

Tras el éxito editorial que supuso la trilogía
Millennium del desaparecido escritor sueco
Stieg Larsson y su posterior adaptación cinematográfica (y televisiva) de la misma, era de esperar que Hollywood se sintiera atraído por llevar las historias del periodista
Mikael Blomkvist y la hacker
Lisbeth Salander a su terreno. En su primera tentativa lo ha hecho de la mejor manera posible al contar, para su realización, con
David Fincher, uno de los directores actuales más prestigiosos y cuyo cine siempre se ha acercado a la maldad humana de una forma muy personal. No podía ser otro que el autor de
Seven quien, tras dar una magistral lección sobre los siete pecados capitales, se aproximara a la malignidad que aún empaña el corazón de la vieja Europa.
Millennium: Los Hombres Que No Amaban a las Mujeres es el resultado; una primera entrega de cuya trascendencia en taquilla dependerán los dos siguientes capítulos.
Al igual que en el film original de
Niels Arden Oplev, Fincher se acerca a los misterios y secretos de una acomodada familia sueca a través de los ojos de un periodista caído en desgracia que es contratado por uno de los miembros del clan para esclarecer la desaparición de una sobrina suya acaecida 40 años antes. Una investigación ésta que realizará en compañía de una extraña joven especializada en piratería informática. Un film laberíntico en el que, aparte de revisar los demonios personales de la pareja protagonista, se acerca a los más recónditos rincones de una estirpe entre cuyos integrantes existe más de un adicto al nazismo.
Oscura y milimétrica, la cinta posee todas las virtudes del cine de su realizador, navegando entre la gelidez del ambiente geográfico y la calentura física que desprende su pareja protagonista, dos personajes a la deriva en busca de la verdad. Dos horas y media magnéticas, de guión mucho más pulido y sin los cabos sueltos que dañaban al título original. Al contrario que en ése, y sin dejar de lado la parte detectivesca, el nuevo
Millennium se muestra más dispuesto a centrarse en la historia de amor surgida entre el casual dúo de investigadores, al tiempo que potencia al máximo el sugestivo personaje de
Lisbeth Salander a través de una
Rooney Mara espléndida, capaz con su interpretación (y transformación) de hacer olvidar por completo a
Noomi Rapace, su predecesora.

La elección de
Daniel Craig para dar vida al reportero protagonista es mucho más acertada que la de la película del 2009, en donde la insustancial presencia de
Michael Nyqvist hacía muy difícil simpatizar con su rol.
Craig segrega más adrenalina y, a pesar de resultar imposible dejar de pensar en cómo habría resuelto ciertos pasajes en la piel de
007, su aspecto y maneras dan mejor con el personaje, destilando al mismo tiempo una química excelente al lado de
Rooney Mara.

Quizá flojee un tanto en la forma de acercarse a la resolución final de la intriga, aspecto que remonta con un curioso epílogo final mediante la figura de una solitaria
Lisbeth Salander a la que empieza a moldear para posibles futuras entregas; una
Salander que, en esta ocasión, brilla con luz propia, convirtiéndose en la verdadera
alma mater de un lúcido
remake en el que
Fincher le ha otorgado su personal toque de sabiduría malévola y cinematográfica.
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