14.3.08

En resumidas cuentas: DOS RESOPLIDOS DE DESAPROBACIÓN

Buff! número 1: Enfrentados; un western desangelado, tal y como indica su título original, Seraphim Falls (algo así como ángel caído). Su director es David von Ancken, un hombre procedente del mundo televisivo y del cortometraje que, con este film, debuta en el campo del largo. Las pretensiones del tal von Ancken son las de acercarse, lo máximo posible, al estilo y coordenadas de los westerns más renombrados de los años 70, quedándose tan sólo en el intento.

La historia es típica y tópica; la de un tipo que persigue a otro para terminar con su vida. Montañas nevadas, verdes praderas y áridos desiertos, son los paisajes que acompañan a este par de individuos durante tal acoso y pretendido derribo. El intríngulis que ha provocado la rabieta del perseguidor se reserva para el final; un final tedioso, sin garra y, en parte, bastante previsible.


Lo único destacable de Enfrentados se localiza en la barba de chivo que me luce un Pierce Brosnan imposible y que, día a día, se va acercando más a los modos y maneras interpretativas de Roger Moore (de Bond a Bond y tiro porque me toca). Éste da vida al perseguido, mientras que el rol del perseguidor furibundo corre a cargo de un Liam Neeson que, a duras penas, hace lo que puede para ganarse el sueldo con un mínimo de dignidad.

Una propuesta olvidable durante la cual, y en demasiadas ocasiones, hay varios pasajes más dignos del llamado cine basura que de un producto orquestado con cara y ojos. Para darse cuenta de ello, sólo hay que fijarse en la falta de preocupación que su realizador demuestra a la hora de iluminar muchas de sus escenas: la mayoría de planos y contraplanos desvelan, entre sí, una luminosidad completamente distinta; un error típico de todo director que, en lugar de dedicarse a esto del Séptimo Arte, debería plantearse la posibilidad de ejercer de lampista o afilador.


Buff! número 2: El Amor En Los Tiempos del Cólera, adaptación de la novela homónima del plomizo Gabriel García Márquez orquestada por el británico Mike Newell. Un Newell completamente alejado de sus dos mejores productos: Cuatro Bodas y un Funeral y el sólido Donnie Brasco. Vistos los resultados está claro que, a veces, la edad no perdona.

Un Javier Bardem a años luz de su psicópata coeniano, y más cercano a cualquiera de los imitadores de feria de Charlot, es el encargado de interpretar (a saltitos y de modo ridículo) a Florentino Ariza, un hombre que, desde su más tierna adolescencia, estuvo colgado de Fermina Daza, una chica perteneciente a la alta sociedad de Cartagena (Colombia). Las diferencias sociales y de clase serán los motivos principales que distanciarán a los dos jóvenes. Ella contraerá matrimonio con un médico, mientras que él, a pesar de intentar mantenerse platónicamente fiel a Fermina, descubrirá el placer del sexo en compañía de otras mujeres y se convertirá en el máximo follador de la ciudad. En este apartado, vale la pena añadir que, un también acharlotado Unax Ugalde, es el actor que da vida al mismo Florentino en sus años de juventud.

Las intenciones de Mike Newell por crear un melodrama romántico como los de antes, quedan tan sólo en eso: en las intenciones. Un producto desmembrado, precipitado en muchos aspectos y con un sinfín de actuaciones de lo más patético. Para que se hagan una mínima idea de por dónde van los tiros, les recordaré que Shakira ha sido la encargada de componer e interpretar algunos de los temas musicales que suenan a lo largo y ancho del film y que, curiosamente, contra todo pronóstico, acaban resultando lo mejor de una película en la que hay demasiados amoríos y muy poco cólera.

Por suerte (y eso también forma parte de lo mejor de la cinta), hoy mismo, al menos en Barcelona, ha saltado de la cartelera actual. Aquellos que no la han visto, no saben lo que se han ahorrado.

