17.6.05

Little Big Man

Llevo unos días preocupado. Era totalmente consciente de que me olvidaba comunicarles algo imprescindible. No tenía claro de que se trataba, por muchas vueltas que le diera a mi cabeza. Pero sabía que algún detalle se me había pasado por alto, volatilizado por completo.

Y hete aquí, que esta mañana, al saltar de mi cama, recién levantado y aún por asear, un flash en mi mente ha abierto las puertas que conducen directamente al elemento perdido. Ese dato trascendente, esa información única, hoy por fin toma forma en esta bitácora.

Con un poco de retraso, pero fiel al espíritu que me caracteriza, me apena recordarles que el pasado domingo, día 12 de junio de 2005, se cumplieron 7 años de la ausencia de un personaje que dejó mella en toda una generación de españolitos: el gran, único e incomparable Torrebruno.

7 años sin Torrebruno han cambiado definitivamente mi forma de ser. Al menos, ya no me siento tan alto como antes.

16.6.05

El hombre del traje azul

Ayer por la tarde tuve la ocasión de recuperar un espléndido film que, en su día, se me escapó. A pesar de las buenas críticas recibidas, éste fue pésimamente estrenado y aguantó muy poco tiempo en las salas comerciales de nuestro país. Se trata de, Punch-Drunk Love (Embriagado de Amor) , el último largometraje de Paul Thomas Anderson.

Algunos aseguran que se trata de una obra menor del realizador. De ningún modo creo tal afirmación, pues Punch-Drunk Love es tan efectiva y original como Boogie Nights o Magnolia, aunque, en algunos aspectos, cambie de tercio. Sigue fiel a sus personajes atípicos y un tanto neuróticos, pero decide dejar a un lado ese aspecto coral, con que dotó a esos dos títulos anteriores, para darle un tono mucho más intimista y acentuar, de esta manera, aquellos retazos de comedia que ya se atisbaban en esos trabajos, apostando, además, por una narración lineal. Una comedia romántica, de pinceladas surrealistas y regada de un tono cínico y una mala leche que ya no recordaba desde que Billy Wilder decidió cambiar de barrio.

La historia de Punch-Drunk Love se centra en Barry Egan, un triste y gris propietario de un peculiar taller, parco en palabras, de aspecto tímido y de reacciones insospechadas e incluso, a veces, explosivamente violentas. Criado, en su infancia, entre siete hermanas y cansado de las continuas e hirientes bromas de ellas sobre su posible homosexualidad, se ha convertido en un ser solitario que busca refugio en coleccionar centenares de natillas -aprovechando una errónea promoción publicitaria de la casa comercial propietaria de las mismas-, con la única intención de acaparar miles de millas aéreas gratuitas,. Reservado y poco expresivo, ninguno de sus compañeros de empresa entiende el porqué, un buen día, decidió cambiar su sucia ropa de trabajo por un impecable traje azul. Ni él mismo sabe dar una explicación al respecto. Y es que, en realidad, Barry Egan necesita, con cierta urgencia, un psiquiatra o una chica en la que buscar apoyo.

La verdad es que P. T. Anderson estuvo totalmente acertado al elegir a Adam Sandler para dar vida a ese reservado y timorato Barry Egan. Personalmente, nunca habría confiado en este cómico, pero en esta ocasión, el hombre está genial, soberbio. Se ha sacado todos los tics de encima -adquiridos durante su paso por el famoso show televisivo Saturday Night Live-, para perfilar, a la perfección, a un hombre agobiado y al límite, con ganas de huir de su rutina habitual y dejar muy lejos a una familia que le exprime y achucha como si aún se tratara de un niño de pocos años. Es por ello que, buscando nuevas experiencias, acabará poniéndose en contacto, a través del teléfono y de la soledad de su apartamento, con un número erótico para charlar con una chica que le ponga un poco caliente, ignorando que esa acción le va a enfrentar con un problema mayúsculo.

Emily Watson, la mujer que se cruza en su camino y en la que descubre a su posible media naranja, es el perfecto reverso de la moneda de Barry Egan. Al contrario que éste, ella es sosegada, tranquila y cariñosa. Le atraen las extravagancias de ese hombre enfundado, día y noche, en su psicodélico traje azul. Están hechos el uno para el otro, pero antes él tendrá que sacarse de encima sus centenares de natillas y resolver su conflicto con la línea de teléfonos erótica.

Filmada a través de largos, atractivos y meticulosos travellings y utilizando una magnífica fotografía que, preferentemente, retrata la relación de la pareja protagonista mediante sorprendentes contraluces (inolvidable la escena del encuentro en Hawai), P. T. Anderson ha buscado una estética muy particular para su película, rodeando a sus personajes de interminables y laberínticos pasillos e insertándolos en escenarios desamparados y fríos, como el taller en donde trabaja Sandler o el propio apartamento de éste.

Un más que recomendable producto independiente, fresco y original. Totalmente innovador. Una nueva manera de narrar una historia romántica envuelta, en todo momento, de inesperados y bruscos golpes de efecto cercanos al más puro slastick (caídas tontas, accidentes de coche, roturas inesperadas) que, en general, nunca afectan directamente al extraño Barry Egan, pero si que ocurren en su entorno más cercano, perfilando aún más ese carácter, entre gafe y patoso, con el que se desenvuelve el personaje.

15.6.05

La gota que colma el vaso

Como he dejado claro en más de una ocasión, Joel Schumacher no es santo de mi devoción pero, sin embargo, tiene algunos títulos que han llegado a engancharme. Uno de ellos es Un Día de Furia, una historia urbana y extremadamente violenta que muchos, de manera equivocada, han querido tildar de fascista.

Y digo equivocadamente porque Un Día de Furia nos habla de una situación límite, la que vive William Foster, un tipo de carácter violento, con problemas en su entorno laboral y con la imposibilidad legal de aproximarse a su hija pequeña. La cinta de Schumacher nos muestra lo que le ocurre a este personaje, interpretado magníficamente por Michael Douglas, cuando aparece esa maldita gota que acaba por desbordar el vaso. La gota, en esta ocasión, es uno de esos atascos automovilísticos monumentales que vive la ciudad de Los Angeles, durante una mañana en extremo calurosa, y en la que nuestro hombre se encuentra atrapado en el interior de su coche. El aire acondicionado ha dejado de funcionar, el ensordecedor ruido de centenares de bocinas incordiantes no ayudan en mucho a su pasajera crisis de ansiedad y, para rematar su agobio, una maldita mosca se apodera del interior del vehículo. El vaso acaba de desbordarse.

A partir de este punto, el tal Foster iniciará, a pie, una odisea surrealista por los suburbios más desamparados de una ciudad en la que conviven, en constante tensión, todo tipo de razas y culturas. Una ciudad en la que la rabia y la tensión de sus habitantes se cristaliza en cada una de sus esquinas. Él sólo tiene un objetivo: llegar al domicilio de su ex esposa para ofrecerle un pequeño obsequio a su hija en el día de su aniversario. Pero esa ruta, sofocante y laberíntica, se verá plagada de mil y un obstáculos que lo acabarán convirtiendo, contra su voluntad, en el enemigo público número uno.

