18.7.05

Ustedes lo han querido: EL APARTAMENTO

No hay mejor placer, cinematográficamente hablando, que, de vez en cuando, darle un vistazo a El Apartamento. Billy Wilder construyó una de las mejores películas de la historia del cine. Sin ningún tipo de fisuras. Un engranaje perfecto en el que nada chirría. Una obra maestra indiscutible que tendría que ser de visión obligatoria en todos los colegios. Una maravilla.

Wilder tenía en mente la historia de El Apartamento desde finales de los años cuarenta, pero la presencia amenazadora del malicioso y moralista código Hays frenó su proyecto en más de una ocasión. Finalmente, tras rodar Con Faldas y a lo Loco y entusiasmado con la labor interpretativa de Jack Lemmon, vio en éste al actor ideal para encarnar a su protagonista. Poco después, tras la aprobación del actor, empezaba el rodaje de uno de los mejores trabajos del realizador.

La película narra los avatares de C.C. “Bud” Baxter, un empleado de una gigantesca empresa de seguros que, con la intención de caer bien a ciertos jefes, no duda en dejarles la llave de su apartamento de soltero para que estos lleven allí a sus conquistas, aunque ello le conlleve pasar más de una fría noche a la intemperie hasta altas horas de la madrugada. Un ritual que empezó, años antes, como un pequeño favor y que, con el paso del tiempo, se acabó convirtiendo para él en una obligación que le saca de sus casillas pero a la que, sin embargo, se ve incapaz de renunciar. Su altruismo no es tan desinteresado como parece, pues la recompensa de sus superiores le hace subir peldaños en el escalafón. Pronto, la aparición en su vida de Fran Kubelik, una de las atractivas ascensoristas de la compañía, le harán ver las cosas de otro modo.

Eran los años en los que el Cinemascope y el Technicolor arrasaban en las plateas. Wilder sólo recurrió a la utilización magnífica del formato cinematográfico, en toda su amplitud, renegando de manera arriesgada al uso del color tan en boga en ese momento. La verdad es que, tras ver El Apartamento, dudo que nadie la pueda concebir, hoy en día, filmada en vivos colores. Su fotografía, en blanco y negro, es increíble. No es una elección aleatoria cualquiera, pues esos tonos grises y oscuros son un recurso descriptivo más de la historia que nos muestra. Un sutil toque maestro para crear esa sensación agridulce que destila todo el film. Igual que esa salsa que comparten, en un local oriental de copas, la bella Fran (una sensacional Shirley MacLaine) con Jeff Sheldrake (un hiriente Fred MacMurray), el prepotente y déspota director de la firma en la que ella está empleada.

Esa fotografía, junto con la dirección artística del gran Alexander Trauner (uno de los colaboradores habituales del director) y el aprovechamiento supremo del citado Cinemascope, es uno de los puntales que otorgan a la cinta una entidad única. Un sello personal. En la memoria de todos quedará el retrato del pequeño y destartalado piso de C.C. Baxter (Buddy para los más íntimos), una estancia que, poco a poco, se acaba convirtiendo en un lugar entrañable para el espectador; o, como otro ejemplo, el mayúsculo efecto de profundidad que consigue al fotografiar el inmenso local laboral en el que presta sus servicios el personaje de Lemmon. Insuperable. El juego conseguido con los decorados, mesas pequeñas al final del plató y el empleo de enanos en las últimas filas, fue mucho más efectivo que los recursos visuales del cine actual. Sólo un artesano como Trauner podría haber conseguido esa magia. Pocos años después, sería el encargado de la sorprendente escenografía de Irma La Dulce.

Y Lemmon. ¿Qué decir de Jack Lemmon? Un personaje solitario, ambicioso pero, en el fondo, un buen hombre, una persona explotada hasta límites insospechados. Un romántico incurable que, a pesar de todo, compite a dos bandas. Y ese pedazo de actor se acerca al tal Baxter de manera sublime. Raya el histrionismo, sin caer jamás de lleno en él. Explota al máximo sus dotes de caricato, mostrándose explícito sólo con la ayuda de sus gestos. Con su sola presencia divierte y emociona, a partes iguales. Un monstruo de la interpretación. Ese hombre se merecería un monumento en mi humilde terraza. Después de Cary Grant, Jack Lemmon. O al revés, tanto da. Genial.

Y tras todo ello un guión que pone la piel de gallina, de esos que erizan la piel. Juega con todo lo que tiene a mano. Todo resulta verídico. Nada está sobrepasado. Satiriza con mala leche el mundo laboral. Más que satirizarlo, lo muestra tal cual. Lo destroza con cuatro pinceladas ingeniosas y razonables. Habla de amores y desamores. Y lo hace con gracia y con sentimiento. Se refiere a los intentos de suicidio sin vergüenza ni pudor. No los censura, los trata como un acto normal en la vida de dos seres desamparados a los que la vida no les ha dejado avanzar como querían. Y, no por ello, deja de ser una comedia. Ácida, cruda y agria. Emocionante. Bella. Y, para dar fe de ese guión, diálogos inolvidables. “Cuando sales con hombres casados, no deberías llevar rimmel”. Esa frase, en boca de la desengañada Shirley MacLaine es toda una declaración de principios. I. L Diamond y el propio Wilder fueron sus artífices. Eso es ser escritor.

Cinemascope. Blanco y negro. Lemmon. MacLaine. Trauner. Diamond. Wilder. Una historia que podría ocurrir en realidad. Una bella banda sonora de Adolph Deutsch, de esas que marcan una época. Y, para ayudar a digerirla mejor, un par de Martinis, una botella de champagne helado y, ante todo, unos espaguetis con albóndigas escurridos de la manera más original jamás imaginada. Obligatorio tener como vecino, en el apartamento contiguo, a un médico comprensivo.

Un prodigio de película. Difícil superarla. Un referente cinematográfico. ¿Quién da más?

17.7.05

Desenmascarado

Como les prometí ayer, aquí tienen la solución al pasatiempo que les propuse. El infiltrado ha sido desenmascarado. La mayoría de ustedes dieron con el gazapo al momento.

