1.1.14

Recapitulando (y II): Lo más peor del 2013

Hoy toca empezar el 2014 con lo peor de la cosecha cinematográfica del 2013. Voy directo al grano. Y, como siempre, de lo peor a lo más peor: del 10 al 1.

10.- Elysium. Con este film, el sudafricano Neill Blomkamp, ha querido repetir el éxito conseguido hace 4 años con su estimulante y original District 9. De hecho, se trata igualmente de otro producto de ciencia ficción, ambientado también en una sociedad futurista en donde los pobres viven en pésimas condiciones sobre la faz de la Tierra, mientras que los millonarios se han montado un lujoso planeta artificial, en una estación espacial, denominado Elysium. La idea genérica tiene su gracia, pero la cosa ya empieza perdidísima: repite constantes (aquí ya desgastadas) de su trabajo anterior y se ampara en un guión tan ridículo como poco creíble, de esos que se atragantan a cada nueva escena. Matt Damon hace lo que puede (o sea, poquita cosa), mientras que Jodie Foster da vida, de forma alarmantemente patética, a una malvada de tebeo barato. Para mear y no echar gota.


9.- El Atlas de las Nubes. Un collage deslavazado y con pretensiones filosóficas de tres al cuarto, urdido a tres manos (¿o serán seis?) por los inventores del dichoso Matrix (Andy y Lana Wachowski) y Tom Tykwer, el de El Perfume. Una empanada mental, de casi tres hinchadísimas horas de proyección, que indaga en las causas y efectos futuros para toda la Humanidad de las acciones individuales. Seis son las historias por las que se mueven los tres directores; seis fabulas que van alternándose de manera aleatoria a lo largo de su dilatado metraje, un tanto sin orden ni concierto y con mínimos puntos confluentes, desde el siglo XIX al XXIV, del esclavismo a un futuro desolador, pasando por un presente marcado por las fuentes energéticas y en donde sus protagonistas principales (patéticos Tom Hanks y Halle Berry, entre otros muchos) dan vida, cada uno de ellos, a más de media docena de personajes distintos, a veces a través de un trabajo de maquillaje modélico y, otras, de una forma bastante ridícula y acartonada. Un cansino baile de máscaras ciertamente agotador y grotesco. Tanto director para un desaguisado presuntuoso y de envergadura faraónica: querían un film de culto y se ha quedado en una bronca de mucho cuidado.


8.- Bestias del Sur Salvaje. Disfrazada de alegoría poética y plagada de simbolismos, la ópera prima del neoyorquino Benh Zeitlin se acerca a los miedos infantiles de la pequeña Hushpuppy, una niñita de 6 años que malvive, junto a su padre y sus vecinos, en una olvidada comunidad de una zona pantanosa cercana al Mississippi. La idea, en un principio, es buena: explora el mundo de la pobreza y, al mismo tiempo, intenta esbozar un comprometido canto ecológico, pero su narrativa, a golpe de numerosas segundas lecturas y metáforas, acaba resultando de lo más indigesto e irrisorio, amén de pedante. Por si no tuviera suficiente con tantas alegorías, se dedica a marear al espectador con la utilización de un director de fotografía tocado de Parkinson quien, cámara en mano y sin ton ni son, se dedica a seguir las desventuras de la cría protagonista mediante un sinfín de vaivenes tremulosos ciertamente molestos. Para visionar llevando unas cuantas biodraminas en el bolsillo.


7.- To The Wonder. No teniendo suficiente con el peñazo de El Árbol de la Vida, Terrence Malik se saca de la manga una especie de suplemento a tal innombrable film para volver a explorar en las relaciones de pareja y, ante todo, a divulgar, pese a quien pese y a voz en grito, que Dios existe. Una nueva tortura cinematográfica, de tratamiento fotográfico similar al de un inacabable spot publicitario y que, a pesar de tratarse de una especie de culebrón televisivo barato, sabe disfrazarlo de falsa trascendencia para que los cuatro contados entusiastas de su obra le aplaudan a rabiar. Prácticamente sin diálogos, la cinta se apoya en una serie de imágenes fragmentadas (¡cinco montadores ha necesitado el muy soberbio!) adornadas por las voces en off de la mayoría de sus protagonistas: pensamientos y divagaciones de una petulancia que, por su insistencia, llegan a rozar el ridículo. Un inaguantable y vanidoso sermón cinematográfico. Lo que les digo: una mierda pinchada en un palo.


6.- Oblivion. Dirigida por Joseph Kosinski, se trata de un trabajo pretencioso, lleno de numerosas concesiones a la taquilla, que, en el fondo, no es más que otro descarado producto para potenciar la figura de su protagonista principal, Tom Cruise, todo un experto en robar planos a sus compañeros de profesión. Las intenciones del film, claramente futurista, en un principio son buenas. Pero no pasa de las intenciones. Pretende recuperar el espíritu más clásico del género homenajeando a títulos punteros del mismo, pero se pierde en un maremágnum de lagunas y episodios en nada clarificadores, convirtiendo la historia planteada en una losa (a menudo indescifrable e ilógica) para el espectador. La historia que plantea se apoya en un guión enmarañado y pésimamente plasmado, con lo cual lo único que consigue es que no avance en sentido alguno. Un producto fallido, aburrido y torpemente abultado. A años luz de los grandes clásicos de la ciencia-ficción a los que pretende acercarse.


