15.2.07

Spanish Show

Han pasado ya cuatro años desde que David Serrano estrenara ese entretenimiento fallido que llevaba por nombre Días de Fútbol, y menos de dos respecto a su infumable guión para Los 2 Lados de la Cama. Ahora regresa, como director y guionista (ayudado, en este segundo menester, por el actor Alberto San Juan), con Días de Cine, un nuevo film coral al estilo del de su debut en el campo del largometraje.

En esta ocasión, ambienta su película en 1977, durante los primeros años de la transición, justo cuando el destape en el cine español estaba a la orden del día. Un escritor galardonado en Francia y que hace mucho tiempo que no conoce el éxito en su España natal, decide hacer un guión cinematográfico para después encargarse asimismo de la dirección. Busca un productor también caído en desgracia; le endosan a una folklórica en decadencia como principal protagonista y, por si fuera poco, la esperpéntica censura de la época, en su trama -un drama reivindicativo y antifranquista, con la explotación de mineros como telón de fondo-, descubre un montón de puntos oscuros a eliminar. Entre los cambios (nada sutiles) de su guión y el empecinamiento de su productor por conseguir que Silvia Conde (la estrella del film) se despelote, el hombre entrará en una grave crisis de identidad.

La verdad es que con un argumento como éste, Días de Cine podría haber dado mucho juego. En manos de alguien como Berlanga o de un guionista como Azcona, les aseguro que otro gallo nos hubiera cantado. La película, en su primera media hora, incluso resulta fresca y divertida, francamente prometedora. Un montón de personajes –a cual más estrafalario- entran y salen de pantalla como Pedro por su casa. Todo parece muy bien ligado. Incluso nos ofrece un buen número de gags divertidos y sobresalientes. Pero David Serrano, en su afán por ir más allá de su propuesta, abandona (de golpe y porrazo) ese acompasado y excelente ritmo de comedia inicial para entrar, de lleno, en uno de los esperpentos más ridículos jamás filmados.

No teniendo suficiente con desarmar su brillante idea originaria, decide irse por los Cerros de Úbeda. Cae por derroteros más infantiloides y aprovecha para desmelenar al máximo a la mayoría de sus personajes secundarios. La astracanada ya está en marcha... y no hay nadie capaz de frenarla. Censores y guardias civiles danzan, en el interior de una mina, rodeados de un par de putones -con minifaldas ajustadas y cortitas- y de un grupo de bailarinas disfrazadas de gusanos monstruosos. Más que un homenaje a las trivialidades por las que tuvieron que pasar algunos de los cineastas más progresistas de la época, da la impresión de tratarse de un nefasto guiño a las filmografías de Jess Franco y Jacinto Molina. Y lo peor de todo: sin gracia alguna. Valentina y el Capitán Tan hubieran disfrutado de lo lindo moviendo su esqueleto en las variopintas y espantosas coreografías que, por arte de birlibirloque, el realizador se ha sacado de la manga y sin venir a cuento de nada. Puro delirio de alguien que ha perdido por completo el ingenio.

En Días de Cine uno no puede dejar de llevarse las manos a la cabeza ante un reparto tan mal aprovechado y pésimamente dirigido. A excepción de un genial Miguel Rellán (fantástico desarrollando el rol de productor, un personaje con muchos paralelismos con el de José Luis López Vázquez en la magistral Plácido), del resto de los actores no hay quien se salve. El histrionismo y la exageración son la norma interpretativa de un producto vacío y desequilibrado en todos sus aspectos. Ni dirección, ni ritmo, ni guión que valga. Nada de nada. Excepto, repito, el gigantesco Rellán.

Parece una especie de maldición, pero pocas son las películas capaces de hablar del mundo del cine, desde el propio cine, sin que nazcan ya estrelladas. Haberlas de brillantes, haylas. Pero son minoría. Y Días de Cine, por mucho que le pese a David Serrano, no entrará jamás a formar parte de ese reducido grupo de destacadas.

14.2.07

Babel

El francés Michel Gondry es un tío curioso. Su cine es extremadamente peculiar y arriesgado. Tal y como demostró en su ingeniosa ¡Olvídate de mí!, la narración lineal no le va en absoluto y le encanta mezclar la realidad con las divagaciones propias de la mente humana. Y, de hecho, eso es lo que ha vuelto a plasmar en su nueva película, La Ciencia del Sueño; cinta en la que baraja el devenir diario de un joven con los muy imaginativos sueños de éste.

La Ciencia del Sueño no es un producto tan redondo como su precedente, la citada ¡Olvídate de Mí! ya que, comparado con éste y debido a sus numerosos puntos de contacto, la sorpresa de la originalidad inicial ya no existe. Al mismo tiempo, su planteamiento es mucho más sencillo, lo cual compensa con su cuidadísimo aspecto visual, sobre todo en aquellos momentos en los que Gondry retrata la imaginería que se desprende de los múltiples sueños de Stéphane Miroux, su personaje principal. Quizás la ausencia en el guión del surrealista estilo de Charlie Kaufman le haya permitido, al realizador, centrarse con más atención en el dibujo de las visualizaciones oníricas que no en los laberínticos vericuetos de la mente, tal y como ya hizo en el film protagonizado por Jim Carrey.

Aparte de esa envidiable imaginación que desprende, la película abriga una nueva manera de afrontar una comedia sentimental pues, en este caso, rompe con los patrones tradicionales del género al verse totalmente desenfocada y trastocada por la mente esquizoide del joven Stéphane; un joven que, por motivos familiares, regresa de México para instalarse en el parisino apartamento que le vio nacer. Allí conocerá a Stéphanie, una vecina de su mismo rellano que acabará convirtiéndose en la musa de sus sueños y de sus obsesiones.