¡Hay que ver la de cabello que se pierde en muy pocos años!

Mañana volvemos al cine.

16.7.05

Un infiltrado entre los Gafapastas

Nada mejor para pasar el fin de semana que entretenerse con un pasatiempo. Les propongo el siguiente. Abajo tienen una foto, un hermoso collage lleno a rebosar de Gafapastas. Todos ellos, excepto uno, pertenecen, de una manera u otra, al mundo del cine. Adivinen, en menos de 30 segundos, quien es el maldito impostor.

Mañana, la solución.

15.7.05

Scanners

El otro día, hablando de El Gigante de Hierro, ya citaba, en uno de los comments, la semblanza física del actor neoyorquino Vin Diesel con Roberto Carlos, el jugador brasileño del Real Madrid. No vayan a confundir a este último con el que quería ser civilizado como los animales y que sólo consiguió ser el dueño de un gato deprimido y azul.

Buscando un par de fotografías para mostrarles el parecido entre el intérprete y el futbolista, he descubierto a un tercero. Una surrealista suma de ambos personajes da, como resultado final, a Hiram Bullock, un espléndido guitarrista y cantante, no muy conocido en España, que dio sus primeros pasos, allá por los años 80, como uno de los integrantes de la orquesta del show televisivo de David Letterman.

Aquí les dejo la sorprendente combinación de genes, ADN y fluidos varios.

14.7.05

El celuloide oculto

Hoy, comiendo en casa de mi suegra, durante la tertulia que siempre acompaña al café, ha salido el tema del cine. Con ella siempre acabo hablando de cine. La mujer, a pesar de ser suegra, también es muy cinéfila. Concretamente nos hemos centrado en la etapa muda y las viejas comedias de Stan Laurel y Oliver Hardy. El Gordo y El Flaco. Dos grandes humoristas a los que empecé a apreciar desde mi más tierna infancia.

Y, como era inevitable, nos hemos acordado de lo que siempre decía mi suegro sobre ellos. Ante todo, he de avisarles que ese hombre tenía un sentido del humor espléndido. No dejaba escapar una. Como si fuera una cosa sabida y publicada en todas partes afirmaba, sin fruncir una sola ceja, que el Gordo y el Flaco eran maricones”. Toda la familia reía. “¿Cómo iban a ser gays esos dos, Jordi?”. Y nos seguía entrando la risa tonta imaginándonos a esa extraña pareja, abrazados en la intimidad de la cama y mordiéndose suavemente los lóbulos de las orejas... y otras cosas que, por pudor, no pienso ni citar.

Hasta los 80 años, mi suegro siguió insistiendo en la homosexualidad de Laurel y Hardy. Al igual que mi cuñada y mi mujer, sigo creyendo que se trataba de uno de sus numerosos cuentos para tomarnos el pelo. Mi suegra y su hijo, por el contrario, empiezan a dudar que se tratara de una de sus bromas.

Esta tarde he estado buscando referencias por Internet sobre el posible asunto. Nada de nada. Una página, no muy fiable, cita que, en una época, circularon ciertos rumores sobre la relación homosexual de los dos cómicos. Yo, de todas maneras, sigo manteniendo mi incredulidad sobre el tema. Aunque ciertas fotos que he encontrado, podrían apuntar hacia esos derroteros. Las cuelgo y ustedes mismos se harán sus propias cábalas.

Si alguien conoce la verdad sexual sobre Laurel & Hardy, es el momento de hablar. Por el contrario, es mejor callar para siempre.

13.7.05

Cineastas vs. Mangantes

El viernes se estrena en nuestras pantallas el último film de Carlos Benpar, Cineastas Contra Magnates, un director catalán de irregular filmografía que, en esta ocasión, ha cambiado la ficción de sus títulos anteriores para entrar, de lleno, en un documental sobre uno de los temas que más le apasionan y obsesionan.

A principios de los años 80, cuando TVE emitió una lastimosa copia del estimable wester El Hombre del Oeste, en la que no se respetaba el formato original de éste (un espléndido scope), Benpar, a modo particular, interpuso una denuncia al Ente corporativo de RTVE por no proyectarla con la configuración original ideada por su realizador, Anthony Mann. Meses después, la misma cadena, la volvió a emitir tal y como la había concebido Mann.

Desde entonces, Benpar ha sido uno de los cineastas que más ha luchado, en nuestro país, por conseguir el respeto a las obras cinematográficas tal y como han sido engendradas. O sea, no trastocar el formato original de proyección (sea cual sea el de la película), la no coloración digital de viejos clásicos en blanco y negro y, entre otros atentados al resultado final -tal y como hiciera en su día Federico Fellini-, abogar por la supresión absoluta de cortes publicitarios en sus pases televisivos, evitando, de este modo, la congelación del crescendo narrativo de la película.

Un film loable por sus pretensiones educativas y que, al mismo tiempo, sirve como efectiva denuncia de la mala conservación y utilización pública de ciertos títulos. Una manera como otra de hacer entender, a ciertos personajes (magnates o mangantes, tanto da), que una obra cinematográfica tiene el mismo valor artístico que un cuadro de Picasso, Velázquez o Monet, por citar sólo a unos cuantos reputados. ¿Alguien entendería la visión de un Guernica recortado que, únicamente, mostrara la parte central de la pintura? Lo mismo ocurre con el mundo del Séptimo Arte. Un director no apuesta por el formato panorámico o el scope por simple capricho, sino porque cree que, con uno o con el otro, podrá contar mejor la historia que pretende plasmar en imágenes.

Para que valga de ejemplo práctico, el destruir y cambiar la fotografía ideada por un realizador, trastoca la imagen de la misma manera aberrante que ocurre con las dos imágenes siguientes.

Lo que significaba una estampa completa y de cierta amplitud (como en el caso del scope), por culpa de las artimañas de ciertos manipuladores sin escrúpulos, acaba convirtiéndose en la surrealista representación de un par de narices y dos barrigas. La misma foto pero recortada, de manera extrema, con la única y perversa intención de cubrir, en su totalidad, la cuadrada pantalla de los televisiones tradicionales.