5.- Los Amantes Pasajeros. Pedro Almodóvar ha intentado un retorno a la comedia “loca” y “popera” que tan bien le funcionó en los 80, pero los tiempos han cambiado y su teórica irreverencia ya no es ni fresca ni inspirada. Una sátira forzada, sin gracia alguna y alarmantemente amariconada, sobre los films de tragedias aéreas. Llena de personajes e historias estereotipadas, lo único que en realidad le interesa al director manchego es potenciar al máximo al trío de azafatos “locuelos” encargado de la clase VIP de un avión: tres mariconas que parecen escapadas de esas comedias cutronas con las que Ozores y similares nos castigaban en los 70, aunque muy pasados de rosca, hablando sin parar de nabos y pollas y cuya cumbre escénica se localiza en la insoportable coreografía del tema I’m So Excited de las Pointers Sisters. Ese desmadre obsceno que en Pepi, Luci y Bom tenía gracia debido a su carácter transgresor, repetido treinta años después resulta patético, extremadamente falso y decadente. Soporífera, monótona, sin (puta) gracia y sin un guión mínimamente coherente. Una burla total, sin sentido, construida a golpe de rabos y culos. Con Almodóvar hemos topado.


4.- Sólo Dios Perdona. Tras el éxito de Drive, Nicolas Winding Refn vuelve a contar con Ryan Gosling como protagonista quien, en esta ocasión y en consonancia con la película, hace alarde de una interpretación de lo más cargante e inexpresiva. Dotada de una cuidadísima y rojiza fotografía, el film, salpicado con pasajes de violencia extrema, está narrado con una lentitud exasperante y, a pesar de las intenciones de su realizador por urdir un producto complejo, se trata de un trabajo de los más simple: no es más que el reflejo de una venganza (de las de toda la vida) complicada con retazos pretenciosos de gran cine de autor. Ni siquiera la presencia de una sobreactuadísima Kristin Scott Thomas logra hacer olvidar la pedantería que destila su metraje. Sexo, violencia, impotencia y cobardía: las cuatro claves básicas de un film que, a pesar de su opulencia visual y descriptiva, dejan claro la petulancia que se esconde tras su creador. Y es que no hay nada peor que querer ser David Lynch sin ser David Lynch. Un trabajo sin término medio: o se le ama o se le odia. Personalmente, me apunto a la segunda opción. Y es que empiezo a sospechar que su anterior película se la hizo otro.


3.- El Muerto y Ser Feliz. Javier Rebollo nos ha vuelto a ofrecer un bollo; un bollo total y absoluto. Un producto ofensivo, de esos que hacen las delicias de los gafapastas y que, en realidad, aburren hasta a las musarañas. Una historia absurda, lenta y monótona que, disfrazada de road-movie, amaga todo un festival de pedanterías sin parangón. Protagonizada por un esforzado José Sacristán (lo mejor del invento, sin discusión alguna) y dotada de un guión minimalista, pretende narrar las aventuras y desventuras (eso de “aventuras” es un decir) de un asesino profesional que, tras serle diagnosticada una enfermedad terminal, emprende su último viaje por carretera en compañía de una mujer a la que recoge por el camino. Sin prácticamente diálogos, la cosa se apoya en un par cansinas y absurdas voces en off que, de manera tediosa, machacan los oídos del espectador. Una rebollada de envergadura.


2.- The Master. Paul Thomas Anderson, con su engreimiento, tienes ganas de competir directamente por el título de “broncas” con el amigo Terrence Malik. Tras  la insoportable Pozos de Ambición, ahora nos la ha colado con su nueva cinta, un trabajo igualmente insufrible que sigue idénticos derroteros que los citados pozos. Ambientada en la Norteamérica de los años 50, justo al terminar la 2ª. Guerra Mundial y a través de un dilatadísimo, reiterativo y agotador metraje, narra la relación de amor y odio que se establece entre dos personajes de lo más esperpéntico: un antiguo combatiente alcoholizado (un histriónico y encorvado Joaquin Phoenix) y un profeta sectario dispuesto a embaucar al personal con su nueva religión (Philip Seymour Hoffman, que siempre está bien aunque interpretando a una boñiga). Al realizador le encanta colgarse en interminables planos y en situaciones tan imprescindibles como redundantes, absurdas e incluso vacías, que muy poco aportan a la película. El hombre persiste en su empeño por potenciar ese minimalismo -tanto narrativo como visual y musical-  con el que ya nos castigara en su anterior film: con la etiqueda de "pedantillo" a cuestas y bajo ese disfraz de “autor” que tanto le gusta exhibir, se dedica a engatusar a sus seguidores con su apelmazada doctrina, al igual que hace el líder espiritual de su película con sus adeptos. Odio que me tomen el pelo a golpe de falsas coartadas intelectuales.


