19.3.07

Ustedes lo han querido: TRAINSPOTTING


Nacido en Manchester, Inglaterra, el realizador Danny Boyle, tras una larga experiencia en televisión, debutó en el campo del largometraje con una sencilla pero espléndida comedia de humor negro, Tumba Abierta, para después dar la gran campanada con Trainspotting, el film que le catapultó definitivamente a la fama.

Trainspotting es una película rompedora y valiente que, por ser capaz de adentrarse en el aciago mundo de la heroína a través de un nada soterrado sentido del humor, provocó que los más conservadores se rasgaran las vestiduras ante la propuesta, considerándola una peligrosa apología de la droga. Nada más falso que ello, pues Boyle, a pesar del indiscutible tono de comedia transgresora que desprende, en momento alguno llega a pontificar sobre la heroína. Muy al contrario pues, valiéndose de sus atípicos y bien dibujados personajes, plasma a la perfección los terrores y las dolencias que invaden, de forma corrosiva y destructiva, a quienes la consumen.

La cinta se centra en la amistad de cinco jóvenes escoceces, cuatro de ellos enganchados al caballo, mientras que el quinto, un tal Begbie (un contundente Robert Carlyle), desahoga sus malos rollos a través de la cerveza y la violencia, al tiempo que critica la desmesurada afición por el jaco que demuestran sus colegas. Renton -un excelente Ewan McGregor, años antes de apuntar hacia galaxias más lejanas- es el núcleo del pequeño grupo, un muchacho con varias tentativas (todas ellas fallidas) de desintoxicación y marcado por centenares de fantasmas y malos rollos.

La voz en off del propio Renton nos acerca a sus sensaciones más personales y describe, con total templanza, el carácter de sus extraños compañeros, entre los que –aparte del agresivo Begbie- podemos descubrir a Sick Boy (un tipo obsesionado por la figura de Sean Connery), a Spud (un borderline de buen corazón) y a Tommy, un aficionado a grabar en vídeo cuantas sesiones de sexo mantiene con su novia. Y esa misma voz en off -enlazada a la perfección con cuanto ocurre en pantalla- es la que también nos introduce en las alucinaciones de esa curiosa fauna que forma el círculo más íntimo de Renton.

Guiños a la cultura pop de los años 60 y 70 -a través de icónos de la época (como ocurre con la sutil referencia a la portada del álbum Abbey Road) y numerosas referencias al universo del 007 de la era Connery-; una trepidante banda sonora y, ante todo, cierto regusto por la escatología, son las principales bazas por las que se rige Danny Boyle a la hora de plasmar en imágenes los avatares de tan genuina agrupación de seres descarriados. En la mente de todo aquel que haya visto Trainspotting quedará grabado, como mínimo y en el aspecto escatológico citado, el pestilente viaje al interior de la mierda que realiza Ewan McGregor -con la única intención de recuperar dos supositorios de opio perdidos en la inmensidad de un sucio water público-, por no citar el despertar de Spud en una cama perjudicada por los efectos laxantes de las sustancias ingeridas la noche anterior.

Tras ese tono de comedia gamberra y descerebrada, Trainspotting posee su (gran) punto de crudeza. El drama de la drogadicción, el fantasma del SIDA o la dificultad de estos personajes para relacionarse con los demás, queda totalmente latente en su metraje. Incluso, de manera sorprendente y hacia su parte final, el film da un giro inesperado hacia el thriller. Y, a pesar de tanta desdicha expuesta, ese es justo el momento en el que el director abre una pequeña puerta (por no decir minúscula) hacia la esperanza.

Un producto interesante. Diferente y narrado con brío e inteligencia, que demuestra que, a través de un estimable visión humorística, también se pueden contar grandes dramas humanos. Y el de la heroína es uno de ellos. No es de extrañar que, tras su estreno, le salieran cantidad de imitadores, sobretodo en el estilo sincopado de afrontar la historia y en el que, por derecho propio, su montaje cinematográfico y la utilización de los temas musicales elegidos, cobraban un protagonismo muy especial.

Lástima que, tras Trainspotting, Danny Boyle no haya desarrollado del todo su valía. Películas como la insignificante Una Historia Diferente, la innecesaria La Playa o la sobrevaloradísima 28 Días Después, no hacen honor a sus dos primeros títulos como director.

16.3.07

Atentado cabal a la Banca

Martín Circo Martín es un profesor de Historia de la Economía que, de manera fortuita y en un concurso televisivo, ha ganado la friolera de 3 millones de euros en forma de lujosos regalos. Varios automóviles, un yate, una avioneta, una gigantesca mansión... De la noche a la mañana, se ha convertido en un multimillonario envidiado por el resto del planeta pero, sin embargo, tiene un grave problema económico: no posee casi dinero en efectivo con el que afrontar la inmensa deuda que acaba de contraer con Hacienda. Agobiado por tal imposición, decidirá recurrir a la banca para solicitar un crédito de 100 mil euros. Sin darse cuenta, acaba de meterse en la boca del lobo.

Ésta es, en resumidas cuentas, la base sobre la que se sustenta una de las mejores películas del panorama actual, Concursante, un título espléndido en todos los sentidos. Rodrigo Cortés, su director y guionista, con éste su primer largometraje y después de varias experiencias en el mundo del cortometraje, demuestra estar en posesión de un sentido del humor ciertamente envidiable. Su trabajo es cínico, cabal, hiriente y, ante todo, divertido. Divertidísimo y combativo. Desde Fincher en El Club de la Lucha, nadie se había atrevido a dinamitar a la banca de una manera tan precisa como Cortés.