De estos y más temas habla Benpar en Cineastas contra Magnates, un film que le ha llevado más de tres años de rodaje y que le ha acercado, como testigos principales de sus quejas, a gente tan prestigiosa como Woody Allen, Arthur Penn, Stanley Donnen y Richard Fleischer, entre otros.

El documento está plagado de ejemplos prácticos y visuales. Tanto en la salvaguardia de los formatos como en las agresiones debidas a cortes publicitarios o a las mutilaciones de metraje para aligerar tiempo durante un pase televisivo. Todo tipo de ofensas vergonzosas al mundo del cine tienen cabida en el trabajo de Benpar, quizás el mejor de todos los suyos hasta el momento.

Tanto ha sido el celuloide acumulado en estos tres años que Cineastas Contra Magnates se trata, en realidad, de una primera parte. Dentro de pocos meses estrenará su continuación. Una segunda entrega que incidirá, ante todo, en las sentencias judiciales a ciertas denuncias interpuestas por algunos conocidos realizadores.

Lástima, de todas maneras, que un material tan interesante y cinéfilo como éste no haya sido plasmado de manera más ágil en la gran pantalla. La falta de sintetización del film es alarmante. Se antoja reiterativo, incidiendo una y otra vez en los mismos conceptos, al tiempo que, en un alarde paranoico de falsa originalidad, acaba insertando, a lo largo y ancho de su metraje, algunos pasajes ficticios (y ridículos) que, contando con actores de tres al cuarto, pretenden aclarar ciertas ideas ya remachadas con anterioridad. Y eso por no hablar de la innecesaria presencia de Marta Belmonte, un busto parlante que interpreta el papel de conductora del documento. Una figura que bien podría haber sido sustituida, con mejores resultados, por una sobria voz en off.

De todas maneras, aquí está Cineastas Contra Magnates. Un film cargado de buenas intenciones y casi imprescindible para los cinéfilos más arrebatados.

Se trata sólo de limar asperezas. Y, dentro de unos cuantos meses, una nueva entrega.

12.7.05

Ustedes lo han querido: EL GIGANTE DE HIERRO

A Brad Bird, el responsable directo de El Gigante de Hierro, no sólo le avala la solvencia de su último film estrenado (Los Increíbles), sino que, a favor suyo, también tiene el haberse convertido en el creador de la serie televisiva de animación Family Dog y diversas colaboraciones (tanto como animador, guionista y director) de algunos de los episodios de Los Simpson y El Crítico.

Todos estos créditos le llevaron a debutar en el mundo del largometraje animado con El Gigante de Hierro, amparado, al mismo tiempo, por una de las majors con más tradición en el mundo de los dibujos animados, la Warner Bros. En esta cinta, Bird, apostó por una imagen muy distinta a las utilizadas en sus series televisivas. Siluetas estilizadas y un mágico sentido del relieve resaltaban, a través de sus personajes y ambientaciones, el look y decorados de la Norteamérica de finales de los años 50, época en la que se desarrollaba la novela del británico Ted Hugues en la que se basa, y que se publicó en 1968.

Eran los años de la guerra fría. Cualquier objeto volador en el cielo significaba, para los moradores de ese país, o bien un satélite ruso cargado de malas intenciones o un ovni procedente de otro planeta dispuesto a invadir La Tierra. Aprovechando esta psicosis colectiva de peligro continuo ante lo desconocido, un extraño y gigantesco robot metálico (llegado de quién sabe dónde) cae en el mar, en las costas de Maine, muy cerca de un tranquilo pueblo marino. Nadie cree en los pocos testigos del suceso, a pesar de que Hogarth Hughes, un niño de la población, picado por la curiosidad, acabará dando con él durante una noche un tanto electrizante.

Este es el punto de partida de El Gigante de Hierro. Una especie de revisión del universo spilgberiano de E.T. , en la que, al igual que ésta, se centra, principalmente, en la sincera amistad que nace entre los dos atípicos personajes: el pequeño intrépido y un inmenso androide con ganas de emular a Superman. Las referencias al mundo del cómic son continuas, empezando por la propia estética otorgada al film.

Y no sólo al cómic, pues la serie B de los años 50, esa en la que la sci-fi cobró un significado especial para el espectador de aquellos años, se pone totalmente de manifiesto a lo largo de su metraje. Un claro ejemplo de ello se encuentra en su mismo inicio, en el que un solitario pescador, a bordo de su barco y en plena noche, se convierte en el único testimonio de la brutal aparición del autómata alienígena. ¿Quién no recuerda haber visto, en más de una ocasión, viejas películas en blanco y negro con principios similares?

La Humanidad en Peligro, King Kong o El Monstruo de Tiempos Remotos tienen sus merecidos guiños. El aparatoso despliegue militar organizado para dar caza al extraterrestre era otro punto clásico en esas añejas películas. Una tradición que, además, se ha ido conservando hasta títulos más actuales, como en el caso de la fantástica adaptación cinematográfica de Hulk y a la que tampoco renuncia Brad Bird para adornar el pasaje final de la suya.

Un guión perfecto y bien narrado que, capaz de enganchar a públicos de todas las edades, entra a saco en el género de la comedia para, poco a poco, tocarnos la fibra emotiva y lanzar al aire un mensaje altamente pacifista. El no a las armas se convierte en el lema principal. Aquellos que en el film usan la violencia –tanto física como psicológica- quedan descalificados a través de una caricatura punzante. El payaso y sus estrategias bélicas. O sea, el agente gubernamental y los mandos militares. Una fachada impenetrable, maliciosa, sin sentimientos ni cerebro alguno. Y eso, en un film de animación, tiene su mérito.

Les puedo asegurar que El Gigante de Hierro no tiene nada que envidiar a Los Increíbles. Dos estilos de animación diferentes y dos historias cuyo único lazo de unión, aparte de estar dirigidas por la misma persona, se encuentra en sus referentes comiqueros. Y ambas son ampliamente elogiables.

