18.10.17

SITGES 2017: Jornada 2 (de muñecas diabólicas, enfermedades surrealistas y actrices comprometidas)

El viernes 7 de octubre, segundo día del Festival, el Auditorio del Meliá Sitges amaneció con Annabelle: Creation, una precuela de los Expedientes Warren que, en esta ocasión, nos muestra los orígenes satánicos de una muñeca (la Annabelle del título) que ya se ha convertido en un icono del cine de terror. Dirigida por David F. Sandberg, el mismo de Nunca Apagues la Luz, este es un film efectivo que, a pesar de no ofrecer nada nuevo al género, mantiene la atención del espectador y se muestra capaz de crear un insano ambiente enrarecido e inquietante en la platea. Ambientada en la casa de un fabricante de muñecas quien, años después de perder a su hija en un accidente, decide aceptar en su domicilio a un grupo de seis huérfanas acompañadas de una monja, esta es una precuela mucha más digna que su antecesora, Annabelle. De hecho, Annabelle: Creation termina justo cuando se iniciaba el irregular título anteriormente citado. Un entretenimiento cargado de sustos y escenas tensas que, sin embargo, nunca pasará a la historia del cine por su poca (o nula) originalidad.


La mañana continúo con El Sacrificio de un Ciervo Sagrado, el nuevo largometraje del autor de la sobrevalorada Canino y de la insoportable Langosta, el griego Yorgos Lanthimos y que, al igual que en el último título citado, vuelve a contar con la colaboración de Colin Farrell quien, en esta ocasión, está acompañado de Nicole Kidman. Al igual que en sus otros dos films, la primera media hora resulta lo más tentador del invento ya que, el tal Lanthimos, sabe tentar a la perfección al espectador jugando, como siempre, entre el absurdo más absoluto y una peculiar atmósfera entre inquietante y un tanto enfermiza. Después, una vez descifrada un tanto la trama, la cosa empieza a perderse, cayendo en reiteraciones muy cansinas y apoyándose en un lentísimo tiempo narrativo capaz de provocar la somnolencia en el espectador; una somnolencia que ni siquiera pueden evitar las buenas interpretaciones de su pareja protagonista. La cinta narra la degradación y la enfermedad que asaltan a un matrimonio con dos hijos que se ven tocados por las malas artes (no muy bien plasmadas en pantalla) ejercidas por un joven que está dispuesto a vengarse de un hecho del pasado provocado por el padre de familia, un reputado cirujano que mantiene una extraña relación con el muchacho. A pesar de su buena factura, sigue la tónica de sus productos anteriores: o sea, rara y aburrida hasta extremos insospechados. Un timo más del Lanthimos (sin que valga la redundancia).


Personalmente, la jornada la cerré asistiendo a la rueda de prensa otorgada por Susan Sarandon, actriz que acudió al certamen para recoger un premio honorífico y presentar, en sesión golfa, una proyección de su ya mítica The Rocky Horror Picture Show. En ella, habló con mucha profundidad, de la excelente serie televisiva Feud, en la que daba vida a Bette Davis para plasmar así la relación de ésta con Joan Crawford durante el rodaje de ¿Qué Fue de Baby Jane?, esta última interpretada por Jessica Lange en la pequeña pantalla.

Dando un repaso a su extensa filmografía, quiso puntualizar, entre otras cuestiones, que el personaje por el que siente más apego de toda su carrera es el de la hermana Helen Prejean de Pena de Muerte, rol que le llevó a conseguir su único Oscar.


Haciendo gala de su compromiso social y político, como buena activista que siempre ha demostrado ser y en referencia al momento actual que vivmos en Catalunya, quiso dejar bien claro que siempre estará al lado de la autodeterminación de los pueblos. Maravillosa Susan Sarandon.


En el próximo post, un poco más sobre el 50 aniversario de Sitges. 

17.10.17

SITGES 2017: Jornada 1 (de mujeres enamoradas de un pez, familias acosadas por sectas y émulos de Star Wars y similares)

El pasado sábado finalizaba la 50ª edición del Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Sitges; una edición marcada, ante todo, por la presencia de rostros famosos y actos de todo tipo aunque, en parte, tocada por una de las programaciones cinematográficas más irregulares de los últimos años.


Antes de pasar a hablar de las películas que he podido visionar durante los diez días que duró el certamen, les dejo un link con el palmarés de este año.