1.- La Gran Belleza. Paolo Sorrentino nos castiga con una de las mayores petulancias de la temporada. Claramente influenciada (o, mejor dicho, copiada) por la obra de Federico Fellini, Sorrentino se plantea un retrato de la Roma actual a medio camino del Fellini 8 ½, La Dolce Vita y Roma. Aparte de la brillantez con la que Toni Servillo asume el protagonismo principal, de la espléndida fotografía de Luca Bigazzi o de la efectiva (aunque repetitiva) partitura musical compuesta por Lele Marchitelli, no busquen nada más en esta cinta. Ni siquiera un mínimo de coherencia argumental, pues la historia navega entre sus alardes de postal turística romana, los pensamientos de su personaje principal -un escritor cincuentón, insolente y snob que vive de la fama obtenida de su única novela publicada veinte años atrás- y el incesante e insustancial desfile de numerosos seres fellinianos. La nada más absoluta. 142 interminables minutos al servicio de una de las mayores tomaduras de pelo del cine italiano actual que, de forma sorprendente, en los recientes Premios del Cine Europeo, obtuvo los galardones de Mejor Película y Mejor Director del 2013. Presuntuosa y cansina: de juzgado de guardia. Para aburrir el cine de por vida.



¡Que tengan un feliz 2014! Nos leemos después de Reyes.

30.12.13

Recapitulando (I): Lo más mejor del 2013

Se acaba el 2013 y, al igual que cada año por estas fechas, es el momento de recapitular y dejar constancia de los que han sido, a mí gusto, los diez mejores títulos de la temporada cinematográfica. Inevitablemente, algunas películas han quedado fuera de la lista. Así, por ejemplo, excelentes cintas como Searching For Sugar Man, La Noche Más Oscura o Prisioneros, se han quedado en la reserva.

Sin más dilación, las 10 mejores del año. Y, como siempre, de menor a mayor relevancia. O sea, del 10 al 1.

10.- Expediente Warren. Una original y, al mismo tiempo, muy clásica manera de enfrentarse a uno de los argumentos más manidos del cine fantástico: el de las casas embrujadas. Con este film, James Wan (el mismo de Saw), consigue el trabajo más redondo y compacto de su carrera. Basándose en un caso (en teoría) real sucedido durante la década de los 70, muestra la forma en que un matrimonio de demonólogos se enfrentó al exorcismo de una granja poseída por el demonio a petición de los integrantes de una familia recién instalada en el lugar. Una historia, típica y tópica, a la que el realizador se acerca de forma inteligente y efectiva. Plagada de guiños al género y dotada de una excelente recreación de la época, la película entretiene y asusta por partes iguales. Un divertimento en estado puro. Para disfrutar al cien por cien y sin complejos de ningún tipo.


9.- A Puerta Fría. Tras haber indagado en el mundo de las relaciones laborales en Bienvenido a Farewell-Gutmann, el barcelonés Xavi Puebla se instala en el interior de un hotel de Sevilla y, aprovechando una feria de vendedores del sector del electrodoméstico, vuelve a arremeter con saña contra el mundo laboral. La inseguridad, el miedo al despido y la quemazón de tantos años sirviendo a una misma empresa, quedan perfectamente retratados por la cámara de Puebla. Trabajar contrarreloj y con la espada de Damocles sobre la cabeza, nunca es sano. Y menos cuando el asalariado recibe un ultimátum para no verse de patitas en la calle. Todo vale para seguir a flote. Nada que envidiar a un excelente film de características similares: Glengarry Glen Ross. Ciertamente estremecedor y, de propina, con un par de excelentes interpretaciones, las de Antonio Dechent y María Valverde: ambos están que se salen: incluso se comen con patatas a un desangelado Nick Nolte, el invitado especial.


8.- Capitán Phillips. Paul Greengrass recrea, con brillantez, el caso real del secuestro, por parte de un grupo de piratas somalís, del carguero norteamericano Maersk Alabama.  Y lo hace fiel a su estilo: cámara en mano, montaje sincopado y ritmo trepidante; una cadencia narrativa acelerada que no deja respiro al espectador. Detrás de la imagen, hay que destacar un valioso trabajo de documentación capaz de generar un guión inteligente, cargado de suspense y muy cercano al docudrama. Rehúye cualquier tipo de trampa descriptiva y, en todo momento, evita caer en el manido recurso de conseguir la lágrima fácil del espectador. Un film intenso y vibrante que, además, cuenta con la presencia de un Tom Hanks excepcional quien, en los últimos cinco minutos de proyección, nos obsequia con una magistral lección de interpretación. Para sacarse el sombrero.


7.- El Último Concierto. Yaron Zilberman retrata las relaciones existentes entre los cuatro integrantes de La Fuga, un cuarteto musical de cuerda que lleva 25 años recorriendo los escenarios con sus conciertos. Tres hombres y una mujer. El Alzheimer podría desmoronar lo que, a primera vista, parecía una formación modélica. Por detrás, un festival de recelos, ambiciones, enfrentamientos y envidias de todo tipo. De narración calmada y guión tan afinado como las notas de la música clásica por la que se deja arropar, se trata de un trabajo sobrio capaz de diseccionar los rincones más débiles del ser humano. Zilberman se muestra frío y distante con sus personajes y, a pesar de ello, consigue emocionar sin recurrir a truculencias lacrimógenas, cerrando su historia con un magistral final en donde la música se convierte en su principal y único protagonista. Los ejecutores más visibles de una obra de tanta envergadura sensitiva son Christopher Walken, Philip Seymour Hoffman, Catherine Keener y Mark Ivanir: un cuarteto de excepción. Una pequeña joya en bruto, llena de sentimientos enfrentados y gigantescas interpretaciones.