Sin duda alguna, el mejor film, hasta el momento, en el que ha intervenido Vin Diesel (la voz, en original, del robot alienígena).

11.7.05

Samsonite

El viernes pasado se reestrenó en la cartelera barcelonesa Oscar: Una Maleta, Dos Maletas, Tres Maletas, una comedia francesa de mediados de los años 60 protagonizada por Louis de Funes, un cómico extremadamente histrión que, sin embargo, consiguió geniales interpretaciones a la hora de encarnar a tipos malcarados y quejicas.

El hombre tuvo una filmografía ciertamente irregular, pero a pesar de ello, durante un par de décadas, se convirtió en un personaje muy popular, sobretodo gracias a la serie de largometrajes en los que dio vida a Cruchot, el gendarme de Saint-Tropez, y al comisario Juve, el eterno perseguidor del enmascarado Fantomas.
La mayoría de sus películas eran bastante flojillas, por no decir olvidables. Pero él siempre tenía alguna que otra escena genial, debido ante todo a la personal composición que hacía de sus personajes. Bueno, mejor dicho, de su personaje ya que, interpretara a quien interpretara, siempre guardaba las mismas constantes. Un caricato insuperable, nervioso y destructivo que, a pesar de su repetitivo estilo actoral (criticado, con cierta razón, por muchos), no ha tenido sucesor alguno. Gustara o no, era único en su género. A veces (bastantes), en momentos de agitación, me acabo identificando con él.

De todas maneras he de confesar que, antes de volver a ver Oscar, me temía lo peor. Estaba casi seguro que la película habría envejecido por completo. Y cual fue mi sorpresa cuando descubrí que ésta aguantaba perfectamente. Ese inevitable look sesentero y afrancesado de los films de esa época (colores chillones, muebles estrambóticos y estancias de diseño popero), ayudan incluso a vigorizarla. No olvidemos que, en la actualidad, se están volviendo a imponer los mismos cánones estéticos que entones. Odio la moda, pero la realidad es ésta.

La cinta, basada en una obra teatral de Claude Magnier, contiene todos los ingredientes habituales en el vodevil más disparatado. Puertas que se abren y se cierran; personajes que aparecen y desaparecen de escena para dar paso a terceros; embrollos delirantes causados por equívocos y malentendidos y, ante todo, un ritmo trepidante. Nunca decae la historia. Al contrario, cada vez va subiendo su tono. Edouard Molinaro, su realizador, sabía bien lo que se llevaba entre manos. En esos años era el rey del género en su país, con lo cual, con su elegancia artesanal, dotó a Oscar de una agilidad especial.

La historia es sencilla. Como bien indica su subtítulo español, entran en juego tres maletas. Una contiene ropa interior femenina; las otras, una ingente cantidad de billetes y un montón de joyas. El interior de la inmensa y lujosa mansión de Bertrand Barnier -un adinerado e irritable empresario, casado y con una hija-, es su único decorado. Un chantajista cínico, un falso embarazo, un masajista tonto y la esperada confusión de maletas se encargan del resto.

La enajenación está servida. Molinaro pone el nervio tras la cámara y De Funes hace lo propio ante ella. Chilla, tiembla, desmesura su rostro y suda. Sube y baja escaleras sin parar; maltrata a cuantos se cruzan en su camino; pierde el control cada dos por tres e incluso, a veces, golpea e insulta. Su personaje de siempre pero, en esta ocasión, al cien por cien. Y, en un momento determinado, sus impulsos desenfrenados le hacen perder la calma. Y con la calma pierde el habla. Es entonces, en ese instante, cuando De Funes, en la piel del furibundo y descompuesto Bertrand Barnier, logra uno de los mejores pasajes de su carrera: inesperadamente, se transforma en el Gran Mimón y ayudado tan sólo por su inimitable expresión facial y la gesticulación desmedida de su pequeño cuerpo, acaba destrozando literalmente su propia nariz para, a continuación, explotarse la cabeza. Genial. Sencillamente talentoso.

No busquen en Oscar nada del otro mundo. Es un divertimento sencillo. Juega con los diálogos, complica la trama a medida que esta va avanzando y se apoya (un tanto tramposamente) en el savoir faire de un metódico Louis de Funes, el cual repite (pero al mismo tiempo amplía) sus tics y trucos de siempre.

En 1991, John Landis -retocando mucho el argumento y contando con un patético Sylvester Stallone como protagonista-, dirigió un innecesario e insoportable remake. Era el inicio de la decadencia del realizador norteamericano.

10.7.05

Silent Movie

Supongo que Barcelona no es la única localidad afectada por la contaminación acústica. Junto con un amplio despliegue policial para controlar el ruido provocado por ciertos vehículos, el Ayuntamiento de Barcelona ha iniciado, en los últimos días, una loable campaña publicitaria para concienciar del problema al ciudadano.

Bajo el lema No et demanem res que no sàpigues fer: mou-te sense soroll (No te pedimos nada que no sepas hacer: desplázate sin ruido), Televisió de Catalunya está emitiendo un bloque de spots institucionales que apuntan, directamente, a algunos de los causantes de tal contaminación. Cortos, concisos y visuales. Uno de los motivos, por ejemplo, muestra la imagen de un joven montado en una ruidosa motocicleta.

Perfecto. Nada que decir sobre ello. Ya era hora de empezar a buscar soluciones para erradicar motos y automóviles dotados de atronadores tubos de escape.

De todos modos, la campaña aún cojea. Falta una imagen muy concreta. La que hace referencia a uno de los conflictos jamás resueltos por el Ayuntamiento. Se trata de los transportes municipales de recogida de basura y de reciclajes de todo tipo. Camiones ensordecedores que, en muchos barrios y a altas horas de la madrugada, turban el descanso del vecindario de manera crispante.

Seguro que el alcalde Joan Clos no ha indicado, a sus hombres uniformados, el control de dichos carruajes. La falsa hipocresía. Lo mismo de siempre.

Como ciudadano le propongo, a ese señor, un nuevo lema: Clos, no et demanem res que no sàpigues fer: recull les deixalles sense soroll (Clos, no te pedimos nada que no sepas hacer: recoge la basura sin ruido).

