6.11.13

Un abuelo solo ante el peligro


En Pacto de Silencio, Robert Redford se mantiene fiel a un estilo que ha marcado el grueso de su filmografía, tanto en su faceta de director como en la de actor, y se embarca, desde delante y detrás de la cámara, en la historia de un hombre que en solitario, al igual que le sucedía en títulos como Los Tres Días del Cóndor o, a otro nivel, en Brubaker, deberá luchar contra viento y marea para salvar su vida o bien defender sus ideales.

De hecho, el personaje de Redford en el film, un abogado viudo de Albany (Nueva York) y padre de una hija de doce años, tras ser revelada su verdadera identidad por un periódico local que le vincula con un grupo de activistas antibelicistas a los que, desde los años 70, se les busca por la muerte de un guardia de seguridad durante el atraco a un banco, decide dejar atrás su actual vida e iniciar una arriesgada huida, escapando de la ley, con la intención de reencontrarse con la única persona que podría limpiar su nombre.


A Pacto de Silencio se le podría considerar como un thriller de jubilados, tanto por la edad de su actor/director (al que sólo le faltan tres años para cumplir los 80, a pesar de que en la cinta finge haber sido un estudiante veinteañero durante los 70) como por la de sus numerosos y atractivos secundarios que pueblan el metraje. Un plantel de secundarios de lujo a los que da gozo ver en cada una de sus respectivas (aunque bastante breves) apariciones. Susan Sarandon, Julie Christie, Nick Nolte, Chris Cooper, Richard Jenkins o Brendan Gleeson son, sin ir más lejos, tan sólo algunos de ellos.


De todos modos, aparte del propio Redford, el otro gran puntal de Pacto de Silencio se encuentra en un brillante Shia LaBeaouf quien, a pesar de ser el bebito del grupo, no desentona en absoluto al lado de ese montón de monstruos de la interpretación que le arropan. En esta ocasión, se pone en la piel del joven y espabilado periodista que desvela la verdadera identidad del abogado protagonista y que, con su obstinación y persistencia casi detectivesca, aparte de enfrentarse directamente con el FBI, irá desvelando las claves que han inducido al ex revolucionario a iniciar una escapatoria tan a la desesperada.


Dotado de un guión sólido y bien construido, en donde las piezas del puzle planteado van colocándose en su sitio poco a poco, este es un producto que, de forma manifiesta, se muestra deudor de los ideales de su realizador, al tiempo que denota cierta nostalgia de un pasado no tan lejano, tal y como se refleja en una de las mejores escenas del film: la de la conversación entre Julie Christie y Robert Redford. Un pasado, no mucho menos agitado y problemático que nuestro presente, del que salían grupos y personas de a pie dispuestas a plantar cara a los gobiernos opresores... Y no como ahora, que parecemos un montón de zombis hipnotizados a los que nos gusta que nos enculen cada dos por tres.

5.11.13

Putos nazis de mierda

Con Hanna Arendt, la cineasta berlinesa Margarethe von Trotta plasma un periodo de cuatro años, de 1961 a 1965, en los que la prestigiosa escritora y filósofa judía Hannah Arendt, desde su exilio en Nueva York huyendo del terror nazi, cubrió y posteriormente opinó, de forma muy personal y controvertida, sobre el juicio llevado a cabo en Jerusalén a Adolf Eichmann, oficial del ejército alemán y uno de los máximos responsables de los campos de exterminio quien, tras ser detenido en Buenos Aires, fue trasladado a Israel para ser acusado de crímenes de guerra.

Un tema interesante que, ante todo, brilla por el excelente trabajo de Barbara Sukowa, la actriz que da vida a la librepensadora protagonista y que, como su título indica, se convierte en el eje principal del film. De hecho, más que un análisis sobre el sanguinario Eichmann (no interpretado por ningún actor, ya que sólo aparece en imágenes de archivo), se trata de una profunda radiografía de la literata y del raciocinio que la llevó a convertirse en una mujer criticada y vilipendiada por el pueblo judío; un pueblo incapaz de entender las reflexiones que dejó materializadas en su libro Eichmann En Jerusalén. Un Informe Sobre la Banalidad del Mal.


