa viuda que, en el fondo, ha sido la responsable de su subida al poder, mientras que desde el país vecino, Sylvania, el todoterreno Louis Calhern (en la piel del pérfido embajador Trentino), urdirá una estrategia para conseguir el amor y los tesoros de la Dumont y, al mismo tiempo, derrocar al gobierno grouchista. Las armas utilizadas por el deslenguado Groucho serán las mismas de siempre, aquellas que le han convertido en estandarte de los más cantamañanas del planeta: una oratoria atrevida, unos andares insolentes y una desfachatez maravillosa. Con ellas, resolverá (muy a su manera) cuantos problemas económicos, políticos y bélicos se le avecinen, incluidas las huracanadas presencias de sus dos hermanos, Chico y Harpo: o sea, Chicolini y Pinky, dos jetas capaces de venderse al mejor postor con la única y gratísima intención de amargarle la vida a éste.

Dejar sueltos a Chicolini y Pinky es lo mismo que liberar a un par de perros hambrientos y cargados de tripis. Cualquier cosa puede ocurrir, y más si le dan a Harpo la posibilidad de cargar con unas tijeras con las que ir podando cuanto encuentre a su alrededor. La astucia italoamericana y golfa de Chico Marx -ansioso por vencer con su charlatanería y sus trampas al mismísimo Groucho- y el terrorismo destructivo que desgranan las viciosas neuronas de Harpo, unidas, forman un peligroso arsenal de destrucción masiva. Nadie está a salvo de ellos. Ni el propio Rufus T. Firefly, quien, finalmente, cederá ante la grosera y desleal ayuda de sus hermanitos del alma. Suerte tenía Groucho, en el film, de la ayuda del devoto Zeppo, su hombre en la sombra, casi un tipo invisible y para el cual, Sopa de Ganso -por su poca consistencia como personaje, en ésta y otras películas anteriores-, significó su último trabajo para el mundo del cine y de los Marx.

En Sopa de Ganso no hay números musicales abusivos ni molestos. Como mucho, hay un par, y perfectamente integrados en la narración. Su desmelenada coreografía incluso sirve a Groucho para dar rienda suelta a sus estrambóticos instintos rítmicos. Un gozo sin antecedentes ver danzar, espasmódica y desmembradamente, a ese genio con gafas y bigote pintado. Sus bailes son tan precipitados y alocados como los últimos minutos del film, durante los cuales se exhibe la batalla más anacrónica, veloz y extravagante jamás filmada. Uno de los mejores mazazos cerebrales y destructivos a la irracionalidad de las guerras.


68 escasos minutos de proyección y un número incontable de momentos geniales y antológicos, entre los que destacan la escena del espejo (con un Groucho en camisón de dormir, y clonado, al otro lado del cristal, por un Harpo más mimético que nunca) y la de la lucha de Chicolini y Pinky cuando, defendiendo su carrito de cacahuetes, se ensañan con un pobre vendedor de limonada que les hace la competencia en asuntos comerciales callejeros. Inenarrable. Es imprescindible verlo para descubrir el arte de unos cómicos insuperables que supieron aunar, y conjugar a la perfección, el dominio del absurdo con los gags visuales y verbales. Por algo fueron los mejores.

Por suerte, y para alegrarme la tarde, pude revisarla ayer mismo. Curiosamente, justo el día en que José Luis Coll volvía a encontrarse con Tip; Tip y Coll, una pareja de cómicos que nunca negaron las influencias marxistas en su humor. De manera indudable, los hermanos Marx han sido (y serán) referente para muchas generaciones.

6.3.07

Tip y Coll vuelven a unirse como pareja artística

Cada vez que desaparece uno de mis referentes culturales y, en este caso, humorísticos, me quedo como inalámbrico, desconectado, de color grisáceo; del mismo tono que el apagado cielo que hoy domina la ciudad de Barcelona.

La verdad es que no tengo palabras para hablar de lo que ha llegado a significar para mí José Luis Coll. Sólo deseo que, por fin, a estas horas, ya se haya reencontrado con su pareja escénica, Tip, el gigantesco e inimitable Luis Sánchez Polack.

Tengan presente que esta misma noche, y desde TV1, Jesús Hermida ha preparado un especial de dos horas dedicado a Coll, uno de los mejores y más innovadores cómicos de este país. Y, pensando en los más jóvenes (aquellos que no conocieron a Tip y Coll en su época dorada), recordarles que, para la segunda hora del programa, han prometido una recopilación de los mejores gags de la pareja humorística más surrealista que ha visto España en muchos años.

Aparte de darles mi más sentido pésame a toda la familia y allegados de José Luis Coll, y a modo de homenaje, les dejo con un YouTube en el que podrán disfrutar con una de sus intervenciones en el programa de TVE Todo Es Posible En Domingo.

