26.7.12

El sheriff rural

John Michael McDonagh debuta en el campo del largometraje con El Irlandés, un producto made in Ireland que le ofrece a Brendan Gleeson un bomboncito de papel: el de un policía de un pueblecito irlandés, racista, bebedor y putero, que se verá obligado a colaborar con un agente del FBI de color para desarticular una banda de narcotraficantes que actúan en su condado.

El Irlandés cuenta una historia de las de siempre aunque, en su narrativa y brillante descripción de personajes, consigue darle un toque totalmente distinto y personal; algo así como lo que sucedía con la espléndida Escondidos en Brujas (también con Brendan Gleeson), cinta curiosamente realizada por su hermano, Martin McDonagh. Ambas películas poseen más de un denominador común, empezando por su original visión del cine negro y, ante todo, por su particularísimo sentido del humor, socarrón y cáustico.

La cinta de John Michael, más que en la trama policíaca planteada, se apoya en la relación que se establece entre el sargento Gerry Boyle (ese poli rural de modales cuestionables) y el agente federal Wendell Everett, un hombre sencillo de carácter totalmente opuesto al de su nuevo y obligado compinche. Interpretado por un moderadísimo Don Cheadle, ofrece el contrapunto ideal al del anárquico personaje al que da vida Gleeson; un personaje, este último, que a pesar de su aspecto bravucón y pasota termina poniéndose al espectador a su lado.

Calexico, el compositor musical, le da un toque muy a lo Ennio Morricone de los primeros tiempos a su banda sonora; una banda sonora que, junto al tratamiento narrativo y estético del film y a la presencia de un orondo Brendan Gleeson capaz de emular a esos insolentes sheriffs que moldeó en tantas ocasiones un crepuscular John Wayne, le dan a El Irlandés un claro e innegable aspecto de eurowestern.

Cine independiente, coñón, compacto y duro. El retrato de un hombre de ley que se pasa la ley por el culo y, al mismo tiempo, el de la otra cara de la moneda: el de un tipo legal y respetuoso que, en la negatividad de su compañero, acaba por descubrir en éste su lado más humano.

Entren en el universo rural propuesto por McDonagh, a ser posible en su versión original para disfrutar con su galimatías idiomático, y déjense sorprender por una rareza dispuesta a romper moldes. Vale la pena.

24.7.12

Sin Fecinema

El pasado sábado, al leer la noticia, me quedé petrificado, al tiempo que se me encogía el corazón: el Festival Internacional de Cinema Negre de Manresa, el FECINEMA, también ha caído. Otro certamen cinematográfico que se va al garete por culpa de los recortes.

Parece que los ineptos que nos gobiernan no tengan suficiente con dinamitar al mundo del espectáculo con la subida del IVA hasta el 21%. Hay que dejar que la cultura se pudra a pasos agigantados. Las subvenciones serán mínimas o nulas para aquellos que quieran acercar la cultura al pueblo. Las estocadas al gremio son continuas. Está claro que eso del “saber” molesta a las altas esferas.

Desde aquí, mi gran apoyo moral y un besazo en la frente a todos los que hicisteis posible esas trece fantásticas ediciones del FECINEMA, un festival que, a pesar de su ajustado presupuesto, fue capaz de ofrecer al espectador, año tras año, una programación brillante y de tratar, con un mimo excelente, tanto a su público como a sus invitados.

Buena gente, siempre estaré con vosotros. Seguro que el día menos pensando lograreis levantarlo de nuevo. De hecho, el FECINEMA se nos ha ido cuando ya empezaba a estar consolidado.

Por cierto: algunos cuentan que el domingo se vio a Plácido portando un crespón negro y paseando por las calles de Manresa. Su motocarro ya ha pasado a la historia. Ahora va en busca de subvención para un festival que nunca debió morir.

19.7.12

Madre no hay más que una

Carmina o Revienta significa el debut tras la cámara del actor Paco León quien al mismo tiempo se ha encargado de su escritura. Un film valiente y arriesgado por partida doble. Por un lado, por el arrojo de estrenarlo simultáneamente en pantallas comerciales, en Internet y en DVD y, por el otro, debido a su atípica narrativa, cercana a la del docudrama y, por ello, no muy apta para el público menos acostumbrado a experimentos cinematográficos.