La cinta de von Trotta hace un descripción concisa y extensa del personaje de Arendt, tanto a nivel físico como intelectual, olvidándose con ello de darle un poco más de nervio y ritmo a su propuesta. De hecho, todo queda resumido en dibujar su compulsiva pasión por el tabaco y en desarrollar sus numerosas (y finalmente cansinas) discusiones filosóficas sobre el Bien y el Mal en compañía de su marido, su cerrado círculo de amigos y los responsables del The New York Times, periódico al que ofreció sus servicios para reportar el juicio de Eichmann.

Un film cargado de buenísimas intenciones pero que, sin embargo, acaba resultando un tanto farragoso y aburrido por culpa de su lento y reiterativo tratamiento.


Un enfoque muy distinto sobre el horror nazi y, en concreto, sobre el periodo en que el buscado (y jamás encontrado) Josef Mengele pasó en la Patagonia, es el que se da en El Médico Alemán. Dirigida por la argentina Lucía Puenzo, la cinta refleja los días en el que el denominado Ángel de la Muerte se alojó en el pequeño hotel de una familia del lugar y que, ansioso por seguir experimentando con los genes y el cuerpo humano al igual que hiciera en los campos de concentración, concentró toda su atención en la figura de una hija del matrimonio propietario del local: Lilith, una niña de doce años, demasiado pequeña para su edad, a la que con sus métodos se propuso hacerla crecer en un periodo mínimo de tiempo.


Una premisa ciertamente escalofriante, y más si se tiene en cuenta el falso halo de amabilidad y ternura que desprende el terrorífico Mengele a través de un portentoso Àlex Brendemühl, un actor capaz de meterse en la piel de personajes ciertamente turbios y sacar de ellos su lado más inquietante. Entre su enigmática presencia y la enfermiza atmósfera de misterio y suspense que desencadena la puesta en escena y el guión de la propia Puenzo, la película engancha y mantiene al espectador totalmente atento a su intrigante melodrama.


A todo ello, hay que añadirle la fuerza del sobrecogedor paralelismo que orquesta entre las mutilaciones practicadas por el inhumano Dr. Mengele y unas muñecas aterradoras que, dotadas de corazón propio, fabrica artesanalmente el padre de la pequeña Lilith (un correcto Diego Peretti), quien no acaba de creer del todo en la aparente bondad que muestra su nuevo huésped.


Un producto espeluznante y contundente que, al contrario de lo que le sucede al título de Margarethe von Trotta, se muestra totalmente capaz de ir al grano en todo momento. Quizás contenga menos peso intelectual pero, en contrapartida, posee mucha más chicha cinematográfica. Y es que, a los nazis, con los tiempos que corren, hay que seguir temiéndoles.

4.11.13

La España de John Lennon


Partiendo en su título de un fragmento de la letra de la canción Strawberry Fields Forever de The Beatles, con Vivir Es Fácil Con Los Ojos Cerrados, David Trueba nos obsequia con uno de sus films más redondos y atractivos. Con la nostalgia como base, introduce al espectador en una muy peculiar road-movie en la que involucra a un desencantado maestro de escuela cuarentón y a dos jóvenes con propósitos muy distintos.


Ambientada en los años 60 en una España gris tocada por la dictadura franquista, la cinta arranca con la presentación de Antonio, un profesor provinciano, atrapado por la música de los Beatles, que, al enterarse de la presencia de John Lennon en tierras almerienses para rodar el film de Richard Lester Cómo Gané la Guerra, decide emprender un viaje en su viejo automóvil hasta el lugar para conocer al músico en persona. En su accidentado itinerario recogerá a dos compañeros que le apoyarán en su odisea: Belén, una chica embarazada que huye del centro en el que estaba recluida por sus padres, y Juanjo, un joven menor de edad que acaba de escapar de casa.

Un trabajo optimista que, sin embargo, también es capaz de retratar, de forma muy veraz, la tristeza de un país asfixiado a través de sus protagonistas principales; unos personajes que buscan una salida a sus respectivas vidas, tal y como queda intachablemente reflejado mediante un secundario de lujo, un excelente Ramon Fontseré, que da vida al huraño aunque entrañable Ramón, un catalán, padre de un hijo deficiente y minusválido, que ha encontrado su refugio montando un cochambroso chiringuito, de nombre “El Catalán”, junto a las playas andaluzas.