No todo está perdido. Siempre nos quedarán Faemino y Cansado.

5.3.07

Pequeña Miss Hyun-seo

No hay que sacar las cosas de madre y no pasarse de rosca, tal y como está ocurriendo a la hora de juzgar The Host. Hay frases de ciertos críticos (demasiados) que, haciendo referencia al nuevo film del coreano Joon-ho Bong (el sobrevalorado director de Memories of Murder), han llegado a erizarme los cuatro solitarios pelos de mi calva. Personalmente, me parece más que desmesurado el afirmar que, con la aparición de esta película, todo el cine de monstruos realizado hasta el momento queda en desuso. Vaya, que a partir de ahora, ya nos podemos olvidar de King Kong y de joyas como Tiburón, Gremlins o, sin ir más lejos, de los primerizos e incluso entrañables Godzillas japoneses. Falacias.

Por otra parte, es innegable que The Host, como espectáculo sin pretensiones, resulta un producto digno; incluso divertido. No aburre. Es más: teniendo en cuenta su procedencia, hasta posee un ritmo narrativo más acelerado de lo normal. Una serie B amarilla que se muestra más que efectiva en sus bien resueltas escenas de acción. Cuatro toques digitales y unas cuantas transparencias, le son más que suficientes a Joon-ho Bong para resolver sus pasajes más vibrantes. Y punto.

Lo peor de todo es que la película sólo se queda en esto: en los trepidantes momentos en los que, el bicho que da título a la cinta (un pez mutante, de proporciones descomunales), planta cara a los pocos humanos que están dispuestos a desvencijarlo. El resto, aparte de discursivo y manido, me parece excesivamente forzado y, a veces, ridículo. La historia de un monstruo, nacido de vertidos tóxicos, y las continuas referencias a la tergiversación de la realidad por parte de los gobernantes, son temas explotados hasta la saciedad en centenares de ocasiones anteriores. Y les puedo asegurar que, en estos aspectos, The Host no ofrece nada nuevo al espectador que no se haya dicho antes.

En realidad, lo único que podría resultar un poco original dentro de su trama, es el dibujo que hace de sus protagonistas principales, los desmembrados miembros de una familia que intentan salvar a toda costa a la inocente Hyun-seo, la más pequeña de la estirpe, tras haber sido secuestrada por el temible peixoto. Una familia cuyos tronados componentes tendrían muy poco que envidiar a los de Pequeña Miss Sunshine pero que, por culpa de la excesiva satirización a la que se ven sometidos por sus guionistas, acaban resultando –del primero al último- demasiado esperpénticos y cansinos, como ocurre, por ejemplo, con el padre de la niña; un personaje tan exagerado en su caracterización de torpe que, finalmente, se transforma en una agotadora mezcla gestual y con ojos rasgados de Cantinflas y Jerry Lewis. De juzgado de guardia.

Si quieren disfrutar con The Host, tómenla como una más de monstruos. No busquen –como muchos pretenden- la panacea del género en ella. Arrinconen a un lado la pesantez de las escenas teóricamente más íntimas y de las payasadas a lo coreano, y céntrense, ante todo, en las apariciones del pescado gigantesco y saltimbanqui. Y, al mismo tiempo, descubran su velado homenaje a las Olimpiadas del 92 en Barcelona, justo cuando Antonio Rebollo encendía el pebetero olímpico.

3.3.07

Con el genuino sabor de los clásicos

A Steven Soderbergh siempre le ha gustado experimentar con el cine, jugar con formatos y estilos diferentes y arriesgarse con propuestas difíciles y distintas, tal y como hizo en el aburridísimo Bubble, el film anterior al recién estrenado El Buen Alemán. Éste es un título que llega precedido de cierta mala prensa, pues tuvo una pésima acogida en el pasado Festival de Berlín, aunque, vistos los resultados, les aseguro que esa "mala acogida" es de lo más falso que se puedan tirar en cara, ya que las numerosas críticas negativas que recibió fueron debidas a que se proyectó en versión original inglesa, a pelo, sin subtítulos en alemán para los periodistas germanos acreditados en el certamen. Y con la -en parte, lógica- pataleta de la prensa, quien salió perdiendo fue Soderbergh y su brillante producto.