De todos modos, ese aire de comedia que domina toda la proyección, esconde, en realidad, el inmenso drama de la enfermedad mental. Es tal la identificación de Stéphane con sus propios delirios que, cada día que pasa, le cuesta más poderlos desgranar de su entorno real. Tan grande será esa concordancia que, al igual que al espectador (al que Gondry sitúa a la perfección en el lugar de su protagonista), le acabará resultando imposible saber el verdadero estado en el que se encuentra. ¿Sueño? ¿Realidad? El subconsciente va a su aire y no se deja atrapar así como así.

Gael García Bernal está magnífico, espléndido, insuperable; a veces tierno, otras puro esperpento. Él es ese joven imaginativo, desquiciado y a veces ingenuo que, por razones geográficas y lingüísticas, se expresa en tres idiomas distintos: español, inglés y francés. Bastantes problemas tiene ya con sus fantasías oníricas que, al unísono, deberá enfrentarse con su particular Torre de Babel (imprescindible, en este aspecto, su visión en versión original subtitulada). Quijotesco en sus locuras y alucinadas, en lugar de luchar contra ruedas de molino, lo hará con sus propios compañeros de trabajo, con su madre y con la mujer de la que se ha enamorado; una mujer a la que ama por recordarle a su propio padre muerto.

Una propuesta relevante, original, emotiva y, a pesar de su extravagancia narrativa, en nada pretenciosa. Ese cambio paulatino de la comedia a la tragicomedia (ideal para mostrar los efectos de la desincronización mental de una persona), es sencillamente sublime.

Ni en sueños se la dejen escapar.

13.2.07

EN RESUMIDAS CUENTAS: Dos de fantasmas y jovencitos (o, mejor dicho, de jovencitos fantasmas)

Pulse es una de tantas fotocopias que los norteamericanos han realizado de algunos de los títulos más recientes del fantástico nipón. En este caso le ha tocado el turno a la ya de por sí innecesaria Kaïro que, en el 2001, dirigió Kiyoshi Kurosawa. Si el original trastabillaba por todas partes, ya se pueden ir imaginando los patéticos resultados de la calca perpetrada por Jim Sonzero, el realizador que finalmente sustituyó tras la cámara a Wes Craven, el cual -en contra de lo que afirma el falso cartel publicitario español- tan sólo acabó ejerciendo de co-guionista.

Virus informáticos y fantasmas escapados de la Red son la principal excusa para que, la mayor parte de miembros de un agilipollado grupo de adolescentes, vayan cayendo uno tras otro. Las autoridades y la prensa piensan que se trata de una oleada de suicidios, pero los más cercanos a las víctimas no lo tienen tan claro. Más de lo mismo: ellos, los chicos, son tontainas y guapetes; ellas, las chicas, son también tontainas, guapitas y (para diferenciarse de ellos) llevan tejanos ceñidos marcando culito, aunque pringan igual que los muchachotes.

Lo que les digo: si el original de Kurosawa ya era nefasto, lo que ha hecho el Sonzero no tiene ni nombre. Sin embargo, sigue en las pantallas de estreno. Y es que hay público para todos los gustos. Incluso para tragársela enterita y encima disfrutar. Como diría Alvy Singer (aka Woody Allen), "el universo se expande".

Cry Wolf
es otro título de la cartelera actual protagonizado también por un grupo de jóvenes, aunque en este caso envueltos en una historia llena de crímenes y misterio, en el que la teórica presencia de un serial-killer enojado les dará mucho juego a sus guionistas. La diferencia con Pulse estriba en que éste resulta un poco más inteligente y, en lugar de centrarse en el género fantástico, se decanta por un thriller juvenil en el que la mentira y el engaño cobran una relevancia especial.

Realizada con cierto oficio y dotada de un brutal inicio, la cinta posee algún que otro giro de guión mínimamente sorprendente e inesperado que la aleja, en parte, de títulos al estilo de Sé Lo Que Hicisteis el Último Verano y similares. Su director, un tal Jeff Wadlow, demuestra su eficacia en la dosificación y el dominio del suspense y, a pesar de caer (en más de una ocasión) en el efectismo de baratillo habitual en este tipo de films, acaba logrando un producto visible (y sencillo), en el que lo que más chirría es la insulsa interpretación de Jon Bon Jovi.

12.2.07

Diamond forever

Diamante de Sangre, a parte del título de la última película del irregular Edward Zwick (cuyo mejor logro fue su colaboración en la serie Treintaytantos), es el termino (pluralizado) con el que Amnisty International -y otras entidades pacíficas y no gubernamentales- calificó a esos pequeños diamantes que, sacados ilegalmente de Sudáfrica a finales de los años 90, sirvieron para subvencionar su guerra civil y la compra de armas.

La película de Zwick se inicia en pleno conflicto sudafricano. Allí, dos personajes totalmente distintos, correrán todo tipo de aventuras y riesgos para conseguir un preciado diamante rosa, el cual podría cambiar el destino de sus respectivas vidas. Ellos son Danny Archer y Solomon Vandy, ambos nacidos en el mismo país aunque diferenciados por dos rasgos primordiales: el color de su piel y sus ambiciones futuras. El primero es un tipo sin escrúpulos ni ideología; un mercenario en el amplio sentido de la palabra. El segundo es un humilde pescador negro de la aldea de Mende, separado brutalmente de su familia por la guerrilla y obligado a trabajar en las minas de diamantes. En la búsqueda de la preciada joya se unirá una tercera persona, Maddy Bowen, una idealista reportera norteamericana a la que le costará mucho entender las razones por las cuales Danny Archer se embarca en tan peligrosa empresa.