Doy un salto al pasado y viajo hasta el jueves 5 de octubre, la jornada inaugural; una jornada que abrió con La Forma del Agua, el nuevo film de un Guillermo del Toro que, en esta ocasión, también apadrinó el Festival de este año. Su cinta, protagonizada por unos espléndidos Sally Hawkins, Richard Jenkins y Michael Shannon, está ambientada en la Norteamérica de los años 60, en plena guerra fría, y nos acerca a la historia de amor que nace entre una joven muda, empleada como mujer de la limpieza en un laboratorio militar, con un hombre pez fruto de un experimento científico. Una nueva vuelta de tuerca al mito de la bella y la bestia, en la que del Toro, a través de un despliegue visual tan atractivo como muy personal (fiel a su cine de siempre), se embarca en un producto melodramático y fantasioso que, por momentos, roza la comedia aunque, en el fondo, apuesta por una imparable tragedia cargada de tintes poéticos. Algunos altibajos en su narración no suponen impedimento alguno para que esta fábula se haya convertido en uno de los títulos más recordados y (a pesar de sus irregularidades) más loados del certamen, empezando por la exquisita banda sonora compuesta por Alexandre Desplat. Atención, ante todo, a sus magnéticos (e inundados) títulos de crédito iniciales.


A continuación, tuvimos que sufrir una serie B (tirando a Z) que llevaba por título Jackals, una especie de Perros de Paja en plan patético y en formato familiar: o sea, una familia en el interior de una cabaña solitaria en el bosque y acosada por una secta sanguinaria que, con sus embates, pretende recuperar a uno de sus hijos al que habían secuestrado con anterioridad. Ridícula, pésimamente planificada (y montada) y con un plantel de actores totalmente desmelenados, de entre los que destacaría a una envejecidísima Deborah Kara Unger en el rol de la madre sufridora. Dirigida por Kevin Greutert, la cosa quiere asustar y no asusta y pretende epatar con su supuesta línea gore y en realidad te deja indiferente. Hacía tiempo que no me enfrentaba a un título cargado de tantos personajes sin entidad alguna. Mejor corramos un tupido velo.


La jornada la terminé con Science Fiction Volume One: The Osiris Child, un entretenido film de ciencia ficción muy deudor del cine de los 80 que, dirigido con cierto brío por Shane Abbess, pretende abrir (tal y como su título indica) una nueva serie cinematográfica. Un poco de todo, aunque un tanto sin pies ni cabeza, al servicio de una historia en la que pilla un mucho de Star Wars, otro poco del ritmo de los Indiana Jones y otro tanto del sinfín de películas nacidas al amparo de la saga galáctica de George Lucas. Planetas interestelares, una niña con ganas de reencontrarse con su padre militar, evasiones de cárceles futuristas, monstruos gigantescos e imperios malignos con poco aprecio por la población; todo ello filmado con mucho fuerza aunque con muy poca chicha argumental. Más de los mismo, lo que hace que al salir del cine, uno olvide a los pocos minutos todo cuanto acaba de ver.


En el próximo post, más sobre el 50 aniversario del Festival de Sitges; un Festival que, por cierto, ayer noche, tras la detención de Jordi Sànchez y Jordi Cuixart, se posicionó y colgó un tweet sobre el tema. Chapeau.
¿Mandan a prisión a gente pacífica que organiza manifestaciones pacíficas? ¡Pensábamos que el Festival había terminado ayer!

8.10.17

SITGES 2017: Desconectando


Desde el pasado jueves que ando por Sitges, con ganas de alejarme un poco de la realidad y sumergirme en la celebración del 50º aniversario del certamen.

Una vorágine de películas y rostros conocidos del Séptimo Arte; numerosas conversaciones con viejos amigos y conocidos, tanto cinéfilas como sobre el momento que nos ha tocado vivir y, de propina, ese microclima especial que siempre envuelve al Festival.

Los que estén interesados en acercarse hasta el lugar para disfrutar del cine fantástico, aquí les dejo el link imprescindible para que le den un vistazo a la programación de este año.

Personalmente, hasta el día de hoy, ya he visto un poco de todo y he disfrutado como un cosaco con la rueda de prensa ofrecida por una gran dama del cine: una espléndida y cabal Susan Sarandon que ha demostrado entender mucho mejor que Rajoy el proceso de autodeterminación del pueblo catalán.