El Buen Alemán es otro de esos experimentos del realizador aunque, en este caso, se trata de un ensayo estupendo: un homenaje en toda regla -tanto visual como temático- a aquellas películas que, a finales de los 40 y principios de los 50, se rodaron en la destrozada Berlín de postguerra; una ciudad de la que todos querían sacar tajada y en la que el mercado negro empezó a campar a su aire. Billy Wilder (Berlín Occidente), Jacques Tourneur (Berlín Express) e incluso Stanley Kramer (Vencedores o Vencidos), fueron algunos de los cineastas que recurrieron a la ruinosa capital para utilizarla como escenario ideal de sus películas. Y, consciente de ello, Soderbergh ya apunta directamente a esas cintas desde sus miméticos títulos de crédito, realizados a modo y manera de los films homenajeados. De hecho, la espléndida fotografía en blanco y negro, su cuadro de pantalla bastante más reducido de lo habitual, las imágenes documentales que inserta bajo los créditos y la excelente partitura musical de Thomas Newman (al más puro estilo de Frederick Hollander), hacen pensar que uno se encuentra ante una recuperada joya de serie B producida por la RKO de la época dorada.

Y no sólo quedan aquí los cuidados guiños cinéfilos pues, a lo largo de El Buen Alemán, hay un par más de claras referencias a El Tercer Hombre y Casablanca, dos títulos míticos que, sin lugar a dudas, cambiaron el rumbo y la manera de hacer cine. Incluso su guionista, el prestigioso Paul Attanasio, en la adaptación de la novela de Joseph Kanon en la que se basa, ha optado por dotar a sus diálogos de un aire muy clásico, lo cual se nota a la perfección en las ingeniosas réplicas que, a lo largo del metraje, van soltándose entre sí todos sus personajes. Un buen ejemplo de este toma y daca dialéctico se encuentra en la escena del bar, aquella en la que se encuentran, por primera vez y cara a cara, George Clooney y Cate Blanchett; una camaleónica Blanchett que, en esta ocasión, crea una deslumbrante composición a lo Marlene Dietrich, ensamblando -en un mismo personaje- los roles de la actriz alemana para dos películas de Wilder, la citada Berlín Occidente (de donde saca su cara más dulce) y la magistral Testigo de Cargo.

La historia, en un principio, parece muy sencilla, pero su laberíntico guión -rocambolesco y con deliberadas lagunas en su narración, igual que sucedía en el de William Faulkner, Leigh Brackett y Jules Furthman para El Sueño Eterno- acaba complicando la trama de manera sublime; una intriga triangular (o, casi mejor dicho, cuadrangular), en la que se mezclan diversos caracteres: una mujer alemana dispuesta a abandonar Berlín al precio que sea; el difunto marido de ésta, al que rusos y americanos buscan con un empeño desmesurado; un periodista militar, norteamericano, recién aterrizado en el país para cubrir la conferencia de paz de Postdam, y el joven chófer que le han asignado a este último para sus desplazamientos por la ciudad (un desconocido y perfecto Tobey Maguire en un papel al margen de sus trabajos usuales).

Gracias a El Buen Alemán, por su elegancia y savoir faire, volverán a recuperar ese regusto delicioso que dejaban los clásicos de antaño. Aunque, para ser un producto redondo del todo, sólo le falta la presencia de Cary Grant, de cuya sustitución se encarga Clooney de manera casi perfecta. Un film interesante y muy recomendable que, sin embargo (y por encontrarle algún mínimo defecto), carece de algunos toques humorísticos, lo cual hubiera paliado (en parte) la sobriedad con la que ha sido tratado.

2.3.07

18 postales (15 irregularidades, 1 divertimento y 2 joyas)

Paris, je t’aime no es una idea original, pues recupera el concepto que, en 1965, dejaron en París Visto Por... cineastas como Claude Chabrol, Eric Rohmer y Godard, entre otros y que, veinte años más tarde, tuvo su propia continuación en Paris vu par... vingt ans après, otro film igualmente comunitario aunque encabezado, en aquella ocasión, por Chantal Akerman y que jamás tuvo su estreno comercial en España.

Ahora, un grupo de directores internacionales, agrupados bajo el nombre de Genération Amour y homenajeando a los realizadores franceses que se ocuparon de los dos títulos anteriores, ha decidido dar su propia visión del París actual. Pero, en lugar de los 6 cortometrajes que ofrecieron los pioneros en su día, el nuevo colectivo ha apostado por segmentar la película en 18 cortos, todos ellos marcados por un denominador común: 18 historias, de cinco minutos de duración cada una y en las que se narran una serie de encuentros románticos en la llamada ciudad de las luces.