Una comedia agridulce, perfectamente delineada y con guiños incluidos al cine de toda la vida (admirables e inteligentes, por su paralelismo con la historia de Belén, las referencias a La Chica Con La Maleta), que se perfila como uno de los productos españoles del año, tanto por lo agradable que resulta su visionado como por la fantástica interpretación de todos los actores, del primero al último, empezando por la fuerza con la que un todoterreno Javier Cámara afronta el rol de Antonio, ese profesor agotado y solitario que, en la figura de su adorado Lennon, busca la libertad que se le negaba en esa España de charanga y pandereta.

Capaz de ensamblar a la perfección el melodrama con la comedia y de afrontar el desconsuelo de sus personajes desde un prisma esperanzador, David Trueba logra que el espectador salga del cine con la sensación de haber vivido una experiencia reconfortante aunque, al mismo tiempo, con el corazón un tanto encogido. Y es que son tantas las sensaciones que transmite Vivir Es Fácil Con Los Ojos Cerrados que resulta imposible resistirse a la melancolía.


Sencillamente espléndida.

31.10.13

SITGES 2013: Jornadas 8 y 9 (de montañeros puteados y maestros psicópatas) + el Top-Five de Spaulding

Durante la recta final del festival, por cuestiones que no vienen al caso, sólo tuve la posibilidad de asistir a la proyección de dos de los títulos programados.

El viernes 18, le tocó el turno al nuevo film de Renny Harlin, el director finlandés afincado en los EE.UU. desde los años 80 con títulos como La Jungla 2 (Alerta Roja) o el muy trepidante Máximo Riesgo. Ahora es el turno de The Dyatlow Pass Incident, una cinta ambientada en las nevadas montañas de los Urales y que, recurriendo a la técnica del found foutage, narra las aventuras de un grupo de jóvenes estudiantes que, contando con una cámara de vídeo profesional, viajan  hasta el lugar en donde los nueves integrantes de una expedición murieron en extrañas circunstancias en 1959. Dispuestos a descubrir las claves del enigma, se verán envueltos en un historia en donde el horror no se hará esperar.

Harlin, en su primera hora, demuestra su firme pulso narrativo y su curioso y efectivo manejo del found foutage. Después, a medida que los montañeros protagonistas se acercan a la obtención de posibles respuestas, al realizador se le va un poco la olla, llegando a momentos de desatino total cuando la acción pasa a centrarse al interior de un gigantesco búnker excavado en la montaña. Allí, en pleno delirio visual y narrativo, se olvida de que juega a ser un falso documental y, pensando con la mente de un fabricante de mainstreams, entro de lleno en una postproducción plagada de retoques digitales y efectos especiales, rompiendo con ello el toque realista que en un principio buscaba. Y ello sin hablar (por no entrar en spoilers) del imposible zoom final. Un film fallido por culpa de sus excesivos desmanes artificiales.


El sábado 19 de octubre, último día del Sitges 2013, tan sólo puse asistir al pase de Lesson Of The Evil, cinta de horror del nipón Takashi Miikem, uno de los directores homenajeados este año por el festival. En ella, asistimos al retrato de un profesor de instituto tras el que se esconde un psicópata en potencia y que verá potenciada su mala leche por los numerosos desatinos, a todos los niveles (ante todo hormonales), que se suceden entre alumnos y maestros de la escuela en las que imparte clases de inglés.

Marcada por un tema musical estrella (el Die Moritat von Mackie Messer de la ópera de Bertolt Brecht y sus numerosas variaciones jazzísticas bajo el nombre de Mack The Knife), a la película le cuesta bastante arrancar, aunque una vez superados sus primeros treinta minutos, la cosa da un vuelco y tras varios flash-backs macabros que acaban por definir la personalidad y el oscuro pasado del mentor protagonista, entra de lleno en una imparable espiral de violencia que termina en una larga orgía de sangre al más puro estilo de la matanza de Columbine y similares. Un film tenso y contundente que, junto con 13 Asesinos y a pesar de su clara diferencia temática, se convierte en uno de los mejores trabajos de un realizador caracterizado por sus excesos; excesos a los que tampoco renuncia en esta ocasión.


Y ya, para terminar con la crónica de esta 46ª. edición del Festival Internacional de Cinema de Cataluna – Sitges 2013, les dejo con mi top-five particular:

4. Enemy

30.10.13

SITGES 2013: Jornada 7 (de moteles lúgubres y sótanos israelitas)

La séptima jornada del Sitges 2013 fue, para mí, bastante tranquila. Ese cuerpo serrano que me lleva a todas partes ya empezaba a estar agotado. Con el visionado de dos películas, cumplí de sobras con mi presencia en el certamen.