6.- Gravity. Con sólo dos actores -una efectiva Sandra Bullock y un episódico George Clooney-, Alfonso Cuarón nos ofrece su mejor trabajo después de la compacta Hijos de los Hombres. A pesar de la insistencia de muchos en compararla (erróneamente) con 2001: Una Odisea del Espacio, el realizador mejicano se embarca en una aventura espacial que muy poco tiene que ver con el mítico título de Stanley Kubrick. Ciencia ficción con más realismo a bordo que ficción. Una historia de supervivencia, pura y dura. La cinta arranca durante los trabajos de mantenimiento de un transbordador espacial por parte de los tripulantes del mismo. Un inesperado accidente dejará a dos de ellos, en pleno espacio, solos y a la deriva. Ella es una ingeniera en su primer vuelo; él, un astronauta veterano en su última salida antes de retirarse. La tragedia sólo acaba de empezar. La lucha por seguir con vida parece un imposible. Y más cuando todo empieza a torcerse hacia derroteros ciertamente preocupantes. La Bullock por fin demuestra que es una buena actriz; de hecho, ella solita carga con casi todo el peso de su magnético metraje, ya que el Clooney sólo pasa accidentalmente por ahí. Bueno... ella y el 3D; un 3D que, en manos de Cuarón, se amolda perfectamente a las intenciones del film.


5.- Blue Jasmine. Con claras reminiscencias a lo Un Tranvía Llamado Deseo, Woody Allen parece olvidarse de su gris etapa europea y, desde su país natal, nos regala una de sus mejores obras. Comparable en intenciones y acidez a Delitos y Faltas, el realizador neoyorquino entra a saco en el retrato de Jasmine (aka Jeanette), una mujer al límite, a un punto de la locura, que quiere empezar una nueva vida, aunque sin renunciar por ello a los placeres y lujos de los que se había rodeado hasta el momento. Ambientada en plena crisis mundial y contando con una Cate Blanchett excepcional, capaz de llevar su papel hasta extremos increíbles sin perder jamás la compostura, la cinta navega entre el melodrama y la comedia; una comedia, de todos modos, cargada de una mala leche supina. Una montaña rusa de sentimientos y sorpresas, llena de diálogos y situaciones inteligentes, al tiempo que dotada de una elegante sensibilidad a la hora de trazar uno de los mejores personajes femeninos de su dilatada filmografía. Y es que quien tuvo, retuvo.


4.- Django Desencadenado. La venganza, al igual que en Kill Bill, vuelve a ser el tema central en un film de Quentin Tarantino; una venganza que se mezcla con una ácida crítica a la época del esclavismo y las plantaciones de algodón en el sur de los EE.UU. Para ello, urde una trama sencilla y efectiva. Divide la película en dos claras mitades: en la primera, se acerca al trabajo de dos cazadores de recompensas y, en la segunda, a partir de la aparición del malvado personaje al que da vida un contundente Leonardo DiCaprio, se adentra en el núcleo de la revancha. Su guión destila cinismo y sentido del humor (con guiño incluido al universo de los Monty Python), siguiendo fiel a sus particulares diálogos y a ese toque de violencia que, de tan exagerado, resulta perversamente divertido. Un nuevo homenaje del realizador al cine más popular, a ese cine de barrio que, entre otras muchas cosas, hizo grande un género como el del spaghetti western al que claramente reivindica en esta ocasión. Qué bien se le da a este hombre eso de reciclar géneros referenciales: les lava la cara, los pule y los potencia a la máxima expresión. Y además, entretiene.


3.- La Mejor Oferta. Giuseppe Tornatore, a través de un melodrama con aspecto de thriller enigmático, afronta el retrato de un personaje atípico: un agente de subastas caracterizado por su asumida soledad y sus numerosas excentricidades. Y lo hace con la complicidad de un gran Geoffrey Rush, el actor que da vida a su extravagante protagonista y que, a través de una sobriedad incuestionable, compone a una figura conflictiva sin caer en el más mínimo de los histrionismos. Una historia de amor, un misterio inquietante. Lo de menos, es la intriga que propone; tanto da que sus giros de guión no lleguen a sorprender del todo al espectador. Lo que de verdad importa y engancha es su lento, minucioso e imparable crescendo narrativo y la genuina manera de aproximarse a la imagen de un tipo estrambótico atrapado por su amor al arte y por el amor que siente hacia una chica enfermiza, misteriosa y agorafóbica. Todo un festival Geoffrey Rush al servicio de una historia magnética y perfectamente contada. Una orgía visual capaz de desencadenar sentimientos inusuales.