Nombres tan dispares como los de Ethan y Joel Coen, Isabel Coixet, Wes Craven, Gérard Depardieu, Alfonso Cuarón o Vincenzo Natali, se unen en una amalgama de estilos y colores variopintos. Una mixtura un tanto irregular, a veces pedante y, por momentos, bastante soporífera. Excepto contadas y brillantes excepciones, da la impresión que la mayoría de los 18 reputados cineastas no han sabido desarrollar una mínima trama en ese tiempo récord, con lo cual, muchos de ellos, se han quedado en el puro y simple esbozo de una historia, en la que el final, casi siempre, brilla por su ausencia: cabeza, cuerpo y sin extremidades. Y ello sin tener en cuenta que, a pesar de querer evitarlo, caen en el eterno tópico de los típicos productos comerciales filmados en la capital francesa. O sea, la postal turística resulta inevitable; la Torre Eiffel sigue asomando puntual, así como el Arco de Triunfo o el ya clásico barrio de Pigalle. Incluso, alguno de los directores, pasa del tópico y apuesta ya directamente por el topicazo, como ocurre en el caso del japonés Nobuhiro Suwa quien, en su colaboración, no duda ni un momento en colocar la perenne y cansina figura de un mimo insoportable bajo la emblemática torre metálica.

Los hermanos Coen, por suerte, rompen con la fría monotonía general del producto y, desde el fragmento Tuileries, recuperan un tanto ese espíritu gamberro y a lo cartoon de la Warner que habían perdido en sus últimos largometrajes. Steve Buscemi es su protagonista, un turista americano que vivirá una ingrata experiencia en los andenes de la estación de metro de las Tullerías.


Y, en medio de tanto irregularidad, los excelentes trabajos de Alfonso Cuarón y Vincenzo Natali acaban destacándose como las dos preciadas joyas de Paris je t’aime. El primero, el mejicano, con Parc Monceu, da muestras de su gran profesionalidad tras la cámara y, a través de un elegante plano secuencia en forma de travelling y contando con la presencia de un potentísimo Nick Nolte (algo bebido, por cierto), narra una historia ciertamente emotiva e inesperada por lo sorpresivo de su desenlace. Por su parte, Natali -el artífice de títulos como Cube o Cypher-, se adentra en el mundo del fantástico y plasma un delirante cuento de amor vampírico, protagonizado por Elijah Wood y la atractiva Olga Kurylenko, en el que se da el placer de jugar inteligentemente con la fotografía y el color.

En resumidas cuentas: una visita no muy placentera a la ciudad de París, planificada para deleite casi exclusivo de los cinéfilos más recalcitrantes, y en la que la petulancia y la modorra dominan buena parte de su excesivo metraje.

28.2.07

Al mismo nivel

Contra todo pronóstico, Inland Empire, el último film de David Lynch se ha estrenado en nuestras pantallas. Y la verdad es que, pernobulando el percullato, se debillofla en parnasio. Lynch se barnaflea en la idimorlasa del termáfogo. Noñela postra en la catrica del jabugo. Butrofé y cremafosa se atirloplan en la muplasta; muplasta repentina de la crofeguina. Apliculla en la prefetrá.

David Lynch, en Inland Empire, cromaña la escrofolla. Y la tropoña. Su sirlesio es frunoso, pero no incrote. Ñepa la paña de la ñeña ñuñote; ñapa: ñapote. Para ello, se mocretulla de la truqueña Laura Dern. Y se cropicuta la cropa de la proca, breticulando el crupote, la pacrasia y, en ocasiones, la llandriga. Mocre de napra de la mocrosa furfella. Pero éste, dobluga la cruña del ñopro y se merofutre la corprulla, con la ayuda del percutafle, el alsina y el bisofre.

Además, esprentañufla el corprilobio de los irlatrefos, amusagando hacia el pespotre del sófrago. Excepcional maprulla de ingroluentos merfallafles, en donde el pasaplonio del marsuplio surplolopia a la fabrasa del William H. Macy. Pericrotasa del bislabé, del refollo al cralutrendo, pero girando por la farlasia de ñecaplote. Tomatrafo encotrilla: el virlotué. Aplegrote en grapunta de la grañota y del promilloso. Tomoso y pastroso, amén de bluñeque. El reñé del callostro en la oprisade de lo más purreglostro. Astrufe en la pagotra.

Jeremy Irons crepalla a la greñasa de lo trupastro de Lynch; lo muquitra de la frenastia, colgasa y fregolla. Peñaremolla la flasa. Y el flasio, la responja. Comisodé de lumiflasa, la blasa. Pasio la vermeña, que el día está nuflasio. Corcoya de la moya, la moyasa y el moyasón. Pero, a pesar de ello, el fribelote está en alcafresio. Silencioso, pero aquirulotre con las pechulongras. Parpalluga.

La molluga asoma patrinada. El pertufole es sintrapiño, aunque glota la glotasa de la pergalota. Papró y cafrune son innecesarios en la tromoya del retrucote. Moñafla incadelasa. Y morafré del bardagí. La mutinga del riverola se esnifolla con la barulla. Aunque lacueva se matrova en la carcavona del pollastre rustiflo y se infrula: "¡Moraviyá la mollariña del babote y la lavisa!". Contenetre del pasamotre de la Castollafra a los conillastres; la gran Castollafra de casolla, la castrolla de la llapa y el llapete. Mirlonga la abastra de la trolocuense de Lynch. La arbolla es golla y algo más, pero poco.