La caza del ratón acaba de empezar. Y, en el otro lado de la moneda, un amargado policía, en el mismo día de su jubilación (un excelente Robert Duvall, como casi siempre) y marcado por un trauma familiar, será el elegido para frenar el avance de la fiera desbocada. Un excelente homenaje al western más clásico hará aparición en Un Día de Furia cuando el gato y el ratón, finalmente, se enfrenten cara a cara.

Tras la película de Schumacher no hay ninguna coartada extremista. Tan sólo se trata de una clara disección de una sociedad histérica y estresada, maltratada por los poderes fácticos, en la que cualquier mínimo detalle puede acabar por deshumanizar al más cabal de todos. De hecho, en esa especie de vídeo-juego en el que se verá inmerso su protagonista (y que a cada salto de pantalla irá recogiendo más y más armamento), éste demuestra su total aversión y repugnancia por el personaje interpretado por Frederic Forrest, un acérrimo adulador de la figura de Adolf Hitler y propietario de una tienda de objetos castrenses, con el que coincidirá cuando decida cambiar sus viejos zapatos agujereados por un par de botas militares.

La ampulosidad visual con que Schumacher, en general, aborda sus films, no está tan exagerada en esta propuesta. El cineasta demuestra su conocimiento a la hora de filmar las escenas de acción y violencia, sin andarse por las ramas y sin recurrir a adornos triviales para aliñar su historia. Sabe centrarse en lo que cuenta. Habla de personajes marginados y de perdedores, pues tanto Douglas, como su ex mujer y el policía, se han visto atrapados en las redes de una sociedad maquiavélica y sucia, en donde lo que menos importa es el bienestar del ciudadano de a pié. Y la fábula le queda redonda, a pesar de beatificar demasiado la conducta del detective. Pero, ya se sabe: es cine americano. Y la dualidad del bien y del mal ha de quedar patente de algún modo, aunque cazador y cazado, en este caso, estén viviendo un infierno personal.

Está claro que las historias urbanas, y un tanto desquiciadas, le van bien a la mano desmesurada de su realizador. En ellas, calma un tanto su histrionismo visual y se centra más en el dibujo de sus personajes que en su pomposidad habitual. Otra buena muestra de ello es la excelente y concisa Última Llamada.

14.6.05

Comiqueando (pero poquito)

Después de una celebración familiar de esas, un tanto neuróticas, en las que se festeja un poco de todo, acabé la tarde del sábado de la manera más extraña posible. Aunque, a la vez, deliciosa.

Como ustedes habrán podido observar, yo no soy muy comiquero, pues desde hace muchos años me quedé en Tintín y en Astérix, a los cuales sigo siendo fiel. Lo mío es el cine, en toda su extensión. A pesar de ello, mi perverso cuñado Absence, a media tarde, con los efluvios alcohólicos aún encima, me cogió de la manita y me acercó hasta el Saló del Còmic.

¿Qué hacía un tipo como yo en un sitio como ese? El recinto parecía el metro en hora punta y, a pesar del aire acondicionado, hacía un calor de mil pares de cojones. Me sentía como un ser perdido en medio de un país desconocido, lleno de extraños y rocambolescos personajes. “Son frikies”, me aclaró el experto Absence. “Ah”, contesté yo mientras me aseguraba que aún estaban, en el interior de mi cartera, las preciadas tarjetas de crédito.

De tebeos y libros no hojeé ni uno. Mi mirada se perdió en busca de estrafalarios disfraces. Había gente de todo típo, desde émulos de los personajes más siniestros de la saga Star Wars hasta tentadoras enfermeritas y caperucitas rojas de ajustadísimas minifaldas y cuerpos exuberantes. Por haber, incluso había un par de rubitas ñoñas, un tanto ridículas que, desde el stand de Com Radio, ofrecían un desafinado concierto acústico a los allí presentes. Según me contaron, una de las dos cursis desentonadas salió, no hace mucho, en ese programa de La 1 en la que un par de personas se intercambian, durante unos días, sus vidas. Lamentable.

Pero todo no fueron sufrimientos, pues por fin pude conocer a Sark (el de ADLO). Un Sark que para mí siempre será Jónatan, aquel que se caga en mi puto HaloScan cada vez que intenta comentar alguna cosa. Un ser maravilloso y encantador que vino a mí con un presente, un libro que, desde tiempos inmemoriales, quería regalarme. Se trata de Moteros Tranquilos, Toros Salvajes, de Peter Biskind, obra en la cual se basaron para filmar el documental cinematográfico La Generación que Cambió Hollywood. Entre pompas y boato, pudimos sacar un documento gráfico del momento del encuentro y, por consiguiente, de la entrega del ejemplar, todo ello ante la atenta mirada de uno de mis lectores más cachondos, El Señor Lechero (fuera de cuadro), el cual, en esos momentos, estaba a punto de abandonar ya el Saló.

Pues nada, que estuvimos allí, todo el rato, hablando de cine. De los grandes clásicos, de los giallos, de la basura, de... De mucho, vaya, De pie, como los rudos mozalbetes de antes, sin tener en cuenta que las piernas (y el cuerpo) pedían un descanso. No sólo estaban Jónatan y mi cuñado, sino que también se sumaron a la tertulia Mauricio, un abogado pillado por la filmografía de Billy Wilder y, como caído del cielo, conocí al magnífico C. Rancio, ese docto señor que, para la sección Ustedes lo han querido, suele solicitar títulos tan magníficos como Comando en el Mar de China o El Tercer Hombre. Él si que sabe.

Total que, entre sudores, me tragué casi de un sorbo el contenido de una lata de Coca-Cola (¡por el estruendoso precio de 1 euro con 75 céntimos!), terminé de charlar con esa gente con la cual ya empezaba a familiarizarme y regresé, felizmente aunque abatido, hacia mi domicilio conyugal, tarareando, para mis adentros, aquello tan popular de “aivó, aivó, a casa a descansar...”.

El metro fue una extensión más del ambiente del Saló del Còmic, aunque con una diferencia evidente. Mientras en el encuentro comiquero la gente se disfrazaba para pasárselo bien, los del metro iban de estrafalarios, pero ataviados según las tendencias de sus respectivos países natales. Rusos, peruanos, japoneses, chinos, pakistaníes, hindúes... Y allí, en medio de tan variopinta fauna, Spaulding, con sus pies doloridos, golpeado por la "fragancia" de mil y un perfumes y agarrado fuertemente al libro que le acababa de regalar Jónatan.

13.6.05

Ustedes lo han querido: EL ÁNGEL EXTERMINADOR

Recuerdo haber visto hace años la película de don Luis, allá por los años 70, y salir encantado del cine con su visionado. Quizás eran otros tiempos. Un servidor era mucho más joven, más inquieto y, por tanto, buscaba significados ocultos hasta debajo de las piedras. Dobles lecturas que me situaban en al ala más izquierdosa del universo. El problema es que, con el tiempo, me he cansado y he dejado de creer en este tipo de cine tan ecléctico. Y ahora, como en el caso de Buñuel, me lo acabo tomando como mero surrealismo. La absurdidad llevada hasta el límite del paroxismo. Así, sin más.