12.3.08

En resumidas cuentas: EL CINE SOCIAL DA PRESTANCIA Y ESPLENDOR

Después de mostrar los inicios del IRA en la Irlanda de los años 20 a través de la interesante El Viento Que Agita la Cebada, el británico Ken Loach regresa a uno de los temas más recurridos en su filmografía: el del mundo laboral y la explotación del trabajador en la sociedad actual. Y lo hace de la mano de En Un Mundo Libre..., un film que se centra, principalmente, en el trabajo temporal y el uso de inmigrantes ilegales como mano de obra barata.

En esta ocasión, cambia el más habitual punto de vista del trabajador por el del empresario, aunque se trate de un empresario atípico: una joven rubia, atractiva y madre soltera que, harta de saltar de un empleo a otro, decide montar su propia sociedad en compañía de la amiga con la cual comparte piso; una agencia enfocada a la gestión y búsqueda de trabajo para inmigrantes en paro. Una oficina que actúa al viejo modo y desde la que cada mañana, tras salir el sol, sus dos propietarias eligen a dedo a un seleccionado grupo de personas a las que destinarán hacia fábricas o hacia el mundo de la construcción. Empleos, todos ellos, breves y de remuneración mínima.


Lo que en un principio parece una gestión loable, se convertirá en un negocio oscuro en el que las reglas y las leyes importan muy poco. El dinero y el egoísmo sustituyen con rapidez la buena voluntad inicial. La lucha social deja paso a la sinrazón, transmutando a las personas en simples números a manejar dentro de la mente de Angie, esa rubia metida a capataza accidental y a la que le gusta vestir enfundada en cuero negro; una rubia que, con un mucho de Angelina Jolie, es interpretada de forma brillante por la debutante y prometedora Kierston Wareing.

En Un Mundo Libre... no ofrece mucho más que otras cintas dirigidas por el propio Loach, un realizador que se ha encallado un tanto en su estilo y que da la impresión de repetir, una y otra vez, la misma película. Las mínimas variaciones que ofrece en ésta (como el de situar a su protagonista en el bando contrario) no son suficientes como para renovar su estilo. De hecho, fuera de la denuncia social y política típica en su cine, lo más resaltable se encuentra en la plasmación de la tensa relación que mantiene Angie con su socia, en los breves encuentros con su padre y su propio hijo y, ante todo, en el crescendo melodramático que le otorga a su narración. Un crescendo que, al mismo tiempo, define a la perfección el desorden mental e ideológico de esa empresaria autónoma que, de Madre Teresa de Calcuta de los sin papeles, pasa a ser la principal enemiga de éstos.


Una sensible y tierna historia sobre una amistad truncada en lo mejores años de la infancia, es lo que nos ofrece Marc Foster en Cometas en el Cielo, su último trabajo. Un trabajo que, por su tratamiento realista, se aleja del divertido surrealismo con el que afrontó la muy diferente Más Extraño Que la Ficción o de las divagaciones, falsamente emotivas, de la fallida Descubriendo Nunca Jamás. Y es que a través de Cometas en el Cielo, y salvando las distancias temáticas, se aproxima de nuevo a la crudeza de Monster’s Ball, su mejor título hasta el momento.

La historia se inicia en Estados Unidos, lugar al que ha ido a vivir Amir, un escritor nacido en Kabul que, en compañía de su padre, dejó atrás Afganistán tras los continuos ataques comunistas. Han pasado 20 años desde su marcha, cuando una llamada telefónica de auxilio le enfrentará de nuevo con su pasado y le obligará a regresar a su tierra natal para recuperar una amistad perdida. El duro régimen talibán y el descubrimiento de ciertos secretos familiares, le llevarán a una recapacitación personal tan cerebral como emotiva. Atrás quedan esos días felices en los que, en compañía del pequeño Hassan, en su infancia, recorría las calles de Kabul haciendo volar cometas en el cielo.