La cinta, en el fondo (muy en el fondo), es un canto de amor de Paco León a su propia madre, esa Carmina del título a la que interpreta Carmina Barrios, madre del actor en la vida real; una madre, en la cinta, de lo más friqui: una mezcla entre la Cándida de Fresser y el Torrente de Santiago Segura. Mal hablada, bastorra y cutre (¡profundamente cutre!), la mujer cuenta ante la cámara (cigarrillo siempre en mano) algunas anécdotas de su vida y expone, sin vergüenza alguna, la manera (no muy lícita) de salvar algunos de los impedimentos que se han cruzado en su camino.

Con Carmina vuelve a salir a flote esa picaresca tan española que, en época de vacas flacas, tanto nos gusta practicar. Y, con ella, a su lado, un buen número de personajes a cual más roñoso y extravagante, empezando por su propia hija, María, a la que da vida María León, la hermana del actor y realizador. Madre e hija le hacen un espléndido trabajo a su familiar, con lo cual el amigo Paco debe babear cada vez que observa en pantalla los resultados finales con las dos (espléndidas) mujeres de su familia.

Un producto de factura extraña, aunque totalmente funcional, que se atreve a jugar entre los límites de la realidad y de la ficción. El retrato de una mujer que ha salido adelante gracias a un sinfín de trapicheos no demasiado éticos y, por extensión, el de una familia disfuncional compuesta por un marido borrachuzo y una hija en paro que, a marchas forzadas, va tomando el mismo camino de su madre.

Lo que podría haber sido un melodrama sin parangón, gracias a su peculiar sentido del humor se convierte en una comedia (muy sui géneris, eso sí) en la que la escatología, el surrealismo y algún que otro toque gomaespumoso se convierten en sus grandes constantes, Como muestra, un botón: la escena en la que una de sus amigas (igual de cutrona que Carmina) le cuenta, con ciertos aires de grandeza y total naturalidad, sus devaneos con un par de personajes del espectáculo y de la jet set española.

No les chafo más el invento. Descubran el universo hermético de la tal Carmina y déjense llevar por sus cuentos. Disfruten de ella vía cine, Internet o DVD. Personalmente, y apoyando esa osada iniciativa exhibidora, me decanté por la tercera opción. Seis euros de nada (más barato que una entrada de cine) y la película en casa. Vale la pena subirse a la atracción.

12.7.12

Malditos bastardos

Hay momentos en los que me resulta difícil hablar de cine. Tras los recortes anunciados ayer por Rajoy en el Parlamento y aplaudidos con una alegría insultante por su cohorte de hijos de puta, hoy tan sólo puedo expresarme desde el sentimiento de la rabia y la impotencia.

De nuevo nos toca pagar el pato a los de siempre. Banqueros, corruptos y mamonazos de mierda salen indemnes de unas medidas brutales que suponen una pérdida económica y de derechos desmesurada para los ciudadanos de a pie.

Ante tanto cabronazo, las manitas agitadas al aire y la resistencia pasiva no sirven absolutamente de nada. Si queremos salir adelante y tener una vida mínimamente digna, ya es hora de que el pueblo llano vaya pensando en instaurar la guillotina.

10.7.12

Uno del patíbulo

El pasado domingo, a los 95 años de edad, nos abandonaba Ernest Borgine, un secundario de lujo que acabó convirtiéndose en uno de los grandes de Hollywood. Rudo, pendenciero e incluso a veces tierno. Un tipo duro, salido del abismo negro del planeta de los buitres, que fue temido por el mismísimo Barrabás. Por su carácter, formó parte de los denominados Doce del Patíbulo, un grupo salvaje cuyo grito de guerra fue el de “¡esta noche vamos de guerra!”. Ellos nunca le temieron al día del fin del mundo.

Montado en un convoy se enfrentó al curtido Emperador del Norte durante un sábado trágico y bajo una lluvia del diablo. Con la aventura del Poseidón vivió toda una odisea bajo el mar y después, en 1997, se apuntó a un rocambolesco rescate en Nueva York. Posteriormente y formando parte de una conspiración de silencio, se recluyó una temporada en la Estación Polar Cebra, lugar en el que compartió anécdotas con Chuka, Johnny Guitar y Lylah Clare, una mujer que andaba desnuda frente al mundo.

A bordo de un vuelo del Fénix, regresó a la civilización y se instaló en Veracruz, desde donde se enfrentó a un peligroso grupo de vikingos evitando que se lanzara el último torpedo.