La cinta tiene garra y está filmada mediante un ritmo endiablado, sobre todo en sus bien resueltas y numerosas escenas de acción. Su vibrante montaje y la capacidad visual que demuestra Zwick para orquestarlas, son las dos herramientas primordiales con las que logra ese acercamiento formal al cine de aventuras de toda la vida. Su constante cadencia narrativa es otro elemento que -evitando tiempos muertos e innecesarios- le otorga prestancia a un trabajo cuya principal virtud y pretensión es la de entretener. El mejor ejemplo de su espíritu aventurero se encuentra en la parte final, en la cual, tras asistir a varios momentos dignos del mejor cine de acción, la cámara acaba repartiendo sus imágenes entre Sierra Leona y la ciudad de Londres, los dos puntos geográficos que cerrarán la caza, captura y efectos sociopolíticos del ansiado diamante rosa.

La verdad es que Diamante de Sangre no aburre en absoluto. En ese aspecto, se merecería matrícula de honor. Lástima que, en una película de estas características tan loables, le falle sobremanera el guión, quedando varios puntos oscuros sin atar a lo largo de su proyección, empezando por el forzado personaje de la periodista: un personaje bastante desdibujado y que ha sido metido con calzador en medio de la historia. La reportera que ha de dar, por narices, su no muy creíble punto de vista ideológico y de denuncia política. Es innegable que su presencia en el film tiene muy buenas intenciones, pero jamás profundiza en sus posicionamientos e ideales. A buen seguro, Maddy Bowen fue creada por su guionista (Charles Leavitt) para darle un toque de cine comprometido a un producto de claras connotaciones comerciales pero, entre la insustancial interpretación de Jennifer Connelly y el no saber ahondar más en su presencia, ésta queda por completo fuera de juego.

Es cierto que Leonardo DiCaprio, en la piel del mercenario, realiza una labor excelente, la cual, sin embargo, sólo puede ser apreciada al cien por cien en su versión original, ya que el trabajo interpretativo del protagonista de Titanic se basa, ante todo, en su peculiar dicción. El acento con el que se expresa (una mezcla de ingles macarrónico y afrikaans afrancesado) bien le podría valer el Oscar a su nominación a mejor actor. De todos modos, me resulta muy difícil comprender a muchos espectadores que, tras verla doblada al español, opinan sobre su "brillante" actuación cuando, en realidad -si no fuera por esa pronunciación tan atípica y dificultosa-, el chico utiliza sus mínimos recursos de siempre para la creación física del impulsivo Danny Archer.

En contraposición al meticuloso esfuerzo de DiCaprio, está el histrionismo imparable del que hace gala Djimon Hounsou, nominado igualmente al Oscar aunque por la categoría de actor secundario. Y es que, a mi entero parecer, el hombre está totalmente pasado de rosca y, para demostrar sus dotes ante una cámara, aprovecha la menor ocasión para desmadrarse a gusto, ya sea llorando a través de gigantescos berridos o chillando como poseso.

Un producto renqueante, perfectamente realizado, pero que se queda corto en algunos aspectos muy concretos, siendo el ideológico el que más se resiente de ello, así como la poca ingeniosidad de su guión para clarificar ciertos matices políticos que se esconden tras los movimientos de DiCaprio y Honsou. Pero, a pesar de los pesares y como cinta de entretenimiento (sin más), Diamante de Sangre resulta una película ideal. Todo sea por el espíritu romántico de la aventura.

Con la cara lavá y recién peiná

Como habrán podido observar, este fin de semana no he colgado ningún post. La razón es muy sencilla, pues me he pasado varias horas puliendo el blog, que ya le tocaba. Primero hice la pertinente mudanza a la nueva versión de blogger; luego me puse a fondo con los links. Algunos estaban desfasados o muertos, y otros merecían ocupar un espacio en esta página.

Hoy mismo, si la autoridad y el tiempo lo permiten, todo volverá a la normalidad en Spaulding’s blog. Además, tengo un montón de películas en el tintero que, algún día u otro, han de ver la luz. Pues nada: les dejo y me pongo en ello.

9.2.07

El milagro Rubik

La coletilla publicitaria de estar basado en un caso real y la presencia del (últimamente) irritante Will Smith, junto con su propio hijo pequeño (Jaden Smith), me hacían temer lo peor. Contra todo pronóstico, he de confesar que En Busca de la Felicidad me ha sorprendido. Puede tratarse de un trabajo previsible, cargado de la mayoría de tópicos existentes en este tipo de productos, pero está realizado con mucha elegancia y sentido del humor.

Ambientada a principios de los años 80, la película narra una fragmento de la vida de Chris Gardner, un hombre de color, de clase baja, casado y con un hijo de cinco años. Chris se gana la vida vendiendo un modelo especial de escáner óseo para hospitales y consultas médicas. El número de ventas es cada vez menor, lo cual conlleva que su situación familiar vaya cayendo en un estado de lamentable precariedad. Económicamente arruinado y a punto de ser expulsado del apartamento que tiene alquilado en San Francisco, acarreará con su pequeño cuando su mujer les abandone para irse a trabajar a Nueva York. Un cubo de Rubik y un accidentado trayecto a bordo de un taxi obrarán el pequeño milagro: abrirle las puertas para un futuro más prometedor... a pesar de que varios obstáculos, casi infranqueables -antes de llegar a la meta soñada-, empezarán a cruzarse en su camino.