Su ritmo es totalmente acelerado. Casi no hay pausas. Y cuando las hay, son totalmente comprensibles. Usa los recursos del flash back y de la voz en off de manera modélica, sin distorsionar ni dañar el relato que nos propone. Concursante avanza y retrocede en el tiempo, de modo claro y en nada lioso. Al contrario, sus idas y venidas con la cámara forman el verdadero cuerpo de la película y con ello, y la colaboración de un insuperable Leonardo Sbaraglia, logra traspasar al espectador el estado de angustia y abatimiento que está sufriendo el abrumado Martín Circo Martin. Y es que Sbaraglia, en esta ocasión -aparte de parecerse cada día más a Luis Figo-, ha encontrado el PAPEL (con mayúsculas) de su vida, el de un personaje con el que es facilísimo identificarse. Tal y como muy bien comentó el crítico cinematográfico Álex Gorina, tras salir del pase de prensa, “éste es un título que engancharía a mucha gente, ya que pocos son los que no puedan verse reflejados en pantalla: quien más, quien menos, ha tenido que recurrir alguna vez en su vida al banco para solicitar un crédito o una hipoteca”.

La idea de Concursante puede parecer descabellada, pero no lo es en absoluto. Puede estar exagerada, hinchada, pero las cosas que plasma son tal cual, aunque a lo bestia, magnificado, para que a nadie se le escape el contundente garrotazo del tal Rodrigo Cortés al mundo de la economía. Los impuestos, los intereses bancarios y el libre mercado, puestos en la picota por un verdugo inteligente y kafkiano, el profesor Edmundo (al que da vida el siempre efectivo Chete Lera), un contra economista, con un mucho de terrorista, que ofrece una inolvidable clase, práctica y visual, sobre el universo de las finanzas. Una clase magistral, en forma de ingeniosa partida de ajedrez que, al mismo tiempo, sirve de homenaje a lo Monty Python a la muy bergmaniana El Séptimo Sello. Lo que les digo: una maravilla.

Se estrena hoy mismo. No la dejen escapar. Su ingenio, su amplio sentido del absurdo, su nervio narrativo, su original puesta en escena y su espíritu crítico, hacen de Concursante –aparte de un divertimento supremo- el mejor plato cinéfilo servido en los últimos meses. Casi, casi, de visión obligatoria.

Les aviso: con esta película pienso pasar lista. Y marcaré sus faltas de asistencia como un pecado muy grave.

15.3.07

Amor colérico

El Velo Pintado significa la segunda adaptación cinematográfica de la novela homónima del prestigioso W. Somerset Maugham, pues ya fue llevada a la pantalla grande en 1934 en una versión protagonizada por Greta Garbo y Herbert Marshall. La que ahora nos ocupa, dirigida por John Curran y producida por la pareja protagonista (Edward Norton y Naomi Watts), ha sido realizada gracias al empeño del propio Norton, quien estaba interesado en el proyecto desde hace varios años.

Se trata de una cinta destinada, claramente, a los amantes del cine clásico, tanto por su estructura como por su argumento, pues en la misma se nota la influencia del cine de David Lean y de aquellos títulos en los que todo tipo de paisajes exóticos se convierten en el decorado ideal para envolver una historia de amor. Su corrección académica, así como su elegante dirección (jamás ampulosa y siempre precisa en su narración), hacen de ésta una película entrañable y emotiva, en la que la brillante disección de la bipolaridad de los sentimientos humanos se alza como principal factor determinante. Y, por si fuera poco, con la sabiduría de no resultar en absoluto lacrimógena. Un buen ejemplo para distinguir entre sensibilidad y lágrima fácil.

La cinta está ambientada en la China de mediados los años 20 y, concretamente, en una aldea muy alejada de Shanghai, en plena epidemia de cólera y con la amenazante sombra de la revuelta maoísta; lugar al que han ido a parar una pareja británica de recién casados como forma de paliar su primera y fuerte crisis matrimonial. Él, un biólogo experto en enfermedades infecciosas, colaborará en la lucha contra la mortal epidemia, mientras ella, una joven aristócrata, sufrirá en silencio la culpabilidad de tal bache sentimental ante el desprecio que le muestra su propio esposo.

Los excelentes trabajos de Edward Norton y Naomi Watts, alejados de histrionismos y haciendo gala de una naturalidad espléndida, son unos de los muchos puntales sobre los que se sostiene el magnético film de John Curran quien, para la ocasión y para darle aún más calidad a su propuesta, ha contado con la excelente partitura musical de Alexandre Desplat; una de esas bandas sonoras maravillosas, de las que sólo se intuyen, sin convertirse en el principal protagonista de cuanto se desarrolla en pantalla. Las notas de Desplat, de manera sutil, pasan a formar parte del exotismo del paisaje, como si fueran un elemento plástico más. Se trata de una de esas composiciones a las que el maestro Hitchcock calificaría de magistrales, pues él era de la opinión que una banda sonora nunca hay que oírla conscientemente mientras se está disfrutando de una película: señal inequívoca de que la música cuadra perfectamente con las imágenes, sin destacar sobre ellas.

Tras haber disfrutado con El Velo Pintado, he llegado a la conclusión de que éste ha sido un título totalmente ignorado por la Academia en las pasadas nominaciones al Oscar. Una injusticia total el no querer reconocer a un producto que, con una distinción exquisita, recupera el espíritu y la grandeza visual y emotiva de un tipo de cine que, durante muchos años, fue el claro emblema de un Hollywood mucho más ambicioso que el actual, en el que -por desgracia- los efectos especiales y la ausencia de un buen guión priman por encima de los sentimientos.