A primera hora de la mañana me enfrenté con Gallows Hill, una producción norteamericana, filmada íntegramente en Bogotá (Colombia) y dirigida por el barcelonés Víctor García. La historia es la de siempre: un grupo compuesto por un viudo, su prometida, la hija del primero y el compañero de éste, durante un viaje por Colombia, sufrirán un percance que les llevara hasta un destartalado y solitario motel ubicado en medio de un bosque. Allí, además de ser mal recibidos por un viejo hosco, tropezarán con una serie de fenómenos terroríficos directamente relacionados con un acto de brujería que afectó, años atrás, a los propietarios del local. De factura impecable, aunque copiando demasiados detalles de otros títulos de similares características, la cinta transcurre entre susto y susto (a cual más previsible) y un batiburrillo idiomático que mezcla el ingles con el español de Colombia. Un film correcto, con actores de tres al cuarto, que peca de darle más importancia a su look visual y a su apartado técnico que en centrarse en esbozar un guión más coherente y atractivo. Muchos sobresaltos (previsibles) pero poca chicha.


Como remate, asistí a la proyección de Big Bad Wolves, la esperada película israelita de la que Quentin Tarantino aseguraba ser el mejor producto del año. Dirigida al alimón por Aharon Keshales y Navot Papushado, se trata de la crónica de una venganza; la de un padre que, tras ver como su hija es secuestrada por un maníaco y ante la impotencia de ver el nulo avance de la investigación policial, decide raptar al psicópata para hacerlo cantar mediante métodos muy poco ortodoxos. Deudora de una primera escena magistral que transcurre durante sus brillantes títulos de crédito (la del rapto de la niña), la cinta navega entre el thriller, la comedia negra y el melodrama, contando para ello con un elaborado guión que destaca, ante todo, por sus diálogos y por la atmósfera claustrofóbica que se desprende de la mayor parte de su metraje ya que, buena parte de él, transcurre en el interior del sótano de la cabaña en donde el padre tiene retenido al presunto criminal. A pesar de que su última media hora resulta un tanto pesarosa por reiterativa, acaba siendo un film inquietante y sorpresivo.


Las dos últimas jornadas del festival juntitas en un próximo post.

29.10.13

SITGES 2013: Jornada 6 (de actrices escaneadas, amnésicos en un bosque, astronautas perplejos, juegos perversos y asesinas cuadruplicadas)

Aparte de algunos incidentes técnicos durante la mañana con las proyecciones del Auditorio, la jornada del miércoles 16 de octubre, en el aspecto cinematográfico, funcionó de modo más o menos correcto. Vaya, que no fue uno de los peores días.

Ari Folman, el aclamado realizador israelita de la sobrevalorada Vals con Bashir, presentó The Congress, una fábula de ciencia-ficción que navega entre la imagen real y la animación y que se hizo con el premio de la crítica. En ella se plantea la posibilidad de escanear el cuerpo de los actores para, una vez conseguida una copia de ellos, utilizarlos en películas de la forma que le apetezca a la productora propietaria de los derechos. Un supuesto que, de entrada, le da muchas posibilidades al film de Folman, y más cuando el conejito de indias elegido es una dama tan tentadora como Robin Wright interpretándose a sí misma. Un inicio prometedor, lleno de diálogos ingeniosos y en donde, aparte de disfrutar con la memorable interpretación de la susodicha, tenemos también la magnética presencia de dos tipos tan solventes como Harvey Keitel (en el rol del representante de la actriz) y Danny Huston, dando vida este último al cínico dueño de los estudios cinematográficos con los que se tendrá que negociar el posible contrato.

La primera media hora es hipnótica y milimetrada en todos los aspectos. El problema empieza cuando deja a un lado la imagen real y entra de lleno en el apartado de animación. Allí, a pesar de la curiosa estética vintage de sus dibujos, a Folman empieza a escapársele la bola y a perder la atención que había conseguido del público hasta ese momento. Su tratamiento futurista poco acertado, mezclado con cierto halo lacrimógeno y tristón, rompe totalmente con el magnético enfoque inicial de la cinta. La propuesta, a partir de entonces, se convierte en algo aburrido y reiterativo, por mucho que regrese a la imagen real en varias ocasiones. Por momentos, hasta da la impresión de que busca descaradamente la lágrima fácil del espectador quedando, finalmente y en su apreciación global, como un trabajo irregular cuyos principales alicientes se encuentran en la estimable presencia de una insuperable Robin Wright y en la distracción que supone para el espectador ir descubriendo, entre sus dibujos, caricaturas de personajes famosos del mundo de la cultura, el espectáculo, la política y la historia.