Para mí sería mucho más sencillo decir que El Ángel Exterminador es una obra maestra, una pieza indispensable para entender mejor el Séptimo Arte. Sería fácil buscarle tres pies al gato al trabajo de don Luis y citar, al mismo tiempo, su declarado odio hacia todo tipo de religiones y consignas, así como disertar sobre el aborregamiento de la sociedad, en general, y de la aristocracia en particular. Un par o tres de citas bien colocadas, recurriendo siempre a nombres y apellidos de culto intemporáneo y dar así la crítica por terminada, con total tranquilidad, como si tras el nombre de Spaulding se escondiese un verdadero sabio; el gurú de la cultura; en mayúsculas. Un ser omnipresente capaz de valorar, al cien por cien y de manera harto inteligente, la película de ese entrañable y desaparecido vecino de Calanda.

Pero no. De ninguna manera. Quiero ser sincero, dar la cara como un chulo de barrio y volcar mi verdadero sentimiento negativo ante este trabajo del aragonés. Su segundo visionado (esta misma mañana) me ha puesto de los nervios. Me ha aburrido soberanamente. Ni siquiera lo he encontrado (como me ocurrió hace muchos años) un film jocoso y original. El Ángel Exterminador es un muermo de mucho cuidado, plagado de personajes snobs y mal detallados, de los cuales me importaba un bledo su posible devenir. O bien me he convertido en un viejo maniático e intolerante o, en su época, ejercí (consciente o inconscientemente) de oscura, peluda y perversa rata de filmoteca, de esas que no se atreven a proclamar a los cuatro vientos que, en realidad, una película como ésta es una buñuelada de mucho cuidado.

¿Qué tiene de interesante El Ángel Exterminador? Poca cosa. Bueno, mejor dicho, nada. Rien de rien. Un grupo de aristócratas pedantes y despreciativos, tras asistir a una representación operística, es invitado a cenar en la lujosa y magna mansión de un matrimonio adinerado. Tras la cena, deciden pasar todos a uno de los salones de la planta baja, lugar en el que se encuentra un piano. Un blanco y enorme piano. Instrumento que servirá para que una de las repelentes convidadas haga un pequeño concierto musical. Tras la soporífera perfomance (en la que sólo faltaba la Castafiore), esos seres encopetados y estirados descubrirán, acongojados, que son incapaces de cruzar el umbral de esa habitación. No hay explicación alguna para no poder salir de esa estancia y, por defecto, se acrecentará en ellos la imposibilidad de regresar a sus domicilios respectivos. Un mes encerrados, a cal y canto, al lado del piano, con los consiguientes malos rollos que se irán creando entre ellos. Una situación irreal que, por otra parte, se alargará durante su interminable y repetitivo metraje. Y nunca mejor dicho lo de repetitivo, pues don Luis resaltó, decenas de veces en su historia, que el déjà vu era el único e incansable referente de todo lo mostrado en pantalla.

Paparruchadas. Igual que esas ovejas (¿o borreguitos?) que se pasean por toda la mansión, como Pedro por su casa, para acabar siendo degolladas por sus hambrientos, accidentados e impotentes inquilinos. ¿Agorofobia? ¿Claustrofobia? ¿No querer dar jamás la cara ante sus coetáneos? ¿Inmiscuirse para siempre del exterior? ¿Huir de la cruda realidad mundana?... Mil y una preguntas a las que no pienso enfrentarme. El Ángel Exterminador, como tantas otras, es una bufonada más de maese Buñuel; una tomadura de pelo planificada con nocturnidad y alevosía. Quien quiera picar, que pique. Yo seguiré a lo mío y, posiblemente, esta misma noche, haya olvidado la tontería que, a principios de los sesenta, embaucó a un montón de jóvenes inquietos y con ganas de comerse el mundo, ignorantes de que éste, desde tiempos inmemoriales, ya tenía a sus comensales.

El mundo sigue igual. O peor. Juraría que peor, pues Buñuel ya no está. Y por muchas buñueladas que filmara, era un maestro en el arte del engaño y de la imagen (pues la imagen no deja de ser otro tipo de engaño). Un mago cautivador que, de vez en cuando, nos regalaba alguna que otra película inolvidable. Pocas, pero consistentes. Hoy me sabe mal haberle perdido el respeto a El Ángel Exterminador. Pero peor me encontraría si les hubiera mentido como un bellaco, asegurándoles que se trata de la obra maestra inconmensurable de uno de los mayores genios que ha parido Aragón.

Siempre me queda el consuelo de pensar que Cube, por ejemplo, es cien veces más aburrida que la película de don Luis. Y pedante, pues al menos el cine de Buñuel no lo era. Y es que se trata de otro film, tremendamente valorado, en el que un grupo de personas también quedaba atrapado en un espacio reducido sin saber como escapar de él. Y, además, no salía la atractiva Silvia Pinal.

Hace unas cuantas horas que no me atrevo a salir de mi estudio. ¿Y si paso la noche en el interior del armario empotrado?

12.6.05

Misión cumplida

La misión ha sido un éxito. Difícil de conseguir, pero un éxito rotundo. He pasado por mil peligros. Me he enfrentado a perros guardianes, a alambradas electrificadas e, incluso, a hombres rudos y sin escrúpulos. Y con todo ello, mi vida se ha visto en la cuerda floja en más de una ocasión. Pero, por fin, he logrado hacerme con el preciado documento gráfico que tanto ansiaba.

El chivatazo me lo dieron anteayer. Y ayer mismo, ni corto ni perezoso, emprendí la tormentosa cruzada en pos de esa prueba definitoria.

Su Excelentísima Majestad Don Juan Carlos I, Rey de España, tras haber perdido la ocasión de convertirse en portada de un álbum de Batman, al negarse a ceder su uniforme y su galán postura a Magneto, ha decidido no desdeñar la idea de convertirse en un personaje más de un universo que, hasta el momento, nunca se había planteado. Ha tomado una decisión única; un secreto guardado celosamente por la Casa Real española. Nuestro Monarca ha cambiado a su escolta personal. Sus dos hombres de confianza más directos han sido sustituidos por un par de personajes a los que Él, de cara a la opinión pública, prefería preservarlos en su anonimato, escondiendo así su verdadera identidad.

Finalmente, ayer tarde, logré infiltrarme en los mismísimos jardines del Palacio de la Zarzuela. Y tras superar todo tipo de contingencias, conseguí una exclusiva gráfica estremecedora que espero sepan valorar. Esa prueba incriminatoria, que cobijo en el interior de un expediente Top Secret, espero y deseo que sea un secreto a compartir solamente entre mis lectores y yo. Conocer lo que se esconde dentro de la carpeta implica ciertos riesgos, como tener que vivir, el resto de sus días, en constante tensión. Hay cosas que nunca deberíamos haber visto. Es por ello que si alguno de ustedes es un tanto temeroso de Dios, mejor no abra este expediente. Sepan, de todas maneras, que no me hago responsable de lo que les pueda ocurrir a todos aquellos que se atrevan a hojear tan comprometedor documento.