Al adoptar el nombre de Marty logró su faceta más amable, lo cual hizo que tío Oscar conviviera a su lado hasta el día de su muerte.

De aquí a la eternidad. Descansa en paz, Ernest.

3.7.12

TV pink


El domingo pasado se celebró por las calles de Barcelona el Día del Orgullo Gay. Justo ese día, por la mañana, mi televisor, un Sony panorámico de tubo con el que he convivido la friolera de quince años, decidió salir del armario. El aparato amaneció de un rosado profundo. No hay imagen en la que el color rosa no domine por completo. No tengo nada en contra de su declaración de principios, pero toca cambiarlo por uno de nueva generación, de esos de pantalla gansa.

Por cierto, si notan poca actividad últimamente en el blog se debe a que estoy disfrutando de mi mes de vacaciones anuales. Nos vemos en unos días. Ahora les dejo que tengo ir en busca de un televisor suplente.

25.6.12

Adiós con el corazón

El pasado viernes, a los 72 años de edad, nos abandonó uno de los actores más emblemáticos, locuaces y gamberros de nuestro cine. Todo un soldadito español de la interpretación cuya presencia siempre entonó con la chispa de la vida; una especie de Caballero don Quijote de la familia de la farándula. Su nombre: Juan Luis Galiardo. Con su muerte se oyeron suspiros de España (y Portugal), así en el Cielo como en la Tierra.

Con fama de Don Juan, mi querido fantasma flirteo con Rosa La China, las nenas del mini-mini y hasta con madres solteras, aunque sus mejores conquistas fueron las de Pepa Doncel y Cristina Guzmán. A pesar de predicar lo del no desearás la mujer de tu prójimo, malas lenguas aseguran que logró seducir a la chica de los anuncios y hasta a la niña de tus ojos... Y es que los hombres siempre mienten.

Aventurero de espíritu, compartió anécdotas con Buñuel y la Mesa del Rey Salomón, viajó por los Mares del Sur persiguiendo el vuelo de la paloma, se adentró en la selva blanca y, aprovechando su turno de oficio, defendió al disputado voto del Señor Cayo. Pagado por el oro de Moscú y armado de la daga de Rasputín, luchó en la guerra de los locos y formó parte del Clan de los Inmorales, aunque muy a su pesar fue consciente de que siempre hay un camino a la derecha.

Adiós con el corazón, Juan Luis.

21.6.12

Terapia pajera

Aunque dirigida por la norteamericana Tanya Wexler, Hysteria es claramente un film de corte británico, tanto por su sentido del humor como por esa resultona recreación del Londres victoriano en donde un joven médico, empleado en la consulta de un doctor especializado en tratar a mujeres “histéricas”, se convirtió en el inventor casual del vibrador eléctrico.

Basada libremente en un caso verídico, la cinta navega entre graciosos chistes masturbatorios y un alegato por la liberación de la mujer. En su primer apartado, asume su vertiente más alocada a través de una cohorte de mujeres aburguesadas quienes, para paliar sus frustraciones y calentones corporales, recurren al gabinete del doctor Robert Dalrymple (magnífico Jonathan Pryce) con el fin de ser sometidas a un tratamiento manual muy especial por parte de éste y de su nuevo empleado, Mortimer Granville, un inmaduro galeno que terminará con una dolencia casi perenne en su mano derecha de tanto utilizarla en su quehacer diario.

En su parte menos frívola, aunque sin alejarse ni un ápice del tono de comedia, se nos presenta a Charlotte, la hija mayor del docto Dalrymple, una mujer que reniega de la vida lujosa de su familia y que, enfrentada ideológicamente a su padre, regenta una local de acogida para gente sin recursos económicos al tiempo que lucha por conseguir el sufragio femenino; un personaje éste interpretado por una espléndida y divertida Maggie Gyllenhaal en un rol claramente deudor de los que antaño interpretara Diane Keaton en su vertiente más apayasada; una Gyllenhaal potente que, con su presencia, deja un tanto en segundo plano a un Hugh Dancy, un tanto más blando en el papel de Mortimer Granville.