Cuando acabe el festival y desde la placidez (o no) de mi domicilio, al igual que cada año, les informaré de todo lo que ha supuesto esta edición.

2.10.17

Hoy no va de cine. Va de rabia.


No es el Chile de Pinochet. No es la Argentina de Videla. Es la España de Rajoy, esa España franquista que aún sigue activa y que tiene los santos cojones de autodenominarse demócrata.

Hoy, como catalán, escribo desde la rabia y la indignación. Ayer mi tierra se vio agredida de manera brutal. De forma desproporcionada, la Guardia Civil y la Policía Nacional, bajo las órdenes de un gobierno que nunca ha demostrado el más mínimo indicio de cariño hacia Catalunya, cargó contra nosotros por usar unas armas tan peligrosas como urnas y papeletas; armas que ellos deberían de considerar como de destrucción masiva. Ellos tenían (y tienen) la fuerza de las armas y nos dispararon con balas de gomas (artefacto prohibido por el Parlament catalán), nos rociaron con gases lacrimógenos, nos apalearon con sus porras y hasta insultaron a nuestras mujeres mientras las iban golpeando, pateando e incluso rompiéndole los dedos de una mano, uno a uno, a una joven mientras le sobaban los pechos. Un ataque indiscriminado. A los muy salvajes les daba lo mismo la edad de aquellas personas a las que humillaron con su violencia desacerbada, tan sólo por defender pacíficamente los colegios electorales con el objetivo de salvaguardar unas urnas que, en muchos casos, nos fueron usurpadas por las sucias manos de esa policía invasora. Unos machitos de mierda que desbravaron su ira contra un pueblo al que siempre han odiado. Robocops sin cerebro programados para matar.


Me siento orgulloso de haber formado parte de una de las mesas electorales que ayer se montaron en Catalunya (de forma voluntaria al no haber acudido los titulares de la misma) y, al mismo tiempo, me siento altamente ofendido cuando oigo a ciertos líderes políticos del PP, Ciudadanos y PSOE afirmar, de forma falsa, que algunos de los censados llegaron a votar en más de una ocasión. Una mentira absoluta; una de esas numerosas y cansinas mentiras de las que viven algunos políticos y la mayoría de medios informativos del resto de España desde hace ya demasiados años, con la única finalidad de crear una catalanofobia desmesurada. Les puedo asegurar que en mi mesa, al igual que en todas las de Catalunya, se controlaron todos los votos a través de un sistema informático al que no pararon de hackear a lo largo del día para reventar el referéndum de autodeterminación y que indicaba la posibilidad de haber votado con antelación. Tanto es así que, en mi mesa, se negó el voto a dos personas que no estaban censadas.

Hoy siento asco. Asco de seguir perteneciendo a un país que, por norma, se ha negado siempre al diálogo. Asco cada vez que veo por televisión a un palurdo franquista como Rajoy o a una enana energúmena como Soraya Sáenz de Santamaría, una mujer que no para de vomitar su ira sobre mí país. Asco cuando oigo hablar a cualquiera de los miembros de su gobierno y de su partido; un PP corrupto que, más que un partido, es un grupo mafioso en toda regla. Asco cuando veo a las gentes de C’s, un partido de fascistas empecinados en lamerle el culo al Marianico y sus huestes purulentas. Asco cuando los del PSOE y PSC me hablan de legalidad, empezando por su líder espiritual, ese achacoso de Felipe González que esgrime impunemente el imperio de la ley cuando él fue el primero en saltarse la legalidad organizando un grupo terrorista para acabar con ETA. Asco. Asco. Asco.

El día de ayer no lo olvidaré en mi vida. Ayer se cruzaron demasiadas líneas. Mai l’oblidarem. Visca Catalunya!

Por cierto, el número de placa del agente que le rompió los dedos de una mano a una chica, mientras la humillaba insultándola y metiéndole mano, es el 4U21. Un mal bicho, al igual que los responsables de haber ordenado tan brutal agresión a mi país..

22.8.17

Cómo destrozar un clásico

En 1971, con El Seductor, Don Siegel realizaba uno de sus mejores films en el que, basándose en la novela de Thomas Cullinan, mostraba una visión muy distinta de la guerra de secesión norteamericana. En ella, un soldado yanqui malherido, era recogido y escondido en una apartada escuela sudista de señoritas, lugar en el cual, entre pasiones y recelos de las jóvenes internas y de la propia directora del lugar, descubría su insano poder de manipulación sobre todas las mujeres que le rodean.