El american dream por enésima vez en pantalla, pero en esta ocasión con un agradecido aire a lo Frank Capra. Mezcla, de manera pertinaz, la comedia con el melodrama; el humor con la emotividad. Todo está colocado en su justa medida ya que, en su debut en el cine norteamericano, el realizador italiano Gabriele Muccino, ha intentado no cargar las tintas en ninguno de los dos aspectos citados. Sus toques de comedia son moderados, aunque inteligentes (y sin lugar alguno para la astracanada) y, al mismo tiempo, rehuye abusar de los más lacrimógenos, a pesar de que, en el fondo, en este tipo de películas, acaba siendo condición sine quanum el poseer una escena en la que el espectador pueda soltar sus lagrimillas con total tranquilidad, tal y como me ocurrió a mí en su fragmento final. Y les puedo asegurar que lloré a gusto, casi a moco tendido.

Es innegable que En Busca de la Felicidad está montada para el lucimiento total de su protagonista, un Will Smith que, nominado al Oscar por su brillante interpretación, se mueve como pez en el agua a través de uno de los personajes mejor escritos y desarrollados de su carrera. Gracias a su Chris Gardner -ese gafe que, de la noche a la mañana, se ve durmiendo en la calle y al que le otorga un carisma ciertamente entrañable-, el actor hace olvidar otras facetas suyas bastante más deplorables y apayasadas, al tiempo que muestra una excelente química con su propio hijo, una figura que, siendo imprescindible para el desarrollo del film, no llega a molestar nunca, al contrario de lo que ocurre con otros pequeñajos repelentes que se pasan el día dando la tabarra desde la gran pantalla. Es más: aparte de resultar una gozada verlos actuar juntos, Steve Conrad (el guionista) les ha servido un regalo en forma de relación paterno-filial cinéfila ya que, en una escena que transcurre en los lavabos de una estación de tren, se aproxima sutilmente al universo fantástico y evasivo que, en La Vida Es Bella, construyó Roberto Benigni para que su hijo afrontará su encierro en un campo de concentración como un mero juego.

La tercera en discordia es Thandie Newton, Linda, la esposa de Will Smith y madre del pequeño Christopher en la cinta; una actriz que nunca me ha convencido en absoluto y que, en los últimos años, aparece hasta en la sopa. Aún no sé qué valores le han encontrado a esta chica, pero lo que sí es cierto es que, su papel en el film, es tan odioso que -a mi entero parecer y por primera vez en su carrera- por fin le han encontrado un rol idóneo para ella.

Un producto dinámico; dos horas de proyección que pasan en un abrir y cerrar de ojos; un largometraje muy pensado y estudiado para el gran público. La clara demostración de que el cine comercial (por muy estandarizado que sea) no está reñido con la calidad. Y todo ello gracias a poseer ese regusto a cine clásico, del de antes, del de toda la vida y al servicio de un film que, machacando en parte su esperado happy end, pone de manifiesto la cantidad de pobreza y de sin techos que causa la sociedad capitalista.

8.2.07

De la fuerza de James Brown a la ñoñería de Whitney Houston


Dreamgirls es la película con más nominaciones al Oscar de este año, aunque ninguna de ellas (¡por suerte!) está destinada a mejor película o mejor dirección. A pesar de haber obtenido el Globo de Oro a Mejor Musical, no es de extrañar que, en sus opciones al Oscar, no figuren ciertas categorías pues, en realidad, se trata de un producto correctillo, sin más, pero demasiado almibarado en muchos aspectos, sobre todo en lo que hace referencia a su parte final, en la que se decanta por la melaza más empalagosa y atreviéndose, incluso, a variarlo y suavizarlo respecto al libreto original escrito por Tom Eyen y Henry Kriegen.

De hecho, Dreamgirls está basada en una obra teatral que, en los años 80, gozó de cierta repercusión en los escenarios de Broadway y que, de manera bastante libre, se inspiró en la trayectoria de uno de los grupos musicales femeninos con más repercusión en los años 60, The Supremes, aquel que fuera capitaneado, durante una larga temporada, por Diana Ross; una Diana Ross que –al menos en su versión cinematográfica- queda bastante mal parada, a pesar de que se le ha cambiado su nombre por el de Deena Jones. Según cuentan, la cantante nunca ha dado su opinión sobre Dreamgirls (tanto en cine como en teatro), pues asegura que ella no se siente en absoluto identificada con ese personaje ficticio, renegando de la historia que plasma el musical.

Bill Condon, el realizador de Kinsey y la estupenda Dioses y Monstruos, ha sido el encargado de trasladarlo a la pantalla grande, centrándose, ante todo, en la rivalidad creada entre la primera líder de The Supremes, Florence Ballard (Effie White en el film) y Diana Ross, así como en el conflicto personal y sentimental entre ellas y Berry Gordy Jr., su descubridor, mánager y, al mismo tiempo, fundador de la mítica discográfica Motown y que, en el largometraje, aparecen bajo el nombre de Curtis Taylor Jr. y Rainbown Records respectivamente. Para su adaptación, Condon ha intentado, a medias, huir del clásico (y a veces ridículo) esquema del musical made in Hollywood; aquel estándar en el que sus protagonistas se ponían a cantar, de manera inesperada, en medio de un supermercado o en un vagón de metro, teniendo siempre a punto una orquesta para acompañar sus bemoles. Y digo que sólo lo ha logrado a medias ya que, en un par de ocasiones, utiliza ese recurso, aunque sin abusar de él (cosa que sí ocurría en la versión teatral) y con la intención de reforzar aún más las situaciones dramáticas del film.