La mañana siguió con Open Grave, una cinta de producción norteamericana y dirigida por el madrileño Gonzalo López-Gallego, el mismo que dirigiera la trepidante El Rey de la Montaña. En ella, un hombre despierta en medio de numerosos cadáveres en lo más profundo de una tumba abierta en pleno bosque. No recuerda nada de lo sucedido antes de ir a parar a tan macabro rincón. Ni siquiera sus rescatadores, un pequeño grupo de personajes igualmente amnésicos, saben qué narices les ha pasado. A partir de este punto, el rompecabezas se irá construyendo poco a poco. López-Gallego sabe imprimirle un ritmo bastante frenético a la historia, pero todo lo que expone resulta de lo más previsible. De hecho, su habilidad a la hora de colocar y manejar la cámara se ve totalmente descompensada por su pobre guión (no muy bien escrito y mal explicado en muchos pasajes) y, ante todo, por un cuadro de actores en nada tentadores.


Europa Report, película norteamericana del ecuatoriano Sebastián Cordero, vuelve a utilizar la técnica del found footage para contar los problemas vividos por los integrantes de una nave espacial durante una expedición a una de las lunas de Júpiter. De hecho, se trata de la reconstrucción de lo sucedido en el interior de la nave valiéndose, en teoría, del montaje de todas las imágenes captadas por las cámaras de la misma. A pesar de resultar truculenta en ciertos aspectos (empezando por la inserción de una entrevista documental en concreto), la cinta tiene su gancho. Su progresión melodramática es excelente, así como el suspense y dureza emotiva con la que trata algunas de sus escenas (como, por ejemplo, la pérdida del primer integrante del equipo). Tensa, claustrofóbica y totalmente capaz de contagiar la angustia de sus astronautas protagonistas al espectador. Un producto sencillo pero efectivo.


Con Cheap Thrills llegó la que, para mí, ha sido la mejor película del Sitges 2013 y que supone el debut en la dirección del neoyorquino E.L. Katz. La historia que plantea obtiene una especial relevancia en tiempos de crisis como los que estamos sufriendo. En ella, un hombre casado y con un hijo pequeño, a punto de ver embargada su casa y tras perder su empleo, durante una noche de copas en compañía de un amigo un tanto crápula, se dejará llevar por una extraña pareja de lo más snob y perversa que les propondrán un juego de lo más retorcido capaz de reportarles una buena cantidad de dinero en metálico. Todo por la pasta. La mala leche que rezuma la propuesta es ciertamente supina. Dura, contundente, vibrante, tensa, sorprendente y plagada de diálogos y momentos ingeniosos. Bañada de un arrebatado humor negro y apoyada por unas magníficas interpretaciones, da a pensar que, tras el tal Katz, se esconde un realizador capaz de ofrecernos pequeñas joyas en un futuro no muy lejano. Rotunda y mordaz. Repito: de lo mejorcito del certamen.


La jornada termino con Mala, una producción argentina que, tal y como indica su título, es una mala película. Firmada por el argentino Israel Adrián Caetano, nos traslada al mundo violento de Rosario, una asesina profesional que sólo acepta encargos en los que la víctima sea un maltratador de mujeres. Su primera escena, aparte de trepidante y violenta, parece prometer mucho, pero luego la cosa deriva hacia derroteros minimalistas y aburridos, aparte de estar pésimamente explicada. La alucinada elección de cuatro actrices distintas para dar vida a la sicaria protagonista, aparte de ilógica, denota que su director va de AUTOR en mayúsculas, embarcándose en una narrativa falsamente rocambolesca y de lo más pretencioso, cuando en realidad, por su pobre puesta en escena y caótica realización, se trata de un film zetoso disfrazado de cine gafapastoso. Una paja mental que queda totalmente reflejada en la interminable masturbación de una de las Rosarios ante un espejo doble. Para mear y no echar gota.