Por cierto: Diana Rigg, la estupenda Emma Peel de Los Vengadores, tiene una pequeña intervención en la película como la Madre Superiora de un convento de monjas francesas. Y, la verdad, viendo el estado actual de esta mujer -que a finales de los 60 tenía encandilados a toda una generación de calentorros-, uno descubre que, efectivamente, los años no pasan en balde. Que pena. No me extraña que, por culpa de estos golpes visuales, tenga que seguir medicándome a diario.

13.3.07

EN RESUMIDAS CUENTAS: De mujeres desaparecidas y cadáveres congelados

Ciudad del Silencio es un producto cargado de muy buenas intenciones, pero fallido en demasiados aspectos. Dirigido por el irregular Gregory Nava, se adentra en una escalofriante y real problemática social: la desaparición de cientos de mujeres en Ciudad Juárez, México. Una denuncia cinematográfica (a priori) necesaria que, sin embargo, se le escapa de las manos al director por culpa de una realización plana y manida.

Narrada a modo de thriller político y con la figura protagónica de una periodista idealista, su principal problema estriba en su nada estimulante aspecto de telefilm de tres al cuarto, mientras que la insinuante historia de amor entre Antonio Banderas y una culona Jennifer López (sin química alguna entre ellos), se me antoja metida a la fuerza en medio de una trama que, por si sola, podría haber tenido suficiente entidad dramática.

Un film ideológicamente comprometido que sin embargo, y debido a su poca soltura narrativa y a la falta total de originalidad a la hora de visualizarlo, da al traste con un tema interesante que bien merecería la atención de otros cineastas más punzantes.

Algo similar ocurre con The River King, una cinta también de aspecto televisivo y abrumadoramente aburrida. A medio camino entre el thriller y el melodrama (y sin centrarse jamás en ninguno de los dos géneros), muestra la investigación que realiza un policía de pueblo cuando, en un río helado y cercano a una prestigiosa escuela, aparece el cadáver de un joven estudiante. ¿Crimen? ¿Suicidio? Dos interrogantes únicos y exclusivos que, de manera reiterativa, machacarán la mente del hombre uniformado y de la agobiada platea.

Su cansino ritmo (con infinidad de forzados flash-backs a modo de gran recurso narrativo), la monótona banda sonora de Simon Boswell, la torpeza de un guión que no logra despertar en el espectador ningún interés por sus personajes y la desangelada actuación de un soseras Edward Burns (cada día más cercano, física e interpretativamente hablando, a Ben Affleck), son los defectos más notorios de un producto en el que la originalidad brilla por su ausencia.

12.3.07

Bye, bye, YouTube

¿Se acuerdan de una banderita que, bajo el nombre de flag, se visualizaba (y, en algunos casos, aún se visualiza) en la cabecera de la mayoría de los blogs alojados en Blogger? Pues bien: ese era el botón que tenían que pulsar los chivatos a la hora de denunciar a los blogueros que no comulgaban con sus ideas. Una manera bastante sucia para que la empresa tomara (o tome) medidas con la bitácora flagueada en varias ocasiones. Por suerte, muchos borramos en su día de nuestros blogs ese asqueroso icono que, aparte de suponer el entretenimiento preferido de los internautas más cortos de entendederas, potenciaba y potencia (pues, como dije, aún sigue existiendo) la mala uva de los trolls y sátrapas que se pasean por la red en busca de provocación e irritación. Nada más sencillo que presionar sobre la susodicha banderita, para que la página que estos marrulleros pretendan hundir, al cabo de un tiempo, sea eliminada de la blogosfera.

Algo así me ha ocurrido con la cuenta que tenía abierta en la web de YouTube. Justo hoy, cuando iba a colgarles otro excelente sketch en memoria de Tip y Coll, he descubierto que ya no existo en esa ubicación. Si buscan cualquiera de los vídeos que he ido alojando allí, verán que no hay manera de abrirlos (a no ser que pertenezcan a otro usuario distinto a mí), siendo sustituidos por la frase "this video is no longer available". O sea, este video se ha ido a bailar a otra parte.

La explicación a ello es muy sencilla. En la página de YouTube, debajo de cada uno de los vídeos, el visitante tiene la posibilidad de pulsar el pertinente flag, aquí perfectamente descrito, al lado de una cruz (tal y como pueden apreciar en la imagen de abajo), como flag as inappropiate. En mi caso, algún mequetrefe ha marcado, una y otra vez, la crucecita de marras, vídeo por vídeo, hasta que ha conseguido eliminarlos del todo y dejar a Spaulding como a una persona non grata para esa web. Espero, de muy buena gana, que al petimetre que ha conseguido liquidarme del YouTube le parta un rayo. Y, al mismo tiempo, que los ineficaces responsables de YouTube abran los ojos y se planteen su inapropiada gestión, pues han dejado en manos de cualquier descerebrado el control y censura de su propio espacio en Internet.

La verdad es que lo siento mucho por ustedes ya que, gracias a alguno de los indeseables que se pasean por la red, en este blog se han acabado los YouTubes.

Pues nada... Tras este desahogo (que lo necesitaba y espero sepan comprender), mañana tendrán más cine en Spaulding’s blog.

10.3.07

El chiste televisivo de la semana

Esta noche, Barça-Real Madrid. El máximo de audencia asegurado para La 6ª., el canal que ha conseguido los derechos del partido, dejando a las teles autonómicas con un palmo de narices.