Lo mejor de Dreamgirls se encuentra en su parte inicial. En ella, mediante un ritmo frenético y un brillante montaje, se dedica a presentar a los protagonistas principales de la trama que, en definitiva, quedan reducidos a cuatro, pues el resto de personajes están totalmente desdibujados, empezando por la presencia casi fantasmagórica de Lorrell Robinson, la tercera de las chicas que componen el trío. Es así como las citadas Deena Jones y Effie White (esta última, la solista inicial del grupo The Dreamettes), cobran una especial relevancia que se ve secundada –casi en exclusiva- por Curtis Taylor Jr. -el teórico descubridor del talento de las chicas- y James “Thunder” Early, un cantante frenético y acelerado que se inspira en tres estrellas del soul de la época: James Brown, Marvin Gaye y Jackie Wilson.

Un desconocido y excelente Eddie Murphy (sin lugar a dudas lo más resaltable del film) es, precisamente, el descontrolado James “Thunder” Early. Una interpretación modélica, sin histrionismos de ningún tipo, que retrata a la perfección a un tipo engreído y triunfador que, tras ver desaparecer el éxito de su vida, caerá en un pozo negro absorbido por el poder hipnótico de las drogas. Una sola mirada del actor (llena de emociones y sentimientos), justo en el momento en el que un hermano le recrimina su adicción antes de meterse un pico, sería más que suficiente para que el próximo día 25 alcance la estatuilla dorada. Y es que Murphy, a pesar del poco tiempo que permanece en pantalla, acaba convirtiéndose en la mayor atracción de Dreamgirls, ya que el resto de actuaciones resultan excesivamente planas. La única que podría hacerle un poco de sombra es Jennifer Hudson, la joven debutante que afronta el papel de la rival más directa de Deena, ya que ni la sosería innata de Beyoncé Knowles ni la sobreactuación de un inaguantable Jamie Foxx merecen especial atención.

Cuatro números musicales perfectamente filmados y orquestados, su dirección escenográfica, la destrucción del mito creado alrededor de Diana Ross (por mucho que le pese a Michael Jackson), la maravillosa creación interpretativa de Murphy y la mala leche que vierte sobre el creador de la Motown, conforman la parte más positiva de un producto irregular (y demasiado alargado) que, pasada su media hora inicial, empieza a ir de capa caída, tanto en el aspecto narrativo como en el musical; sobre todo en el musical, ya que el enfebrecido ritmo del soul con el qua se abre la película da paso, a marchas forzadas, a esas melodías descafeinadas muy al estilo de Whitney Houston (cantante a la que, curiosamente, estuvieron a punto de ofrecerle el rol de Deena). Una penita de música, créanme.

7.2.07

Ustedes lo han querido: MULHOLLAND DRIVE

¿Vampirismo? ¿Desdoblamiento de personalidad? ¿Una historia de amores frustrados? ¿Una inmensa tomadura de pelo?... Numerosas han sido las teorías, por parte de los defensores de David Lynch, sobre el significado de Mulholland Drive, la última película del realizador norteamericano estrenada en España. Personalmente, me decanto por lo de la tomadura de pelo; por las ansias de un cineasta pedante con ganas de rizar el rizo, para conseguir que sus más adeptos se estrujen el cerebelo día y noche, descubriendo mil y una lecturas escondidas en su narración; unas lecturas que, por otra parte, ni siquiera existen pues, a buen seguro, Lynch colocó en éste el mismo montón de gazapos utilizado en productos anteriores, con la única y sanísima intención de provocar a sus enemigos y reírse de sus parroquianos. O el tío es un cachondo de mucho cuidado o el mayor de los petulantes.

Mulholland Drive resulta mucho más engañoso que alguno de sus otros títulos, y es que en esta ocasión optó por narrar una historia lineal y “bastante” más comprensible de lo normal. Pero esa teórica normalidad tan sólo está presente durante sus dos largas horas iniciales, ya que en sus últimos treinta minutos aparece, de sopetón, todo el artificio de su reiterativo cine.

La cinta empieza con un espectacular accidente automovilístico en Mulholland Drive, una carretera situada en la colina que domina la ciudad de Los Ángeles, justo por encima del mítico cartel en el que se anuncia -mediante letras gigantescas- el imperio de Hollywood. Del siniestro, la única que sale con vida es una bella mujer, la cual, debida al fuerte impacto, ha perdido la memoria. En su divagar sin rumbo por las calles de Beverly Hills, acabará contactando con Betty Elms, una chica un tanto ingenua que -recién llegada a la ciudad y dispuesta a triunfar en el mundo del espectáculo- le ofrecerá cobijo en su domicilio. Un casting cinematográfico en busca de una actriz y un director maltratado por sus productores, son las otras dos bases sobre las que se aposenta el film y que, al mismo tiempo, le sirven a Lynch para desglosar una ácida y resultona crítica al falso mundo de Hollywood.

Hasta aquí, todo parece ir sobre ruedas. Al igual que en ciertas películas del realizador, también hay algunas lagunas en su narración pero, en este caso, hasta resultan perdonables e incluso divertidas. El delirante y jocoso episodio protagonizado por un desastroso asesino a sueldo (digno de las mejores comedias de Blake Edwards), es un buen ejemplo de ello, ya que por sí mismo no aporta nada nuevo al desarrollo del film, pues tal personaje acaba desapareciendo casi por completo de la trama. A pesar de parecer un añadido innecesario, hay que reconocer que tiene gracia y desengrasa un poco. Es casi, casi, como si Lynch hubiera incluido un cortometraje dentro de su película.