2.- Vivir Es Fácil Con Los Ojos Cerrados. David Trueba nos obsequia con uno de sus films más redondos y atractivos. Con la nostalgia como base, introduce al espectador en una muy peculiar road-movie en la que involucra a un desencantado maestro de escuela cuarentón y a dos jóvenes con propósitos muy distintos. Ambientada en los años 60 en una España gris tocada por la dictadura franquista (esa España que tanto anhelan ahora los pepistas), se trata de un trabajo optimista que, sin embargo, también es capaz de retratar, de forma muy veraz, la tristeza de un país asfixiado. En su historia, se mezclan varios personajes en busca de una salida a sus respectivas vidas, ya sea a través del universo mediático de The Beatles (y, en concreto, de la figura de John Lennon) o a través del propio cine como fábrica de sueños. Una cinta agridulce, perfectamente delineada, capaz de ensamblar a la perfección el melodrama con la comedia y de afrontar el desconsuelo de sus personajes principales desde un prisma esperanzador: la cuestión es buscar esa libertad que se les negaba en esa piel de toro de charanga y pandereta. Y es que son tantas y diversas las sensaciones que transmite que resulta imposible resistirse a la melancolía. De visión obligatoria.


1.- La Caza. Un film compacto y duro que, partiendo del falso testimonio de una niña, se adentra en un estado de histeria colectiva y en la estigmatización de un hombre inocente. Dirige, con mano firme, Thomas Vinterberg, el mismo de la espléndida Celebración y la asfixiante Submarino. La película, ambientada en un cerrado ambiente rural, indaga en la impotencia de un falso culpable que, por culpa de una infamia, verá mancillado su honor: de la honestidad a la pederastia en cuestión de segundos. Dura, fría, contundente y dotada de diálogos y pasajes ciertamente inteligentes y sobrecogedoras. Una obra de una crudeza inusitada, capaz de plasmar en imágenes la transformación de una comunidad aparentemente plácida en una descarnada jauría humana. Y, de propina, con el aliciente de poder disfrutar del trabajo de Mads Mikkelsen, uno de los mejores actores del panorama actual. Como diría mi amigo Carlos Pumares: “para ver en reclinatorio”.


En el próximo post, lo peor del 2013.

22.12.13

¿Real como la vida misma?


Con Gente en Sitios, Juan Cavestany vuelve al peculiar modo de filmar con el que se enfrentó a Dispongo de Barcos, su largometraje anterior: prácticamente sin presupuesto y contando con la colaboración desinteresada de un grupo de actores de lo más granado y pintoresco, dispuestos a echarle una mano a un cineasta inquieto que logra sorprender, entreteniendo, con su nuevo experimento cinematográfico.

Cámara (de vídeo) en mano y dejando a un lado cualquier tipo de linealidad argumental, nos propone un collage caleidoscópico compuesto de numerosos fragmentos independientes capaces de retratar aquello que ya avanza su explícito título; o sea: gente en sitios. Gente en la calle, en bares, en casa, en el trabajo. Gente paseando, amando, despreciando, sufriendo. Gente enferma, sana, encabronada, alegre. Gente que come, que duerme, que sueña, que tiene miedo... En definitiva, gente para todos los gustos y colores.


Gente en Sitios los es todo y no es nada: un cúmulo de sensaciones extrañas en donde no existe un denominador común. La película de Cavestany es surrealista y, al mismo tiempo, real como la vida misma. Hace reír y pensar y, a veces, hasta resulta inquietante. El absurdo, el minimalismo y la realidad conforman un ente estrambótico que tanto hace soltar carcajadas como pone la piel de gallina. No hay término medio; tan sólo la malsana intención de mostrar a gente en sitios, aunque se trate de gente de mala calidad.

Gente con los rostros, entre otros muchos, de Ernesto Alterio, Carlos Areces, Raúl Arévalo, Antonio de la Torre, Maribel Verdú, Eduard Fernàndez, Silvia Marsó o Santiago Segura. Gente en sitios con caras conocidas, populares; fisonomías de las de toda una vida, de las que resultan familiares y que, a pesar de haber trabajado tan sólo por amor al arte, echan toda su carne al asador. Gente espléndida... y en sitios.


No busquen en ella ni una obra maestra ni una gran película. Confórmense con la PELÍCULA, así, en mayúsculas. Una película sabia, capaz de enseñarles a andar, a beber y hasta a dormir. Sencillamente, una rareza que difícilmente les vaya a dejar indiferentes.

18.12.13

A años luz de Mandingo


Tras la controvertida y hermética Shame, el realizador londinense de color Steve McQueen regresa con una nueva película, la tercera de su filmografía: 12 Años de Esclavitud, un trabajo mucho más abierto al gran público que el anterior y que, al igual que Tarantino con su memorable Django Desencadenado, se aproxima al tema de la esclavitud, aunque de una forma menos distendida y "teóricamente" más profunda que la del artífice de Pulp Fiction.

El tal McQueen, sabedor de que se está convirtiendo a pasos acelerados en un cineasta de culto, se ha enfrentado a la adaptación cinematográfica de la novela homónima y biográfica de Solomon Northup a través una narración sosegada, llena de escenas en las que no ocurre absolutamente nada y de planos secuencias interminables que poco aportan al común de la historia, por lo que se me antojan urdidos con la única intención de lucir sus innegables habilidades tras la cámara.