En definitiva, Inland Empire, es la barñofla en plastrullo. No llega a plastruflete, pero casi.

27.2.07

La ventana indiscreta

La Vida de los Otros es el film alemán que le arrebató el Oscar a Mejor Película de Habla No Inglesa a El Laberinto del Fauno. Se trata de un título comprometido, ambientado a principios de los años 80 en la ya extinta República Democrática Alemana (la antigua Alemania Oriental), en el que la Stasi (la policía política del país) y dos personajes vinculados directamente con el mundo de teatro se alzan como principales protagonistas. Un film claramente político, narrado a medias entre el melodrama y el thriller al estilo de Costa-Gavras que, indiscutiblemente, se convierte en un producto más a añadir a toda una interminable (y necesaria) serie de films en los que queda de manifiesto la inestabilidad que provoca en la gente de a pie el control férreo a la que se ve sometida por un régimen dictatorial, sea éste del color que sea.

De hecho, La Vida de los Otros supone el debut en el campo del largometraje de Florian Henckel von Donnersmarck, asimismo responsable del guión; un libreto estructurado con inteligencia, pero que sin embargo posee alguna que otra laguna en su interior y ciertos aspectos no muy creíbles a lo largo de su trama (y más teniendo en cuenta esa proximidad visual y narrativa al cinéma verité que ha querido adoptar). Errores, de todos modos, muy perdonables y compensados altamente por lo detallista de su historia, por el buen número de considerables interpretaciones y, ante todo, por el rigor histórico y descriptivo con el que afronta su mensaje.

La película se centra, principalmente, en el capitán Gerd Wiesler, uno de los miembros más capacitados de la Staci al que se le encarga una misión muy específica; la de vigilar, día y noche, al escritor teatral Georg Dreyman y a su compañera sentimental, Christa-Maria Sieland, una actriz de teatro en pleno éxito profesional.

La mirada del realizador analiza, con lupa, al sombrío personaje de Wiesler, un funcionario gris y anodino, un hombre solitario cuyo principal trabajo se basa en espiar a los de su misma especie. Una rata de cloaca que, en su cometido de voyeur sofisticado, empezará a correr el riesgo de identificarse demasiado con sus víctimas. Un papel funesto en todos los aspectos, aunque interpretado con una estoica sobriedad por Ulrich Mühe, un actor al que ya pudimos ver en un destacado papel en la irregular (pero bienintencionada) Amén del antes citado Costa-Gavras.

Por otra parte, la cinta muestra los movimientos de Dreyman, el escritor, quien, alertado por sus compañeros de la posibilidad de que la Staci esté registrando sus movimientos, se decidirá por jugar al gato y al ratón con sus vigilantes, construyendo, para ello, una peculiar función teatral –sin apenas moverse de su apartamento- en la que tendrá que formar parte su no muy convencida pareja. Sebastian Koch y Martina Gedeck dan vida, respectivamente, a ambos personajes. El primero le impregna un carácter muy especial a su (políticamente hablando) amargado literato, mientras que ella (a pesar del gran peso específico de su papel) carga con el rol más desdibujado de todo el film, ya que quedan muy poco definidos los ambivalente sentimientos y emociones que guían sus acciones.

Un film interesante, capaz de mostrar la frialdad de una época y de unos gobernantes igual de grises que el perfecto y adecuado tono de la fotografía empleada; una fotografía de colores apagados, en donde el azul y el rojo no tienen casi ninguna presencia. Una adecuada manera de retratar esos largos años, duros y gélidos, durante los que la Alemania del Este vivió de espaldas al mundo.

Un poco más de agilidad narrativa, limando algunas asperezas de su guión y con un final no tan pillado por los pelos, y La Vida de los Otros podría convertirse en un título modélico dentro del género.

26.2.07

Infiltrados en La Noche Hache

Ayer noche tendría que haberse desarrollado un encuentro anual de artistas y famosillos en un conocido local de Hollywood (California). La excusa era la de siempre: otorgarse entre ellos unas figurillas doradas y mostrar sus modelos y exóticos peinados ante las cámaras de televisión. Pero ayer ocurrió algo raro, muy raro: cuando conecté el televisor para disfrutar del evento, me encontré ante una extrañísima versión de La Noche Hache.

La presentadora del programa del canal Cuatro y una de las colaboradoras de espacio de Antena 3 ¿Dónde estás Corazón?, se habían transformado en una sola persona (que atendía por DeGeneres) para conducir un alucinante show en el que, varios transformistas e imitadores, dieron vida a algunas de las estrellas de Hollywood, en lo que me pareció una excelente parodia de nuestros entrañables Goya.