11.6.05

Esto va en serio

Hoy poco les voy a poder postear, pues estoy entregado a otros menesteres que mañana darán su fruto en esta página. Ha caído en mis manos una información privilegiada. Ese tipo de noticias que podrían hacer tambalear a toda una nación y repercutir, por defecto, en la política mundial.

Estoy trabajando, con riesgo de mi propia vida, para poder darles esta primicia universal. Sé que hay muchos intereses creados para no desvelar esa cruda realidad a la opinión pública. Pero ustedes, por su fidelidad, se merecen ser los primeros en conocerla.

Sólo les diré que, para conseguir el preciado documento que ansío, durante la jornada de hoy, tendré que enfrentarme a peligros inimaginables y descifrar todo tipo de códigos de seguridad. Una ardua y temeraria tarea que espero pueda llevar a buen puerto.

En caso de no actualizar mañana este blog, estarán ante la inequívoca señal de haber fracasado en mi empeño. Espero poder salir sano y salvo de tan aventurado proyecto. En el peor de los casos, un beso en la frente a cada uno de ustedes, pues hoy habrá sido el último día de Spaulding’s blog y de mi propia vida. Deséenme mucha suerte; la necesito.

Hasta mañana, si Tutatis y las autoridades lo permiten.

10.6.05

Mucho más que una simple canción

Paseando por la blogosfera, hace tiempo que descubrí que muchos de ustedes, de vez en cuando, cuelgan un post transcribiendo, de manera literal, la letra de una canción que les motiva, bien sea por razones sentimentales o meramente poéticas. La verdad es que a mí también me apetecía hacerlo. Pero no encontraba la canción adecuada, aquella que me llenara plenamente, tanto por su música como por su letra. Una letra que dijera algo serio, profundo. Una letra que haga reflexionar, que llegue a emocionar. Y he de confesar que no daba con ella, ni a tiros. Hasta que, casualmente, la descubrí el otro día.

Forma parte de la banda sonora de una vieja película española de los años 70. Se trata de En un Lugar de La Manga. Un producto dirigido por Mariano Ozores e interpretado, entre otros, por Manolo Escobar, Concha Velasco, José Luis López Vázquez y Gracita Morales. Un elenco envidiable, sin parangón, jamás reunido en la España de esa época. Casi un film de denuncia, en el que las inmobiliarias salían bastante mal paradas en favor de un pobre Manolo Escobar al que querían expropiar sus tierras. No vean que mal lo pasa el pobre Manolo, con esas patillas que me lucía y esa gallardía innata de caballero español. Un hombre de recursos, pues en los momentos más difíciles, se sacaba la guitarra y solucionaba sus peores pesadillas con una tonadilla. Así, pillada al vuelo, como el que no quiere la cosa.

Siete temas se casca el bueno de Manolo a lo largo de todo el metraje, incluido su mítico El Carro. Pero no es precisamente esta la canción que llamó mi atención, ni mucho menos. Tomen nota de su título, pues ya habla por sí solo, Moderno Pero Español. Música y letra de Juan Gabriel y del propio Manolo. Un prodigio. Lástima que no sepa como añadir, en el blog, una muestra de la misma en mp3, pues en esto de la informática no estoy yo muy ducho, que digamos. Pero es fácil imaginarse su estilo musical. Es como La Chatunga, del Luis Aguilé, pero en coplilla. Y con una letra fabulosa, toda una declaración de principios con la que me identifiqué al instante. Ríanse ustedes de las canciones escritas por Serrat o Aute. Ridiculeces. Hasta que descubrí la emotividad de Moderno Pero Español, nunca habría jurado que tras nuestro Manolo Escobar se escondía el mayor de los cantautores de este país.

Es por todo ello que he decidido transcribir, literalmente, la letra de este tema magistral. Y sin que sirva de precedente, y como deferencia a los numerosos lectores de habla inglesa (y algún que otro coreano) que entran a diario en esta página, la voy a subtitular en un correcto inglés. Diría más, en un inglés casi académico. En fin, no les hago esperar más. Allí va.

MODERNO PERO ESPAÑOL
MODERN MAN BUT A SPANISH MAN

Señores, yo soy un hombre del siglo XX,
Misters, i am a 20th Century man,
pero español,
but a Spanish Man!,
que es tanto como reírse
that is as much to laugh
del mundo entero, menos de Dios
of the entire world, except of God.
Me gusta oir las campanas de mi parroquia a rebatar,
I like to hear the bells of my church to call to arms,
pero a mí también me gusta cantar un ritmo ye-yé,
but i like also to sing a yeah-yeah rythm,
y hasta protestar si algo no está bien
and even complain if something is not good

(estribillo):
pero, por favor, el orgullo no me venga a comprar,
que yo sé perder antes que ganar
(pet phrase):
but, please, don’t come to buy my pride
because i know to lose before to win.


Me gusta ver a las chicas con minifalda,
I love to watch the girls in mini-skirt,
y sin operar,
and without plastic surgery,
que nunca podrá la moda, a la española perjudicar.
and never will the fashion prejudice the spanish woman.
Yo soy chapado a la antigua,
I am a very old-fashioned man,
porque me gusta la tradición.
because i love the traditional things.
Pero sepan bien
But you must know
que no todo son palabras de amor
that in this world, not all are words of love (tender words).
Y el que tiene “din”
And those who have “din” (perhaps money)
suele tener don
usually have “don” (sir, or spanish title prefixed to Christian names of men)

(estribillo)
(pet phrase)

A mí me enseñó mi abuelo
My grandparent taught me
que lo primero es ser formal
that the first thing is to be serious
y yo repito lo mismo:
and I repeat the same thing:
que ciertas cosas
that there are certain things
no hay que cambiar.
that we must not change at all (under any circumstances).
Que vengan los modernismos
Let the modernisms come
si sólo son para mejorar
if they are only to get things better,
porque sepan bien
because you must know (and know well)
que la vida está un poco “achuchá”,
that the life is a little bit crushed (pushed violently),
y hay que torear
and we must fight bulls
y echarle valor.
and throw a little courage

(estribillo final)
(final pet phrase)

9.6.05

Más allá de Donen: Chorrada

Ya lo he dicho varias veces en este blog. En general, no entiendo la validez de un remake. Y mucho menos cuando se trata de la nueva revisitación de un film con tanta repercusión como el de Stanley Donen del que hablaba ayer, Charada. Pocas son las nuevas versiones sobre viejos títulos que puedan ser considerables. Haberlas, haylas, pero en mínima cantidad. Casi ínfima, diría. Y La Verdad Sobre Charlie, aparte de no aportar nada nuevo a lo contado en su día por Donen, es, en sí misma, un desvarío vergonzoso. Una película que se merece, sin lugar a dudas, el rechazo popular que tuvo en su estreno.