Repetitivo y cansino en su discurso en contra de la brutalidad de la esclavitud, su lento ritmo narrativo no es más que un truco habilidoso para impactar aún más al espectador en los aislados (aunque numerosos) momentos en los que la violencia se convierte en dueña y señora de cuanto acontece en pantalla.

La historia, ambientada dos décadas antes de la Guerra Civil norteamericana y compuesta a golpe de elipsis narrativas no muy bien plasmadas y acumulando tópicos a diestro y siniestro, cuenta los distintos episodios que vivió Solomon Northup, un hombre libre y de color, músico de profesión, que tras ser secuestrado en Nueva York -su ciudad de residencia- fue trasladado hasta el Sur del país para ser vendido como esclavo. Allí, implorando poder regresar algún día al lado de su esposa y sus hijos, trabajó en diversas granjas y plantaciones de algodón sufriendo, en primera persona, la crueldad de los tratos vejatorios de algunos de sus propietarios.


Lo mejor de la cinta, aburrida, previsible y alargada hasta límites insospechados (dos horas y cuarto de proyección), se encuentra en el buen hacer de su protagonista principal, Chiwetel Ejiofor, y en el desfile continuo (aunque en breves apariciones) de actores de la talla de Benedict Cumberbatch, Paul Giamatti o el mismísimo Brad Pitt, productor asimismo del film y que se reserva el rol (cortísimo) del blanco bueno de turno, un abolicionista canadiense que se interesó por el conflicto de Solomon. Y, ¡cómo no!, tratándose de una película de Steve McQueen no podía faltar su actor fetiche, Michael Fassbender, quien, haciendo gala de su perenne inexpresividad, acarrea con el personaje más malvado e insufrible de la historia, un amo perverso y amante de los castigos físicos más aberrantes. ¡Pero qué soso es este hombre, pardiez!


Una nueva vuelta de tuerca sobre un tema eterno que, pese a sus buenas e indiscutibles intenciones, se queda a medio camino en su propuesta, tanto por la cantidad de tiempos muertos que alberga su narración como por la manera minimalista de acercarse a ciertos pasajes, tal y como sucede con la inacabable escena del ahorcamiento. Y es que Richard Fleischer, a mediados de los 70, pusó el listón muy alto con Mandingo, un título que, aún visto en la actualidad, sigue siendo tan cruel y efectivo como en el día de su estreno.

Por cierto, si Steven Spielberg hubiera filmado una historia similar y con idéntico final al de McQueen, se le habría tachado de edulcorado y lacrimógeno. Y es que a los directores mimados por los gafapastas se les perdona absolutamente todo.

16.12.13

Por partida doble

Ayer, a los 81 años de edad, moría en un hospital londinense Peter O’Toole, el último emperador del cine británico. Entró por la puerta grande, vestido como Lawrence de Arabia y dispuesto a ver de cerca los dientes del diablo. Ahora, tras habernos abandonado, ha pasado a ser miembro del Club Paraíso, ocupando una lujosa habitación en el hotel de los fantasmas.

A lomos de un león en invierno, en compañía de Becket y Lord Jim y al grito de ¿Qué tal, Pussycat?, tras contarnos cómo robar un millón y el modo de organizar el robo al banco de Inglaterra, se dispuso a dejar a cero la banca del Casino Royale. Con la Biblia en una mano y una copa en la otra, durante la noche de los Generales y ayudado por el hombre de La Mancha, su locura le llevó a construir todo tipo de castillos en la arena.

Adiós, Mr. Chips: tengo claro que, con su muerte, este no será mi año favorito.


Pero ayer, la cosa no terminaba con esa desaparición. Más allá de la duda y tras recibir una carta de una desconocida sellada en Manderley, tuve una desagradable sospecha: la única e incomparable Joan Fontaine, a sus 96 años de edad, también nos había dejado.

De hoy en adelante se la recordará por el nombre de Rebeca, una señorita en desgracia, nacida para el mal y enfrentada de por vida con su hermana Olivia de Havilland. Formó parte de un grupo de mujeres culpables, dotadas de un alma rebelde y capaces de bailar el vals del emperador durante la gran noche de Casanova.

Hoy, en su honor, disfrazado de Ivanhoe, entonaré un ensordecedor ¡Viva la vida!, al tiempo que todas las brujas del planeta iniciarán un particular viaje al fondo del mar.


Descansen en paz.

15.12.13

Coitus interruptus


Ya alejado del tedio con el que llevó a cabo la primera entrega de El Hobbit, Peter Jackson afronta con un poco más de brío su segundo capítulo, El Hobbit: La Desolación de Smaug, un film que, a pesar de ser más distraído y de estar dotado de un espíritu mucho más aventurero, peca, sin embargo, de un exagerado metraje por lo poco que en realidad cuenta.

Una vez resuelta -en su insufrible entrega anterior- la pesadez de la interminable presentación de los integrantes del grupo de enanos que acompañarán a Bilbo en su inacabable odisea, Jackson acaba centrándose en un trabajo en donde lo que de verdad cuenta es la aventura. Una aventura compuesta de distintos episodios y en donde, al contrario de lo que sucedía en su presentación, la oscuridad y las tinieblas se convierten en sus principales protagonistas.