Protagonizada por Clint Eastwood, uno de los actores fetiche del director (quien, con el tiempo, se convertiría en uno de sus alumnos más aventajados), cedía, sin embargo, la mayor parte de la fuerza interpretativa del film al personaje de la directora del internado, una espléndida Geraldine Page quien, con su excelente trabajo, dotaba de una vis tremendamente enfermiza al rol al que encarnaba: el de una mujer amargada y solterona que vivía de los recuerdos de un pasado en el que se avistaba una relación incestuosa con su propio hermano; relación que aquí en España, mediante el doblaje, la censura franquista se encargó de convertirla en una relación marital
.

Una película excelente y contundente en todos sus aspectos: tensa, claustrofóbica, dotada de un inquietante toque de terror gótico y en donde, aparte de Eastwood y Page, brillaban con luz propia Mae Mercer (la criada de color del centro), la pequeña Pamelyn Ferdin (toda una experta en la caza de champiñones), Elizabeth Hartman (la profesora sensible y enamoradiza) y la perversilla Jo Ann Harris (una jovencita seductora y calenturienta).

Uno de esos títulos que nunca me cansaría de repasar.


Ahora, 46 años después de su estreno, Sophia Coppola, desde La Seducción, revisita de nuevo la misma novela de Cullinan, dando su propia visión de la historia y dedicándose más al preciosismo visual que no a exteriorizar esas partes más morbosas y sombrías que dotaban de personalidad al trabajo de Don Siegel.

La cinta, a pesar de su corrección escénica, empieza patinando por culpa de las sosas interpretaciones de Collin Farrell (el yanqui herido) y de una autómata Nicole Kidman en el papel de Miss Martha, esa solterona y amargada directora de la institución; un personaje del que Coppola, al igual que la censura española de los 70, se ha encargado de eliminar el mínimo rastro de su sombrío pasado incestuoso, tal y como también ha hecho con la supresión de la sirvienta de color, un personaje éste casi imprescindible en un producto ambientado en una escuela de señoritas en el Sur de los EE.UU. durante la guerra de secesión.


Al contrario que el título original, la nueva propuesta aburre hasta a las musarañas. No inquieta en absoluto y, lo que es peor, resulta repetitiva en todo cuanto expone, ya que la cinta no avanza casi nada durante su metraje, mostrándose incapaz de mostrar al espectador los motivos por los cuales sus personajes actúan de un modo u otro. Eso sí: cuando llega a su final, éste se me antoja desorbitadamente precipitado (aunque, en este caso, conserve las mismas constantes que las del título de 1971).

Suerte que, para paliar un poco el soponcio general de la función, por allí pululan un par de actrices que están perfectas en sus respectivas interpretaciones: Kirsten Dunst, a la que le sienta como anillo al dedo el rol de mujer enamoradiza, y Elle Fanning, fantástica dando vida a una calientabraguetas de muchísimo cuidado.


Un consejo, pasen del remake y píllense cuanto antes cualquier edición en DVD o Blu Ray de El Seductor de Don Siegel. Eso sí: disfrútenla en su versión original subtitulada ya que, si optan por la versión doblada, se van a dar de morros con el puto doblaje alterado de la época.

8.7.17

Apocalypse Now... y otras lindezas


El próximo miércoles se estrena en nuestro país La Guerra del Planeta de los Simios, la tercera entrega de una trilogía que se inició con la correctísima El Origen del Planeta de los Simios y continuó con la más irregular El Amanecer del Planeta de los Simios. Con este nuevo capítulo, su director, Matt Reeves (que ya dirigiera su segundo episodio), aúna, con total funcionalidad, el género fantástico con un sentido muy potente de la aventura.

La Guerra del Planeta de los Simios arranca dos años después de la anterior, cuando los primates y los humanos supervivientes de la llamada “gripe de los simios” están en plena guerra por el planeta. César sigue liderando el grupo de monos que le apoyan, mientras que los seguidores del desaparecido Koba (el simio “malo”) se han convertido en los “lameculos” oficiales del ejército humano establecido.