Hysteria se alza como la contrapartida cinematográfica del último David Cronenberg, Un Método Peligroso, pues, al contrario que éste, opta por el desenfreno y la “locura” (siempre controlada y dentro de unos límites) para tratar el tema de la histeria femenina. Juega con la falsa mojigatería que esgrimían las damas de alto copete de la Inglaterra de finales del siglo XIX para esconder su insatisfacción sexual, sacándose con ello de la manga varios gags ciertamente simpáticos y sin caer nunca en el humor soez. Todo ello muy british y absolutamente calibrado; tan calibrado como esos consoladores inventados a medias entre el citado Granville y su mentor, un inventor al que da vida un desconocido Rupert Everett y que da con el vibrador gracias a su experimentación con un plumero eléctrico.

Un producto campechano que, entre masturbaciones, feminismo y lucha de clases, peca de su falta de arrojo al no atreverse a afrontar ciertos temas con un puntito más de picardía y morbo. Un tanto como lo que le sucede con su descafeinado trabajo a Felicity Jones, una de las actrices jóvenes con menos potencial interpretativo del panorama actual y a la que, para más desgracia, le ha tocado el papel más insustancial de la función, el de Emily, la hermana pequeña de la todoterreno Charlotte.

18.6.12

Españolas en París

Llegada directamente de Francia y dirigida por Philippe Le Guay, Las Chicas de la 6ª Planta no es más que una comedia afable que, a golpe de tópicos, retrata la vida en París de un grupo de inmigrantes españolas que, en los años 60 y huyendo de la dictadura franquista, empezaron a trabajar como empleadas del hogar en distintos domicilios del país vecino.

A principios de los años 70 y desde España, Roberto Bodegas ya planteó el tema de la inmigración y el servicio doméstico en Españolas en París, aunque desde un prisma más dramático y crítico que el utilizado por Le Guay en su film. Éste, al contrario que Bodegas, se centra más en el punto de vista afrancesado, ofreciendo de este modo todo un útil catálogo de cómo se nos ve y se nos etiqueta a los españolitos desde allí. El chauvinismo está servido: el amor por la jarana y las coplas o la pasión por la paella son de reglamento, así como el punzante detalle de dibujar a sus protagonistas españolas como un pelín más incultas que el resto de la sociedad francesa. Pero como lo hace de forma graciosa y hasta con cariño (y cierta razón), la cosa no acaba de molestar.

De hecho, la caricatura de dos culturas distintas aunque geográficamente muy cercanas y en un marco histórico muy concreto, no es lo que más le interesa al realizador. Lo suyo es entrar a saco en el microcosmos de Jean –Louis Joubert, un adinerado gabacho (de cierto parecido físico con Josep Lluís Núñez) que dedica su vida casi única y exclusivamente a la asesoría económica de su propiedad, desatendiendo un tanto a su esposa y a su entorno familiar. Un microcosmos, el de este hombre, que empezará a desmoronarse con la llegada a su hogar de una nueva criada, María, una joven y atractiva española que le abrirá las puertas a un mundo desconocido, el de la sexta planta: lugar en el que malviven un grupo de mujeres españolas dispuestas a hacer de su sacrifico un divertimento más.

La película, a pesar de poseer una dualidad ideológica que podría resultar molesta, engancha y entretiene. Seguramente ello es debido a la naturalidad con la que plantea ciertas cuestiones. Nunca intenta hacer dogmatismo de ello, mostrándose al contrario simple y sencillo en sus exposiciones. La efectividad de la propuesta es innegable. A ello, tienen mucho que decir el buen trabajo y la química que se desprende de su pareja principal; el de una pareja marcada, sin embargo, por la lucha de clases y una (casi) abismal diferencia de edad. El, Fabrice Luchini, toda una institución interpretativa en Francia; ella, una espléndida Natalia Verbeke de expresiva y dulce mirada. Y allí, situada en medio del cotarro y controlando la furtiva simbiosis nacida entre María y el señorito Jean-Louis, la gran Carmen Maura en un papel episódico aunque contundente: el de la voz cantante de ese grupo de mujeres que, del distanciamiento de su país natal, hacen de tripas corazón.

Un consejo: se si acercan a Las Chicas de la 6ª Planta, háganlo desde la versión original subtitulada y disfruten oyendo ese batiburrillo idiomático en donde el francés y el español se dan la mano compartiendo protagonismo. Según cuentan malas lenguas (muy fiables, por cierto), en la versión doblada, todos los personajes franceses han acabado hablando español con acento gabacho, al igual que harían los imitadores macarrónicos del inspector Clouseau.