No aburre y, con su ritmo, hace que resulte bastante fácil para el espectador superar los 160 minutos de su duración. Introduce varios personajes nuevos en la trama (algunos, como el de la elfa Tauriel, ni siquiera salían en la novela original de Tolkien), sin resultar del todo traumático su inserción y consiguiendo alguno de sus mejores pasajes en la lucha contra unas arañas gigantes en el Bosque Negro y en el enfrentamiento final de Bilbo, Thorin y su tropa, en el interior de la Montaña Solitaria, con Smaug, un dragón enfurruñado y parlanchín. Otros episodios, como el de la huida de los enanos en el interior de unos barriles a través de un río, parecen más destinados a su explotación posterior en todo tipo de vídeo-juegos. El marketing es el marketing y la pela es la pela.


A pesar de tratarse de un entretenimiento en todo regla, en su valoración total me parece un producto tan falso y forzado como el anterior y en donde Martin Freeman, en la piel de Bilbo, sigue recurriendo a trucos baratos de comediante de feria para darle un toque de simpatía a su personaje, quedando absolutamente deslucido por la fuerza interpretativa de Ian McKellen quien aún sigue dotando de una inmensa entidad a su muy particular Gandalf. Y es que él y el atractivo diseño visual de la nebulosa Ciudad del Lago acaban siendo, a mi gusto, lo mejor de la función.


De hecho, esta es una saga que nunca ha logrado engancharme del todo y en la que, durante su visionado, me resulta muy fácil distanciarme de las “fantasiosas” aventuras propuestas. Y más si, en su recta final, el realizador decide cortar por lo sano en el momento más álgido de la historia, tal y como si se tratara de un coitus interruptus. Nada, a esperar otro año para su conclusión. Y espero que esa sea la definitiva.

11.12.13

Jugando a ser Fellini


Tras haber fustigado a las plateas con Un Lugar Donde Quedarse -esa gafapastada insufrible que reflejaba el descenso a los infiernos de un rockero interpretado por un repulsivo y demacrado Sean Penn-, el napolitano Paolo Sorrentino ataca de nuevo con La Gran Belleza, una de las mayores pedanterías de esta temporada.

Claramente influenciado por la obra de Federico Fellini, Sorrentino se plantea un retrato de la Roma actual a medio camino del Fellini 8 ½, La Dolce Vita y Roma. Para ello se introduce en la mente de Jep Gambardella, un escritor cincuentón, insolente y snob de muchísimo cuidado, que vive de la fama obtenida de su única novela publicada veinte años atrás. Un artista amargado que deambula por viejos palacios y fiestas nocturnas, a golpe de bótox, esnifadas de cocaína y siempre al ritmo de machacones remixes de la antaño popular Raffaella Carrá. O sea, al más puro estilo de los bunga bunga de Berlusconi.


Convertido en el aclamado anfitrión de movidos guateques en su lujosa terraza con vistas al Coliseo romano, el tal Gambardella se codea con una fauna de lo más crepuscular. Aristócratas arruinados, millonarios amorales, políticos sin escrúpulos, putones descocados, exorcistas cardenalicios y monjas centenarias, se aúnan, al lado del literato, en un sinfín de diálogos y situaciones de lo más absurdo y vanidoso. Y de fondo, en un alarde de gigantesca postal turística, los paisajes monumentales que ofrece Roma, una ciudad a la que su protagonista ama y detesta a partes iguales.


Jep Gambardella, ese hombre que en tiempos fue un artista considerado y que ahora no es más que una caricatura de lo que significó, es Toni Servillo, el actor fetiche del realizador; un actor que, en esta ocasión y a pesar de los desmanes visuales y narrativos del film, hace gala de una contención interpretativa excelente, convirtiéndose, con su trabajo, en uno de los pocos puntales de tan presuntuoso y cansino producto. 

Aparte de la brillantez de Servillo, de la espléndida fotografía de Luca Bigazzi o de la efectiva (aunque repetitiva) partitura musical compuesta por Lele Marchitelli, no busquen nada más en La Gran Belleza. Ni siquiera un mínimo de coherencia argumental, pues la historia navega entre los pensamientos de Gambardella y un desfile incesante de personajes fellinianos y, al mismo tiempo, insustanciales. 142 interminables minutos al servicio de una de las mayores tomaduras de pelo del cine italiano actual que, de forma sorprendente, en los recientes Premios del Cine Europeo, ha obtenido los galardones de Mejor Película y Mejor Director del 2013. De juzgado de guardia. Para aburrir el cine de por vida.

8.12.13

Algo pasa con Ruth


Javier Ruiz Caldera debutó en el campo del largometraje con Spanish Movie, un divertido guiño gamberro al fantástico español muy al estilo de los Scary Movies norteamericanos, pero a lo Nacional Show. Después, con bastante acierto, siguió aplicando la fórmula de comedia yanqui en su siguiente título, Promoción Fantasma, una locura ambientada en una escuela en donde habitan cinco alumnos fantasmas. Ahora, con 3 Bodas de Más, aparca el fantástico y, siguiendo anclado en la comedia y en su empecinamiento por trasladar a nuestro país el cine que nos llega del otro lado del charco, urde un producto claramente inspirado en los Farrelly (¿inspirado o, mejor dicho, robado?).