Jonathan Demme, al adaptar el antiguo guión de Peter Store, quiso jugar a ser más original, arriesgado y rompedor que el tan cacareado Steven Soderbergh, el ídolo por antonomasia del cinéfilo postmoderno actual. Y, efectivamente, esta nueva versión de Charada parece más realizada por éste que por el propio Demme, el artífice de la siempre interesante El Silencio de los Corderos.

Todo parece lo mismo que en Charada. Pero no, no lo es. No se dejen engañar. La viuda reciente del film de Donen está presente; el asesinato de su marido también. Al igual que en la mítica película con Cary Grant y Audrey Hepburn, un grupo de seres extraños persigue un tesoro escondido, que aseguran les pertenece a ellos. O sea, la base principal está prácticamente calcada, aunque con variaciones. Muchas, demasiadas y, todas ellas, alarmantes. Ese toque fresco de comedia que vertía la cinta original, se ha perdido por completo durante la traslación. Además, sin venir a cuento y como si se tratase del gran realizador innovador que no es, Demme se atreve a insertar alucinaciones que no tienen nada que ver con el argumento, como la fantasmal aparición, en un par de ocasiones, de un envejecido Charles Aznavour, desgranando alguno de sus temas y a través de un innecesario y ridículo homenaje a Disparad Sobre el Pianista de Truffaut. Demme va de culto. Y se le va la mano. Olvida la historia y se decanta más por la estética rocambolesca, de planos estrambóticos y de secuencias fragmentadas a golpes de tijera, que por el devenir de sus personajes.

Cambia las magnéticas presencias de Grant y Hepburn por un par de soseras sin parangón, Mark Wahlberg y Thandie Newton, un dúo protagonista, sin química alguna entre ellos, a los que no se les puede pillar ni con pinzas, pues se derriten con el menor contacto. Y, para dar algo de empaque a su producto, otorga a Tim Robbins el mismo papel que en el film de Donen tenía Matthau. Pero Demme quiere llegar más lejos y aprovecha para convertirlo en un villano con menos escrúpulos de los que lucía la eterna pareja de Jack Lemmon. Y es allí cuando tropieza con el guiño más ridículo y estúpido, al convertir a Lewis Bartholomew (el personaje de Robbins) en un sosias diabólico de Harry Lime (el muerto más vivo de la historia del cine, ese al que daba vida Orson Welles en El Tercer Hombre), pues monta a éste y a una atemorizada Newton en una noria, para poder hablar con más discreción, tal y como hicieron, en su momento, Joseph Cotten y el propio Welles. Y Demme, desde una película tan espantosamente escrita, no tiene complejo alguno para compararse con la obra maestra de Carol Reed. Vergonzoso. De juzgado de guardia.

El tema principal de la maravillosa banda sonora que Mancini compuso para Charada, suena a lo lejos (¡qué menos!), pero a modo de guiño forzado y durante unos pocos segundos, interpretada, además, por un inseguro acordeonista. Demme quiere ser más que Donen y, musicalmente, opta por un estruendoso score, compuesto por retazos de temas punkies un tanto agresivos a los que mezcla, sin orden ni concierto, con clásicos del citado Aznavour o incluso de Serge Gainsbourg, dejando que la esforzada Rachel Portman, la compositora oficial de La Verdad Sobre Charlie, suene sólo por momentos (pocos) y de manera entrecortada. Lastimoso.

Un festival de despropósitos que, al contrario que el título original, está plagado de cabos sueltos y de absurdos detalles sin aclarar, como la inexplicable aparición (metida con calzador) de la madre del asesinado Charlie. Una tomadura de pelo pésimamente narrada, caóticamente interpretada y que, a pesar de desprender ese tufillo tan típico de director culto disfrazado de enfant terrible, es incluso capaz de apostar más por la postal parisina turística que por narrar algo con un mínimo de dignidad, coherencia e interés.

Vilipendiar una obra como Charada, tal y como ha hecho Demme, no tiene nombre. Y además, el tío, tiene la desfachatez (o, mejor dicho, los santos cojones) de dedicarle este engendro a su desaparecido sobrino Ted.

8.6.05

Pucherazo

Me apunté, no muy convencido, a la historia ésta de los mejores blogs organizada por el diario gratuito 20 minutos. Más que nada lo hice como un elemento de distracción más. Competir por competir. Sin más. De manera sana y sin malos rollos, estando convencido, al mismo tiempo, que jamás conseguiría premio alguno. Por puro instinto de colaboración. Para pasármelo bien.

Curiosamente, en un solo día, logré colocarme entre los 20 primeros blogs en varias de las categorías a las que me presenté. Y eso, gracias a los votos de todos ustedes.

Hoy, por no sé que extraña razón, los organizadores de ese concurso, alegando la posibilidad de que algunas votaciones, de ciertos blogs, podrían haber sido trampeadas por algunos usuarios desde varias cuentas de correo, han decidido, de manera aleatoria, eliminar votos, a diestro y siniestro, a todos los concursantes, sin pararse a calibrar la posibilidad de que la mayoría de los allí inscritos aceptábamos ese reto respetando las reglas, y sin utilizar subterfugios tercermundistas para subir posiciones. Y por todo ello han suprimido, sin criterio alguno, un buen número de las puntuaciones obtenidas. A lo bruto, por sus cojones, sin recurrir –como mínimo- a un baremo comparativo con las posiciones ya obtenidas en el ranking anterior.

Sin comerlo ni beberlo, he perdido, sin explicación lógica alguna, casi más de treinta votos. Y, por esa decisión dictatorial e insana, he pasado a colocarme en los lugares más ínfimos de todas las categorías en las que constaba este blog.

Me apunté para pasarlo bien, no para convertirme en una víctima más de un estúpido pucherazo. Ese concurso, a partir de hoy, para mí, se ha convertido en la crónica de una muerte anunciada. Es por eso que retiro mi inscripción ahora mismo, en este momento y, además, anulo cualquier posibilidad de que puedan seguir votándome desde esta página.

Gracias a todos por su colaboración y sus apreciados votos, pero es que, últimamente, no estoy para tonterías. La blogosfera y sobre todo ustedes, los que me siguen a diario, son lo único que de verdad me interesa.

Como he dicho al principio, me inscribí para pasármelo bien, no para pillar cabreos innecesarios. Con esta decisión, volveré a dormir más tranquilo y a disfrutar posteando a diario desde este (su) blog.

Por cierto. Espero que, entre todos los que siguen apuntados, gane "en realidad" el mejor. Pero permítanme que, ante esas decisiones arbitrales tan poco acertadas, lo acabe poniendo en duda.

El último adiós a mis piernas más deseadas

No sólo Dustin Hoffman se ha quedado huérfano de uno de los mitos sexuales de su adolescencia, tras la pérdida irremediable de su particular señora Robinson, la gran Anne Bancroft, a los 73 años y víctima de un cáncer, sino que muchos jóvenes, que en esa época quedamos prendados de las piernas de tan atractiva mujer, hemos perdido también a uno de los mayores sueños eróticos de esos inolvidables años sesenta.