Si piden, que ellos también den ejemplo.

Buenas noches... que a las dos, como siempre, pasará el camioncito de los cojones.

9.7.05

Cosas que diría con sólo mirarlo

Es sábado. Mes de julio. En Barcelona hace un día gris pero, no obstante, un calor sofocante. Mucha humedad. Demasiada. Un calor de esos que provocan una pereza inusual (¿o usual?) en un servidor. Vaya. Hablando claro: que no me apetece mucho redactar. La mitad de ustedes están disfrutando del fin de semana. Seguro. Unos en el bosque, apreciando como se va quemando, a marchas forzadas, la flora y fauna de nuestro país (¡pobres lirones caretos!). Otros en la orilla del mar, remojándose, en esas aguas contaminadas, los pies cansados de una larga semana de trabajo. Y mientras, Spaulding (o sea, yo), en la ciudad. Ni bosques, ni playas, ni hostias.

“¿De qué película les hablo hoy a esta gente?”. Una preocupación diaria. Constante. Cientos de películas me vienen a la cabeza para ver y después comentar. Pero, ¡caray!, algún día de descanso he de tener. Esta alma bendita que poseo se ha rebelado y, con voz amenazadora, ha susurrado una orden a mi mente derretida por el sofoco de la gran urbe: “Nada. Hoy no hablas de nada. Descansa, buen hombre”.

Dicho y hecho. Mañana será otro día. Aunque sea domingo, les volveré a pegar el rollo cinéfilo. Nada de Bergmans, que en esta época uno se queda traspuesto por los jodidos cortes de digestión. Total, me he dicho a mí mismo, que hoy no escribo.

A media tarde me he acicalado un poco. Sólo un poco. Lo suficiente para poder salir a la calle, acompañado de esa buena mujer que aguanta mis neuras día y noche. Una vueltecita y un cafetito con hielo. ¡Cómo me apetecía un café con hielo! Ustedes no lo saben bien. Reconfortante. Energético. Mmmmmmmm. Misión: buscar una terraza fresquita, lejos de nuestro domicilio (para cambiar de escenario) y que no estuviera (o estuviese) muy llena.

Hemos encaminado nuestros pasos (en coche, vaya) hacia el barcelonés barrio de Gracia; de esos típicos barrios entrañables de los que siempre hay uno en cada capital. Un barrio sencillo, agradable. Como un pequeño pueblo, pero en medio de la gran ciudad. O sea, atestado de gente, lleno de okupas y de motos ruidosas. La máxima placidez a la que un urbanita puede aspirar. Y allí, una terraza, a la sombra, no muy llena. Bueno, la verdad es que estaba vacía. Su interior, en la barra, plagado de habituales. De esos tíos muy serios, solitarios, cuya gran distracción es mirar fijamente como va bajando el nivel de líquido de su apreciada jarra de cerveza para, a los pocos minutos, entablar una corta pero contundente conversación con el barman: “Ponme otra”.

Y yo, allí, con mi mujer. Solos. Toda la terraza para los dos. ¡Qué gozo!. “¿Nos pones una cerveza y un café con hielo”. El barman asiente. Un tío profesional. Entra en su antro, sortea a los solitarios embobados con sus respectivas jarras y se coloca detrás de la barra. ¡Sacrosanto lugar! Maneja la cafetera con una habilidad natural, asombrosa. Impasible. Se nota que lleva años en el oficio. Serio, sin fruncir una sola ceja. Rebusca en la nevera y saca una botella de cerveza. Pilla su bandeja, con una sola mano, y en ella deposita la cerveza y ese ansiado café con hielo... ¡Mmmmmmm! Por fin.

La sola visión del café me deja asustado. Pasmado. ¡Es de color marrón!. “Por favor, le he pedido un café, no un cortado”. El barman se siente como ofendido. “¿Un cortado? ¡Qué va! Es café, café”. Joder. Café, café. Juraría que el café-café es negro. Me lo miro y lo remiro. Efectivamente, un cortado no es. Pero café-café, menos. A lo mejor, por ese tono marroncillo, se trata de un chupito de Cacao-Lat. Pero... , ¿y esa espumita? ¿Cacao-Lat con espumita? No me atrevo ni a beberlo. Él será muy profesional, pero yo soy muy mío. Sé, positivamente, que si me lo trago, tendré que salir corriendo hacia el lavabo, pasando (con cierto peligro) por encima de los solitarios ensimismados. Me huelo que es uno de esos bebedizos que provocan una diarrea instantánea. De las de cagar a pistola, a chorro, vaya. Total, le saco una foto para que ustedes mismos juzguen. ¿Qué sustancia líquida puede ser?

Nunca jamás volveré a ese bar. Lo juro. Y yo, sin café con hielo. Tal cual se ha quedado en la mesa. ¡Tiempo y se acabó!

¿Y para qué les cuento todo este rollo? ¡A saber!. Y eso que no tenía ganas de redactar.

Por cierto. Si quieren disfrutar de verdad, pásense por la página de mi cuñado, Absence. Ese hombre ha parido, hace pocos días, una nueva sección impresionante. Vidas Ajenas, se llama. Y no se pierdan, sobretodo, la última entrega. Hacía tiempo que no me reía tanto.

8.7.05

Lehman (1915-2005)

La torre de los ambiciosos (1954). Sabrina (1954). El rey y yo (1956). Marcado por el odio (1956). Chantaje en Broadway (1957). Con la muerte en los talones (1959). Desde la terraza (1960). West Side Story (1961). El Premio (1963). Sonrisas y lágrimas (1965). ¿Quién teme a Virginia Woolf? (1966). ¡Hello, Dolly! (1969). Family Plot (La trama) (1976).

Sobran las palabras. Ernest Lehman fue el guionista de todos estos títulos. Murió el sábado pasado. Que en paz descanse.

7.7.05

El personaje misterioso (Bond Jr.)