La traición, la mentira y el miedo marcan una cinta loable que, al mismo tiempo, realiza un excelente retrato de las distintas etapas políticas sufridas por un país castigado y machacado; un país en el que el terror sigue campando a sus anchas, bien sea en forma de lapidaciones públicas o mediante un severo y riguroso código penal. Un producto de tintes realistas que, sin embargo y hacia su parte final, posee algún que otro bache en su (en general) conciso y bien escrito guión y que, por momentos, rompe ese tono de veracidad por el que ha optado un muy bienintencionado Marc Foster.

Atención a las excelentes interpretaciones de Zekiria Ebrahimi y Ahmad Khan Mahmoodzada, los pequeños Amir y Hassan y sobre los que recae el peso de la parte más atractiva y magnética de un film sobrio y necesario.

7.3.08

Cualquier tiempo pasado nunca fue mejor

Las 13 Rosas es un film que se ha eternizado en la cartelera barcelonesa por dos razones: el boca a boca del público y, ante todo, las 14 nominaciones -incluida la de Mejor Película- con las que se presentó a la pasada edición de los Goya y, de las cuales, tan sólo fue premiada por cuatro de ellas: fotografía, diseño de vestuario, actor de reparto (José Manuel Cervino) y música, siendo el de ésta última categoría el galardón más merecido y a pesar de que, en esta ocasión, la excelente banda sonora de Roque Baños se dejara influir demasiado por algunos de los pasajes que Bernard Herrmann compuso para el Vértigo de Hitchcock.

Tras recuperarla finalmente, la película me ha decepcionado. Quizás hayan sido demasiado buenas las expectativas que mantenía ante ella pues, en realidad, me ha parecido un producto pequeñito que poco (o nada nuevo) ofrece sobre un tema ya tratado en el cine español en numerosas ocasiones. Posiblemente, lo único novedoso se encuentra en que la mayoría de protagonistas son mujeres. Un grupo de mujeres que vivió el final de la Guerra Civil y el principio de la dictadura franquista de un modo ciertamente trágico.

De hecho, Las 13 Rosas es el nombre con el que se conoce a las trece jóvenes que murieron fusiladas en 1939, poco después de finalizada la contienda, y que fueron acusadas de organizar un atentado (nunca realizado) al Caudillo durante el desfile de la Victoria. Junto a ellas, la misma jornada, también se ejecutó a una cuarentena de hombres acusados de formar parte de la misma conspiración. Ninguna de los condenadas se había manchado jamás las manos de sangre. Su único delito era el de pertenecer -o tener contacto- con formaciones de jóvenes socialistas y comunistas. Incluso, alguna de ellas, como ocurre con el personaje interpretado por una sobria Pilar López de Ayala -una mujer católica, cercana a los ideales del Régimen y madre de un niño-, fue condenada a la pena capital tan sólo por prestarle dinero a un músico comunista, compañero de su esposo, para que pudiera huir del país; personaje, el de ella, sobre el que más se recrea explícitamente la película.


El film indaga en la personalidad de algunas de las trece mujeres, aunque sin profundizar demasiado en las relaciónes que mantuvieron con el resto de los teóricamente implicados; culpa de un guión pobre e incapaz de describir o definir, con un mínimo de precisión, a cuantos personajes pueblan la trama de Las 13 Rosas y, al mismo tiempo, de la endeblez de una dirección (la de un poco inspirado Emilio Martínez Lázaro) que resulta demasiado plana en muchos aspectos. El borroso (o nulo) dibujo de sus protagonistas hace que al espectador le cueste introducirse en la historia y que, en definitiva, no se sienta identificado con ninguna de ellas. Y es entonces cuando la distancia entre la pantalla y la platea se hace enorme.

Es una lástima que no se le haya sacado más partido a un tema, a priori, tan interesante, dando al mismo tiempo una desarmante sensación de dispersión en todo lo que expone. A veces, centrándose tanto en el fusilaminento de las llamadas 13 Rosas, da la impresión que la cinta olvide que no sólo fueron ellas las que cayeron durante la oscuridad de esos años pues, casi a diario, numerosos detenidos republicanos se desplomaban también ante el pelotón de ejecución.