En menos que canta un gallo, la séptima jornada.

28.10.13

SITGES 2013: Jornada 5 (de policías gilipollas, imitadores de David Lynch, setas alucinógenas, turistas desbordados e individuos duplicados)

La mañana del martes 15 de octubre ya empezó torcida. De entrada se proyectó Wrong Cops, la nueva película de Quentin Dupieux, el mismo de las estimulantes y raras Rubber y Wrong. Su premisa argumental prometía: en una pequeña localidad norteamericana, en donde los actos delictivos casi ya no existen, los hastiados integrantes del cuerpo de policía del lugar buscan maneras un tanto atípicas y amorales de matar su larga jornada laboral. Una absurdidad estúpida, dirigida sin nervio, de la que se podría haber sacado mejor provecho con un buen guión y unos actores mínimamente decentes. Pero el invento, aparte de resultar reiterativo en muchos (demasiados) aspectos, se queda en un aburrimiento soporífero, sin pies ni cabeza. Un desfile pésimamente interpretado de freakis descerebrados al servicio de una comedia burda, sin gracia alguna y con escenas de un mal gusto supino, tal y como ocurre con las que hacen referencia a un agente que trafica con droga escondida en el interior de ratas muertas. El aspecto de cine amateur que destila, tumba de espaldas al más pintado.


A continuación, Nicolas Winding Refn, el director de la sólida Drive, presentaba su nueva cinta: Only God Forgives (a punto de estreno, el próximo 1 de noviembre, bajo el título de Sólo Dios Perdona). Ryan Gosling repite protagonismo, aunque esta vez su interpretación (en consonancia con la película) resulta de lo más cargante e inexpresiva. De hecho, se trata de una película con muchísimas reminiscencias del cine de David Lynch. Ambientada en los bajos fondos de un Bangkok crepuscular, nos plasma la venganza que planean una madre y su hijo para limpiar la memoria de un hermano que ha sido asesinado tras terminar con la vida de una prostituta menor de edad.

De cuidadísima y rojiza fotografía, el film, salpicado con pasajes de una violencia extrema, está narrado con una lentitud extrema y, a pesar de las intenciones de su realizador por urdir un producto complejo, se trata de un trabajo de los más simple: no es más que el reflejo de una venganza (de las de toda la vida) complicada con retazos pretenciosos de gran cine de autor. Ni siquiera la presencia de una sobreactuadísima Kristin Scott Thomas (la madre de las dos criaturas) logra hacer olvidar la pedantería que destila. Sexo, violencia, impotencia y cobardía: las cuatro claves básicas de un film que, a pesar de su opulencia visual y descriptiva, dejan claro la petulancia que se esconde tras su creador. Y es que no hay nada peor que querer ser David Lynch sin ser David Lynch. Un film que indiscutiblemente dividió las opiniones del público y la crítica: o se le ama o se le odia. Personalmente, me apunto a la segunda opción. Hace sospechar que Drive se la hizo otro.


Con A Field In England, la nueva película de Ben Wheatley (el mismo de Kill List y la estimulante y negra Turistas), quedaba claro que la jornada iba de mal en peor. De nuevo, al igual que con Only God Forgives, la pretenciosidad de un director dejaba cao a buena parte de la platea. Ambientada en plena Guerra Civil inglesa, filmada en blanco y negro y contando con sólo cinco actores (a cual más perdido), narra la relación de un quinteto de personajes desarrapados en medio de un paréntesis en la contienda; una correspondencia que se verá marcada por la ingestión de setas alucinógenas, una excusa ideal para que la película derive hacia derroteros de lo más cafre. Psicodelia sin sentido alguno. Los cinco tipos caminan sin destino por la campiña inglesa; sueltan sandeces una detrás de otra; se atiborran de setas; cavan agujeros en el suelo; se enfrentan entre ellos y, de propina, escupen frases ilógicas que no llevan a ninguna parte. Bueno, sí, al tedio del espectador. Sencillamente, caca de la vaca.