El humor grueso (por momentos totalmente chabacano) y la escatología están a la orden del día a la hora de contar los problemas sentimentales de Ruth, una joven bióloga, especializada en langostas, que no llega a encontrar a su hombre ideal y que, para más inri, será invitada de forma consecutiva a tres bodas distintas protagonizadas por tres parejas que la dejaron tirada.


La cosa empieza con cierta gracia. El primer sketch, antes de los títulos de crédito y contando con la presencia del televisivo Berto Romero, es todo un prometedor acierto. Pero hasta aquí llega la inspiración de Ruiz Caldera y sus dos guionistas (Pablo Alén y Breixo Corral). Una vez superados los citados créditos, la película cae en picado, convirtiéndose en un cúmulo de chistes baratos en donde un machismo de lo más rancio se abre paso de manera avasalladora. Eso sí, muy a lo Algo Pasa Con Mary pero sin la chispa de ésta y mezclando, al unísono, todos los tópicos que aparecen en la dilatada filmografía sobre bodas y enredos sentimentales con las que, desde hace unos cuantos años, los americanos inundan nuestra pantallas.

Un despropósito descomunal y previsible, en donde surfistas, cirujanos plásticos, travestis, becarios enamoradizos y todo tipo de personajes variopintos tienen cabida para incidir en la fallida vida sentimental de la afligida Ruth, una muchacha que, al igual que la Kim Basinger de Cita A Ciegas (¡aunque salvando las distancias!), demuestra cierta facilidad para pillar unas cogorzas de ahí te espero, una excusa ideal para orquestar un sinfín de gags de lo más patético y con cierta tendencia a eso tan infantil de lo del “caca, culo, pedo”. Eso sí, siempre con la mirada puesta en el universo de los hermanos Farrelly, pero en patrio.


La elección de una sobreactuadísima Inma Cuesta para dar vida a la torpe Ruth en nada ayuda al buen seguimiento de la comedia; una comedia que finge apoyarse en un argumento lineal pero que, en realidad, está construida a base de pequeños episodios, en forma de casamientos, al tiempo que acumula (como reclamo comercial) un desfile de numerosos rostros populares de la pequeña y gran pantalla para que disfruten  de sus pertinentes minutitos de oro, como sucede con el citado Berto Romero o el mismísimo Paco León, entre otros. Eso sí, a Quim Gutiérrez le cede un poco más de metraje para que dé rienda suelta a sus pocas dotes de comediante (¿por qué narices se habrán empeñado últimamente en que este chico vale para hacer payasadas?).



Un consejo: recurran a los originales. Repasen de nuevo Algo Pasa Con Mary y similares y olvídense de burdas copias a la española. Saldrán ganando.

5.12.13

El irlandés


Paul Greengrass, en Capitán Phillips, ha aceptado el reto de adaptar el caso real del secuestro, por parte de un grupo de somalíes, del carguero norteamericano Maersk Alabama, sin caer en el error de convertirlo en el típico telefilm de sobremesa especializado en este tipo de relatos y superando la prueba con una nota más que sobresaliente.


Para ello, el realizador británico ha seguido fiel a su estilo habitual. Al igual que hiciera en El Mito de Bourne y El Ultimátum De Bourne, sigue apoyándose en su filmación cámara en mano (aunque sin sobrepasarse en tembleques como en ocasiones anteriores), lo cual le da a su trepidante narración un aspecto muy cercano al docudrama, realzándolo con su también usual montaje sincopado y acelerado, sobre todo en los diversos pasajes en los que la tensión sube hasta límites insospechados.

Evita, de forma inteligente, convertir a la película en un festival de lágrimas y trampas sensibleras. Para ello, no aparta jamás su objetivo de la acción que sucede en alta mar, sin acercarse en momento alguno al fácil recurso de mostrar en tierra el presumible sufrimiento de la familia de Richard Phillips, el capitán del buque secuestrado quien, para salvaguardar la integridad de su tripulación, aceptó convertirse en el único rehén del grupo secuestrador a bordo de un pequeño y claustrofóbico bote salvavidas.


Un trabajo magnético, capaz de atrapar al espectador desde sus primeros minutos de proyección y que juega, a la perfección, con un crescendo narrativo de elevada graduación. A pesar de tratarse de una historia verídica ya conocida de antemano por la mayor parte del público, nunca decae la intensidad con la que se ha acercado a la misma. Domina de forma brillante el suspense, al tiempo que refleja de manera inteligente la congoja de Richard Phillips, rebautizado por uno de sus raptores como el Irlandés.

Un inmenso Tom Hanks es el encargado de dar vida al angustiado Irlandés quien, con sólo sus miradas, es capaz de transmitir a la platea todos los sentimientos y pensamientos que se le cruzaron por la mente durante la abrumadora odisea. Una magistral lección de contención interpretativa, perfectamente resumidos en sus últimos cinco minutos de proyección y que, por sí mismos, le podrían suponer un Oscar. Y es que el hombre está para sacarse el sombrero.


Dos horas y cuarto de buen cine; de gran cine, del que pasa en un abrir y cerrar de ojos. Bien es cierto que se podría haber aligerado un tanto su metraje pero, tal y como está, ya se trata de una excelente película.