Sin embargo, la irregularidad de la propuesta no está reñida con las buenas intenciones. Siempre es necesario conocer los puntos más oscuros de nuestro pasado. Un pasado delirante y surrealista, en donde los tres colores de la bandera republicana dieron paso al rojigualdo, con el aguilucho oteando en el centro; un país gris y dividido, en donde el apellido del dictador, por cojones, se tenía que repetir tres veces seguidas: ¡Franco, Franco, Franco!... no fuera que los sordos no se enteraran del nombre del ogro que se paseaba bajo palio y por la Gracia de Dios; un país con el brazo derecho alzado, dejando al aire los hedores variopintos de millones de axilas sudadas por la tensión y el terror; un país de patéticos cánticos patrióticos; un país que, de tanto permanecer cara al sol, terminó por quemar las pupilas de sus enfebrecidos gobernantes. Una España única; una España grande; una España Libre.. Es de suponer que lo de "libre" (entre comillas) era uno de tantos chistes macabros que nos dejó en herencia el hombre de El Ferrol... Nunca debería repetirse una situación tan caótica y estúpida. Reflexiónenlo mañana. Aún estamos a tiempo de no volver a caer en manos de la mentira, la humillación y el sin sentido. Si es necesario, y a pesar de sus defectos, recurran para ello a Las 13 Rosas.

5.3.08

Misticismo surrealista

Entiendo a la perfección que haya gente a la que se le atragante el cine de Wes Anderson. Su particular universo, plagado de extraños personajes que parecen seres venidos de otro mundo, y su estrambótico sentido del humor, conforman una barrera difícil de franquear para aquellos que no han conectado nunca con el estilo del realizador tejano. Personalmente, soy de los que me sitúo al lado del autismo cinematográfico que desprenden sus películas. Díganme raro, pero con su nueva cinta, Viaje a Darjeeling, he disfrutado de lo lindo.

En ella se narra el accidentado viaje que tres hermanos norteamericanos realizan a bordo del Darjeeling Limited, un ferrocarril (un tanto destartalado) que recorre la India de punta a punta. Tres seres típicos y tópicos dentro del cine del autor; tres hermanos, atrapados en sus neuras personales, que se reúnen de nuevo tras pasar una larga temporada sin hablarse. La muerte del padre les distanció definitivamente pero, con el viaje ideado por el mayor de ellos, Francis, guardan la remota esperanza de volver a despertar sus extinguidos lazos sentimentales.

Wes Anderson ha vuelto a recurrir a Owen Wilson, uno de sus actores fetiche, para encarnar al personaje de Francis; un Owen Wilson por el que jamás he sentido excesiva devoción pero que, sin embargo, en manos de este realizador, siempre ha funcionado a las mil maravillas. Y como ya es sabido, al artífice de títulos como Los Tenenbaums o Life Aquatic le va lo de contar con amigos y gente de confianza en sus trabajos, en esta ocasión vuelve a echar mano de Bill Murray y de la gran Anjelica Huston: el primero en un divertido y surrealista cameo; la segunda, en una breve pero intensa y significativa intervención.

Unos magníficos Adrien Brody y Jason Schwartzman dan vida, respectivamente, a Peter y Jack Whitman, el par de hermanos restantes y ambos sometidos a los antojos dictatoriales de Francis. Un terceto alocado y desmembrado en el que, cada uno de ellos, irá a su bola. Los reproches serán el alimento diario de esos tres familiares abocados a un peregrinaje con regusto místico. Un misticismo pragmático que, por muchos detalles, nos acerca a la época más colgada de The Beatles, su idealizada India y la ya mítica portada del álbum Abbey Road, así como el referente, en el interior de un tren, de ¡Qué Noche la de Aquel Día!

Viaje a Darjeeling es un film cómico y con un mucho de absurdo que, a pesar de ello, emana una ternura muy especial. Una ternura que nace de las bruscas relaciones entre esos hermanos y, ante todo, en el entente que se va estableciendo, pasito a pasito, entre ellos. Cuanto más abrupta y borrascosa es la ruta, más emotividad se crea en el seno de los Whitman Brothers.