Bond, James Bond. 007. Con licencia para matar. El espía más conocido, de los habidos y por haber, al Servicio Secreto de Su Majestad Británica. Varios actores han sido los que le han dado vida a lo largo de cuatro décadas. Otros, a pesar de querer meterse en la piel del agente secreto más famoso del mundo, tuvieron que desistir en su empeño.

Algunos, ya de pequeños, apuntaban las maneras de Bond. Su gran aspiración era esperar la jubilación de Connery para ocupar su privilegiada vacante. Sin embargo, otros más favorecidos, se le adelantaron. Ese es el caso del pequeño e incipiente 007 que pueden ver aquí mismo.

¿Quién se esconde tras ese prometedor 007? Fíjense en él. Todos ustedes le conocen bien. Bastante bien, diría yo. Mírenle directamente, sin titubeos, y darán con el personaje misterioso, ahora un ser adulto y responsable. Bueno, lo de responsable es un suponer.

Un Gallifante para aquel que descubra la verdadera personalidad de este James Bond Jr.

6.7.05

El Dr. Kelp y Mr. Love

Cinematográficamente hablando, el 63 no tan sólo significó el nacimiento del personaje de Clouseau. También se estrenó El Profesor Chiflado, sin lugar a dudas la mejor película de la filmografía de otro gran cómico, Jerry Lewis. A parte de ser una gran comedia, es una de las adaptaciones más originales, libres y cínicas de la inmortal obra literaria de Robert L. Stevenson, El Extraño Caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde.

Lewis se acercó al tratamiento de la obra desde la sátira más contundente, rompiendo un tanto con todo lo que había dirigido e interpretado con anterioridad. Mantiene algunas de sus constantes (como su eterno personaje tontorrón y patoso), pero en el fondo narra un drama ácido y triste.

En El Profesor Chiflado, como era de esperar, el actor se desdobla en dos personajes. El Dr. Jekyll es, en este caso, el tímido y atolondrado profesor Julius Kelp, un científico que ha acabado dando clases de química en un Instituto plagado de adolescentes. Cansado de aguantar las burlas de sus estudiantes y colgado por la figura tentadora de una de sus alumnas, la jovencita Stella Purdy (una Stella Stevens en todo su esplendor), decidirá experimentar una nueva fórmula con su propio cuerpo, convirtiéndose en su desfachatado alter ego. Ahí nace el Mr. Hyde de Lewis. O, mejor dicho, Buddy Love, un apuesto galán, de maneras chulescas y un tanto déspota con los demás que, sin embargo, logrará cautivar a la sorprendida Stella.

Lewis juega como nadie con esa dualidad. Explota al máximo al despistado y extravagante personaje de Kelp, consiguiendo con éste algunos de los gags más recordados de toda su carrera (las escenas en el gimnasio, para intentar mejorar su figura, son impagables) y se despacha, a gusto, cuando se desdobla en Buddy Love. En ese rol potencia todos los vicios. Fuma, bebe y se insinúa sexualmente. Trata mal a sus respectivos y deja claro, sin vergüenza alguna, su prepotencia machista. Es elegante (a su manera) y demuestra, cada noche, ante el piano, sus dotes como cantante. Muchos, en este aspecto, creyeron ver una venganza cruel hacia Dean Martin, con quien había compartido, durante muchos años, numerosos escenarios y platós. Una venganza que, de todos modos, siempre desmintió el propio Lewis.

Como realizador tuvo la ocasión de lucir sus conocimientos cinematográficos jugando con las luces, sombras y colores, a veces de manera alegre y distendida y otras a través de un estilo más tétrico y misterioso. Un buen ejemplo de ello es la excelente planificación de la escena de la transformación. En esa época no eran necesarios los avasalladores efectos especiales actuales. Sólo utilizó la cámara, el maquillaje y la iluminación. Y con esos tres elemento tuvo más que suficiente para, durante unos minutos, alejarnos de la comedia y adentrarnos en un melodrama de tintes fantásticos.

Lewis siempre declaró haber quedado impactado cuando visionó, a temprana edad, la versión de Victor Fleming, El Extraño Caso del Dr. Jekyll, protagonizada por Spencer Tracy e Ingrid Bergman. Tanto es así que el cómico, en su particular versión, rindió un claro homenaje al citado film aprovechando la construcción, casi calcada, de algunos planos de éste, como ocurre en la ejemplar escena en la que sale a la calle tras haber sufrido su primera transformación. La cámara se convierte en los ojos de Buddy Love y, en un largo y milimetrado travelling, hace un recorrido de todos los personajes que, asombrados, se van fijando en él.

Vista hoy en día sigue conservándose como una película absolutamente fresca. Casi me atrevería a tildarla de obra maestra. Y más si la comparamos con el innecesario remake que, en los 90, protagonizó Eddie Murphy y que, sin sentido alguno, cambió el cinismo del título de Lewis por los f/x de marras.

Si no han visto nunca El Profesor Chiflado pillen, si pueden, su edición en DVD ya que éste, además, cuenta con una buena cantidad de escenas eliminadas en su montaje final y un sinfín de descartes por errores de rodaje.

Chapeau para Jerry Lewis. ¿Cuándo se le reivindicará como es debido?

5.7.05

Clouseau, ese hombre

1963 fue el año del nacimiento de uno de los iconos indiscutibles del mundo del cine. Acababa de salir a la luz el único e incomparable inspector Jacques Clouseau, tras el que se escondía el genio de un comediante sin antecedentes, Peter Sellers. El padre de la criatura fue Blake Edwards. Un Edwards recién salido de uno de los melodramas más crudos del Séptimo Arte, Días de Vino y Rosas. Seguramente, asfixiado por la dureza de la temática vertida en ese film, se decidió, en su siguiente producto, a enfrentarse a un estilo más distendido y alegre. La Pantera Rosa acababa de nacer.