Una emblemática aristócrata del cine que, antes de embelesar a Hoffman (Benjamin Braddock en el film) con esa esbeltez madura que lucía en El Graduado, consiguió un merecido Oscar como educadora de una joven sordomuda en El Milagro de Ana Sullivan para, posteriormente, convertirse en una aguerrida doctora en uno de los films más compactos y desconocidos de John Ford, Siete Mujeres, un emotivo, imprescindible y ácido canto al universo femenino.

La esposa del estresado Lemmon en El Prisionero de la Segunda Avenida o la monja obsesiva de Agnes de Dios, serán algunos, de entre otros varios personajes, que siempre quedarán en la memoria de miles de cinéfilos. Miles de cinéfilos que, por otra parte, en un momento u otro, se habrán planteado la misma pregunta: “¿cómo pudo tan delicada dama aguantar, durante tantos años, a un marido tan pesado e impresentable como el productor y director Mel Brooks?”

Descanse en paz, estimada señora. Yo, por mi parte, seguiré recordándola como lo haría el joven e inexperto Benjamin Braddock.

Más allá de Hitchcock: Charada

Cuatro años después que Hitchcock estrenara una de sus grandes títulos, Con la Muerte en los Talones, Stanley Donen quiso rendirle un fantástico tributo a través de otra película emblemática, Charada, y que, al igual que en la del realizador británico, mezclase la comedia, la intriga y el suspense de manera soberbia, sin distorsiones de ningún tipo. Y, cómo no, contando también con el protagonismo del propio Cary Grant, uno de los actores fetiches del director de Encadenados. El resultado fue un producto insuperable, de aquellos que el paso del tiempo revitaliza cada vez más.

Tampoco era la primera vez que Stanley Donen trabajaba con Cary Grant, pues éste ya había interpretado, a sus órdenes, films como Página en Blanco e Indiscreta. Pero para Charada, el actor recuperó un tanto el espíritu del personaje de Roger Tornhill, aquel que, en el film de Hitchcock, era confundido con un tal Jonathan Kaplan, un misterioso personaje buscado por la ley y por una peligrosa banda de sicarios. Y supo darle la vuelta al mismo sin perder ni un ápice de ese aire entre despistado y jetorro que tan bien supo impregnarle el apuesto actor británico, pues en Charada es su propio personaje, Peter Joshua, el que opta por ir cambiando de nombre cada quince minutos, aceptando a la perfección sus nuevas identidades, todo lo contrario de lo que le ocurría al atolondrado Tornhill de Con la Muerte en los Talones.

Donen, por suerte, al afrontar Charada, aún no había entrado de lleno en esa fase de cargante experimentación con las que empezó a jugar con la ayuda de su cámara, a través de zooms y velos satinados, volcando sobre la imagen y su narrativa todos los tics estéticos de los años sesenta, tal y como hizo posteriormente con Dos en la Carretera o Arabesco, dos estimables productos que, sin embargo, quedan levemente tocados por ese forzado estilo impuesto por el realizador. Charada es clásica en todos los aspectos. Su guión original, escrito por Peter Stone, respetaba las reglas del cine de intriga y misterio. Buscaba al Hitchcock de Con la Muerte en los Talones en cada una de sus situaciones y de sus planos pero, al mismo tiempo, otorgando claras variaciones sobre el film precedente.

Al contrario que en el largo viaje, entre turístico y forzado, en que Cary Grant se veía inmerso en la obra de Hitchcock, Charada se muestra mucho más intimista, pues la acción, casi en su integridad, transcurre en París y, más concretamente, en las distintas habitaciones de un viejo hotel del centro de la ciudad. Allí convergen una serie de personajes dispuestos a conseguir un botín desaparecido que parece esconder una viuda reciente, la insuperable y elegante Audrey Hepburn, una mujer capaz de acaparar toda la atención cada vez que salía en pantalla. En la cinta da vida a una dama que, enterada del reciente asesinato del que fuera su esposo (y del cual tenía pensado divorciarse), empezará a verse acosada por un grupo de siniestros tipos, ansiosos, todos ellos, por sacarle una herencia que, en parte, les pertenecía, pues el pasado del difunto esposo era un tanto turbio.

Y es aquí en donde Donen, de nuevo y de manera consciente, vuelve a romper otra de las constantes del cine de su predecesor, pues en en el lugar en que Hitchcock hubiera colado uno de sus inolvidables mcguffins (inexplicables por desconocidos), el realizador norteamericano coloca un objeto reconocible (u objetos, pues no querría romperles la intriga), tangible en realidad, consiguiendo de este modo un efecto ciertamente sorprendente y ayudando, en ello, a crear una nueva situación de suspense y tensión.

Charada es una obra maestra indiscutible, de diálogos espléndidos, como cuando, en el pequeño habitáculo que supone un desvencijado ascensor, Hepburn le pregunta a Cary Grant, acariciándole suavemente el mentón, como es posible afeitar ese pequeño huequecito que el actor lucía en su barbilla. O bien con la ingeniosidad con que su guionista supera las continuas explicaciones, nada ilógicas, que el tal Peter Joshua expone ante Regina Lampert (la viuda a la que da vida Audrey Hepburn) cada vez que éste se ve obligado a cambiar de nombre.

Un thriller dirigido con mano firme y maestra, dotado de un sentido de la comedia y del humor impagable. Una charada con todas las de la ley, en las que a cada golpe de guión nos ofrece una nueva sorpresa, un inesperado giro en su historia. Nada es lo que parece, pero sí todo lo que se muestra en pantalla es lo que está ocurriendo en realidad, sin falsos engaños y sin ningún tipo de cabos sueltos.

Y si la cinta transcurría en la hermosa ciudad de París, no podía haber nada mejor que la estimable colaboración del especialista, por excelencia, en música de ambientes parisinos, el gigantesco Henry Mancini, capaz de acompañar los momentos más mágicos y relajados del film (como esa increíble cena en barco cruzando el Sena) o de subrayar vibrantemente el suspense implícito en sus últimos minutos, en donde una tensa persecución por el metro de esa gran ciudad acaba desembocando en las columnatas que preceden a la entrada del Palais-Royal.

Y les recuerdo, aprovechando la ocasión, que en toda obra maestra que se precie, normalmente, detrás de sus protagonistas principales, hay un grupo de secundarios ciertamente impresionantes. Y Charada ni iba a ser menos, pues por allí desfilan gentes como Walter Matthau, James Coburn, George Kennedy y el pequeño pero gran Ned Glass. Mejor, imposible.

29 años más tarde, un farsante de nombre Jonathan Demme, tuvo la descabellada idea de hacer un remake de este estimable título. Pero esto ya es otra historia. Más que una historia, una desgracia.

7.6.05

Encadenado (again)

Ustedes me van a perdonar (o no), pero otra cadena bloguera, en forma de breve cuestionario, ha caído de nuevo en esta página. Ha sido a través del agente Cooper, el cual, cualquiera día de estos recibirá una merecida venganza. ¡Empiece a temblar, amigo!