En TV3, la Televisió de Catalunya, sus directivos se han exprimido las neuronas en busca de algo sorprendente con lo que robar un poco de audencia. En vista de la imposibilidad de ello y desempolvando sus archivos cinematográficos, han optado por quemar una peliculilla del montón, cuyo título, además, esconde una clara alusión -de lo más barato- al esperado evento deportivo. Ahí, abajo, tienen el cartel del DVD de la misma.

¿Fácil, no? Ahora, me encantaría saber con que película o espacio contraataca esta noche Tele Madrid.

9.3.07

EN RESUMIDAS CUENTAS: de viejos verdes y locutores tristones

Venus es el film por el cual obtuvo una nominación al Oscar a mejor actor el entrañable Peter O’Tooole, el cual da vida al anciano Maurice, una vieja gloria del teatro británico que, a pesar de tener aún ciertos trabajos esporádicos en teleseries y productos cinematográficos, vive casi retirado y en soledad, compartiendo sus neuras y sus miserias con un par de amigos de su misma edad. Todo cambiará para él cuando conozca a la joven sobrina de uno de sus compañeros de penurias, la atractiva Jessie, una chica menor de edad de la que quedará totalmente prendado.

La cinta está dirigida por Roger Michell, el responsable, entre otros títulos, de la agradable Nothing Hill y la pedantilla El Intruso. Y, en este caso (y por desgracia), opta más por la forma y el estilo del último citado. Dos o tres golpes de comedia (con un gag genial en el que el atrotinado O’Toole ejerce de mirón) son lo más destacado de un producto aburridísimo que tiende hacia el melodrama intimista; un melodrama exacerbado, de tintes trágicos y con algunos toques eróticos bastante forzados. Su guión patina por todas partes, y su lento ritmo narrativo lo único que consigue es que Venus no avance en ninguna dirección. Un producto tan insulso en el que que ni siquiera, el prestigioso actor inglés, logra estar a la altura de otras interpretaciones suyas, con lo cual no es de extrañar que, finalmente, no obtuviera el codiciado premio de la Academia.

Atención, de todos modos, a Joddie Whittaker, la joven que interpreta a Jessie, la niña que trastoca la vida de Maurice. Al menos, su presencia, hace más pasajero el desangelado tono general.


Con Voces en la Noche ocurre, más o menos, lo mismo que con Venus. Se trata de otro film bastante soporífero, que no avanza en ningún sentido y realizado, de forma descarada, para el lucimiento casi absoluto de un Robin Williams en su ya cargante faceta de tristón. Secundado, para la ocasión, por una Toni Collette en baja forma, entre los dos (y amparados por un guión nefasto) consiguen un par de momentos extremadamente ridículos, dignos de figurar en una antología del disparate cinematográfico. Y es que no hay peor cosa -para un presunto melodrama de matices trágicos como éste- que provocar, con sus sandeces y salidas de tono, las carcajadas de la platea.

En él, Williams encarna a Gabriel Noone, un locutor de radio neoyorquino, famoso gracias a un espacio nocturno en el que relata vivencias suyas y próximas a su entorno. Debido a los consejos vertidos desde las ondas, ha acabado convirtiéndose en un símbolo abanderado del mundo gay. La película arranca justo en el momento en que su pareja actual, un hombre mucho más joven que él, acaba de abandonarlo tras 8 años de vida en común. Y es entonces, en plena etapa depresiva, cuando llegará a sus manos una novela a punto de editarse, en la cual, un joven de 14 años, narra los malos tratos y abusos a los que se vio sometido de pequeño por sus padres. Obsesionado por conocer al chico en persona, iniciará una larga odisea que le hará reflexionar sobre su propia existencia.

Difícil resulta, al terminar el tedio de Voces en la Noche, saber cuales eran las pretensiones reales de su director, un tal Patrick Stettner. Un quiero y no puedo, en todos los sentidos, con pretensiones de autor y que navega, constantemente, entre el thriller existencial y el melodrama social, sin decantarse en definitiva por ninguno de los dos. Personalmente, aún no he logrado descifrar las claves de la cosa. ¿Me estaré haciendo mayor y senil como O'Toole?

8.3.07

Cierto sabor a rancio 2

Era de esperar que, debido a la buena (e inexplicable) acogida de Manuale d’Amore, su realizador, el toscano Giovanni Veronese, se embarcase en una segunda entrega que ha dado como fruto Manuale d’Amore 2, al que en España se le ha sustitudo la coletilla de “capitoli successivi", que constaba bajo el título original, por la más falsa de "corregido y aumentado".

Al igual que en su película anterior, Veronese la divide en 4 eisodios aunque, en esta ocasión, se le ha añadido un prólogo y un epílogo bastante burdos e innecesarios: he aquí la simple explicación para cubrir el significado de la palabra "aumentado" que luce el epígrafe publicitario español. ¡Que mentes más biempensantes son nuestros retocadores de títulos! Lo del epiteto "corregido", sin embargo, no brilla por ninguna parte pues, este nuevo manual, peca de los mismos defectos que el primero.

Mientras el film original hablaba del enamoramiento, la crisis matrimonial, el adulterio y el abandono, éste opta por dar su “humorística” (entre comillas) visión del erotismo, la maternidad in vitro, el matrimonio entre homosexuales y, por último, aquello que el director califica como de amor extremo. Al igual que en Manuale d’Amore, y siguiendo una de las tradiciones más populares del cine italiano de hace unas cuantas décadas, se dedica un capítulo a cada uno de los temas propuestos.