Al no entender absolutamente nada de lo que había visto, esta mañana, se lo he contado todo a mi mujer. Ella, con una sonrisa socarrona, me ha aconsejado que pida visita al especialista para intentar cambiar mi medicación diaria. Me inquieta que haya insistido tanto en ello justo después de jurarle (repetidas veces) que, tras ver ese programa, salí a tomar unas copitas de Anís del Mono con Peter O'Toole y Philip Seymour Hoffman.

Al final he acabado llamando al médico para solicitar una cita con él lo antes posible.

10 miradas de Oscar

Actores y actrices. Y sus miradas. Miradas blancas, negras, amarillas... Miradas de todo tipo: de rencor, miedo, alegría, tristeza, incomprensión, sorpresa... Cualquiera de ellas puede valer un Oscar. Diez miradas para una noche de cine que está a punto de empezar. Entre principales y secundarios, veinte son los actores nominados. Sólo he podido conseguir imágenes de 10 de ellos, de entre los cuales tengo a un par de preferidos. ¿Y ustedes?

24.2.07

Dos regalos visuales con posibilidades al Oscar (sólo para sus ojos)

A parte de la Pene y El Laberinto del Fauno, también hay dos cortometrajes españoles nominados este año al Oscar. Dos pequeñas joyas a tener en cuenta. Cada una en su estilo, pero ambas realizadas con una profesionalidad envidiable.

Borja Cobeaga, con Éramos Pocos, se adentra en el reducido mundo de un padre y un hijo quienes, para subsistir en medio de la jungla que supone su destartalado y desordenado domicilio, han de recurrir a los servicios de una suegra a la que hace años tenían olvidada. Un trabajo ingenioso, divertido y con su pequeña -aunque considerable- dosis de mala leche. 16 minutos justos sin fisura narrativa alguna. Compruébenlo ustedes mismos a través del siguiente YouTube. Vale la pena.


La película de Javier Fessser, Binta y la Gran Idea, fue rodada íntegramente en Senegal durante la estancia del realizador en dicho país, contando para ello con la ayuda de UNICEF. Una cinta emotiva, humanitaria y totalmente integradora que define, a mi parecer, el mejor producto hasta el momento del director. Un film sensible e imprescindible que, en media horita, abre un montón de puertas a la esperanza y cuenta más cosas que algunos largometrajes con más pretensiones y mucha mejor difusión comercial. Denle una oportunidad. No se arrepentirán. Yo, por mi parte, apuesto fuerte por verle ganador del Oscar mañana por la noche. Disfrútenlo pinchando sobre la foto de Binta.

23.2.07

El mono blanco

El realizador Kevin Macdonald estrena hoy en nuestro país El Último Rey de Escocia, una película basada en una novela de Giles Folen que muestra la peculiar relación de Idi Amin Dada con el médico escocés Nicholas Garrigan, un personaje ficticio, inventado por la mente del escritor, al que unió en su libro con el temible dictador ugandés, el cual, durante el tiempo que duró su régimen en los años 70 y aplicando una política de genocidio sobre su pueblo, terminó con la vida de más de 300.000 personas.

Detalles reales sobre las acciones de Amín (tales como su trato déspota con sus subordinados o la crueldad con la que despachaba a sus enemigos), se mezclan con una intriga política, en formato de thriller, en la que su principal protagonista es el citado Dr. Garrigan, un joven blanco, recién licenciado, que de manera casual y tras aterrizar en Uganda para ejercer como médico de aldea, acabará convirtiéndose en uno de los más directos consejeros del sanguinario gobernante.

La cinta, en su primera hora, posee detalles de comedia; pero de una comedia esperpéntica, cargada de humor negro. Y es que a ello ayuda en mucho la fantástica composición de Forrest Whitaker (nominado al Oscar por este trabajo) quien, en la piel de Idi Amín Dada, logra crear un personaje igual de grotesco y sobrepasado como lo fuera el auténtico. Puede parecer una actuación histriónica, aunque no lo es en absoluto. De hecho, es la única y genial manera de afrontar la construcción de un tipejo que cada día estaba más desmelenado, tanto en sus pensamientos como en sus acciones políticas.


A medida que avanza su metraje, El Último Rey de Escocia deja aparcado su socarrón sentido del humor para ir penetrando, poco a poco, en el estado de terror con el que azotó a su país. Ello lo hace a medida que el Mono Blanco (el mote sarcástico con el que es bautizado por la prensa extranjera el médico escocés) va tomando conciencia del oscuro rol que le ha tocado jugar al lado del dictador. Y es que, en realidad, este personaje -creado para darle más dramatismo y un toque de intriga a la historia- se me antoja muy mal dibujado y, aparte, interpretado de manera forzada (y bastante falsa) por James McAvoy. En momento alguno resulta creíble que, a un tipo con un nivel cultural considerable como el suyo, le costara tanto despertar del letargo y descubrir que algo terrible estaba ocurriendo justo a su lado. O bien, para el guionista, el tal Garrigan era un tontolculo que no se enteraba de nada o, en caso contrario, está pésimamente escrito, ya que su presencia y sus actos habrían colado mejor si desde un principio lo hubieran descrito como a un crápula de mucho cuidado.