Es innegable que las sensuales presencias (siempre interesantes) de Naomi Watts y Laura Harring animan bastante el cotarro, al menos en lo que hace referencia al par de escenitas lésbicas (de lo más caliente) que se montan entre ellas. La primera da vida a la recién llegada Betty, mientras que la Harring acarrea el rol de la amnésica. De todos modos, ellas no son las únicas mujeres que pululan por la cinta, pues la también atractiva Melissa George posee su propia intervención; una intervención mucho más corta, pero con un peso específico muy concreto. Bautizada para la ocasión con el nombre propio de una vampiresa de las de toda la vida, Camilla, su personaje fue, sin lugar a dudas, el principal culpable de que muchos apuntaran hacia la extraña teoría del vampirismo hollywoodiano.

Tal y como citaba al principio, pasados los primeros 120 minutos de proyección, Lynch rompe con cualquier lógica posible. Sin embargo, antes de su brusca ruptura narrativa, ya daba avisos de su particular universo a través de alguna que otra aparición enigmática, como la del enano deforme e inválido o la del misterioso personaje del Cowboy (una especie de guiño al que interpretara, cuatro años antes, un blanquecino Robert Blake en Carretera Perdida). Y con la ruptura, asoma también -en su máximo esplendor y al completo- toda la escenografía e iconografía de su personal mundo; o sea, más de lo mismo: cortinas de color rojo, cabarets decadentes y -por si fuera poco su desvarío- la comparecencia en pantalla de unos viejecitos a los que, recuperados de la primera parte del film y en forma de clics de Famobil, ha convertido en seres diminutos escapados de una arcaica cajita de tonos verdosos; un matrimonio de ancianos que, según la opinión de los espectadores más superdotados (mentalmente hablando, no me vayan a malinterpretar), representan la imagen de la suerte. ¡Pues anda que no!

Aparte de incomprensible, su fragmento final (en el que vuelca todas sus neuras y rarezas), me parece totalmente precipitado. O bien no sabía como narices acabar la película o se vio obligado a ese apresuramiento con tal de poder estrenarla en la pantalla grande. Según cuentan malas lenguas, Mulholland Drive era -en principio- el episodio piloto de una serie destinada a la televisión y que, al ser rechazada su propuesta, decidió inventarse ese final desorbitado, en el que cantantes de bolero y magos de tres al cuarto comparten escenario con seres escapados de Liliput. Y es que, sin ese epílogo alocado, el resto de su metraje anterior, aparte de correcto, resultaría un producto de lo más sencillito (aunque con la magnífica escena de las dos lesbianitas, que eso sí vale un potosí).

Vaya: ni vampirismo, ni desdoblamientos de personalidad, ni una historia de amores frustrados; una más de sus tomaduras de pelo y, en este caso, realizada de manera desatinada y para cubrir el expediente.

Y lo que más me gusta de todo ello es que muchos se dedican a buscarle tres pies al gato. A veces pienso que David Lynch, más que un espabilao, es el mayor de los genios.

6.2.07

Nazis y pelvis

Desde la irregular El Hombre Sin Sombra, Paul Verhoeven había desaparecido del mapa. Justo cuando se cumplen siete años de su estreno, regresa con una fuerza inusitada a través de El Libro Negro, un film trepidante, realizado en su país natal, en el que el sabor de las viejas películas de aventuras bélicas y el peculiar estilo del realizador holandés, se aúnan a la perfección para introducir al espectador en una vorágine de acción, misterio y un toque de comedia.

El Libro Negro sigue las vicisitudes de una joven judía la cual, huyendo del ejército nazi, acaba formando parte de la resistencia holandesa. Un arriesgado plan, para liberar a un grupo de compañeros detenidos, la convertirá en el eje principal del mismo. Una operación de alto voltaje en la que Verhoeven vuelca ese espíritu gamberro (y a veces delirante) que tanto le había caracterizado, demostrando su sabiduría, entre otras cosas, con la magnífica elección de Carice van Houten para interpretar a su accidental heroína, una mujer no muy conocida por estos lares aunque con un amplio pasado televisivo en su país de origen.

Un auto homenaje en forma pélvica (en claro guiño al ya mítico cruce de piernas de Sharon Stone en Instinto Básico), deja bien claro que su manera de mostrar la Segunda Guerra Mundial se distancia totalmente de los modismos actuales. A pesar de estar inspirada en un episodio verídico (la agenda negra, a la que hace referencia su título, existió), rompe con la corriente (ya cansina) de recurrir al estilo impuesto por Spielberg en Salvar al Soldado Ryan, para situarse más al lado de aquellas antiguas películas de serie B que afrontaban el tema de modo menos realista, decantándose por una ficción electrizada y narrada a todo ritmo. El sabor de la aventura servido en bandeja de plata, mediante una puesta en escena y una esplendorosa dirección artísitica, capaz de reflejar a la perfección el ambiente y los escenarios de la Holanda de esos oscuros años.

Para compensar esa detallista escenografía, no es de extrañar que el dibujo que hace de los nazis sea muy satírico, casi caricaturesco. Y es que. en una película de puro entretenimiento como El Libro Negro, éste ha de ser su aspecto más recurrente: es de obligación que los malos sean muy malos, incluso cómicos, aunque al mismo tiempo -cosa que logra Verhoeven- han de demostrar una elevada dosis de crueldad y cinismo en sus caracteres. Precisamente por ello, algunos podrían tacharla de ingenua pero, en este caso, creo que la ingenuidad no está reñida con la ingeniosidad que demuestra el realizador.