7.6.12

Cómo acabar de una vez por todas con la cultura

Primero nos dicen que no hay ni un puto euro. Con tal excusa, aprovechan para robarnos nuestros pocos ahorros y dejarnos reducidos a la mínima expresión los derechos laborales y las libertades individuales. El despido es el pan nuestro de cada día. Los bancos, mientras tanto, siguen meándosenos encima. Y luego, cuando estemos bien tocados, irán a por la cultura. Ya falta muy poco para el inicio de la quema de libros.

¡Qué grande era Ray Bradbury!

6.6.12

Antiecología y previsibilidad

Durante unas tres décadas, el nombre del sueco Lasse Hallström ha ido ligado al cine de calidad. Títulos como Mi Vida Como Un Perro, Las Normas de la Casa de la Sidra o Chocolat han demostrado la elegancia del realizador a la hora de colocar la cámara y de contar historias universales, siempre lindantes con la ternura y la emotividad. Pero desde que hace un par de años estrenara Querido John, parece que al hombre se le ha subido la “simplicidad” a la cabeza y apueste por un tipo de cine mucho más fácil y vacío, tal y como le ha sucedido con La Pesca de Salmón en Yemen, su último film.

Lo que podría haber sido una excelente sátira política, social y ecológica, se convierte sencillamente en todo lo contario. Su prometedor y divertido arranque (muy del gusto de las viejas cintas de la Ealing Studios), potenciando la surrealista propuesta de acercar la pesca con mosca al Norte del Yemen, va perdiendo gas a medida que su argumento se decanta hacia otra vertiente de resolución más que previsible.

La historia de un adinerado jeque árabe que se ve políticamente respaldada por la oficina de prensa del Primer Ministro Británico para servir como cortina de humo a la mala imagen de su gobierno en Oriente Medio, no va más allá de la anécdota, pues la intención de Hallström estriba única y exclusivamente en centrar su atención en la historia de amor que vivirán dos de los personajes implicados: un alelado científico experto en piscicultura y la atractiva representante legal del jeque.

Ewan McGregor y Emily Blunt son los encargados de dar vida a esos dos seres que se verán tocados por la flecha de Cupido: el doctor Fred Jones y la eficiente Harriet Chetwode-Talbot. A pesar de la buena labor interpretativa de ambos, la película se ve altamente afectada por la falta de química, ya que entre ellos jamás se establece esa simbiosis necesaria para que una historia de amor (mínimamente interesante) funcione en pantalla.

Entre tanta ñoñería y edulcoramiento, por suerte no deja arrinconado del todo el chascarrillo sobre la introducción del salmón en el Yemen. De hecho, gracias a sus mínimas pinceladas sarcásticas y a la astracanada construcción que de la perversa política de turno hace una espléndida Kristin Scott Thomas, la cinta más o menos se va soportando. Pero juega tanto al límite con la alucinada idea salmonera que, finalmente, se le escapa de las manos y, lo que parecía todo un canto ecológico, se convierte en un peligroso alegato en contra de la naturaleza.

Hay ocasiones, como en este caso, en que me cuesta entender la popularidad que alcanzan ciertos títulos que no ofrecen nada nuevo al espectador. Más previsible y aburrida, imposible.

1.6.12

EN RESUMIDAS CUENTAS: Espía cómo puedas

La Sombra de la Traición, rimbombante y alucinada traducción del original The Double, se trata de un film, tal y como indica su título español, igual de soso e impersonal que cantidad de productos anteriores con títulos similares. El debut tras la cámara de Michael Brandt -guionista, entre otros, de El Tren de las 3:10 y Wanted- no podía ser más decepcionante. Espionaje de tres al cuarto al servicio de una intriga sin magnetismo alguno.

Píllenme a un ex agente de la CIA canoso, reclamado de nuevo por la Agencia, y a un jovencito al servicio del FBI. Mézclenlos, enfréntelos y agítenlos para la consecución de una nueva buddy movie sobre el mundo de los espías. Añádanle una misión de lo más tópico, como la de dar caza a un tal Cassius, nombre en clave de un antiguo asesino soviético que ha vuelto a las andadas tras varios años de inactividad, al igual que le sucede al canoso ex agente de la CIA a quien, por cierto, se le considera toda una autoridad en cuanto a modos y maneras sobre el buscado criminal.