Déjense llevar por las extravagancias de Wes Anderson; por las gafas de sol (graduadas) que luce Adrien Brody; por los vendajes que cubren la cabeza y el rostro de Owen Wilson; por los pijamas de Jason Schwartzman o, sin ir más lejos, por la sensualidad de Amara Karan, la actriz hindú que da vida a Rita, una de las azafatas del Darjeeling Limited. Si consiguen con ello acercarse mínimamente a la propuesta, empezarán a amar (y a entender) las locuras de uno de los directores norteamericanos más atípicos de la actualidad.

Y atención, ante todo, a Hotel Chevalier, un cortometraje del propio Anderson que se proyecta justo antes de Viaje a Darjeeling; un corto que, además de tener mucha relación con la película, les mostrará a Natalie Portman en todo su esplendor. O sea, en pelota picada.

4.3.08

From Gabacholand

La Fortuna de Vivir o Crimen en el Paraíso avalan, por sí mismas, el cine de Jean Becker, uno los directores franceses con más sensibilidad en la actualidad. De hecho, su película más reciente, Conversaciones Con Mi Jardinero, aparte de ser un dechado de sencillez y buen gusto, ha recibido el reconocimiento de un público que la mantiene en cartel (al menos en Barcelona) desde mediados del mes de julio del año pasado.

La historia que nos plantea es de una naturalidad aplastante. No es más que la plasmación de la fuerte amistad que nace entre un pintor cincuentón y un jubilado de su misma edad. El primero ha decidido dejar la capital e instalarse en la casa rural en la que pasó su infancia; el segundo, tras trabajar toda la vida como asalariado al servicio de los ferrocarriles franceses, opta por matar su tiempo libre ejerciendo de hortelano. Debido a la necesidad del pintor de cultivar un huerto, ambos contactan y descubren, asombrados, que de pequeños habían asistido al mismo colegio y a la misma clase.

La cinta indaga en el distinto modo en que los dos afrontan y ven la vida. El artista lo hace desde una perpectiva depresiva, amarga y temperamental, mientras que el otro se muestra mucho más humilde y espontáneo en su muy particular y alegre filosofía de la vida, afrontando sus problemas personales de una manera totalmente distendida. El día a día hará que la compenetración entre ambos vaya creciendo, y que el carácter más esquivo del intelectual se abra hacia fronteras más coloristas y menos pesimistas.

El tour de force interpretativo entre el siempre eficiente Daniel Auteil y un sorprendente Jean-Pierre Darroussin (pintor y jardinero, respectivamente) resulta ciertamente impresionante. Ninguno está (ni pretende estar) por encima del otro; siempre se mantienen al mismo nivel. El urbanita y el pueblerino. El sabio y el básico... Un tipo champechano y simple que, sin embargo, posee una sabiduría más terruna y práctica que termina por desmontar las creencias de su compinche, ayudándole incluso a llevar su vida hacia adelante de una manera más distendida.

Un film afable, entrañable y sensible que, a través de un muy peculiar sentido del humor, consigue que el espectador matice su propio microcosmos a través de colores mínimos y llanos, sin sobrecargar jamás la percepción de aquello que le queda más cercano. Y, a pesar de su aparente emotividad (que de haberla, hayla y mucha), rehuye en todo momento el sacar la lágrima fácil a la platea. Una maravilla cargada de ingeniosidad y buen rollo. Un 10, como la copa de un pino, para un Jean Becker que ya se ha convertido en todo un experto a la hora de retratar la vida y las cualidades de los habitantes de la campiña francesa.


Regis Wagnier, aquel que se hiciera conocido hace años por su aburridísima Indochina, es otro realizador francés del que también ha aterrizado, en nuestras pantallas, su último e innecesario producto: Plaga Final; un thriller de connotaciones casi bíblicas y en el que, de manera alucinante y rocambolesca, mezcla la amenaza de un nuevo brote de peste en las calles de París con una serie de muertes inexplicables, posiblemente víctimas, todas ellas, de tan temida epidemia.