Lo mejor de esta nueva entrega, aparte de sus brillantísimos efectos especiales y del trabajo de Andy Serkis escondido bajo la piel digitalizada de César, se encuentra en esa mezcla de géneros y guiños cinéfilos que su realizador va barajando a lo largo y ancho de su proyección. De hecho, sus primeros minutos evocan claramente a Platoon y tantos otros títulos ambientados en la guerra del Vietnam, en donde la jungla, las trincheras y las estratagemas militares se convertían en los principales protagonistas de los combates expuestos.

Después, tras un trágico suceso que marcará la existencia de César, la cinta da un vuelco hacia esos westerns de toda la vida en donde la venganza devenía en el principal leitmotiv de la historia, pues tanto temática como escenográficamente la película nos traslada hacía un sinfín de títulos del género.


Un clarísimo homenaje a La Gran Evasión y una perversa referencia al Apocalypse Now de Coppola con el trastocado coronel Kurtz incluido (un genial Woody Harrelson evocando al personaje de Marlon Brando), cierran un film que mezcla, con sabiduría e ingenio, un montón de escenas de acción perfectamente planificadas con momentos ciertamente intimistas y calmados; pasajes que, por cierto, hacen que el producto se aleje un tanto (y de forma positiva) del típico blockbuster veraniego.


Un acertado producto que contentará a los seguidores de la saga y que, a lo largo de su metraje -tanto con la presencia de Cornelius (el hijo pequeño de César) como con la aparición de una niña muda-, va dejando caer algunas de las claves que la acercaránn cada vez más a El Planeta de los Simios original, el de Franklin J. Schaffner de 1968 con Charlon Heston, el mítico título que los más cinéfilos del lugar siempre recordarán de forma muy especial.


Muchos la acusarán de película prefabricada, de cinta parida directamente desde un laboratorio hollywoodiense para contentar a todos los públicos. Pero, prefabricada o no, La Guerra del Planeta de los Simios cumple a la perfección con su cometido y acaba resultando un entretenimiento en toda regla. Toda una monada, vaya.

30.5.17

¡Por mis pistolas!


John Madden, después de haberse empeñado en mortificar a las plateas con dos innecesarias entregas sobre las historias del Exótico Hotel Marigold (o sea, el más alto grado del buenismo viejuno), vuelve a la carga con un film mucho más potente que, en parte, entronca con su interesantísima La Deuda. Se trata de El Caso Sloane, un thriller político que abriga un punto crítico sobre la Segunda Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos, aquella que protege el derecho a poseer y portar armas a los ciudadanos norteamericanos.

La cinta se centra, principalmente, en Elizabeth Sloane, una ejecutiva sin escrúpulos que, en su lucha a favor de conseguir una nueva legislación para el control de la tenencia de armas, se enfrentará al todopoderoso lobby armamentístico a pesar de saber que, en su obstinación, puede arriesgar el prestigio obtenido a lo largo de su carrera profesional; una carrera, sin embargo, plagada de puntos oscuros y cercanos a la corrupción política.


La ambigüedad del personaje de Sloane es una de las bazas que hacen aún más interesante la película de Madden: una mujer que, a pesar de sus buenas intenciones en derrocar la insana Segunda Enmienda, esconde cartas no muy legales en su maquiavélica partida contra el poder establecido; una doble moral que, a través del excelente trabajo de Jessica Chastain, hace que el espectador no sea excesivamente duro a la hora de juzgar sus acciones.


A la sobriedad con la que Chastain afronta su controvertido rol, hay que sumarle un buen número de secundarios que, en todo momento, saben estar a la altura de su protagonista principal, tal y como sucede con Mark Strong, John Lithgow o Sam Waterston y, de entre ellos, destacando ante todo la fuerza con la que Gugu Mbatha-Raw da vida a Esme Manucharian, una de las compañeras litigantes de Sloane que, en un pasado, se vio envuelta como víctima en un tiroteo en un instituto norteamericano.


Un thriller político vigoroso, lleno de ágiles y contundentes diálogos y capaz de poner en solfa uno de los grandes conflictos de la sociedad norteamericana actual: el de la tenencia incontrolada de armas y lo que ello conlleva. Cercana, en pretensiones, al mejor cine de Costa-Gavras, quizás patine un poco en el (un tanto forzado) giro que le impregna Madden a su recta final; un giro que, sin embargo, no altera para nada la calidad de un producto inteligente, bien escrito y, repito, con una Jessica Chastain fuera de serie.