La verdad es que Eros, su corte inicial, me sorprendió. Se trata, con diferencia, del mejor de todos ellos, rompiendo incluso la fatigosa tónica de irregularidad que domina ambas entregas. Y es que, en este episodio, mezcla con habilidad la comedia, la sensualidad y la emotividad, para narrar la experiencia de un joven que, tras tener un grave accidente automovilístico y, mientras está en cama hospitalizado recuperándose de su invalidez, empieza a sentir una fuerte atracción por la fisioterapeuta que le ha tocado en suerte.. Y es que ver como le asignan a uno a la impresionante y guapísima Monica Bellucci -para que además le vaya haciendo suaves masajes corporales-, es casi mejor que ser premiado con el gordo de Navidad. Indiscutiblemente, la presencia de la tentadora actriz, ha sido uno de los factores determinantes por los que mi subconsciente ha validado a tal capítulo como el más “visible” (entre comillas también) de la serie.

El segundo episodio empieza de manera prometedora, aunque rápido cae en el recurso del gag facilón y, lo que es peor, en la postalita turística (y en exceso gratuita) de Barcelona, pues la pareja protagonista –a pesar de residir en Roma- opta por someterse a la maternidad in vitro en uno de los centros hospitalarios de la ciudad, concretamente el Hospital del Mar. Viendo este capítulo, me he maravillado al descubrir que, ¡por fin!, las habitaciones de la Seguridad Social son igual de majas y confortables que las lujosas suites de un hotel de 5 estrellas.

En el tercer y cuarto episodios recupera, a marchas forzadas, el patético espíritu de comedia barata que ya exhibió en los cuatro capítulos del 2005, dotando a ambos de un sentido del humor extremadamente zafio y hortera. La temible sombra de Lando Buzzanca (el alter ego italiano del Alfredo Landa de los 60 en España) es alargada y, de manera esperpéntica, domina sobre los dos cortes finales. Entre No Desearás al Vecino del Quinto y el segmento titulado El Matrimonio, hay muy poca diferencia. A los dos gays protagonistas, sólo les falta ir ataviados con brillantes lentejuelas para lucir aún más la pluma con la que han sido dibujados. Aquellas mariquitas locuelas del cine de antes (típicos y tópicos de un estilo de parodias ya por suerte en desuso), vuelven a pulular por las pantallas de medio mundo por obra y gracia de Giovanni Veronese. Ciertamente patético.

Tan patético como su último capítulo, Amor Extremo, en el que, valiéndose de la historia de amor adúltera entre un maitre de un restaurante y una de las jóvenes pinches de su cocina (una emigrada española, madre soltera y recién llegada a Italia, para más señas), aprovecha para tildar –con cierta mala baba- de malas pécoras a las mujeres de nuestro país, dejando al hombre italiano e infiel como a un santurrón que ha sido enredado por las viperinas artes de una hispana calentorra (interpretada ésta por Elsa Pataky). Inenarrable. Y protagonizado, de nuevo, por el pésimo actor que en el primer Manuale d’Amore diera vida a un médico despechado por su esposa, un tal Carlo Verdone (una mezcla insoportable entre el malogrado Valeriano Andrés y James Gandolfini); un tipo al que, vistas las dos películas, le encanta corretear en calzoncillos por en medio de situaciones grotescas.

Antes (y por el mismo precio) repaso de nuevo Lo Verde Empieza en los Pirineos. El sentido es casi el mismo, a pesar de que los tiempos hayan cambiado mucho y el Verdone aún no se haya enterado. Y si la cuestión es ver algún film italiano de episodios, antes volvería a disfrutar (en su lugar) de un par de títulos tan compactos como ¡Qué Viva Italia! o Buenas Noches, Señoras y Señores.

7.3.07

Ustedes lo han querido: SOPA DE GANSO

Cuando en 1933 se estrenó Sopa de Ganso, los hermanos Marx ya tenían cuatro Biblias del humor circulando por las pantallas de todo el mundo. Cuatro joyas surrealistas y (me atrevería a decir) magistrales. Pero no fue hasta la aparición de la citada Sopa de Ganso que el cuarteto de humoristas no acabó de llamar la atención del todo al gran público. Con este título, Leo McCarey los catapultó definitivamente a la fama. Desde ese momento, la imagen de los Marx se convirtió en un icono cinematográfico indiscutible.

Y es que, en Sopa de Ganso, los cómicos potenciaron al máximo esa anarquía latente de la que ya habían dado elevadas muestras en sus inmejorables trabajos anteriores; obras, por cierto, mucho más compactas (y erróneamente menos valoradas) que las que rodaron a partir de Una Noche En La Ópera, su producto más comercial y emblemático. El amor por lo políticamente incorrecto y el libertinaje más descarado asomó, al cien por cien, con este film. Un film, además, dotado de una clara lectura política; pero política de la buena: ácrata al cien por cien.

En el reducido y surrealista universo de los Marx –aquí repartido entre Freedonia y Sylvania (dos países imaginarios ideados por la cachonda mente de sus guionistas)– la desvergüenza y el gamberrismo son las primordiales normas de conducta, sobre todo si se tiene en cuenta que el gran Groucho, rebautizado para la ocasión como Rufus T. Firefly, se alza como el máximo gobernante de Freedonia, un pequeño enclave en el mundo cuya mayor parte de sus riquezas están en manos de una viuda, la señora Gloria Teasdale, una honrosa y sufrida Margaret Dumont en su tercera colaboración con el marxismo, tras haber participado en Los Cuatro Cocos y El Conflicto de los Marx (título, este último, en el que Groucho inmortalizara al aún hoy presente Capitán Jeffrey T. Spaulding).

