3.12.07

Annie Poppins

No sé qué narices les da Woody Allen a las actrices que han intervenido en varios ocasiones en sus películas. Generalmente, en títulos dirigidos por otros cineastas, éstas siguen arrastrando consigo los mismos tics y registros adquiridos al lado de Allen. Una buena muestra de ello es el trabajo que realiza Scarlett Johansson en Diario de una Niñera; una interpretación funcional aunque siempre al borde del histrionismo, plagada de gesticulaciones exageradas y de tartamudeos vacilantes.

Es de suponer que la elección de Scarlett Johansson fue algo totalmente consciente por parte de la pareja de directores del film, los documentalistas Shari Springer Berman y Robert Pulcini, quienes ya en la pedantilla American Splendor, su título anterior, buscaron un claro paralelismo argumental con ciertas constantes del cine de Allen; un paralelismo que ya no existiría en Diario de una Niñera a no ser por la presencia de la actriz y de la ciudad de Nueva York.

En cuanto a intenciones y puesta en escena, ésta es una película totalmente distinta a la citada American Splendor, pues se trata de una comedia mucha más abierta y comercial. Olvidándose por completo de sus inicios en el cine documental y apostando por una narración estándar, en la cinta se relatan las experiencias de Annie Braddock, una joven recién licenciada en antropología la cual, tras varios años dedicados en exclusiva al estudio y con la finalidad de poner en orden su mente, decide trabajar durante una temporada al servicio de un adinerado matrimonio de Manhattan, ejerciendo como niñera de su hijo. Las relaciones entre ella, el pequeño y sus padres, serán el eje sobre el que gire una trama previsible que, en su parte final, se mostrará incapaz de no caer en la moralina más facilona y sentimentaloide.

Si algo tiene de bueno es la acidez con la que se caricaturiza a la jet set neoyorquina actual; unos personajes que viven las 24 horas del día de cara a la galería. La imagen que ofrecen de cara al exterior es un valor que figura muy por encima de la posibilidad de vivir una existencia más apacible y familiar entre las paredes de su inmenso y lujoso apartamento, lugar en el que queda patente el desinterés total por la educación y el devenir de su pequeño Grayer. El distanciamiento que muestran con una empleada del hogar latinoamericana y con la propia Annie –a la que se dirigen con el despectivo calificativo de “niñera” (nanny, en el original, rima con Annie)-, pone en solfa las connotaciones raciales (o, mejor dicho, racistas) y de diferencia de clases que asumen con la frente bien alta el matrimonio (en crisis) compuesto por Mr. y Mrs. X, tal y como se refiere a ellos, en su diario, la explotada institutriz; un diario que, por otra parte, servirá a la protagonista para comparar su introspección en el seno de una familia millonaria con las que los antropólogos realizan en tribus alejadas del mundanal ruido.


El resto es más de lo de siempre. Cuatro chistes resultones a costa del pequeño Grayer y su tierna relación con la nueva niñera; las ensoñaciones oníricas (y más que esperables) de ésta con la mítica y sempiterna Mary Poppins o la forzada (y típica) historia de amor de ella con un joven de la alta sociedad, denotan el rutinario rumbo con el que Berman y Pulcini han adaptado el best-seller homónimo de Emma McLaughlin y Nicola Kraus.

La visión crítca de la alta sociedad, la vis cómica de la Johansson, la compacta labor de una madura Laura Linney dando vida a la altiva madre de Grayer y la ingeniosa y colorista escenografía utilizada para recrear los mínimos (pero tópicos) pasajes que homenajean a la citada Mary Poppins son, sin lugar a dudas, sus mejores aciertos. Sin ellos, Diario de una Niñera sería un producto bastante más difícil de tragar. Y más teniendo en cuenta lo insoportable que está, en el rol del despótico Mr. X., Paul Giamatti, actor fetiche de la pareja de directores.

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