Su apartado final, tan poco creíble como exagerado, me recuerda a una mezcla alucinada entre la brutalidad de Un Hombre Llamado Caballo y las artimañas baratas e improbables de los imitadores más chungos de James Bond. Vistos los resultados, El Último Rey de Escocia y su Mono Blanco no deja de ser un mainstream más, a lo ugandesa-escocesa y con pretensiones de autor pero que, pese a su desnivelado guión y a la poca (o nula) credibilidad del personaje ficticio, acaba siendo entretenido -y hasta curioso- por lo descabellado de su propuesta y, ante todo, por aquellos aspectos (mucho mejor cuidados) que hacen referencia a la representación (bastante fiable) de Idi Amin Dada y su repulsiva política de terror.

Por cierto, a pesar de su madurez ¡qué guapa está, en su pequeña intervención, la ex agente del FBI Dana Scully!: se le ha puesto un toque a lo Virginia Madsen que me provoca un nosequé capaz de erizarme todos los pelos del cuerpo.

22.2.07

La otra cara de la moneda

Todas las previsiones apuntaban a que Cartas Desde Iwo Jima fuera un film mucho más compacto que Banderas de Nuestros Padres, aunque personalmente me ha defraudado bastante. No se trata de una mala película, ni mucho menos, pero en ningún momento acabé de entrar en la propuesta. Eastwood sabe colocar la cámara a la perfección y se muestra espléndido (como gato viejo que es) a la hora de resolver las escenas más comprometidas de manera brillante, tal y como hace en un vibrante pasaje, en el que un grupo reducido de soldados, atemorizados por la impotencia de la situación en la que se encuentran, opta por el suicidio en cadena. Un momento turbador que, por si mismo, abre todas las claves posibles para desentrañar la miseria y la ilógica que abrigan las guerras.


Tal y como ya se ha publicado en centenares de medios, con Cartas desde Iwo Jima, el realizador de Mystic River se sitúa al otro lado de la moneda y -si en su anterior film nos narraba la visión norteamericana de unos hechos concretos ocurridos durante la Guerra del Pacífico- en éste se decanta por ofrecer la mirada y las vivencias de los japoneses que fueron enviados a defender la isla de Iwo Jima. Para ello, la película está rodada con actores nipones y hablada íntegramente en japonés, cosa que ha obligado a Eastwood -para darle más credibilidad a esta visión- a otorgarle un enfoque narrativo y visual mucho más cercano al del cine oriental que al de la gran producción hollywoodiense.

La película está cargada de muy buenas intenciones, ello es innegable. Al igual que en Banderas de Nuestros Padres, vuelve a ejercer de abogado del diablo y deja bien clara la absurdidad de las guerras y la utilización de los soldaditos como piezas totalmente manipulables por parte de los gobernantes. Pura maquinaria de destrucción y de reciclaje. Con la suma de los dos títulos, asoma una lectura incuestionable: los enemigos no son (ni serán jamás) los que en realidad se enfrentan y mueren en los campos de batalla.

A pesar de sus innumerables y perfectamente construidas escenas de acción, en Cartas Desde Iwo Jima -al contrario que en su percepción anterior del bando norteamericano- vuelve a apostar por el intimismo, con lo cual se recrea (en exceso) en los pensamientos, divagaciones y actos del personaje interpretado por el veterano (y excelente) Ken Watanabe, el general al mando de uno de los destacamentos militares de la zona, al tiempo que se muestra repetitivo y lento en la mayor parte de las claustrofóbicas escenas (que son muchas, demasiadas) que transcurren en el interior de las oscuras cuevas que servían de refugio a los soldados japoneses. La composición escenográfica e interpretativa de las citadas escenas resulta demasiado teatral, lo cual le da un aspecto de irrealidad a la cinta que rompe en parte con la imagen de autenticidad que pretenda dar, tal y como hace (con nota alta) con los crueles pasajes en los que la violencia y la acción se convierten en los principales puntos de atención del cineasta. También es posible que, esa teatralidad, no sea asumida del todo por el director ya que, en el fondo, rezuma todo el estilo interpretativo de los actores nipones; un estilo que, por cierto y personalmente, me irrita hasta extremos inenarrables.