“¡Por mis pistolas!”, clamaría Charlton Heston si levantara la cabeza y visionara  El Caso Sloane.

21.5.17

La secuela de la precuela: si cuela, cuela


Cinco años después de la precuela de Alien, el octavo pasajero que supuso la fallida Prometheus, Ridley Scott sigue empeñado en explotar, al precio que sea, la franquicia de su popular alienígena y nos presenta Alien: Covenant; o sea, la secuela de la precuela.

El punto de partida transcurre años después del final de Prometheus, cuando una nave, la Covenant -cargada de un numeroso grupo de pasajeros dormidos con la intención de colonizar un nuevo planeta-, empieza a tener problemas técnicos y se ve obligada a aterrizar en otro inhóspito aunque habitable planeta. Su tripulación, que acaba de perder a su capitán debido un accidente, deberá explorar el mundo recién descubierto y, en su rastreo, descubrirán que en él habitan unos seres ciertamente muy peculiares y violentos.


Hasta aquí todo correcto. Ridley Scott demuestra que sabe crear tensión: las atmósferas tensas, como ya demostró en el título original de la saga, le van como anillo al dedo. Y, para ello, no deja de jugar con las habituales piezas de ajedrez a las que nos tiene acostumbrados: permuta a la vigorosa Ripley por una viuda desconsolada que atiende por Daniels (una cargante y llorona Katherine Waterston que nos hace echar de menos a la más visceral Sigourney Weaver), sigue utilizando a su usual grupo de secundarios dispuestos a ser sacrificados a la mínima de cambio y, cómo no, aún conserva al sempiterno autómata de turno, rol que recae nuevamente en Michael Fassbender quien incluso, en esta ocasión, desdobla su personaje para el sufrimiento de aquellos (como quien esto escribe) que nunca han soportado la arrogancia de este (para mí) sobrevaloradísimo actor.


Alien: Covenant peca de estar alargada hasta extremos agotadores. Dos largas horas para contar más de lo de siempre, aunque con ciertos apuntes (un tanto vagos) sobre el sentido de la vida y mutaciones diversas. A pesar de lo apabullante que resulta visualmente hablando, su exceso de divagaciones filosóficas de baratillo lo único que logran es aburrir soberanamente al espectador al cual, para despertarlo de su letargo, le tiene preparadas un par de escenas ciertamente encomiables, tensas y dotadas de un ritmo envidiable, que tan sólo por ellas mismas vale la pena enfrentarse a esta nueva entrega. La primera (y mejor de ellas) se localiza en el encuentro inicial de los tripulantes de la Covenant con los alienígenas y, por supuesto, en el esperado (aunque algo desmadrado) festival final para acabar con la vida del más todopoderoso de los aliens.


Y, lo peor del invento es que, cuando termina, aún parece no empalmar con el Alien original, por lo que me temo una nueva secuela de las dos precuelas. ¡Qué astuto y negociante es el amigo Ridley Scott!

30.3.17

Agua que no has de beber...


La nueva película de Gore Verbinski, La Cura del Bienestar, es un cóctel de títulos clásicos del fantástico, metidos sin ton ni son en la trama, aunque a través de una imaginería visual ciertamente encomiable. La lástima es que sólo se queda en eso: en su apartado visual y poco más.

La cinta arranca de forma interesante, magnética. Su primera hora es casi modélica y transporta al espectador al universo enfermizo que creó Martin Scorsese para su Shutter Island. En ella, un ejecutivo de una empresa norteamericana viaja hasta un viejo balneario situado en los Alpes suizos para reclamar la vuelta de un alto empleado de su compañía que se encuentra, desde hace tiempo, en el misterioso lugar para realizar una cura de reposo. Una vez en el centro, lo que tendría que haber sido una visita rauda, se convertirá en una larga e inacabable estancia, llena de intrigas y fenómenos extraños en los que el agua de la zona adquiere un protagonismo ciertamente especial.


Hasta aquí todo bien. Es más, promete un producto trabajado, tenso y estéticamente incuestionable. El problema es que, una vez superada su primera hora, al amigo Verbinski le entra la pájara y, como el que no quiere la cosa, cae en un delirio argumental y escénico que no hay por donde pillarlo. La lógica pierde terreno a cada segundo que pasa y lo que en un principio parecía bien encaminado, deriva hacia una locura sin parangón entrando, de lleno, en una hora y media de lo más insoportable que uno pueda imaginarse.