Posiblemente, cuando se planteó el rodaje de la película, a lo que menos importancia dio Edwards fue al papel de Sellers, ya que el realizador, en ese momento, buscaba una comedia sofisticada, con ambientes lujosos y personajes de la alta sociedad. El típico título con elegantes ladrones de guante blanco, gente guapa a su alrededor y diferentes localizaciones geográficas europeas. Un cocktail premeditado para atraer a todo tipo de público. Un casting atractivo (David Niven, Robert Wagner, Claudia Cardinale y Capucine) moviéndose por diversos escenarios naturales (Cortina d’Ampezzo, París, Roma). El esplendor estaba servido. Y ese tipo de películas, en esa época, funcionaban a las mil maravillas.

Clouseau era un pequeño detalle más, casi ínfimo, dentro del engranaje del film. Estaba colocado allí, de manera estratégica, para romper, de vez en cuando, la previsibilidad de ese tipo de producciones. Pero, contra todo lo previsto, el personaje de Sellers se convirtió en lo mejor del espectáculo. El resto del reparto se vio totalmente apagado por el bombazo Clouseau. De manera inconsciente, acababan de crear un monstruo de las taquillas, pues ese policía bajito y ridículo, patoso y soberbio, cada vez que aparecía en pantalla, con su presencia insólita, dejaba arrinconados al resto de sus compañeros. La monotonía de la película se veía salvada por la creación de Sellers y, al mismo tiempo, por un par o tres de sketchs aislados pero perfectamente medidos por el oficio de su realizador (la divertida escena de vodevil en la habitación del matrimonio Clouseau, la fiesta de disfraces con un par de policías reconvertidos en cebra o, sin ir más lejos, una surrealista persecución automovilística en la última parte del film).

La endeblez de un guión poco consistente se vio compensada, altamente, por ese ser que, con cada una de sus apariciones, podía desmontar, en pocos segundos, todo cuanto se le pusiera por delante. Sus gags eran típicos, pero rotundos. Edwards no descubría nada nuevo. Tropezones, caídas, golpes inesperados... Nada que Chaplin, Keaton o Lloyd no hubieran hecho antes. Pero Sellers le confirió a ese genial personaje una dimensión única. Tanto es así que, al año siguiente, tuvo su film de lucimiento para el solito, capitaneado de nuevo por Blake Edwards. Se trataba de El Nuevo Caso del Inspector Clouseau, a mí parecer, el mejor título de una larga serie que, por sí misma, fue apagándose en su ingenio original. Sellers no tenía muy claro lo de volver a dar vida a ese policía francés, pero finalmente se dejó convencer por la amistad que le unía con el director norteamericano.

La Pantera Rosa ha quedado como el punto de partida de uno de los personajes más populares y divertidos que jamás hayan poblado platea alguna, a pesar de que el paso de los años acabara dimensionándolo y exagerando sus golpes de efecto. Que nadie intente buscar en ella la comedia más redonda de su realizador. Ni siquiera el episodio más logrado de la saga. Pero a esta Pantera Rosa, a la original, le debemos mucho. Dejando ya a un lado la figura eterna de Clouseau, nos regaló la insuperable partitura musical de Henry Mancini y seis años más tarde provocó, gracias a sus fantásticos títulos de crédito, una de las mejores series televisivas de animación de todos los tiempos. El Show de la Pantera Rosa. ¿Quién da más?

Por si alguien tenía dudas, sólo hay y habrá un solo inspector Jacques Clouseau. Y ese es Peter Sellers.

4.7.05

Ustedes lo han querido: INTACTO

Juan Carlos Fresnadillo debutó en la pantalla grande con Intacto, una extraña y magnética ópera prima que, incluso, asombró a la prensa y al público en su pase por el Festival de Sundance. Es una lástima que, desde el año de ese debut, 2001, ese joven realizador no se haya vuelto a colocar tras la cámara para dirigir otro largometraje.

Antes de embarcarse en la filmación de Intacto, Fresnadillo se estrenó en el mundo del cine con un curioso cortometraje, Esposados, una divertido y macabro guiño al cine negro y a la filmografía de Alfred Hitchcock que, merecidamente, le valió una nominación al Oscar, en 1997, en esa categoría.

Intacto es una película compleja y muy original. Tiene varios niveles de lectura, sin ser, por ello, un film complicado. La cinta abarca varios géneros, mezclados con total ingenio y sin romper en absoluto su ritmo narrativo y argumental. Al contrario, potenciándolo al cien por cien. ¿Thriller? ¿Melodrama? ¿Cine fantástico? ¿Comedia negra? Un poco de todo al mismo tiempo. ¿La reinvención de un nuevo género o, por el contrario, el robar el estilo visual y descriptivo del alucinado Lynch para así coordinar, a través de un excelente guión, un producto mucho más completo y comprensible que los del director de Montana? Posiblemente, tras Intacto, se escondan ambas intenciones.

El surrealismo vertido por Fresnadillo es mucho más sutil que el de Lynch. Más sagaz. Suave, para evitar que sea su único leiv motiv, como un adorno más. Metido a pequeñas dosis, sin exagerar, para darle un toque mágico a una historia en la que se mezclan diversos conceptos y valores: la suerte, el infortunio, el juego, la fortuna, la superstición y la desgracia. Un film vampírico como el que más. Vampiros y víctimas. Esos son los verdaderos instrumentos (más que personajes) de los que se vale para construirlo.

Un film de venganzas. Una venganza mefistofélica, como la que planea Federico, el oscuro y amargado personaje interpretado por un elegante y sobrio Eusebio Poncela, en uno de sus mejores trabajos desde que hiciera Martín (Hache); un tipo que, tras ser un hombre favorecido por su sino, ha pasado a convertirse en un gafe de tomo y lomo. Por otro lado está Tomás, un efectivo Leonardo Sbaraglia antes de que se le subieran los humos a la cabeza; tras ser el único superviviente de un mortal accidente aéreo, se transformará en la herramienta idónea para que Federico pueda cumplir su desquite. Poncela y Sbaraglia. Vampiro y vampirizado. Maestro y alumno.