Por la tarde llegó Hooked Up, una producción española, apadrinada por Jaume Collet-Serra y dirigida por el debutante Pablo Larcuen. De hecho, se trata de un nuevo found footage que abriga la curiosidad de estar filmado íntegramente con un teléfono móvil, el pretexto ideal para exponer la terrorífica noche vivida por un par de turistas americanos en Barcelona dispuestos a dejar registrados, en el celular de uno de ellos, sus escarceos sexuales nocturnos por la ciudad. Lo que ignoran es que uno de sus dos ligues es una chica dispuesta a vengar unos violentos sucesos de su pasado. Sangre, violencia, terror y cuatro ramalazos de humor negro. De nuevo el espíritu de El Proyecto de la Bruja de Blair  volvió a estar presente en Sitges. La cosa no empieza nada bien (la descripción de los dos protagonistas recién llegados a la capital catalana, amén de larga, es de lo más ridícula), pero luego se arregla un tanto tras el aterrizaje de ambos y sus dos ligues femeninos en la casa de una de ellas. A partir de ahí, la orgía de sangre y horror será un sin parar. Tanto abusa de gritos y escenas teóricamente tensas que, siguiendo la tónica del festival de este año, la propuesta acaba aburriendo. Y ello sin tener en cuenta su mal planificado final. Siempre queda la curiosidad y el mérito de haber sido rodada con un iPhone.


Por fin el día se arregló con Enemy, film canadiense basado en la novela El Hombre Duplicado de Saramago que, dirigido por Denis Villeneuve (el mismo que ahora tiene en cartel el más comercial Prisioneros), entra de lleno en una historia marcada por el surrealismo total y en la que un excelente Jake Gyllenhaal desarrolla dos papeles distintos: por el un lado el de Adam, un profesor depresivo y, por el otro, el de Anthony, un actor al que acaba de descubrir viendo una película en DVD y que resulta ser un tipo totalmente calcado a él. Un duplicado al que intentará acercarse, provocando con ello un desorden físico, mental y emotivo de lo más descarnado. Film extraño, enigmático, dotado de un plano final totalmente desconcertante (aunque sorpresivo), perfectamente dirigido y capaz de crear una atmósfera opresiva tan enfermiza como turbadora. Una de las mejores propuestas del certamen, a la que hay que añadir las interesantes aportaciones interpretativas de sus dos partenaires femeninas, Mélanie Laurent y Sarah Gadon, así como la corta pero densa colaboración de Isabella Rossellini. El mal rollo psicológico está asegurado.


En breve, la sexta jornada.

27.10.13

Not a perfect day


SITGES 2013: Jornada 4 (de polis novatos y lluvias torrenciales, mejicanos cutrones, carne humana sabrosona, soldados nazis tullidos y vampirismo quirúrgico)

El lunes 14 la jornada se inició con Moonsoon Shotout, un violento thriller de factura india que, a las antípodas del estilo Bollywood, se adentra en un Bombay deprimido, sucio y azotado por las continuas lluvias del monzón. La cinta, dotada de un registro visual cuidado y atractivo, plantea tres formas distintas de solucionar una acción policial en la que, entre otros, interviene un policía novato recién licenciado y un asesino al que persigue bajo un fuerte aguacero. Vaya: eso tan tópico de que hubiera pasado si en lugar de una suceso en concreto la balanza su hubiese decantado hacia otro lado. Al principio, con la primera opción planteada, la cosa parece prometer. Luego, cuando se mete de lleno en el bucle de los déjà vu y su director, el debutante Amit Kumar, se empeña en repetir escenas e imágenes similares, el invento empieza ir de baja. Un trabajo irregular, no exento de buenas intenciones y pasajes brillantes, cuya mejor baza se encuentra en la atmósfera enfermiza de los bajos fondos de una gran capital por donde, entre luces de neón y bajo intensos chaparrones, pululan delincuentes, maderos corruptos y prostitutas. El mal rollo urbano está servido.


Después, el Auditorio del Meliá se vistió de gala para recibir a un personaje tan cutre como ese Machete nacido de la imaginación gamberra de Robert Rodríguez. Si en su primera entrega, Machete, apuntaba por una gansada en clave de homenaje al cine zetoso de los años 70, en su nuevo film, Machete Kills, se decanta por un guiño al universo del 007, en su vertiente más hortera a lo Roger Mooore. Aquí, el ex agente federal mejicano al que da vida un genial Danny Trejo (totalmente cómodo en la piel del freaki protagonista), tras ver morir a su novia (Jessica Alba) en manos de un malvado enmascarado, será llamado en presencia del mismísimo presidente de los EE.UU. para encomendarle la misión de terminar con la vida de un revolucionario dispuesto a mandar al mundo a tomar por culo.