A mi gusto, las grandes expectativas que levantaba el film han quedado en muy poca cosa. Aparte de la corrección cinematográfica (el magnífico tratamiento de su fotografía, mediante un color sepia cercano al blanco y negro) y, ante todo, de producción, no ofrece mucho más que el título anterior. Cambia los decorados y los personajes, pero la idea sigue siendo la misma. E incluso, en ciertos aspectos, me atrevería a afirmar que resulta un tanto maniquea, pues retrata al ejército japonés -en general- como a una gigantesca entidad formada por alucinados y conscientes kamikazes que, debido a su básico y mínimo armamento y a su poca (o nula) claridad estratégica, tenían muy asimilado, desde el inicio de la guerra, que ellos iban a ser los vencidos. Una idea bastante prepotente y pro yanqui, muy a lo Spielberg (que por algo es el productor), en la que la superioridad –en todos los aspectos- se inclina en la balanza hacia el domicilio del Tío Sam, por mucho final sensiblero (y un poco cursi y exagerado) que nos coloque.

Sin lugar a dudas, me quedo con el Eastwood de Mystic River, Million Dollar Baby y, si mucho me apuran, de Poder Absoluto. Y es que a este hombre, uno de los grandes clásicos vivientes del Séptimo Arte, lo de los uniformes y la ampulosidad no le acaban de funcionar del todo. La sencillez narrativa es realmente lo suyo.

Sobre nominados ignorados, programas de radio y previsiones inmediatas

Hay cosas que resultan difíciles de comprender. Y una de ellas, teniendo en cuenta que el próximo domingo se van a entregar los Oscar de este año, es que aún estén pendientes de estreno algunos títulos con nominaciones fuertes en su haber. Este es el caso de dos películas en concreto: Half Nelson y Notes on a Scandal, ambas con prevista distribución en España y cuya exhibición en nuestro país queda para bastante después de la entrega de premios.

¿Acaso los amantes del cine no podemos ver, antes de la gala, las interpretaciones nominadas de Ryan Gosling, Judy Dench o Cate Blanchett para los dos títulos antes citados? Al menos, podrían haber hecho con ellos lo mismo que en el caso de El Último Rey de Escocia o Venus, los cuales, a partir del viernes, estarán ya proyectándose en varias salas. Justito, pero suficiente para poder juzgar sus nominaciones antes de la gala.

De todos modos, puedo comentarles que, por suerte, pude gozar de la magnífica creación de Ryan Gosling para el film Half Nelson. Y les aseguro que, tras haber visto la película y el sorprendente trabajo del actor, este joven podría hacer mucho daño al resto de los nominados. No me extrañaría nada que pudiera ser la sorpresa del domingo. En la película, Gosling se mete en la piel de un profesor de una escuela conflictiva; un profesor atípico, adicto a la cocaína y al alcohol, que intenta llevar su vida lo mejor posible a pesar de sus problemas personales. Y el hombre está excelente, sencillamente de Oscar. A veces, no necesita ni hablar: su mirada destrozada, a causa de los latigazos de la farlopa y el crack, es suficientemente explícita para que el espectador intuya los sentimientos más íntimos de un personaje que, a pesar de sus características autodestructivas, el actor construye rehuyendo cualquier tipo de sobreactuación. Una maravilla compacta de interpretación al servicio de una película sobria, interesante y perfectamente narrada; un producto del que hablaré más extensamente el día que por fin se estrene en nuestras salas.

Cambiando un poco de tercio, me satisface avanzarles que, el próximo domingo, repetiré en el programa radiofónico De la Terra a la Lluna de Víctor Riverola, para colaborar en el especial sobre los Oscar que ese buen hombre anda montando. En él hablaremos de nuestras respectivas opiniones sobre las nominaciones y analizaremos, en clave distendida, las posibilidades de cada una de ellas. Eso será desde las 14.30 hasta las 16.00. Espero que estén atentos a esa emisión, la cual (para los que vivan fueran de Barcelona) podrán seguir on-line a través de la web de Onda Rambla y a la que podrán dirigirse por teléfono en caso de querer dejar su parecer. Les aseguro que me haría mucha ilusión hablar, en antena y en directo, con algunos de ustedes. El único problema es que el programa se realiza en catalán, pero si hacen una llamadita, les atenderemos en la lengua que sea necesaria.

Y ahora les dejo hasta más tarde, pues estoy preparando algunas críticas sobre películas pendientes en el blog, como Cartas desde Iwo Jima, El Último Rey de Escocia, Venus y los dos cortometrajes españoles que competirán para el Oscar. Y, si todo funciona como tengo previsto, el domingo les colgaré un post visual y youtubero que llevo varios días maquinando.

Hoy mismo, por la noche y en esta pantalla, Clint Eastwood vs. Spaulding. El esmerado servicio de bar, se lo tendrán que poner ustedes mismos.