Y como es lógico, el crápula y viperino T. Firefly se dedicará a seducir y a ofender, a partes iguales, a esa viuda que, en el fondo, ha sido la responsable de su subida al poder, mientras que desde el país vecino, Sylvania, el todoterreno Louis Calhern (en la piel del pérfido embajador Trentino), urdirá una estrategia para conseguir el amor y los tesoros de la Dumont y, al mismo tiempo, derrocar al gobierno grouchista. Las armas utilizadas por el deslenguado Groucho serán las mismas de siempre, aquellas que le han convertido en estandarte de los más cantamañanas del planeta: una oratoria atrevida, unos andares insolentes y una desfachatez maravillosa. Con ellas, resolverá (muy a su manera) cuantos problemas económicos, políticos y bélicos se le avecinen, incluidas las huracanadas presencias de sus dos hermanos, Chico y Harpo: o sea, Chicolini y Pinky, dos jetas capaces de venderse al mejor postor con la única y gratísima intención de amargarle la vida a éste.

Dejar sueltos a Chicolini y Pinky es lo mismo que liberar a un par de perros hambrientos y cargados de tripis. Cualquier cosa puede ocurrir, y más si le dan a Harpo la posibilidad de cargar con unas tijeras con las que ir podando cuanto encuentre a su alrededor. La astucia italoamericana y golfa de Chico Marx -ansioso por vencer con su charlatanería y sus trampas al mismísimo Groucho- y el terrorismo destructivo que desgranan las viciosas neuronas de Harpo, unidas, forman un peligroso arsenal de destrucción masiva. Nadie está a salvo de ellos. Ni el propio Rufus T. Firefly, quien, finalmente, cederá ante la grosera y desleal ayuda de sus hermanitos del alma. Suerte tenía Groucho, en el film, de la ayuda del devoto Zeppo, su hombre en la sombra, casi un tipo invisible y para el cual, Sopa de Ganso -por su poca consistencia como personaje, en ésta y otras películas anteriores-, significó su último trabajo para el mundo del cine y de los Marx.

En Sopa de Ganso no hay números musicales abusivos ni molestos. Como mucho, hay un par, y perfectamente integrados en la narración. Su desmelenada coreografía incluso sirve a Groucho para dar rienda suelta a sus estrambóticos instintos rítmicos. Un gozo sin antecedentes ver danzar, espasmódica y desmembradamente, a ese genio con gafas y bigote pintado. Sus bailes son tan precipitados y alocados como los últimos minutos del film, durante los cuales se exhibe la batalla más anacrónica, veloz y extravagante jamás filmada. Uno de los mejores mazazos cerebrales y destructivos a la irracionalidad de las guerras.


68 escasos minutos de proyección y un número incontable de momentos geniales y antológicos, entre los que destacan la escena del espejo (con un Groucho en camisón de dormir, y clonado, al otro lado del cristal, por un Harpo más mimético que nunca) y la de la lucha de Chicolini y Pinky cuando, defendiendo su carrito de cacahuetes, se ensañan con un pobre vendedor de limonada que les hace la competencia en asuntos comerciales callejeros. Inenarrable. Es imprescindible verlo para descubrir el arte de unos cómicos insuperables que supieron aunar, y conjugar a la perfección, el dominio del absurdo con los gags visuales y verbales. Por algo fueron los mejores.

Por suerte, y para alegrarme la tarde, pude revisarla ayer mismo. Curiosamente, justo el día en que José Luis Coll volvía a encontrarse con Tip; Tip y Coll, una pareja de cómicos que nunca negaron las influencias marxistas en su humor. De manera indudable, los hermanos Marx han sido (y serán) referente para muchas generaciones.

6.3.07

Tip y Coll vuelven a unirse como pareja artística

Cada vez que desaparece uno de mis referentes culturales y, en este caso, humorísticos, me quedo como inalámbrico, desconectado, de color grisáceo; del mismo tono que el apagado cielo que hoy domina la ciudad de Barcelona.

La verdad es que no tengo palabras para hablar de lo que ha llegado a significar para mí José Luis Coll. Sólo deseo que, por fin, a estas horas, ya se haya reencontrado con su pareja escénica, Tip, el gigantesco e inimitable Luis Sánchez Polack.

Tengan presente que esta misma noche, y desde TV1, Jesús Hermida ha preparado un especial de dos horas dedicado a Coll, uno de los mejores y más innovadores cómicos de este país. Y, pensando en los más jóvenes (aquellos que no conocieron a Tip y Coll en su época dorada), recordarles que, para la segunda hora del programa, han prometido una recopilación de los mejores gags de la pareja humorística más surrealista que ha visto España en muchos años.

Aparte de darles mi más sentido pésame a toda la familia y allegados de José Luis Coll, y a modo de homenaje, les dejo con un YouTube en el que podrán disfrutar con una de sus intervenciones en el programa de TVE Todo Es Posible En Domingo.

No todo está perdido. Siempre nos quedarán Faemino y Cansado.

5.3.07

Pequeña Miss Hyun-seo

No hay que sacar las cosas de madre y no pasarse de rosca, tal y como está ocurriendo a la hora de juzgar The Host. Hay frases de ciertos críticos (demasiados) que, haciendo referencia al nuevo film del coreano Joon-ho Bong (el sobrevalorado director de Memories of Murder), han llegado a erizarme los cuatro solitarios pelos de mi calva. Personalmente, me parece más que desmesurado el afirmar que, con la aparición de esta película, todo el cine de monstruos realizado hasta el momento queda en desuso. Vaya, que a partir de ahora, ya nos podemos olvidar de King Kong y de joyas como Tiburón, Gremlins o, sin ir más lejos, de los primerizos e incluso entrañables Godzillas japoneses. Falacias.