La cinta tiene un poco de todo: suspense, persecuciones, tiroteos, torturas, erotismo y algún que otro toque escatológico con reminiscencias a lo Carrie de De Palma; así como un enmascarado guiño a Encadenados, una de las obras maestras de Hitchcock. A pesar de la sencillez aparente de su guión (no es difícil descubrir algunas de las claves finales del film a lo largo de su proyección), sus 145 minutos de duración pasan volando. La fuerza narrativa y visual de Verhoeven, así como la facilidad de éste para construir diversas situaciones (a cuál más ocurrente) durante su metraje, hacen posible el milagro; un milagro en el que, por supuesto, no podían faltar aquellas zorronas desmadradas que, en los films del morboso Tinto Brass, alegraban las orgías de los altos oficiales del ejércio nazi.

Una elogiable y muy particular mirada sobre la resistencia holandesa y la invasión del país por parte del ejército alemán, aunque al mismo tiempo respetuosa con las constantes de un género que parecía ya extinguido pero que, en los últimos meses, está resurgiendo de las cenizas. Primero fue Apocalypto y ahora la desfachatez incontrolada (e incluso provocativa) de este Libro Negro. Y prepárense para otra sobredosis aventurera, pues el próximo viernes llega a nuestras pantallas Diamante de Sangre, a mi gusto la más irregular de las tres. Pero esa ya es otra historia que aparcaré hasta el día de su estreno.

5.2.07

Desenfocado

¿Recuerdan a Woody Allen y a Robin Williams en Desmontando a Harry? Pues eso: hoy estoy como ellos, totalmente desenfocado.

Un día extraño. Raro, raro, raro... Una jornada ambivalente, de esas que dan la sensación de ir montado en una montaña rusa desbocada, llena de bajadas y subidas inesperadas. Lo que les digo; créanme: desenfocado.

Mañana les hablo de cine. Palabra de Spaulding. Ahora me he de enfocar de nuevo.

4.2.07

Spaulding y yo

Es curioso, pero aún recuerdo ese día, hace ahora unos 22 años, como si fuera ayer. Fue justo cuando, por primera vez, hablé de cine ante un micrófono en una pequeña emisora de barrio, la ya desaparecida Radio Clot. Junto con dos amigos, estrenaba un programa de cine, Travelling; un espacio que, por otra parte, se alargó –con sus pertinentes modificaciones y pasando por diferentes emisoras- hasta hace poco más de un año. El comentario de la última película de Steven Spielberg significó mi bautizo de fuego en las ondas. Se trataba de Indiana Jones y el Templo Maldito.

Les he de decir que, durante esos tiempos, Spaulding aún no había aparecido en mi vida. Éste surgió un poco antes del nacimiento del blog. Es más, sin la presencia del cínico Spaulding, seguramente nunca habría volcado tanta fuerza sobre esta bitácora. Él fue quien me incitó a ello, a crear su insolente personaje y a afrontar los momentos difíciles con mucha más tranquilidad y, a ser posible, con una sonrisa en los labios. Fue él quien me hizo ver claro que, trabajar para otros por amor al arte, era una gran gilipollez pues, no sólo estuve en diversas emisoras de radio ya que, durante esos 22 años, dejé también mis escritos por un par de publicaciones mensuales de Barcelona. Y siempre, siempre, sin sacar un duro de beneficio.

Suerte tuve desde el principio que, para ayudarme en la ardua (y cara) tarea de informar sobre la cartelera cinematográfica, hubo gente que me tendió su mano. Sin la ayuda de los cines Verdi, Ricardo Gil o, ante todo, el ahora jubilado Toni García (ambos de la antigua empresa CINESA) nunca hubiera podido aguantar el gasto económico que supone consumir tanto cine. Ellos, con las acreditaciones que me facilitaron durante todo este largo tiempo, posibilitaron que pudiera acceder gratuitamente a sus numerosas salas. Siempre les estaré profundamente agradecido pues, en el fondo, para mí ha significado la manera de seguir escribiendo y hablando de una de mis grandes pasiones: la del cine. Es más, la mayoría de ellos eran conscientes de que los medios de comunicación en los que estaba tenían muy poca audiencia y, a pesar de ello, nunca tuvieron problema alguno en renovarme -año tras año- el pase de prensa.

Aquí es justo cuando Spaulding me convenció de que un blog sería el mejor medio para subir audiencias; de un medio propio y más libre “¿No ves que en esas radios y revistillas no te escucha ni lee nadie?, me dijo muy serio, frunciendo las cejas y mirándome fijamente a los ojos. “Vete a Internet y monta un blog de cine”, aconsejome. “Adopta mi personalidad y ponle mi nombre: El blog de Spaulding”. Y así lo hice. Spaulding’s blog abrió sus puertas y, poco más de dos años después, ha conseguido una media diaria que oscila entre las 450 y las 470 páginas visitadas. Y todo ello gracias a ustedes, a Spaulding y a las acreditaciones.

Nunca había pensado llegar a tener una página con tanta vida, en la que además se vierten numerosas y diversas opiniones ajenas. Suerte que, aparte de ustedes, Spaulding se encarga del resto, aunque para ello haya de vapulearme en más de una ocasión para ir al cine o para sentarme ante el teclado. Y precisamente en uno de los momentos más dulces de este blog, es cuando llega una empresa extranjera, absorbe la cadena CINESA y liquidan a más del 50% de sus acreditados de prensa. Spaulding se ha quedado sin pase. Las más de 450 visitas diarias no les importan. A Spaulding y a mí sí; y mucho. Es de suponer que Internet, para ellos, no es más que un campo de despojos, por lo que se muestran incapaces de valorar las 288.500 visitas en los dos años de vida.