Su primera media hora es clara deudora del título original. Su humor sigue siendo burdo y sus chicas igual de jamonas. Sus golpes de efecto, a cual más bastorro, y sus frases antológicamente delirantes, le sientan de maravilla a la animalada propuesta por Rodríguez. La aparición de Charlie Sheen (aquí con la coña añadida de estar acreditado como Carlos Estévez) dando vida al presidente norteamericano (en claro homenaje a su padre Martin Sheen y al Ala Oeste de la Casa Blanca) significa un buen y divertido puntazo, así como el cachondeo con el que Mel Gibson afronta el rol de villano. Pero la cinta, superado el impacto y las genialidades iniciales, entra en un bucle del que no sabe escapar. Los chistes, ya en nada originales, son redundantes y cada vez más exagerados. El frescor del primer Machete desaparece por completo, pasando a ser una mala caricatura, en exceso pasada de rosca, del personaje y sus acciones. Una secuela decepcionante de la que Robert Rodríguez no quiere renunciar, pues deja un final abierto y, de propina, tanto al principio como al final de la misma, nos endilga un tráiler de lo que será su continuación: Machete Kills Again, ambientada en el espacio al más puro estilo Moonraker.


Mucho más compacto resultó We Are What We Are, el remake del olvidable Somos Lo Que Hay, un film mejicano presentado igualmente en Sitges hace unas pocas ediciones. Su revisitación, realizada por el norteamericano Jim Mickle, es de lo más sobria y concisa. Ambientado en el seno de una familia que acaba de perder a la madre y mezclando canibalismo con ritos religiosos ancestrales, se trata de un producto contundente y aterrador, tanto por la crueldad realista con la que expone ciertos pasajes (magnífico el toque gore de su feroz escena final) como por el impúdico acercamiento (un tanto repulsivo y elegante a la vez) hacia los guisos cocinados con carne humana, así como a su posterior ingesta. Un retrato espeluznante y dramático de una estirpe marcada y dominada por un culto enfermizo. Es indiscutible que los caníbales vuelven a estar de moda en el cine. Y el tal Mickle, de modo inteligente, le ha sabido sacar todo el jugo a la propuesta. Para mojar pan y chuparse los dedos.


De los Paises Bajos y de la mano del debutante Richard Raaphorst aterrizó Frankenstein’s Army, una historia que transcurre a finales de la Segunda Guerra Mundial, justo cuando una patrulla militar soviética tropieza con una fábrica en cuyo interior el ejército nazi ha experimentado con cuerpos muertos y armamento diverso. Con la excusa de tratarse de un documental encargado por el gobierno ruso a uno de los miembros del destacamento, está filmada cámara en mano, al más puro estilo El Proyecto de la Bruja de Blair, el llamado found footage. La cosa, a pesar de poseer una primera media hora de lo más aburrido y sin salsa, acaba por tener su gracia. La aparición de un mad doctor, perteneciente al linaje de los Frankenstein y padre de una tropa de cadáveres tullidos, resucitados y cosidos a armas de todo tipo, destila coña marinera. Es tan exagerado el número de aberraciones visuales y narrativas que se suceden en pantalla, que por exceso hasta se me antoja una burrada divertida, empezando por la forma de hablar de los integrantes del escuadrón soviético: inglés con acento ruso.


El particular humor del holandés Alex van Warmerdam inundó el Auditorio con la presentación de su nuevo film, Borgman, uno de los mejores trabajos de este certamen y merecido ganador del mejor film fantástico en competición. Se trata de un producto muy en la línea del surrealismo habitual en el cine del realizador; un surrealismo con el que disecciona y desmantela a la clase media europea a través de una familia estándar que acepta, en su chalet, a un nuevo jardinero tras el que se esconde un miembro de una extraña secta de tintes vampíricos. Un toque de comedia negra (dominada totalmente por el absurdo), un mucho de misterio y unos cuantos enigmas que deberán resolverse en la mente del espectador, conforman la chicha de este peculiar Borgman. La pequeña intervención quirúrgica que sustituye a las dos dentelladas típicas del chupasangres de toda la vida y, visualmente hablando, el curioso modo de enterrar a sus víctimas bajo el agua, son dos de los toques más destacables (por su ingeniosa rareza) de una obra que no dejará indiferente a nadie.


La quinta jornada caerá en el próximo post.