Por otra parte, es innegable que The Host, como espectáculo sin pretensiones, resulta un producto digno; incluso divertido. No aburre. Es más: teniendo en cuenta su procedencia, hasta posee un ritmo narrativo más acelerado de lo normal. Una serie B amarilla que se muestra más que efectiva en sus bien resueltas escenas de acción. Cuatro toques digitales y unas cuantas transparencias, le son más que suficientes a Joon-ho Bong para resolver sus pasajes más vibrantes. Y punto.

Lo peor de todo es que la película sólo se queda en esto: en los trepidantes momentos en los que, el bicho que da título a la cinta (un pez mutante, de proporciones descomunales), planta cara a los pocos humanos que están dispuestos a desvencijarlo. El resto, aparte de discursivo y manido, me parece excesivamente forzado y, a veces, ridículo. La historia de un monstruo, nacido de vertidos tóxicos, y las continuas referencias a la tergiversación de la realidad por parte de los gobernantes, son temas explotados hasta la saciedad en centenares de ocasiones anteriores. Y les puedo asegurar que, en estos aspectos, The Host no ofrece nada nuevo al espectador que no se haya dicho antes.

En realidad, lo único que podría resultar un poco original dentro de su trama, es el dibujo que hace de sus protagonistas principales, los desmembrados miembros de una familia que intentan salvar a toda costa a la inocente Hyun-seo, la más pequeña de la estirpe, tras haber sido secuestrada por el temible peixoto. Una familia cuyos tronados componentes tendrían muy poco que envidiar a los de Pequeña Miss Sunshine pero que, por culpa de la excesiva satirización a la que se ven sometidos por sus guionistas, acaban resultando –del primero al último- demasiado esperpénticos y cansinos, como ocurre, por ejemplo, con el padre de la niña; un personaje tan exagerado en su caracterización de torpe que, finalmente, se transforma en una agotadora mezcla gestual y con ojos rasgados de Cantinflas y Jerry Lewis. De juzgado de guardia.

Si quieren disfrutar con The Host, tómenla como una más de monstruos. No busquen –como muchos pretenden- la panacea del género en ella. Arrinconen a un lado la pesantez de las escenas teóricamente más íntimas y de las payasadas a lo coreano, y céntrense, ante todo, en las apariciones del pescado gigantesco y saltimbanqui. Y, al mismo tiempo, descubran su velado homenaje a las Olimpiadas del 92 en Barcelona, justo cuando Antonio Rebollo encendía el pebetero olímpico.

3.3.07

Con el genuino sabor de los clásicos

A Steven Soderbergh siempre le ha gustado experimentar con el cine, jugar con formatos y estilos diferentes y arriesgarse con propuestas difíciles y distintas, tal y como hizo en el aburridísimo Bubble, el film anterior al recién estrenado El Buen Alemán. Éste es un título que llega precedido de cierta mala prensa, pues tuvo una pésima acogida en el pasado Festival de Berlín, aunque, vistos los resultados, les aseguro que esa "mala acogida" es de lo más falso que se puedan tirar en cara, ya que las numerosas críticas negativas que recibió fueron debidas a que se proyectó en versión original inglesa, a pelo, sin subtítulos en alemán para los periodistas germanos acreditados en el certamen. Y con la -en parte, lógica- pataleta de la prensa, quien salió perdiendo fue Soderbergh y su brillante producto.

El Buen Alemán es otro de esos experimentos del realizador aunque, en este caso, se trata de un ensayo estupendo: un homenaje en toda regla -tanto visual como temático- a aquellas películas que, a finales de los 40 y principios de los 50, se rodaron en la destrozada Berlín de postguerra; una ciudad de la que todos querían sacar tajada y en la que el mercado negro empezó a campar a su aire. Billy Wilder (Berlín Occidente), Jacques Tourneur (Berlín Express) e incluso Stanley Kramer (Vencedores o Vencidos), fueron algunos de los cineastas que recurrieron a la ruinosa capital para utilizarla como escenario ideal de sus películas. Y, consciente de ello, Soderbergh ya apunta directamente a esas cintas desde sus miméticos títulos de crédito, realizados a modo y manera de los films homenajeados. De hecho, la espléndida fotografía en blanco y negro, su cuadro de pantalla bastante más reducido de lo habitual, las imágenes documentales que inserta bajo los créditos y la excelente partitura musical de Thomas Newman (al más puro estilo de Frederick Hollander), hacen pensar que uno se encuentra ante una recuperada joya de serie B producida por la RKO de la época dorada.

Y no sólo quedan aquí los cuidados guiños cinéfilos pues, a lo largo de El Buen Alemán, hay un par más de claras referencias a El Tercer Hombre y Casablanca, dos títulos míticos que, sin lugar a dudas, cambiaron el rumbo y la manera de hacer cine. Incluso su guionista, el prestigioso Paul Attanasio, en la adaptación de la novela de Joseph Kanon en la que se basa, ha optado por dotar a sus diálogos de un aire muy clásico, lo cual se nota a la perfección en las ingeniosas réplicas que, a lo largo del metraje, van soltándose entre sí todos sus personajes. Un buen ejemplo de este toma y daca dialéctico se encuentra en la escena del bar, aquella en la que se encuentran, por primera vez y cara a cara, George Clooney y Cate Blanchett; una camaleónica Blanchett que, en esta ocasión, crea una deslumbrante composición a lo Marlene Dietrich, ensamblando -en un mismo personaje- los roles de la actriz alemana para dos películas de Wilder, la citada Berlín Occidente (de donde saca su cara más dulce) y la magistral Testigo de Cargo.