Eso es lo único que se puede esperar de los responsables de una cadena de cines en los que, aparte de palomitas, se ofrecen nachos con salsa picante al público de sus salas. Al menos, cuando me manche los pantalones con esa salsa, podré exigir el libro de reclamaciones con la cara bien alta.

Spaulding me ha asegurado que seguiremos. Él y yo. O sea, Spaulding; o sea, yo. Y lo haré con más ganas que nunca, sin interferencias de ningún tipo; igual que en sus inicios. Spaulding’s blog seguirá en la red, día a día, y espero que por muchos años, aunque me arruine... hasta que no pueda pagar la ADSL. Y es que ustedes se merecen esto y mucho más.

¡Va por ustedes! Y no me pillen diarreas, que luego sabré que han comido demasiados nachos.

2.2.07

EN RESUMIDAS CUENTAS: Apostando al límite

El barcelonés Ventura Pons, para bien o para mal, últimamente está de lo más productivo. A casi una película por año, por su perseverancia, se está transformando en nuestro particular Woody Allen con barretina encasquetada; las fabrica una detrás de otra, igual que churros. Y así le quedan: sin pulir y un tanto herméticas, como le ha ocurrido con su último título, La Vida Abismal.

Basada en la novela La Vida en el Abismo de Ferran Torrent, y rodada íntegramente en vídeo de alta definición, en esta ocasión, el realizador catalán escapa de su habitual ciudad condal para instalarse en el valenciano pueblo de Sedaví, lugar de nacimiento del escritor y en el que está ambientada la mayor parte de la cinta. Desde allí, narra una de las experiencias de adolescencia vividas por el autor de Gracias por la Propina a principio de los años 70, concretamente la que pasó al lado de El Xino, otro joven como él que, sin oficio ni beneficio, invirtió su tiempo y el poco dinero que poseía en el mundo del juego.

El vértigo del juego a golpes de adrenalina; el placer del riesgo; el apostar al límite para sentirse realizado, aventurándose cada vez más en envites en exceso destructivos: un buen retrato de un jugador compulsivo y de peligrosa catadura, al que da vida un excelente Oscar Jaenada. Un personaje descrito desde el punto de vista del propio Ferran Torrent, quien acabó acompañándole en numerosas partidas en las que ejercía de peculiar amuleto de la suerte, hasta que un buen día desapareció de su vida, como si la tierra se lo hubiera tragado.

La Vida Abismal tiene estilo. Posee matices dignos del cine negro, aunque le falta la magia, la fuerza y el empaque de, por ejemplo, El Rey del Juego. Las timbas a las que asiste El Xino son frías, en nada vibrantes, al igual que el dibujo demasiado distante que hace Pons de sus protagonistas. Y es que el principal problema del film radica (aparte de su dilatado metraje) en su reiterativa mirada; una mirada lenta y agónica que hace que su narración quede encallada para, cuando finalmente decide arrancar y entrar en materia, hacerlo de modo precipitado, casi de soslayo, perdiéndose en un epílogo farragoso y muy poco cinematográfico, en el que domina más la palabra que el diálogo.


Otro producto que bebe directamente de las fuentes más contundentes del cine negro es la brillante cinta francesa 13 Tzameti la cual, curiosamente, posee ciertos paralelismos (que no voy a desvelar) con la de Ventura Pons.

13 Tzameti es un título duro, compacto y gris. Muy gris; tanto que, sin ningún tipo de tapujos, exhibe toda la miseria de la que hace gala el ser humano. Su cuidada fotografía en blanco y negro es la mejor opción para enfrentarse a una historia tan cruda como la que expone Géla Babluani, su realizador, un inmigrante de Georgia que, contando con su propio hermano como principal protagonista (el joven George Babluani), ha orquestado un título durísimo y sorprendente con muy pocas concesiones a la taquilla.

En la película se barajan, a la perfección, conceptos tan dispares como un muerto por sobredosis de heroína, una misteriosa carta dirigida al difunto y un inmigrante -con ganas de sacar una buena tajada económica- que no dudará ni un instante en apropiarse de la citada correspondencia: un billete de ida y vuelta que le conducirá a un lugar lúgubre y con demasiado olor a putrefacción. Todo un verdadero descenso al infierno.

Sus 40 minutos iniciales resultan difíciles de comprender, aunque poseen magnetismo y misterio a raudales. Babluani, en su ópera prima, juega con el espectador y lo sitúa en el lugar de Sébastien, su protagonista, ese muchacho dispuesto a viajar hasta lo desconocido sin saber con exactitud en dónde se ha metido. Y la platea, al mismo tiempo que el propio Sébastien, descubrirá la realidad de tan enigmática odisea. Una realidad sin posibilidad de vuelta atrás; una pesadilla desgarradora de tonos grises y oscuros.

Un film que recomiendo efusivamente y para el que hay que tener mucho estómago a la hora de soportar la brutalidad de sus imágenes. Su blanco y negro no es ninguna pedantería de autor postmodernillo en busca de originalidad: sencillamente se trata de una herramienta más, perfectamente amoldada a la trama, para hacer posible esa gelidez y distancia que muestra tanto con sus personajes como con la situación en la que se ven envueltos. De una radicalidad inesperada y atípica en el cine de nuestros días. No la dejen escapar.