En esta ocasión, el cine es el protagonista. Vamos a por él. Encadenado otra vez:

- Número de películas:
Según reza mi base de datos personal, 6.351 títulos, de los cuales, 939 están en formato DVD.

- Última comprada:
Un Día de Furia. La vi muy barata el otro día, en una de esas gigantes áreas comerciales en las que se expenden desde zanahorias a compresas. Me fijé en el corte de pelo de Michael Douglas y recordé, al instante, la mala leche que rezumaba su personaje por culpa de ciertos detalles que a mí, en muchas ocasiones, también me sacan de quicio... y me dije..." ¡ese jamelgo estaba estresado como yo, he de volver a revisarla!"

- Última vista:
Charada. Una obra maestra de esas que jamás me cansaría de repasar.

- 5 peliculas que repito mucho o significan algo para mí:
Con la Muerte en los Talones: la quintaesencia del cine, en todos los sentidos.

El Hombre que Mató a Liberty Valance: jamás he visto otro western que logre superarlo.

El Cochecito: Ferreri en España, ejerciendo de Berlanga, con Azcona de guionista y con una historia llena de humor negro, con el protagonismo inolvidable del gran y único Pepe Isbert. Imprescindible.

El Apartamento: por su scope, su blanco y negro, sus luces, sus sombras, Jack Lemmon, Wilder, por su emotividad.... y por tantas cosas más que podría pasarme una semana entera hablando sobre ella.

Y, como colofón, El Conflicto de los Hermanos Marx : ¿por qué narices piensan que me llamo Spaulding?

- 5 personas a las que les paso el testigo:
A nadie. Absolutamente a nadie. Con la cadena anterior ya fui demasiado perverso y ésta la cierro aquí. De todas maneras, sí alguien quiere tomar el relevo o dejar su opinión en los comments o en su propio blog, allá él. O ella.

NO voten a esta pobre criatura

Venga, va, sean buena gente y échenle una limosnita a Spaulding. Aunque sólo sea por una vez en su vida, pinchen ese foto de abajo y denle un voto a este pobre hombre que, a diario, se curra su blog con sus propias manos. Se trata, según el diario gratuito 20 minutos, de buscar la bitácora más fermosa del mundo latino. Soy consciente de que ésta es una nimiedad al lado de otras, pero unos cuantos votos siempre levantan el ego. Y un servidor, últimamente, está falto de él.

Se trata de competir por competir, sabiendo, desde un principio, las dificultades de colocarse en un lugar privilegiado. Hoy pueden hacerlo desde este mismo post. O bien, en su defecto, desde la grisácea barra de la derecha, bajo Los Últimos Tránsfugas, a través del muñecote del megáfono en mano. Incluso, si se atreven y tienen moral suficiente, pueden echar un voto, como mínimo, una vez cada día. Denme un empujocinto, buena gente. Y es muy sencillo, sólo tendrán que registrarse, poniendo su correo electrónico y un password cualquiera, sin esperar siquiera la confirmación de tal acción. Gracias de antemano.

Pienso que el disgusto de quedar en mala posición, me acabaría conviertiendo en un émulo de Fernando Esteso. Y después de una maldad como esa, todos ustedes sentirían un arrenpentimiento horrible.


Si pincha sobre la foto podrá darme su voto, como hizo ayer la Señora Filigrana, vecina del barrio de Sant Martí de Barcelona y que, según me contó, después se lo anularon a golpe de pucherazo

6.6.05

El efecto dominó

La teoría del caos ya está servida. El efecto mariposa planea de nuevo sobre las salas cinematográficas españolas. Y si no lo creen, acudan a ver 11:14 Destino Fatal, una sencilla película, ópera prima en el campo del largometraje de Greg Marcks, que llega a nuestras pantallas con cierto retraso, pues ya hace un par de temporadas fue una de las películas seleccionadas para el Festival de Sitges.

Tras 11:14 no busquen ninguna obra maestra ni ningún trabajo fuera de lo normal. Su realizador, de manera simple aunque bien cronometrada, nos ofrece un puzzle medio desordenado que, poco a poco, y gracias a su narrativa circular (paralela un tanto a la del artificio urdido por Tarantino en Pulp Fiction) acabará tomando cuerpo, juntando todas sus (en teoría) deslavazadas y cortas historias en un momento temporal muy concreto, las 11:14 P.M. de una noche siniestra, en la que una serie de sucesos inconexos entre sí terminarán convergiendo en ese minuto caótico y sangriento con el que abre y cierra su película, sin olvidar, a modo de sabroso aperitivo, sus sorprendentes y originales créditos iniciales, creados a manera de homenaje transitorio a todas las roads-movies habidas y por haber pues, en la misma, los coches y las carreteras cobran un protagonismo muy especial.

El tal Marcks coloca sus fichas de dominó una detrás de otra, zigzagueando, buscando intrincados vericuetos y dispuestas (muy a su pesar) a que un dedo inocente dé el empujoncito de rigor a la primera de ellas. Y éstas, lógicamente, empezarán a caer una detrás de otra, tumbadas por sus antecesoras sin poder evitar el caos final, ya que en cuestión de segundos nada será igual que antes. Y la última de todas (o la primera, según se mire), la menos culpable de éstas, será la que cargue con la parte más comprometida de ese mínimo toque vapuleador.

En el film, a la 11:14 en punto de una extraña noche, el tipo al que da vida Henry Thomas, un joven conductor (con la misma cara de niño de cuando dio vida al pequeño Elliott de E.T.) se verá metido en un buen lío cuando le caiga un cadáver, desde lo alto de un puente, sobre su automóvil. Ha bebido un poco, no lleva su carnet de conducir encima y, por si fuera poco, el abollado vehículo no es de su propiedad. Y, como era de esperar, tal y como pronosticaron las leyes del gafe Murphy hace unos cuantos años, un coche patrulla no tardará en aparecer por el lugar del accidente. Ese es el principio y el final de 11:14. A partir de allí y hasta que vuelva a cerrar el círculo, su realizador empieza a caminar hacia atrás, encadenando diversas historias con todo tipo de personajes. Y cada uno de ellos, a su manera, irá poniendo su personal granito de arena para que a esa hora fatídica en punto, ni un minuto más, ni un minuto menos, le carguen el mochuelo al crecidito y un tanto ebrio Elliott.

El gancho de 11:14 se encuentra en su falta total de pretensiones. Y, ante todo, en haber calibrado hasta el último milímetro el tamaño de las piezas de su laberíntica charada. Su única y celebrada aspiración es entretener. Va el grano en cada uno de sus episodios y, por suerte, no deja cabos sueltos a la hora de finiquitar su gigantesco rompecabezas, construido con un buen número de ingredientes discordantes entre sí y que, sin proponérselo, acabarán amargando la noche al pobre Henry Thomas a partir de las once catorce post-meridian : un pene desmembrado, seccionado de su propietario por orinar de manera esperpéntica; una pareja de amantes copulando sobre una vieja y movediza lápida de un tenebroso cementerio; un disparo perdido en un supermercado de los que rezan el letrero de Open 24 Hours y un solitario padre de familia, paseante nocturno, dispuesto a deshacerse de un cadáver sin rostro y con la bragueta humedecida por líquidos demasiado sospechosos.