La falta casi total de pulso narrativo y una sorpresa argumental (bastante cantada, por cierto) a los quince minutos de proyección, hace aún más insubstancial todo cuanto ocurre a partir de ese momento. Película previsible y de connotaciones televisivas, con giro de guión (bastante fuera de tono e innecesario) en su recta final, justo cuando el respetable empieza a estar hasta las narices de las canas todoterreno de Richard Gere, de la inexpresividad de su compañero (Topher Grace) y de soportar por enésima vez a Martin Sheen dando vida a un alto cargo de la CIA.

Otra de espías, pero mucho más atractiva y trepidante, es El Invitado, una enérgica y adrenalínica propuesta de Daniel Espinosa que ya lleva (merecidamente) varías semanas en cartel. Denzel Washington es su principal protagonista quien, reconvertido para la ocasión en un ex agente gubernamental metido a traficante de información, pondrá en jaque a la mismísima CIA a partir de la masacre sucedida en un piso franco que la Agencia poseía en Ciudad del Cabo; masacre en la que están involucrados él, un grupo de mercenarios y el novato agente encargado de la custodia del piso.

El Invitado es puro espectáculo. Un entretenimiento total con su dosis pertinente de crítica a la CIA, una institución que ya es habitual verla convertida en blanco de las iras de muchos directores y guionistas. De hecho, la película no es más que un velado homenaje (sobre todo en su parte final) a Los Tres Días del Cóndor, uno de los títulos emblemáticos de la filmografía de Sydney Pollack, pero en versión trepidante, a lo bruto, sin delicadezas, siempre a medio camino entre el cine de Tony Scott y de las vibrantes persecuciones y luchas del amnésico Bourne de Paul Greengrass.

Washington peina mucho mejor las canas que Richard Gere y, a pesar de denotar cierta edad y de la dualidad moral que ronda a su personaje, aún sigue dando el pego como héroe de acción. Y atención a su partenaire en pantalla: el nada despreciable y cada vez más afianzado Ryan Reynolds, así como a la fuerte presencia (siempre de agradecer) de un montón de secundarios de una categoría incuestionable: Brendan Gleeson, Vera Farmiga, Sam Shepard y, de propina, el único e incomparable Ruben Blades.

Personalmente, con El Invitado me lo pasé pipa. Hasta me gustó ese descontrol (controladísimo) en el montaje de sus innumerables escenas de acción.

27.5.12

EN RESUMIDAS CUENTAS: Fantasmadas

Nick Murphy, un director criado en el medio televisivo, debuta con su primer largometraje para la gran pantalla con La Maldición de Rookford, una cinta que intenta recuperar el terror gótico a través de una historia de fantasmas al uso. O sea, una mezcla, no muy bien acabada, que roba ideas de un montón de cintas clásicas del género sin saberlas insertar debidamente en su propuesta.

El film se centra en la figura de Florence Cathcart, una joven especializada en cazar a embaucadores que aseguran contactar con espíritus del Más Allá, tal y como hacía el personaje principal de la reciente Luces Rojas, el último trabajo de Rodrigo Cortés. En este caso, la muchacha protagonista viajará hasta un orfanato en plena campiña inglesa en donde dicen se pasea el fantasma de un niño muerto en el pasado en extrañas circunstancias. ¿Verdad o mentira? Ella, con su raciocinio y la ayuda de diverso material científico, intentará desvelar que se esconde tras la figura del espectro.

La Maldición de Rookford se muestra hábil a la hora de crear una atmósfera tensa y misteriosa, así como en la presentación de sus personajes, aunque patina estruendosamente en su desmadrada y nada bien resuelta recta final, momento en el que el realizador pierde totalmente los papeles y se deja llevar por un cúmulo de despropósitos a cual mayor. Suerte que, para paliar ese descontrol y en la piel de la tal Florence, se encuentra Rebecca Hall, una actriz modélica capaz de llevar a buen puerto un rol tan poco atractivo (y tópico) como el que le ha caído en desgracia.

Otro que se acerca a ambientes góticos y espectrales con La Mujer de Negro es el británico James Watkins, el mismo de la prometedora Eden Lake, una cinta vista el 2008 en el Festival de Sitges y nunca estrenada en España en salas comerciales. La mítica casa Hammer ampara su nuevo trabajo; una productora que, desde su renacimiento, aún no ha encontrado un producto digno que le acerque a sus años de gloria. De hecho, la película propuesta queda a años luz de sus films más notorios y emblemáticos.