De hecho, lo único que ha intentado el realizador de la saga de Piratas del Caribe es orquestar un sinfín de homenajes al género, sin sentido alguno y consiguiendo, tan sólo, que su endeble guión pierda agua por todas partes y de forma constante. Incluso, en uno de sus numerosos desvaríos, hace un grotesco guiño a Humanoides del Abismo, esa cinta de serie B de los 80 en la que Doug McClure se enfrentaba a unos peces con un mucho de forma humana. Es más, son tantas sus ganas de epatar que se atreve a ir mucho más allá de las muelas del mismísimo Marathon Man, mientras que la banda sonora de Benjamin Wallfisch huele a la que compuso Krzysztof Komeda para la magistral La Semilla del Diablo.


Y aquí no se acaba todo, pues la sosería interpretativa de Dane DeHann (una especie de Leonardo DiCaprio en sus años mozos) en muy poco ayuda a centrar la chifladura absoluta que se esconde tras La Cura del Bienestar; una paranoia sin interés alguno que logra alcanzar el abultado metraje de 146 minutos. Una locura increíble.

No pierdan el tiempo. Como mucho, tráguense su envolvente y misteriosa primera hora y luego, cuando empiece el desvarío, móntense su propia película. Seguro que saldrán ganando. Ya saben: agua que no has de beber, déjala correr.

4.3.17

Madurar para seguir en el mismo punto

En 1996, Danny Boyle estrenaba su segundo título tras su debut con Tumba Abierta. Se trataba de Trainspotting, un film en su época rompedor que trataba el tema de la drogadicción de manera abierta y sin moralizar en absoluto centrándose, ante todo, en un peculiar grupo de amigos que, entre pinchazo y pinchazo, deambulaban por la ciudad de Edimburgo. Delirante, ácida, trepidante y repleta de escenas difíciles de olvidar (la muerte de un bebé o la búsqueda de un supositorio de opio en el wáter más sucio de Inglaterra), la cinta marcó la filmografía del realizador; un realizador que en el 2008 conseguía el Oscar a mejor film por Slumdog Millionaire.

Ahora, 20 años después, recupera a esos mismos protagonistas en la actualidad a través de T2 Trainspotting, una película más madura y mucho más reposada que la anterior, tanto por su puesta en escena como en la manera de acercarse a sus personajes. El delirio general que exhibía en la primera está mucho más calmado (excepto en su desenfrenada recta final), controlando en todo momento las escenas más pasadas de rosca y dando un toque mucho más moderado a las excentricidades de los cuatro amigos protagonistas.

T2 Trainspotting (un título que ironiza claramente sobre la saga de Terminator) arranca 20 años después del final de su primera entrega. Dibuja a la perfección el estado actual de cada uno de los cuatro personajes principales, a los cuales va preparando indistintamente para el reencuentro; un reencuentro que, en parte, hace imprescindible recuperar el Trainspotting original para no pillar fuera de juego al espectador ya que, a lo largo de su metraje, hace un sinfín de referencias a ésta especialmente necesarias para captar, al cien por cien, la esencia de la película.


En la nueva propuesta hay un poco de todo, desde un cantado ajuste de cuentas hasta los habituales devaneos con todo tipo de estupefacientes. Y, al igual que en la primera, al personaje que trata con una delicadeza especial es al más indefenso de todos ellos, ese desvalido Spud al que interpreta de forma genial Ewen Bremner, un actor que en ningún momento se deja hacer sombra ni por un deslumbrante Ewan McGregor ni por un Robert Carlyle que, en esta ocasión, aparte de haberse engordado en demasía, se me antoja en exceso sobreactuado dando vida a su violentísimo Begbie. En este aspecto, también cabe destacar la sobriedad y efectividad con la que Steven Robertson afronta su papel y la presencia de Anjela Nedyalkova (Veronika en el film), la chica cuyas acciones influirán en su apartado final.


Hace dos décadas, cuatro amigos habían quedado abocados al vacío. Dany Boyle los rescata y los vuelve a situar en la palestra, demostrándonos, de manera sobria e inteligente, que a pesar de haber crecido, ese vacío aún les sigue rondando. Si disfrutaron con Trainspotting, no dejen escapar este T2. No deja de ser un poco más de lo mismo, pero con el “mínimo” equilibrio que otorga el paso de los años.