Un ejercicio de estilo sencillo, simpático y ciertamente entretenido al que, por cuestiones imposibles de entender, su distribuidora ha tardado mucho tiempo en ponerlo en circulación por los cines de nuestro país. ¿Habrán querido aprovechar el posible gancho comercial de la presencia, en el film, de Hilary Swank (también productora ejecutiva del mismo), recientemente ganadora de un Oscar por Million Dollar Baby? Al menos, su nuevo cartel publicitario así lo indica, pues el anterior poco denotaba que esa espléndida actriz formara parte del reparto coral de la película de Greg Marcks.

Ustedes mismos, a continuación, podrán comprobar la diferencia entre los dos pósters preparados para su lanzamiento. Abriendo este mismo post, arriba, está el cartel inicial con que se pensaba estrenar el film. Aquí, justo abajo, el ideado a partir del premio de la Academia a la actriz citada y que se ha convertido en la promoción definitiva. Personalmente, me quedo con el primero.

5.6.05

Santo: el refrito ideal

Tal y como prometí hace pocos días en uno de los comments, he podido localizar el artículo que publiqué hace unos años en el diario oficial del Festival de Sitges, con motivo de un pequeño ciclo sobre Santo el Enmascarado de Plata y algunos de sus clones, y que fue proyectado en la sección Brigadoon de ese certamen. Las películas programadas en esa ocasión fueron cedidas a la organización, de manera desinteresada, por Absence y un servidor de ustedes.

A continuación les cuelgo el citado artículo, convenientemente actualizado y remozado.

¡VIVA SANTO!

Del mejicano Santo el Enmascarado de Plata guardaba, de cuando era crío, una imagen un tanto sombría y, en ciertos aspectos, aterradora. Recuerdo haber sufrido, como nadie, con las aventuras de ese musculoso profesional de la lucha libre (aunque un tanto fofo en sus últimas películas), cuando se enfrentaba, con total desparpajo, a los poderes más oscuros del mal, tanto si se trataba de mafiosos sanguinarios como de descabellados monstruos de cartón piedra surgidos, todos ellos, de la calenturienta imaginación de un grupo de directores y guionistas que trabajaban bajo mínimos en cuanto a presupuestos se refería. Incluso su fantasmal aspecto, que le hacía esconder su rostro tras una máscara plateada, consiguió robarme el sueño en más de una noche

¡Cómo temblé cuando, en compañía de su colega Blue Demon, hizo frente a una troupe de criaturas infernales en Santo y Blue Demon Contra los Monstruos!. Frankenstein, el conde Drácula, el Hombre Lobo, la Momia y un Cíclope con pantalones cortos, recibían merecidos mamporros de nuestro héroe por haber aterrorizado a las taquillas de medio mundo, al mismo tiempo que seguía repartiendo coscorrones a sus variopintos contrincantes, en sus numerosos combates profesionales en el cuadrilátero de La Arena, su verdadero modus vivendi.

No sólo se atizó Santo con seres surgidos de ultratumba, sino que el hombre (a imagen y semejanza del James Bond más conneryano) inclusive llegó a ejercer de superagente secreto al servicio de la mismísima Interpol. Su máscara de plata, su ceñido tanga y su larga capa fueron el look más idóneo y delirante para pasar totalmente desapercibido en su faceta como discreto espía internacional y, tal y como demostró en Operación 67, no dudó ni una décima de segundo en trepar por la fachada de una solitaria iglesia, enclavada en medio de un despejado desierto, si con ello conseguía escapar de las garras de un siniestro enemigo. Rodeado de gadgets sacados de un todo a 100 de la época y de macizorras féminas en bikini (a las que se las reconocía por sus nada disimulados asomos de celulitis), el tipo no escatimó en gastos a la hora de combatir las fuerzas del mal, demostrando por todo lo alto que, conduciendo con su pericia habitual un lujoso descapotable, podía dejar en el mayor de los ridículos al famoso Aston Martin de 007.

Curiosamente, el miedo que me hizo pasar la enigmática presencia del aguerrido luchador en mis años mozos, acabó transformándose en delirantes carcajadas cuando traspasé la frontera de la adolescencia, al tiempo que descubría, gracias a él y entre otras muchas cosas, el verdadero significado de las palabras psicotrónico y cutrón. El héroe mejicano por antonomasia se había convertido, para mí, en un fantoche peleón, de desbordantes michelines, pletórico en su parca fraseología de investigador de tres al cuarto y un tanto lento de movimientos y reflejos a la hora de poner a caldo a sus patéticos adversarios, aunque siempre bajo el encantador e indescriptible sentimiento nostálgico y cariñoso que aflora al recuperar olvidados recuerdos de un pasado un tanto kitsch y demodé. A pesar de su envejecimiento prematuro (tanto mental como físico), seguía siendo la presencia ideal para adornar una escenografía tan escandalosamente pop como la de sus films, desenvolviéndose en medio de ésta con más soltura y elegancia que Audrey Hepburn y George Peppard en Desayuno con Diamantes. Nunca nadie como él desbordará tanta dignidad cuando, en la fría soledad de su domicilio, acomodado en su butacón y con un diario entre sus manos, se atavíe solamente con un pijama, un batín, un par de zapatillas y su eterna máscara plateada; una inseparable máscara con la que incluso fue enterrado en el día de su muerte.

Independence Day no habría sido el mismo fiasco si el Presidente de los EE.UU. se hubiera quedado en tierra, con una cajita de puros y en compañía de una becaria, cediéndole su avioneta particular a Santo (¡qué bien se desempolvó de los extraterrestres en Santo Contra la Invasión de los Marcianos!), ni Peter Cushing se enfrentaría con tanta gallardura a Las Novias de Drácula si antes no hubiera visto al peleón héroe mejicano destronando a una legión de sexy-chupadoras en Santo Contra las Mujeres Vampiras.

Convertido, por derecho propio, en uno de los máximos exponentes del cine basura más furibundo, ahora, gracias al DVD (aunque sea de importación), tenemos la fantástica oportunidad de volver a disfrutar de unos cuantos títulos de nuestro héroe, e incluso de entristecernos al contemplarlo -cuando salga a la venta- uno de sus últimos y más decadentes trabajos, Santo y el Puño de la Muerte: fláccido y retardado, aunque a pesar de ello tan castigador como en sus primeras cintas, y acompañado por un ayudante apayasado y minimalista, en este trabajo protagonizó su particular Apocalipsys Now, a través de un viaje iniciático por una espesa selva y con la malsana intención de enfrentarse directamente con Tinieblas (uno de sus numerosos clones cinematográficos), un tipo por cuyo aspecto festivo nadie dudaría en pensar que acababa de escapar de una revista de Tania Doris. Impresionante e imprescindible.

¡Viva Santo!