Y, en el otro extremo, por encima del bien y del mal, se encuentra el tercero en discordia. El obsesivo objetivo de Federico. El que cierra el triángulo de la fatalidad. Aquel que, como otros personajes de la cinta, es capaz de bailar, a diario, con la mismísima muerte si con ello consigue su redención. Él es Samuel, un viejo judío, traumatizado por su paso por un campo de exterminio nazi y que, con los años, se ha convertido en el hombre más afortunado del mundo. Propietario de un inquietante, solitario y misterioso casino, enclavado en medio de un mágico valle, sólo se le podrá arrebatar la suerte pasando por encima de su cadáver. El vampiro mayor. El Conde Dracula. El gran chupasangre. Max von Sydow, con su impresionante porte y su personalísima dicción, fue la acertada elección para dar vida a ese ser endiosado que, desde sus catacumbas de neón, necesita más y más sangre para seguir disfrutando (a su manera) de la vida. Vida y muerte. Dos conceptos que viajan a lo largo de todo el metraje, aunándose, en varias ocasiones, de manera angustiosa. Y el azar (tanto el maldito como el bendito), en este caso, es el verdadero sustituto de las estacas. La única arma posible para derrotarlo.

Y como grandes decorados de la historia, dos frentes totalmente diferenciados. Por un lado Madrid, una ciudad nocturna, oscura, casi fantasmagórica, plagada de submundos inexplorados por la gente corriente. Y, por el otro, el paisaje misterioso y desértico de la isla de Tenerife. Dos escenarios antagónicos que, sin embargo, esconden el mismo grado de fortuna y de desgracia.

Les aseguro que, ante el este calibrado y soberbio film de Fresnadillo, es dificil quedar indiferente. Intactos, seguro; pero indiferentes, jamás.

Para que luego vayan diciendo por ahí que el cine español no tiene joyas en su haber.

3.7.05

Tarantinadas

No me gusta CSI. Ninguna de las tres series. Es más, odio CSI. Siempre es la misma fórmula, repetida, una y mil veces, hasta la saciedad.

Pero a Tarantino, por lo que parece, le encanta. Y el hombre, para tocarme las narices y obligarme a ver un episodio, ha dirigido el último de la quinta temporada de CSI Las Vegas. Dos horas de duración. Y con la presencia del mismísimo Tony Curtis interpretándose a sí mismo y demostrando cierta añoranza por Las Vegas de los años 60.

Según dicen los entendidos (pues ya fue emitido en los EE.UU. a finales de mayo), es el segundo mejor episodio de la serie. Ya lo saben: todos los seguidores de la misma, estén atentos a ese capítulo. Y los que no, también. Al menos, puede resultar curioso.

The Ultimate Twilight Zone

Ya está resuelto. Ese hombre de color misterioso, que lleva semanas obsesionándome, apareció el otro día en uno de mis sueños. Era él. El jefe de la comisaría de policía que Schwarzenegger destroza, literalmente, en la primera entrega de Terminator. Un secundario de los de toda la vida. Se trata de Paul Winfield. Aquí tienen el resultado.

Ante todo, querría pedir humildemente perdón al Señor Lechero pues él, desde el primer día, dio en la diana, señalando acertadamente que ese personaje salía en Star Trek II. No creí en sus palabras. Me equivoqué rotundamente.

A partir de hoy puedo decir que ya creo en algo. O mejor dicho, en alguien. Y ese alguien es el Señor Lechero.

2.7.05

Vacaciones con Spaulding

Como cada año, muchos de ustedes estarán a punto de empezar sus vacaciones estivales. Algunos ya tendrán un destino concreto. Otros, optarán por refugiarse en la tranquilidad y el sosiego que ofrecen las desérticas ciudades durante el mes de agosto (a pesar de la afluencia de multitud de guiris empreñadores) e, inevitablemente, siempre habrá aquellos que, a estas horas, aún no sepan dónde pasar estos esperados días de asueto. Pues para ellos va destinado, en concreto, este post.

La agencia Spaulding’s Travels le ofrece, gustosamente, cinco gratas posibilidades para pasar el verano.

Estío Tatí: Viaje en ferrocarril, abarrotado, hasta un tranquilo y apacible rincón de la costa francesa. Alojamiento en hotel familiar, aunque sin aire acondicionado. Baños matinales, excursiones por la tarde. Tenis, ping pong y ruidosos fuegos artificiales al anochecer. Recomendado a gente de la tercera edad y solitarios (de ambos sexos) con muy pocas ambiciones.

Estío Mulligan: Viaje en avión de líneas irregulares a Nantucket, una pequeña isla de Nueva Inglaterra. Alojamiento en casa particular, amenizada las 24 horas del día con música de Michel Legrand. Recomendado, exclusivamente, para jóvenes impúberes, aún por estrenar, con ganas de pegar su primer polvete con una treintañera del terruño (y de buen ver), cuyo marido estará en Irak sirviendo a su patria.

Estío Lean: Viaje en autocar hasta la bella ciudad italiana de Venecia. Alojamiento en pensión al lado mismo del Gran Canal. Huela y disfrute, a todas horas, el pestazo a cloaca que rezuma la capital y arruínese, tomando un cafelito, en la Plaza de San Marcos. Ideal para mujeres solteronas dispuestas a vivir un romance con un anticuario casado para, posteriormente, regresar a su país aún más deprimidas que antes.

Estío Mercero: Viaje en autocar o coche particular hasta la Costa del Sol. Agradables y calurosas vacaciones sin salir del país. Alojamiento en camping familiar. Viva y goce cada anochecer de la muerte de Chanquete, representada en directo por un grupo de actores aficionados. Recomendado a perversos de todas las edades y sexos.

Estío Stubing: Crucero de placer en trasatlántico de lujo. Disfrute del Barco del Amor más hortera y libertino de la televisión. Esmerado servicio de bar atendido por simpaticote camarero afroamericano. Insuperable atención sanitaria, en caso de enfermar durante la travesía, ofrecida por un escuálido doctor. Especialmente aconsejado a miembros de la tercera edad, a cuarentonas parejas morbosas con ganas de nuevas experiencias sexuales y a putones verbeneros, de ambos sexos, ansiosos por lamer la calva del honorable Capitán Stubing.

¿Con cual de estas propuestas se queda usted?