La Mujer de Negro narra las vicisitudes por las que pasará Arthur Kipps, un joven padre, abogado y viudo, cuando, por cuestiones de trabajo y alejándose de su domicilio, tenga que tramitar todo el papeleo para poner en venta una vieja mansión situada en una remota y pequeña población tras la muerte de su propietaria; una vivienda sobre la que pesan un montón de leyendas y supersticiones que han afectado directamente las vidas de sus lugareños y, en concreto, las de sus hijos.

Tal y como sucedía con La Maldición de Rookford, la cinta de Watkins recurre a los típicos y tópicos del género, pero aún de manera más burda y mostrándose totalmente incapaz de crear una atmósfera mínimamente tensa. Truculenta al cien por cien, mantiene el empeño de asustar al espectador a golpe de efectos sonoros, creando así un montón de falsos “sustos” para compensar la falta de un buen relato en el que apoyarse.

Y es que, entre tanta inconsistencia argumental y técnica, a la película sólo le faltaba la insustancial presencia de Daniel Radcliffe quien, alejado de la piel del niñato Harry Potter, sólo hace que demostrar las pocas dotes interpretativas que posee, haciendo de su protagonista un personaje ciertamente indigerible. Que pena da ver a su lado, y metido en un producto tan poco atractivo como éste, a un actorazo como Ciarán Hinds.

22.5.12

La buena educación

La huelga en el sector de la enseñanza durante el día de hoy invita, directamente, a darle un vistazo a Profesor Lazhar, una excelente cinta canadiense que se coló en la última ceremonia de los Oscar al ser nominada como mejor película de habla no inglesa. Su director, Philippe Falardeau, habla de la educación de nuestros pequeños, de las reacciones de éstos frente a la muerte, de las relaciones entre maestros y alumnos y, al mismo tiempo, sobre el sentimiento de culpabilidad y del derecho como inmigrante a vivir con dignidad en un país extranjero. De todo un poco, vaya, pero de forma perfecta y bien ensamblado.

Profesor Lazhar parte de una premisa argumental ciertamente contundente y triste: el suicidio de una maestra en una de las aulas de un centro escolar de Montreal; todo un mazazo para los estudiantes y el resto del personal docente. La llegada de un nuevo profesor para sustituir a la maestra desaparecida cambiará el modo de ver y entender la vida de sus alumnos, un grupo de niños entre los 9 y 12 años de edad. Bachir Lazhar, el hombre contratado, es un tipo solitario, de buen corazón y, según cuenta, con una larga experiencia como educador en un colegio de su país natal, Argelia.

Falardeau centra su mirada, principalmente, en la relación que se establece entre Lazhar y una de sus alumnas, la pequeña Alice, una niña espabilada aunque muy tocada por la muerte de su profesora. Ella aprenderá de él y él aprenderá de ella. Así, entre los dos, lograrán cambiar los hábitos de una clase que parecía abocada a un curso totalmente funesto. Para ello, el realizador mima con delicadeza a sus personajes principales, al tiempo que juega con los sentimientos del espectador, siempre de forma natural y sin truculencias narrativas en pos de la lágrima fácil.

Tras esa química indisoluble que se crea entre maestro y aprendiz existen un par de aspectos determinantes: las magníficas e irreprochables interpretaciones de sus dos actores. Por un lado Mohamed Fellag, ese recién llegado a la escuela que entre sus sentimientos esconde una tragedia del pasado y, por el otro, la jovencita Sophie Nélisse quien, con la naturalidad que aporta, hace del suyo un personaje entrañable: el de una niña que madura de golpe y porrazo ante un suceso totalmente inexplicable para ella.

Acérquense a Profesor Lazhar y disfruten de un melodrama narrado sin aspavientos ni exageraciones y, ante todo, tómenselo como lo que es: un loable canto de amor a la vida, a la integración cultural y racial, a los profesionales de la educación y a una forma de entender el sistema educativo. Y mientras, aquí, en España, nuestros gobernantes dinamitándolo, obcecados en hacerlo retroceder hasta límites inenarrables.

18.5.12

Vampiro bajo mínimos

Con Sombras Tenebrosas Tim Burton sigue varado en su cine de siempre, aunque bajo mínimos, sin inspiración. Las intenciones son buenas, su look visual sigue siendo excelente, pero la sustancia que ofrece es de una calidad bajísima. Cuatro gags graciosos y un sinfín de guiños cinéfilos (y musicales) un tanto forzados, es lo poco que nos ofrece esta adaptación cinematográfica de una vieja serie norteamericana de Dan Curtis jamás vista en España.