La historia, en un principio, parece muy sencilla, pero su laberíntico guión -rocambolesco y con deliberadas lagunas en su narración, igual que sucedía en el de William Faulkner, Leigh Brackett y Jules Furthman para El Sueño Eterno- acaba complicando la trama de manera sublime; una intriga triangular (o, casi mejor dicho, cuadrangular), en la que se mezclan diversos caracteres: una mujer alemana dispuesta a abandonar Berlín al precio que sea; el difunto marido de ésta, al que rusos y americanos buscan con un empeño desmesurado; un periodista militar, norteamericano, recién aterrizado en el país para cubrir la conferencia de paz de Postdam, y el joven chófer que le han asignado a este último para sus desplazamientos por la ciudad (un desconocido y perfecto Tobey Maguire en un papel al margen de sus trabajos usuales).

Gracias a El Buen Alemán, por su elegancia y savoir faire, volverán a recuperar ese regusto delicioso que dejaban los clásicos de antaño. Aunque, para ser un producto redondo del todo, sólo le falta la presencia de Cary Grant, de cuya sustitución se encarga Clooney de manera casi perfecta. Un film interesante y muy recomendable que, sin embargo (y por encontrarle algún mínimo defecto), carece de algunos toques humorísticos, lo cual hubiera paliado (en parte) la sobriedad con la que ha sido tratado.

2.3.07

18 postales (15 irregularidades, 1 divertimento y 2 joyas)

Paris, je t’aime no es una idea original, pues recupera el concepto que, en 1965, dejaron en París Visto Por... cineastas como Claude Chabrol, Eric Rohmer y Godard, entre otros y que, veinte años más tarde, tuvo su propia continuación en Paris vu par... vingt ans après, otro film igualmente comunitario aunque encabezado, en aquella ocasión, por Chantal Akerman y que jamás tuvo su estreno comercial en España.

Ahora, un grupo de directores internacionales, agrupados bajo el nombre de Genération Amour y homenajeando a los realizadores franceses que se ocuparon de los dos títulos anteriores, ha decidido dar su propia visión del París actual. Pero, en lugar de los 6 cortometrajes que ofrecieron los pioneros en su día, el nuevo colectivo ha apostado por segmentar la película en 18 cortos, todos ellos marcados por un denominador común: 18 historias, de cinco minutos de duración cada una y en las que se narran una serie de encuentros románticos en la llamada ciudad de las luces.

Nombres tan dispares como los de Ethan y Joel Coen, Isabel Coixet, Wes Craven, Gérard Depardieu, Alfonso Cuarón o Vincenzo Natali, se unen en una amalgama de estilos y colores variopintos. Una mixtura un tanto irregular, a veces pedante y, por momentos, bastante soporífera. Excepto contadas y brillantes excepciones, da la impresión que la mayoría de los 18 reputados cineastas no han sabido desarrollar una mínima trama en ese tiempo récord, con lo cual, muchos de ellos, se han quedado en el puro y simple esbozo de una historia, en la que el final, casi siempre, brilla por su ausencia: cabeza, cuerpo y sin extremidades. Y ello sin tener en cuenta que, a pesar de querer evitarlo, caen en el eterno tópico de los típicos productos comerciales filmados en la capital francesa. O sea, la postal turística resulta inevitable; la Torre Eiffel sigue asomando puntual, así como el Arco de Triunfo o el ya clásico barrio de Pigalle. Incluso, alguno de los directores, pasa del tópico y apuesta ya directamente por el topicazo, como ocurre en el caso del japonés Nobuhiro Suwa quien, en su colaboración, no duda ni un momento en colocar la perenne y cansina figura de un mimo insoportable bajo la emblemática torre metálica.

Los hermanos Coen, por suerte, rompen con la fría monotonía general del producto y, desde el fragmento Tuileries, recuperan un tanto ese espíritu gamberro y a lo cartoon de la Warner que habían perdido en sus últimos largometrajes. Steve Buscemi es su protagonista, un turista americano que vivirá una ingrata experiencia en los andenes de la estación de metro de las Tullerías.


Y, en medio de tanto irregularidad, los excelentes trabajos de Alfonso Cuarón y Vincenzo Natali acaban destacándose como las dos preciadas joyas de Paris je t’aime. El primero, el mejicano, con Parc Monceu, da muestras de su gran profesionalidad tras la cámara y, a través de un elegante plano secuencia en forma de travelling y contando con la presencia de un potentísimo Nick Nolte (algo bebido, por cierto), narra una historia ciertamente emotiva e inesperada por lo sorpresivo de su desenlace. Por su parte, Natali -el artífice de títulos como Cube o Cypher-, se adentra en el mundo del fantástico y plasma un delirante cuento de amor vampírico, protagonizado por Elijah Wood y la atractiva Olga Kurylenko, en el que se da el placer de jugar inteligentemente con la fotografía y el color.

En resumidas cuentas: una visita no muy placentera a la ciudad de París, planificada para deleite casi exclusivo de los cinéfilos más recalcitrantes, y en la que la petulancia y la modorra dominan buena parte de su excesivo metraje.