Un insustancial José García -a través de una patética interpretación, a años luz, del compacto trabajo que hizo en la reivindicable Arcadia de Costa-Gavras-, es el protagonista de esta Plaga Final. En ella da vida a Jean-Baptiste Adamsberg, un comisario de policía que, tocado por la reciente marcha de su prometida, se enfrentará a una serie de hechos inexplicables que están sumiendo a los parisinos en el mayor de los temores. Puertas marcadas con un símbolo numérico (un 4 al revés), cadáveres picados por pulgas y un pregonero que anuncia la llegada de una pandemia, son sólo algunas de las señales que indican que algo no anda bien en tierra de Sarkozy.

Un guión nada creíble y cargado de detalles imposibles hacen, del film de Wagnier, un verdadero churro cinematográfico. Tan descabellada se me antoja su intriga que no hay por donde pillarlo. Falso y truculento hasta extremos delirantes, su visionado no supone más que una pérdida de tiempo para el espectador. Un espectador que, una vez finalizada su proyección, se sentirá engañado en todos los sentidos al analizar, mínimamente, la trama planteada y su resolución. Y es que, a veces, es más fácil ir al grano que complicar el argumento con subterfugios inverosímiles que sólo sirven para potenciar, aún más, la infantil previsibilidad de cuanto va a suceder en pantalla.

Y lo más penoso es que, en una cinta de esta índole, aparezca un actor de la talla de Michel Serrault esgrimiendo una de sus peores actuaciones en años. Una actuación, de todos modos, que no desentona en absoluto con tan pésima propuesta.


El otro gabacho que vuelve a dar la tabarra es Alain Resnais, paradigma de los barbudos progresistas de los años 70 y 80 y que, en el fondo, sigue estrenando películas para que la crítica gafapasta de turno continúe loándole sin razón aparente. Asuntos Privados En Lugares Públicos es el título español de Coeurs, su nueva producción y que, de hecho, se basa en la obra teatral de Alan Ayckbourn de similar título al que se le ha colocado en nuestro país. Una producción que, al igual que hizo en su irritante (y ya olvidada, por suerte) Mon Oncle d’Amerique, vuelve a utilizar al ser humano como si se tratara de una rata de laboratorio.

El problema de Resnais es que no sólo experimenta con sus protagonistas (un sinfín de personajes marcados por la soledad y el desamor), sino que también le gusta hacer lo mismo con el espectador. Bueno, en realidad, más que experimentar, lo que hace con él es tomarle el pelo directamente. Y es que mientras sigan existiendo ciertos individuos que le ríen las gracias, tendremos Resnais para rato.

La teatralidad y frialdad con la que el realizador de la bretaña francesa ha afrontado su film, es de un hermetismo estoico. Un hermetismo que lo único que logra es distanciar a la platea del pequeño universo de criaturas (todas ellas atrapadas) que protagonizan tal fábula coral. Una fábula cargada de simbolismos y de segundas lecturas. Una paja mental con todas las de la ley.

Cojan a un vendedor de casas soltero y a su calentorra hermana con la que convive; a una mojigata religiosa, más ardiente que una gata en celo, que de día trabaja para una agencia inmobiliaria y por la noche se transforma en cuidadora de ancianos terminales; a un alcohólico en paro y a su desolada prometida y, finalmente, coloquen a un barman comprensivo (e igualmente solitario) justo en medio de todos ellos. Introduzcan a tales especímenes dentro de una bola de cristal en la que no cesen de caer copos de nieve, y agítenla suave y constantemente: con ello obtendrán como resultado una comida de coco de proporciones gigantescas.

Al Alain Resnais que me lo den con patatas. O, sencillamente, que se retire de una vez. A los 85 años de edad, uno ya debería disfrutar de la jubilación.