Johnny Depp (¿quién sino tratándose de una película de Burton?) es Barnabas Collins, un vampiro de lo más gótico que se ha pasado dos siglos durmiendo bajo tierra para despertar en plena década de los 70. Alrededor suyo y de los disfuncionales integrantes de su familia actual, gira una historia construida a base de pequeñas anécdotas y chistecillos. Su base argumental es prácticamente inexistente y su máxima intriga -para mantener atento al espectador- se acoda en el enfrentamiento del protagonista con la pérfida y macizorra bruja que en el pasado le convirtió en chupasangre.

La brillante e inteligente adaptación de Sweeney Todd de Somdheim significó un oasis creativo en medio de infumables planetas de los simios, casas de chocolate irritantes o insufribles Alicias adolescentes. Sin ser tan patética como sus antecedentes más recientes, Sombras Tenebrosas se convierte en la clara y palpable demostración de que Tim Burton ha quedado encallado en su propio cine; una especie de autocaricatura que se alimenta de lo más granado de su filmografía: un mucho de Bitelchus, un poquito de Eduardo Manostijeras, unas gotas a lo Sleepy Hollow y un par de detalles agamberrados al más puro estilo Mars Attacks.

No hay nada nuevo que le otorgue cierta personalidad a este trabajo, ni siquiera a través del rostro de una Michelle Pfeiffer alejada de esa Catwoman sensual del segundo Batman timburtoniano. Más y más de lo de siempre: Johnny Depp repite en su cine por enésima vez, aunque en esta ocasión un tanto achaparrado y cuellicorto; la Bonham Carter (como fiel compañera) tampoco podía faltar y, ocupando el lugar del desaparecido Vincent Price, un Christopher Lee del que todos echan mano en los últimos años cuando se trata de homenajear al género fantástico.

Tras el verano llegará Frankenweenie, la trasposición al largometraje de su fantástico cortometraje animado de 1984. La cosa promete. El problema es que cada día creo menos en Tim Burton. ¿Remontará o se quedará encallado? La solución el próximo octubre.

16.5.12

La decadencia de Peter Pan

Tras Il Divo, el director napolitano Paolo Sorrentino regresa con una nueva película, Un Lugar Donde Quedarse, idéntico titulo en español que el último e interesante film de Sam Mendes estrenado en el 2009. Y, al igual que en el de Mendes, el del realizador italiano también discurre bajo las coordenadas de una road movie.

Un Lugar Donde Quedarse se centra en la figura de Cheyenne, un viejo y decaente rockero ya jubilado que vive anclado en el pasado. Un tipo extraño, toda una rara avis: aún conserva la misma estética gótica ochentera con la que lideraba su banda sobre los escenarios. Su universo actual se limita a su sufrida esposa y a la hermana de un fan suyo que desapareció de la faz de la tierra sin dejar rastro alguno. La muerte de su padre en Nueva York le obligará a iniciar un viaje iniciático que le llevará a reencontrase consigo mismo al tiempo que decide dar caza al nonagenario nazi que torturó a su padre en un campo de concentración.

Sean Penn es Cheyenne; un Penn que, en un principio y debido a la sorpresa inicial que provoca su look, resulta hasta divertido pero que, a medida que avanza la historia, termina por provocar cierto repelús en el espectador. Su personaje es patético y de reacciones lentas, al igual que el pasmoso ritmo narrativo impuesto por Sorrentino; un ritmo que no conduce absolutamente a ningún parte, a pesar de que el amigo Cheyenne, a bordo de una furgoneta, se recorra buena parte de los EE.UU.

Tragicomedia, melodrama, comedia, musical y unas gotitas de thriller de andar por casa. Un poco de todo al servicio (casí único) de un Sean Penn alucinado y peterpanesco que ronda el histrionismo en cada una de sus escenas. No hay más en este ejercicio (pedantillo) sobre busquedas existenciales y melodías a lo Talking Head. De hecho, David Byrne (con cameo incluido) es el compositor de su banda sonora; una música brillante que, junto a la aparición de un Harry Dean Stanton envejecidísimo, se convierte en lo mejor de un film tan innecesario como (a pesar de sus pretensiones) vacío y lleno de simbologías de baratillo (la del cigarrillo final es de juzgado de guardia).

Últimamente el cine gafapastoso me aburre un montón. Será que dejé de medicarme hace tiempo.