2.3.08

En resumidas cuentas: CHUPASANGRES DE TERCERA REGIONAL Y VAMPIROS CON GLAMOUR

La política de distribución cinematográfica en España es un tema que jamás entenderé. Existiendo tantos productos interesantes esperando turno, y sabiendo que muchos de ellos jamás conocerán el estreno comercial en nuestro país, se me ponen los pelos de punta cada vez que llegan a las salas españolas títulos como Rise: Cazadora de Sangre; un subproducto de género fantástico, casi de serie Z, que bebe directamente (en plan cutrón y salvando las distancias) de Blade. El vampiro bueno contra los vampiros malos. En este caso, se ha cambiado al no muerto negro por una chupadora de sangre amarilla, una Lucy Liu que lo único que hace con cierto esmero es lucir sus variados conjuntos de ropa interior para, a la mínima de cambio, dejar al descubierto sus dos meloncitos.

No busquen más que el cuerpo de la Liu y de las bellas féminas que la secundan (Carla Gugino incluida) en un film que tendría que haber ido, directamente y sin escrúpulos de ningún tipo, a la estantería más recóndita del vídeo-club en formato DVD. La actriz neoyorquina, aunque hija de padres chinos (por tal razón es amarilla), da vida en Rise a Sadie Blake, una reportera intrépida que, durante una de sus investigaciones para un reportaje sobre temas esotéricos, es secuestrada por un grupo de vampiros y, tras ser sometida y violada por éstos, acaba convertida en uno más de ellos. Dispuesta a evitar que otras personas de buen corazón sufran su misma pesadilla, iniciará una venganza en forma de exterminio. De Blake a Blade tan sólo varía una consonante..., aunque en realidad estén distanciadas por un abismo.

No gasten sus euros en tal aberración cinematográfica, ni siquiera pierdan el tiempo poniendo a trabajar a la mula. Cualquier telefilme de tres al cuarto es más visible que este engendro dirigido por Sebastián Gutiérrez, el mismo que (curiosamente) debutara como realizador con la muy original (aunque extraña) El Beso de Judas. Entre un título y el otro hay también otro gran abismo. Rise ni entretiene ni sabe crear atmósferas tensas, Los tópicos se acumulan y, de vez en cuando, para sacar al espectador del sopor en el que ha caído, le muestra un par de tetas. Y es que, algunos cineastas, van de mal en peor.


Todo lo contrario de lo que le ocurre a David Slade quien, tras la interesante Hard Candy, cambia de tercio y regresa con fuerza mediante un film de vampiros como Tutatis manda: 30 Días de Oscuridad, un estimulante producto de género que lleva aguantando un mes en una cartelera en la que muchos títulos desaparecen con una rapidez inusitada.

La idea de partida es ciertamente original pues, sabiendo que los vampiros no soportan la luz solar, decide instalar a un grupo de ellos en la helada localidad de Barrow, en Alaska; un pequeño y frío pueblecito que, una vez al año, pasa 30 días exactos sumido en la mayor de las oscuridades. El escenario ideal para que los chupasangres campen a su aire y mantengan sus tripas bien alimentadas sin esconderse del sol.

Un sheriff depresivo y su mujer, de la que acaba de separarse, junto con los pocos supervivientes que quedan después de los primeros y brutales envites realizados por los recién llegados, tendrán que agudizar su ingenio para mantenerse con vida hasta la próxima salida del sol. Un mes lleno de tensión y cargado de pasajes terroríficos; unos pasajes a través de los cuales David Slade demuestra su dominio de la cámara y de los efectos visuales, creando, al mismo tiempo, un agobiante crescendo argumental que conduce a la historia hacia un final tan dantesco como original.

La imagen de un sobrecogedor Danny Huston, dando vida a Marlow (un moderno Nosferatu erigido en cabecilla del funesto grupo), es una de esas visiones difíciles de olvidar, igual que ocurre con el contraste del color rojo de la sangre sobre el blanco inmaculado de la nieve que puebla las calles de la ensombrecida villa de Barrow. Un efecto visual magnifico y sacado directamente de las páginas de la novela gráfica en la que se basa. Un purgatorio nevado al que bien vale la pena darle un vistazo.